La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 5 — Lúcido #2
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Capítulo 5 — Lúcido #2

Miré la hoja un rato largo. Felisa había acabado la entrada y fregaba ahora la cocina por los bordes, despacio, sin molestar, y de vez en cuando me echaba una ojeada a los papeles sin curiosidad aparente, o con una curiosidad tan administrada que parecía ninguna.

La línea de tiempo tenía una forma que yo ya le había visto en la cabeza la noche del viernes pasado, pero verla escrita en grande era otra cosa: la bajada de mi padre existía solo en palabras traídas por una boca; la subida existía en testigos, en informes, en una notaría, en mi propia libreta.

La bajada era de aire. La subida era de papel.

Y las dos no podían ocupar el mismo hombre: o se había perdido desde las Navidades de dos mil veintiséis y el ocho de marzo una notaria le había extendido un certificado de lucidez a un demente —cosa que no ocurre, no con diligencias, no con actas, no con una hora de conversación a solas—, o la bajada no había ocurrido nunca, y entonces alguien la había estado contando.

Alguien concreto. Alguien que firmaba de acompañante en todas las notas y que la primera noche me había dicho, en mi propio recibidor, que papá ya venía mal.

Escribí la conclusión en la libreta, despacio, pasándola por mi letra: «La narrativa y la línea del tiempo no son compatibles. Una de las dos está fabricada.» Y debajo, más pequeño, la pregunta que ya no era clínica: «¿Quién? ¿Desde cuándo? ¿Para qué?»

Me quedé un rato más con la otra cosa, la que no cabía en la línea: el testamento de dos mil trece.

El revocado. La copia de marzo lo mencionaba de refilón, con la frialdad de las cláusulas de revocación —cuantos testamentos haya otorgado con anterioridad, en especial el de esa fecha— y yo me sorprendí dándole vueltas como se le da vueltas a una muela.

En dos mil trece yo llevaba un año en Madrid.

Nadie me había dicho que mi padre había testado; nadie me dice esas cosas; era, que yo supiera, la primera voluntad de la familia puesta por escrito en mi vida.

¿Qué diría? ¿Por qué se había molestado mi padre en cambiarlo catorce años después, y por qué —esa era la vuelta de tuerca— el cambio llevaba dentro aquella cláusula de los extractos, ese aparato de doble mirada?

No lo sabía. Escribí en el margen: «2013: ¿qué decía el anterior?

¿Quién lo sabía?» y dejé el interrogante allí, trabajando en la oscuridad de la página, porque las preguntas fechadas también trabajan cuando una duerme.

No respondí aquella tarde. La respuesta ya estaba en la casa, cenaba con nosotros todas las noches, olía a serrín; pero una cosa es saber y otra es tener el deber de comprobar, y yo había venido a cuidar a un enfermo y no a acusar a un hermano, y la frase de la libreta no acusaba a nadie. Preguntaba.

El viernes al anochecer se lo pregunté a Jon.

Fue sin plan, o con el plan de una semana entera fingiendo que no había plan.

Eran casi las seis; Felisa recogía las últimas cosas del fregadero antes de irse —lavaba los cacharros de la merienda, con el agua corriendo y las manos rojas—; mi padre estaba en su silla, con la libreta cerrada y la mano izquierda plana encima, como la ponía siempre que había más gente que nosotros dos.

Jon entró con su llave, se sacudió la humedad de los hombros, le dio las palmaditas de siempre a papá en el hombro bueno, y fue a la cocina a por un vaso de agua, con la soltura del que está en su casa, que lo estaba: más suya que mía, aquella casa, desde hacía quince años.

—Jon —dije, y mi voz salió bien, de consulta—. ¿Sabías que papá hizo un testamento nuevo en marzo?

No se giró enseguida. Llenó el vaso. Bebió. Todo eso lo vi al detalle porque yo ya miraba su espalda como se mira una pantalla. Cuando se volvió tenía la cara compuesta, y eso también lo vi: la composición.

—¿Quién te ha dicho eso a ti?

—Él —dije—. Y la notaria. Fui el martes, con una autorización firmada por papá.

—Has ido a la notaría —dijo Jon. No era pregunta. Dejó el vaso en la encimera, con cuidado, y sonrió un poco, una sonrisa de gestión—. Anda. Pues hizo bien. Había que poner las cosas en orden, llevaba yo años diciéndoselo.

—Fue solo —dije—. Y pidió que constara por escrito que estaba en plenas facultades. Hay una diligencia en el protocolo, Jon. La notaria lo recibió a solas, casi una hora, y dejó constancia de que comprendía todo lo que hacía.

—Una hora —dijo Jon, y cogió la palabra como se coge un extremo de cuerda—.

Eso es, Leire. Una notaria lo vio una hora.

Una hora, de paso, con un papel delante.

Nosotros lo veíamos todos los días. Yo lo veía todos los días, mañana y noche, y te digo yo que desde finales del año pasado tenía sus cosas.

Sus olvidos. Que si le quitábamos el dinero, que si le cambiábamos las citas. Tú no estabas.

Lo dijo bien. Hay que escribirlo: lo dijo muy bien, sin subir la voz, sin una fisura, con la lógica aplastante de lo cotidiano —una hora contra todos los días, el papel contra la convivencia, la experta contra el hijo—, y si yo no hubiera pasado diez días con la libreta de mi padre en la mano, aquello me habría entrado por la vía de siempre, la de la culpa: él estaba, yo no.

Pero yo había fechado ya cinco hojas, y la palabra «olvidos» me sonó en la boca de Jon como me suenan los diagnósticos de bar, los de «a mi suegra le dio algo»: vacíos de todo menos de uso.

—Tú no estabas —repitió él, y entonces vino la otra cosa, la que llevaba quince años cargada—. ¿Y tú a qué has vuelto, Leire? ¿Quince años después, a revisar papeles? Papá necesita cuidados, no auditorías.

El agua del fregadero seguía corriendo. Me di cuenta entonces: corría sobre las manos quietas de Felisa, que se habían parado dentro del agua, con un cazo en una y el estropajo en la otra, quietas del todo, dos segundos, tres.

Después las manos volvieron a moverse, Felisa cerró el grifo, escurrió el paño, dijo «hasta el lunes» con la voz de todos los días, y salió con esa manera suya de no hacer ruido ni con los botones. Nadie la miró al salir. Yo sí.

—A cuidarlo he vuelto —dije, cuando la puerta se cerró—. Y cuidarlo es también esto.

—Esto qué es —dijo Jon—. Dímelo, Leire, que llevo diez días viéndote con la libretita. ¿Qué es esto?

Mi padre no había movido la mano de la libreta en toda la conversación.

Lo miré; él no me miró a mí; miraba el mantel, con esa atención inmóvil que yo le había visto poner en el plato, y supe que estaba oyendo cada palabra y pesándola, y que hablar delante de él como si no entendiera era la primera piedra, la voz de guardería, y que mi hermano la tiraba sin saberlo o sabiéndolo, y que esa era la diferencia que yo tenía que aprender a ver: no lo que Jon decía de papá, sino cómo se lo decía delante de papá.

—Es ponerme al día —dije—. Llevo quince años de retraso. Tú mismo me lo recuerdas cada dos días.

Jon me miró un momento. Luego cogió la chaqueta del respaldo de la silla —no se quedó a cenar, aquella noche no— y dijo desde la puerta del recibidor, ya con la voz amable, la de hermano mayor, la que administraba:

—Haz lo que tengas que hacer. Pero no lo pongas nervioso. A su edad los nervios se pagan.

Y se fue. A su edad los nervios se pagan. Me quedé en la cocina con la frase colgando de la lámpara, y pensé que hasta las despedidas de mi hermano eran avisos con el nombre tapado.