Capítulo 9 — Lo que me llevé
El miércoles por la mañana, después de la sesión y de la tabla del brazo y del puré que Felisa dejaba hecho los lunes, subí la escalera con la ropa doblada y, al llegar al pasillo, en vez de pegarme al lado contrario como hacía desde la primera noche, me paré delante de la puerta del cuarto de mi madre.
La puerta estaba cerrada, como siempre. Debajo no salía ya ninguna luz, ni la de verdad ni la de la imaginación: mi padre dormía la siesta en el cuarto de al lado, el de matrimonio convertido en cuarto de enfermo, y este, el de ella, llevaba quince años con la luz apagada y la colcha estirada y los cajones vacíos de papel.
Abrí y entré, y me senté en el borde de la cama, donde me había sentado la primera vez, y esta vez no hice inventario.
Esta vez hice lo que llevaba veintitrés días —quince años— aplazando: contármelo entero.
Lo cuento ahora aquí, en pasado, porque es el único tiempo en que cabe, y lo cuento entero, porque veintitrés días de fechar las palabras de otro me han enseñado lo que vale una versión que no se escribe.
Mi padre llevaba tres semanas contándome la suya letra a letra, con la mano que no era la suya.
El miércoles trece de octubre me tocó a mí.
Todo empieza, si es que empieza en algún sitio, en junio de dos mil once.
Yo tenía veintitrés años, un contrato de seis meses en el centro de Madrid y un piso compartido en Vallecas con una cocina donde no cabían dos personas, y estaba contenta, que es un dato que no me perdoné durante años: estaba contenta.
Mi madre llamaba los domingos. Aquel junio las llamadas se hicieron más cortas, y yo le eché la culpa a la cobertura, al cansancio, a lo que fuera menos a lo que era, porque tenía veintitrés años y un trabajo nuevo y la facultad recién salida de encima, y la juventud es una forma especializada de no ver.
Cuando por fin me lo dijeron —me lo dijo Jon, por teléfono, un martes, «lo de mamá, que es malo, que es de los malos»— ya hacía tres semanas que lo sabían todos menos yo.
Ella no quería que lo supiera hasta que hubiera algo que supieras: me lo confirmó Miren quince años después, en su salón con olor a lavanda, sin saber que me estaba dando la primera piedra de la casa que yo tenía que derribar.
Aquel año vine seis veces. Las conté después: seis fines de semana en quince meses, que es un número del que una no se enorgullece.
Mi madre se fue estrechando por dentro de su ropa, y la casa se fue llenando de las cosas de las casas enfermas: la cita del oncólogo en la nevera con un imán, las mantas en el salón, el olor de la comida cambiando a algo más blando.
Y hubo cosas que vi y archivé sin preguntar, porque preguntar era mi trabajo y en aquella casa yo no era la profesional, era la hija pequeña, y la hija pequeña no pregunta, trae agua.
Vi a mi madre al teléfono bajando la voz cuando entraba mi padre.
Vi una libreta roja en la mesilla de su lado, que desaparecía del tocador cuando yo entraba, con la fluidez de una cosa ensayada.
Vi que todas las preguntas de los médicos las contestaba mi padre —«es que ella se agobia, dígamelo a mí»— y que mi madre asentía, y que el asentimiento de mi madre era una cosa que había que mirar dos veces, y yo no la miré dos veces.
Hubo una tarde, de las seis veces, que he repasado más que las demás.
Fue en mayo de dos mil doce, el penúltimo viaje.
Mi madre estaba sentada en la parcela —así llamaba a los tres metros por dos del jardín delantero— con la manta en las rodillas y el sol de la tarde en la cara, y yo estaba a su lado en la silla baja, pelándole una naranja en espiral porque era la única tarea que sabía hacerle.
Y me dijo, mirando la pared de enfrente, con la voz de quien comenta que va a llover: «Cuando yo salga de esto, tú y yo tenemos que sentarnos a hablar de unas cosas.
De cosas de la casa. De papeles.» Y yo, con veintitrés años y la naranja a medio pelar, le dije «claro, ama, cuando salgas de esto», y le di el gajo, y ella me miró un segundo de más —ese segundo lo he rehecho mil veces, en esa consulta y en esta— y dijo «bueno», y no hubo más.
Cuando yo salga de esto. Ella sabía ya, tengo que creer que sabía ya, que no salía; y aun así me lo dejó en futuro, en «cuando salga», para regalarme un verano sin peso.
Eso era mi madre: hasta su última verdad la envolvía en papel de mentira para que no me cortara los dedos.
La libreta roja seguía en su mesilla. Los papeles seguían sin nombre.
Yo volví a Madrid el domingo con la conciencia limpia de la que ha pelado una naranja en espiral.
La última vez que vine antes del final, en agosto, mi madre me retuvo la mano en la despedida más tiempo del normal y me dijo: «Tú a lo tuyo.
Lo demás va a quedar bien.» Lo entendí como ánimo.
Era otra cosa: era alguien despidiéndose de una responsabilidad que no había podido cumplir.
Pero eso no se puede saber a los veintitrés.
A los veintitrés todo lo que dicen los enfermos es ánimo.
Murió en septiembre de dos mil doce, un martes de madrugada, en el hospital de la capital, con mi padre y Jon en la habitación y yo en la carretera, en un autobús nocturno que no llegó.
Llegué a las nueve de la mañana y ya no había nadie a quien decirle nada.
Ese trayecto me lo ahorro. Hay cosas que ni veintitrés años de oficio consiguen convertir en palabras, y esa carretera es una de ellas.
Del funeral recuerdo la niebla —también hubo niebla, o yo la pongo ahí, qué más da— y el tanatorio lleno de la ciudad entera, porque mi madre era de las de mercado, de las de todos los miércoles del mundo, y las de mercado mueren con mucha compañía.
Recuerdo a la tía Maite llorando con una dignidad de roca, y a Miren.
Miren me abrazó tanto rato que me dolieron las costillas, y me dijo al oído una frase que durante quince años no supe que recordaba.
La recuperé hace dos semanas, sentada en esta misma cama, y la recuperé entera, palabra por palabra, con la voz de Miren todavía caliente: «Tu madre quería dejarte dichas unas cosas, Leire. Cuando puedas, ven a verme.»
Cuando puedas, ven a verme. Quince años.
Nunca fui. No fui la semana del funeral, que es cuando se va, y no fui los años siguientes, que es cuando ya no se va.
Y aquí está la parte que no he contado nunca, la que no está en ninguna historia clínica: no fui porque aquella frase no me cayó encima como una invitación, me cayó como una orden de registro.
Mi madre quería dejarme dichas unas cosas.
Yo sabía de qué cosas —algo sabía, lo suficiente: la libreta roja, el teléfono en voz baja, «lo demás va a quedar bien»— y saberlo a medias era ya demasiado.
Miren me ofrecía la otra mitad y yo no la quise.
La enterré tan bien que tardé quince años en saber que la recordaba.
Lo que sí hice —esto también hay que contarlo, porque pasó, y pasó en esta cocina— fue lo de la semana siguiente.
Fue un jueves, o un viernes. Yo me iba el domingo; tenía la maleta ya medio hecha en mi cuarto y la cabeza ya en Madrid, que es donde se tiene la cabeza cuando el cuerpo no quiere quedarse.
Y aquella tarde, no sé con qué valor ni de dónde, bajé a la cocina donde mi padre fregaba los cacharros de la comida —mi padre fregando, que no fregaba nunca, como si fregar fuera a devolver algo a su sitio— y le hice la pregunta que llevaba seis días atascada.
La hice mal, seguro, con las palabras de una niña de veinticuatro años y no con las de la profesional que aún no era.
Le pregunté si era verdad que mamá quería cambiar cosas.
Si era verdad que había estado haciendo cuentas, papeles.
Que Miren me había dicho que quería dejarme dichas unas cosas.
Que si lo de la mitad —el caserío, la casa, el taller—, que si ella quería que una parte fuera para mí, por si acaso.
Mi padre dejó el cazo en el escurridor. Se secó las manos en el paño, despacio, con la lentitud de los hombres que han hablado poco toda su vida y no van a empezar a precipitarse en la semana de su viudedad.
Y me dijo la frase. La frase que me traje a Madrid, la que llevé quince años cosida al forro como se lleva un hueso mal soldado:
—Tu madre al final no estaba en sus cabales. ¿Vas a creerle a una enferma?
La he escrito ahora y me he quedado mirándola.
No es una frase violenta. No es un grito, no es un insulto, no es una orden.
Es peor: es una versión clínica. Mi padre, que no había estudiado nada, produjo en su cocina, con las manos mojadas, la construcción exacta que yo iba a encontrarme después en cientos de historias: la alusión al estado mental, sin fecha, sin testigo, sin episodio concreto; y a continuación la pregunta retórica, la que te convierte a ti en la desleal por dudar.
¿Vas a creerle a una enferma? No decía «no es verdad».
Decía: no vale lo que dijo, porque lo dijo ella, que ya no estaba.
La palabra entera —confusa, no estaba en sus cabales, se le iba la cabeza— apuntando a una mujer que llevaba seis días bajo tierra y no podía contestar.
Y en la puerta de la cocina estaba Jon. No sé cuánto llevaba ahí. Tenía treinta años y el taller ya en las manos, y cuando mi padre acabó de hablar, mi hermano no me miró a mí: miró la mesa, y dijo su versión, que era más corta y más afilada:
—Papá la cuidó hasta el final. ¿Y tú?