La que vuelve (Nadie duerme solo 3) Capítulo 2 — Las cosas de la casa #2
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Capítulo 2 — Las cosas de la casa #2

Y sin embargo faltaban cosas. No lo supe de golpe; lo fui sabiendo como se saben las ausencias, por los bordes.

En el tocador de mi madre había siempre una caja de madera —cerezo, con la tapa de espiga, la hizo mi padre los primeros años de casados— donde ella guardaba los pendientes y el anillo de su madre y las medallas de las comuniones.

No estaba. En el cajón de la mesilla, mi madre guardaba la libreta de las direcciones, las cartas de su hermana de San Sebastián, las recetas escritas a mano en hojas sueltas y el sobre con las fotos sin enmarcar.

El cajón estaba vacío. No vacío de cosas de mi madre: vacío de papel.

Abrí los otros cajones. Ropa doblada, pañuelos, los guantes de ir a misa.

Nada escrito. Ninguna carta, ninguna libreta, ninguna receta, ningún papel con su letra o con la de nadie.

Quien hubiera limpiado aquella habitación —y estaba limpiada, no abandonada: el polvo no miente— había dejado los marcos y se había llevado el papel, con una distinción tan nítida que solo podía ser deliberada.

De todas las ausencias, la que me dolió fue la de las recetas.

Mi madre escribía las recetas a mano, en hojas sueltas que se manchaban de aceite y se doblaban por la mitad, y decía que un plato no se aprende, se hereda: por eso lo escribía, para que yo lo heredara.

Yo no heredé ni una sola hoja. En la cocina de abajo, donde mi madre había cocinado treinta y cinco años, no quedaba ni una línea de su letra; en su cuarto, tampoco.

Había fotos con su cara, peines con su forma de peinar, la colcha estirada como ella la estiraba, tirando de las esquinas.

Pero su escritura —la prueba de que aquella mujer había pensado cosas y las había puesto por escrito— no existía en aquella casa.

Me quedé un rato largo sentada en el borde de la cama haciendo con la habitación lo que hago con los pacientes: el inventario de lo que funciona y lo que falta.

Funcionaban los marcos. Faltaba el papel.

Y una habitación de la que alguien se ha llevado todo lo escrito, pensé aquella tarde con la luz gris entrando por el mirador, no es una habitación en orden.

Es una habitación a la que le han quitado la voz.

Así que, sentada todavía en la habitación que llevaba quince años esperándome, me hice la pregunta de la manera más inocente que pude, que es como se hacen las preguntas cuando una ya sospecha que no lo son: ¿dónde está el papel de esta casa?

Por la noche se lo pregunté a Jon. Lo hice con la voz plana, recogiendo la mesa, de pasada: había estado ordenando el cuarto de arriba y no encontraba las cosas de escribir de amama —usé la palabra de mi infancia sin querer, y me oí usarla, y seguí—; las recetas, las cartas, la caja del tocador.

—Pues ni idea —dijo Jon, sin levantar la vista del móvil—. Eso estará en el desván, en alguna caja. Cuando ella murió se subió todo. Tú te fuiste y alguien tenía que recogerlo.

La última frase cayó al centro de la mesa y se quedó allí, con su peso exacto de pagaré.

Tú te fuiste y alguien tenía que recogerlo.

Cierto: me fui. Cierto: alguien recogió.

Asentí, metí los platos en el lavavajillas, y no dije que en el desván, donde sí subí el miércoles por la tarde antes de la cena, no había ninguna caja con papeles de mi madre: había cajas de herramientas viejas, la bicicleta de Jon de los ochenta, un somier, y tres cajas rotuladas «ropa amama» cerradas con cinta.

La letra del rotulador era de Jon. Lo dejé estar.

Una caja cerrada con cinta no es una respuesta; es una pregunta que alguien ha decidido aplazar, y yo aún no tenía fuerzas para saber por qué la aplazaba.

El miércoles por la noche, después de cenar, hicimos la primera sesión casera.

No la llamé así —se llama así en mi cabeza y en los informes, no en las cocinas—; le dije «¿jugamos un rato?

», y mi padre, que toda la vida había huido de los juegos de mesa como de la misa de doce, asintió con una prisa que me desarmó.

Puse encima de la mesa seis cosas de la casa: una cuchara, las llaves, el peine de su bolsillo, una vela, el mando de la tele, una naranja.

Él tenía que nombrarlas. Clavó la cuchara a la primera, con una alegría perruna, de alumno que se sabe la fácil.

Las llaves le salieron «las llarres» y él mismo se corrigió, furioso, a la segunda.

La vela fue un rodeo hermoso: «Eso de… de cuando se va.

Se va la… y se enciende.» La luz. Eso de cuando se va la luz.

Le di la palabra, la repitió dos veces, y en la libreta, con la mano que le temblaba entera, la escribió: «vela», desnivelada, enorme, correcta.

Guardé esa página. Quiero decir: la arranqué con cuidado, le puse la fecha en una esquina —veintidós de septiembre, miércoles— y la metí en mi libreta de trabajo, detrás de la hoja del lunes, la de la frase, que ya llevaba su fecha puesta.

No me pregunté por qué lo hacía. En mi oficio se guardan las muestras: así se ve el curso, así se demuestra la mejora, así se enseña a las familias que el paciente no está quieto, que sube.

Eso me dije. Y era verdad. Pero había otra verdad debajo, que no me dije hasta mucho más tarde: que en aquella casa ya no creía yo en nada que no tuviera fecha escrita en una esquina.

El jueves fue el día en que vi el mapa entero.

Empezó por una tontería: la farmacia. A mi padre le quedaban dos días de uno de los pastilleros y bajé a media mañana a la farmacia de la esquina con la receta cruzada en la mano.

Cuando fui a pagar —lo pensé después, despacio— no se me ocurrió usar otra cosa que mi propia tarjeta, porque no tenía otra.

Y ahí, en el mostrador, con el dependiente esperando, se me ordenó por primera vez la lista completa.

La ordené del todo aquella noche, en la cena.

Jon vino a las ocho, como todas las noches, con olor a serrín y a barniz, y cenó con nosotros la tortilla que hizo Felisa y el pan de la mañana.

Mi padre cenaba despacio, atento a las conversaciones como quien sigue un partido por la radio.

Y Jon habló. Jon hablaba con esa soltura de quien lleva años hablando por dos, sin pausas para el otro, porque el otro ya no llenaba pausas.

Me contó el taller: que la obra estaba floja, que la gente ya no encargaba muebles como antes, que él tiraba de arreglos y de algún armario a medida.

Me contó la casa: que el tejado lo había arreglado él dos años atrás, que la caldera era nueva la del año pasado, que la pensión de papá «da para todo, no te preocupes por eso».

Me contó los quince años, sin contarlos: cada frase llevaba dentro el recuento —el que lleva las cuentas, el que arregla los tejados, el que está—, administrado sin acritud, con la naturalidad de quien no cobra pero tampoco olvida.

—Felisa cuánto cobra, si se sabe —pregunté, recogiendo los platos, de pasada.

—Se arregla —dijo Jon—. De la cuenta de papá sale, como tiene que ser. Tú no te pongas con números, que para eso las llevo yo desde siempre. Papá y el banco nunca se han llevado bien.

—Y el móvil de papá —dije—. ¿Dónde anda?