Capítulo 2 — Las cosas de la casa
El martes aprendí la casa por los sonidos, que es como se aprenden las casas que cuidan a un enfermo.
A las siete y cuarto, el arrastre pausado de mi padre por el pasillo de arriba: paso, arrastre, paso, arrastre, y la palma de la mano izquierda contra la pared en las curvas.
A las siete y media, el baño, con el grifo abierto mucho rato —se lava despacio, con una mano, y no admite ayuda para eso; lo supe porque el lunes por la noche subí a ofrecérsela y me cerró la puerta con una suavidad que era toda una declinación—.
A las ocho, la escalera, peldaño a peldaño, el culo por delante y la barandilla haciendo el trabajo del lado derecho.
Yo estaba ya en la cocina con el café hecho y la mesa puesta, haciendo la cosa más difícil de mi oficio: no levantarme a ayudar.
Hay que dejar que la gente llegue sola a donde puede llegar sola.
Se lo digo a las familias todos los días.
Nadie me dijo lo que cuesta aplicárselo al propio padre en la propia cocina de una.
Llegó, se sentó en su silla, la de la lamparilla, y me miró el café con una ceja levantada.
—Con leche, corto de leche —dije—. ¿Sigo sin equivocarme?
Asintió. Y sonrió, o hizo la mitad de una sonrisa, la mitad izquierda, que es la que le obedece.
El desayuno fue mi primera evaluación encubierta, y lo digo sin orgullo, porque evaluar a escondidas a tu padre entre las tostadas tiene algo de traición doméstica.
Pero llevaba doce horas en la casa y todo lo que sabía de su estado me lo había contado Jon de pie en el recibidor, y yo necesitaba mis propios datos.
Así que desayunamos y yo tomé notas mentales, como hacía mi madre con las cosas que no convenía escribir delante de mi padre.
Los datos, aquella primera mañana, fueron estos.
Entiende todo lo que se le dice en frases de longitud normal, sin repetición, incluidas las instrucciones de dos pasos: «coge el vaso y ponlo junto a la ventana, que da el sol», lo hizo sin dudar, mirándome como quien aprueba un ejercicio tonto.
Se orienta: sabe qué día es, sabe que estamos en septiembre, sabe dónde está el pan.
Habla poco y mal: palabras sueltas, alguna frase de dos o tres palabras que se le desmonta al final, una anomalía clara de denominación —señaló la mermelada y dijo «la…
la… eso, la cosa», y cuando le dije «mermelada» repitió «melada» y se enfadó consigo mismo con un bufido viejo, conocido, el bufido con que le fallaba una espiga en el taller—.
Los errores son errores de acceso, no de contenido: sabe lo que es la mermelada, sabe para qué sirve, sabe que se le ha quedado atragantada en algún punto del camino entre el cerebro y la boca.
Escribió su nombre en la libreta cuando se lo pedí, más estable que la noche anterior, y debajo escribió «mazana» por «manzana» —estábamos hablando de la fruta del bol—, tachó, y escribió «manzana» bien.
Todo eso, en mi libreta de trabajo, ocupa una línea de diagnóstico diferencial que yo he escrito cientos de veces: afasia, probablemente de expresión, con comprensión conservada; curso esperado, mejora lenta con rehabilitación.
Y debajo, la línea que no se escribe en los informes pero que es la que las familias vienen a preguntar: esto no es lo otro.
La demencia es otro libro. En la demencia la comprensión se erosiona, la orientación se deshace, el contenido de lo que se dice se vacía aunque la gramática resista; en la afasia es al revés: el contenido está entero y la gramática es la que se rompe.
Son dos bibliotecas distintas ardiendo por extremos opuestos, y distinguirlas es, literalmente, mi trabajo.
Mi padre, con su café corto de leche y su bufido de carpintero, estaba en la primera biblioteca.
El martes por la mañana, en mi propia libreta, escribí la conclusión y luego la subrayé dos veces, no sé bien para quién: «Comprende. »
Los martes le tocaba rehabilitación en el ambulatorio, y fui con él.
Jon se ofreció a llevarlo —«yo lo llevo siempre»— y yo dije que ya lo llevaba yo, con una firmeza que a mí misma me sonó a declaración.
El ambulatorio era el de siempre, el de la avenida de la Ribera, ampliado y pintado de un verde sanitario que no existía en mis tiempos.
La logopeda era una chica joven, de treinta y pocos, competente y con las prisas sanas de la sanidad pública: cuarenta minutos de sesión, ejercicios de denominación con tarjetas, repetición, lectura de frases cortas.
Mi padre trabajó los cuarenta minutos con una seriedad que me dejó sin respiración un par de veces: fallaba una palabra, bufaba, la pedía otra vez, la clavaba a la tercera.
Al final, en la puerta, la chica me dijo lo que se dice en las puertas:
—El señor Bengoa responde muy bien. Comprende muchísimo más de lo que expresa. Hay que hablarle, en casa, mucho, como a un adulto. ¿Usted es la hija?
—Soy logopeda —dije, y me oí decirlo como una coartada—. Trabajo en esto, en Madrid.
—Ah —dijo ella, y me miró distinto, con esa mezcla de alivio y recelo con que los de este oficio nos miramos entre nosotros cuando el paciente es de la familia—. Entonces ya sabe. Paciencia y mucha conversación. El lenguaje vuelve por donde se fue: despacio.
El lenguaje vuelve por donde se fue. Anoté la frase en la libreta, junto a «Comprende», y de camino a casa, empujando el paso de mi padre por la avenida con la niebla abriéndose a mediodía como una cortina perezosa, pensé en lo que esa frase quería decir para un hombre del que su hijo decía que «ya venía mal».
Las cosas que vienen mal de la cabeza no vuelven.
Esa es la diferencia, la única que importa, la que distingue un pronóstico de una sentencia: la afasia sube, la demencia baja.
Mi padre llevaba tres meses subiendo. Yo lo veía en la mano izquierda, en la lista de la compra que me dictó por gestos en la frutería, en cada palabra que le costaba una fortuna y valía dos.
Aún me quedaba por ver lo que decían los papeles. Pero eso fue después.
Felisa llegó a las nueve en punto, con la niebla pegada al abrigo y una bolsa de la frutería.
—Se lo traigo yo, que el de la tienda de enfrente le tiene tomada la medida —dijo, sacando dos tomates y una lechuga—. El señor come poca fruta. Hay que ponérsela pelada, que si no la deja.
Trabajaba como hablaba: rápido, sin aspavientos, con cada cosa en su sitio.
La observé toda la mañana con la excusa de ponerme al día, y lo que vi fue una rutina bien montada: la tabla de ejercicios del brazo encima de la tele, hecha con mi padre participando a su manera, bufando; la medicación del pastillero dada con agua y con comprobación; la comida pensada para una mano, todo troceado antes de llegar a la mesa; la siesta de después de comer, no negociable.
A mediodía, mientras mi padre dormía, Felisa fregó la cocina entera de rodillas, de la manera antigua, y cuando le dije que para eso estaba la fregona me contestó que el señor resbala con la fregona mojada y no con esto, y siguió fregando.
Era buena. Lo digo sin rebaja: era buena en su trabajo, y mi padre estaba limpio, alimentado, con el pelo peinado y las uñas cortadas, y esas cuatro cosas son el termómetro honesto de cualquier cuidado.
Lo que no acababa de gustarme no tenía nombre todavía.
Era más bien la sensación de que Felisa ocupaba la casa con el permiso de alguien, y que ese alguien no era mi padre.
El miércoles por la mañana, antes de la hora muerta en que entré en el cuarto de mi madre, la ciudad me hizo su primer trámite de hija que vuelve.
Bajé a por pan a la panadería de siempre —sobrevive, con el mismo horno y otra dueña, la hija de la de entonces— y la mujer me miró dos veces por encima de la balanza y me dijo, sin saludar primero:
—Tú eres la hija de Patxi. La pequeña. La de Madrid.
Dije que sí con el pan en la mano.
—Tu madre te echaba mucho de menos —dijo ella, pesando la barra que yo ya había pagado, como si la frase fuera parte del trámite—.
Venía todos los sábados. Hablaba de ti como si estuvieras a la vuelta de la esquina.
«Mi Leire, que trabaja con la palabra», decía.
Nunca entendí bien a qué se dedicabas, pero ella lo contaba con orgullo.
Trabaja con la palabra. Crucé la calle con el pan bajo el brazo y la niebla en la cara, y pensé que mi madre había encontrado una manera de decir lo mío que ninguna de las dos habíamos encontrado en vida: yo no curaba, no enseñaba, no arreglaba; trabajaba con la palabra.
Quince años llevaba yo sin oír una frase de mi madre, y me llegó la primera por la ventanilla de una panadería, de propina, con el pan.
En esta ciudad las cosas se dicen así: tarde y por terceros.
El miércoles entré en el cuarto de mi madre.
Lo había evitado dos días con la diligencia de quien no evita nada: pasaba por el pasillo con cestos de ropa, con vasos, con la vista puesta en cualquier punto útil.
El miércoles por la mañana mi padre estaba con Felisa haciendo la tabla del brazo, Jon no vendría hasta la noche, la casa estaba en una hora muerta, y me encontré delante de la puerta con la mano ya en el pomo, sin haber decidido nada. Abrí.
La habitación estaba en orden. Esa es la palabra exacta y la que me costó un rato entender, porque el orden de aquella habitación era un orden con una firma dentro.
La cama, hecha, con la colcha de siempre estirada sin una arruga.
El tocador, con el espejo limpio y los peines de mi madre en su vaso.
Las fotos, en sus marcos: la boda de mis padres, mi madre conmigo en brazos delante del caserío, los dos niños en la playa, mi padre joven con el pelo negro apoyado en la puerta del taller.
El armario cerrado. Todo limpio, todo ventilado, todo como se deja una habitación que se sigue queriendo.