Capítulo 2 — Las cosas de la casa #3
—Lo llevo yo en el bolsillo —dijo, y se lo palpó, el bulto en la chaqueta—. Le vuelve loco. Llama sin querer, cuelga sin querer, una vez le dio por llamar a la ambulancia a las cuatro de la mañana. Así que nada, lo llevo yo. Si quieres hablar con él me llamas a mí y yo se lo acerco.
Todo era razonable. Eso es lo que hay que escribir aquí con letra clara: cada una de aquellas respuestas, suelta, era razonable.
Un padre de setenta y cuatro años con el lado derecho parado no puede con el banco, ni con el móvil, ni con la letra pequeña de la seguridad social; alguien tiene que llevarlo, y ese alguien es el hijo que está, el que arregla los tejados.
Yo he visto esa figura en cientos de casas: el hijo administrador, la hija que filtra.
Casi siempre es amor con mala manera. Casi siempre.
Casi.
Cuando Jon se fue, puse la lista en la libreta, en la cocina, con mi padre ya acostado y la niebla apretada contra la ventana.
La tarjeta de mi padre, la de su cuenta, la de la pensión: la tenía Jon, en su cartera, con el PIN memorizado por él y por nadie más.
Lo sabía desde el lunes sin haberlo pensado —«yo le llevo las cuentas, que con el banco se hace un lío»—, pero el jueves lo vi como un dato, no como una frase.
El móvil de mi padre: en el bolsillo de la chaqueta de Jon.
Las citas con el médico de cabecera: «Yo voy con él, que yo sé cómo explicárselo al doctor.
» La correspondencia: la recogía Jon, «que el banco manda cada cosa».
Felisa: la pagaba Jon, en efectivo, con un sobre que no se comentaba, de una cuenta que él solo veía.
Dinero, teléfono, médico, correo, cuidados.
Cinco líneas. Todas las puertas por las que mi padre se comunica con el mundo —su dinero, su teléfono, su médico, sus cartas, la mujer que lo cuida— tenían el mismo portero.
En mi trabajo se ve mucho: el familiar que centraliza, el que filtra, el que responde por el paciente en la consulta antes de que el paciente abra la boca.
A veces es secuestro y a veces es solo costumbre de mandar, y desde fuera no se distinguen hasta que es tarde.
Miré la lista un rato, y escribí debajo, en la lengua de mi oficio que es la única en que sé pensar con frío: «Canal único.
» Hacia las diez, cuando me levanté para darle la medicación de la noche, mi padre me hizo una seña con la mano izquierda: la libreta.
Se la acerqué con el bolígrafo atado a su goma. Escribió despacio, con la mano todavía desmontada, las letras desniveladas, grandes y pequeñas, pero con menos paradas que el lunes. Escribió dos frases cortas. Luego me giró la libreta hacia mí, como quien pasa un plato.
«Felisa bien. Jon no.»
Lo leí dos veces. La mano no temblaba más que de costumbre; no había tachones; la puntuación era deliberada, dos puntos, uno tras cada palabra, como dos clavos.
—Aita —dije, despacio, mirándolo a los ojos—. ¿Jon no… qué? ¿Qué es lo que no?
Mi padre me miró. Tenía los ojos de siempre, los ojos claros que Jon y yo no heredamos, y en aquel momento los tenía cargados de una cosa que yo no supe leer: no era miedo, o no era solo miedo; era una especie de prudencia vieja, la de un hombre que ha hablado poco toda su vida y no piensa desperdiciar las palabras ahora que le cuestan una fortuna.
Señaló la libreta con la barbilla. Luego negó con la cabeza, una vez, despacio. No iba a escribir más.
—¿Felisa está bien —intenté otra vez, como se hace en terapia, descomponiendo—, y Jon no está bien? ¿O Felisa está bien, y con Jon… no? ¿No delante de Jon?
Ni siquiera sé qué esperaba. Mi padre cerró la libreta con la palma de la mano izquierda, con una suavidad definitiva, y apoyó la mano encima, y me miró, y en esa mirada entendí que la frase iba a quedarse así, con su doble fondo, como una de esas espigas del taller que solo se entienden cuando el mueble está acabado.
Felisa bien. Jon no. Dos frases de dos palabras que podían significar que mi hermano era malo para él, o que mi hermano era malo para algo, o simplemente que había cosas que no se escribían delante de Jon.
Lo ayudé a subir, le di la medicación, le dejé el vaso de agua en la mesilla. Al apagar la luz de su cuarto me dijo —con la voz rota, con las sílabas andando a empujones, pero me lo dijo— una palabra que no le había oído todavía desde que llegué:
—Ga… ganas.
—¿Ganas?
Asintió. Señaló la libreta que yo me llevaba bajo el brazo, y repitió, con toda la boca, con toda la cara:
—Ganas.
Bajé a la cocina sin entenderlo del todo.
Me preparé una tila que no bebí, miré la niebla por la ventana, miré la libreta cerrada sobre la mesa.
Ganas. ¿Ganas de qué? Y entonces, con el agua de la tila enfriándose, lo entendí, o creí entenderlo: no era una palabra suelta, era una valoración.
Ganas. Mi padre, que entendía cada frase que se decía en aquella casa, llevaba tres días midiéndome.
Y aquella noche había decidido, con la palabra más barata y más cara que le quedaba, que yo tenía ganas.
Ganas de qué, fue lo último que pensé antes de subir. Y me dormí sin saber que aquella frase de dos clavos —Felisa bien, Jon no— era la primera pieza de un juego del que aún no veía ni la caja.