La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 15
46%

Capítulo 15

Saffron

L a cena fue tal como Tyler había dicho.

Ligera, divertida y despreocupada. Tan despreocupada como puede ser una cena de negocios con el jefe presente.

El equipo —Richard, el director financiero; Quinn, el director de proyecto; y Matt, el asistente de Tyler— resultaron agradables y fáciles de tratar.

Ahora que no tenían trabajo pendiente, estaban encantados de incluirme en el grupo.

El único ausente era su conductor, que había preferido no venir para hacer unas compras de última hora.

Tyler había reservado mesa en el restaurante del hotel, que según Internet era el mejor sitio para comer en Florencia.

Ahora parecía más relajado que antes, aunque eso no impedía que su mirada me pusiera nerviosa.

No me quitaba ojo. Se pasó casi toda la cena fulminándome con la mirada.

Incluso ahora, mientras tomábamos algo tranquilamente, seguía pendiente de mí.

Seguramente para asegurarse de que me portara bien y no lo dejara en ridículo delante de sus colegas. Pero yo tenía ganas de picarlo.

—¿Cómo es trabajar para él? —le pregunté a Richard.

Estábamos sentados uno al lado del otro, con Tyler enfrente. Richard no necesitó que le aclarara a quién me refería. Lo pilló al instante. Se rio entre dientes.

—Una locura. En mis cuarenta años nunca he trabajado tan duro como con esos dos, pero el dinero lo compensa, ¿sabes lo que te digo?

Se inclinó hacia delante con aire confidencial, aunque nuestra conversación era de lo más inocente. Me acerqué a él para seguirle el juego y casi sonreí cuando vi que a Tyler se le tensaba la mandíbula.

—No parece buen jefe.

Richard miró a Tyler. Debió de ver algo, porque se echó hacia atrás de inmediato y dijo en un tono mucho más formal:

—Trabajar para Tyler es genial porque no te sientes como un simple engranaje en una máquina.

—Richard, dudo que ningún director financiero se sienta como un simple engranaje.

Se rio de nuevo.

—Te sorprenderías.

Dio una palmada en la mesa y me rozó la mano, que tenía apoyada junto a la suya.

—Una vez estuve en una startup tecnológica y...

Su mirada se cruzó con la de Tyler y se calló. Observé cómo los dos hombres se comunicaban algo indescifrable con la mirada, y entonces Richard dijo:

—Ha sido un placer charlar contigo, Saff, quiero decir Saffron, pero mañana tenemos que coger un avión y necesito dormir.

Estuve a punto de decirle que no había prisa, que era un jet privado y que Tyler difícilmente despegaría sin él, pero ya se estaba marchando.

Matt y Quinn charlaban entre ellos, enfrascados en una discusión juguetona sobre películas de las que yo no había oído hablar en mi vida.

Su conversación me resultaba tan intimidante, dado que era una completa novata en cine, que no me atreví a intervenir.

Y ahora me quedaba a solas con Tyler. Seguía mirándome, satisfecho de haber ahuyentado a Richard.

—¿Por qué has hecho eso?

Se encogió de hombros con un gesto engreído y petulante.

—¿Hacer qué?

—¡Sabes perfectamente a qué me refiero! ¡Has hecho que Richard se vaya!

—Mañana madruga, ya lo has oído.

Tyler se levantó. Creyendo que se marchaba, me giré y saqué el móvil del bolsillo, pero lo que hizo fue ocupar el asiento que había dejado Richard.

—¿Qué haces?

—Yo que tú no perdería el tiempo con Richie. No sé si te has fijado en el anillo que lleva.

—Mira quién fue a hablar, el señor Adúltero en Serie, al que han fotografiado con modelos y actrices de medio mundo.

Tyler arqueó las cejas.

—¿Has estado siguiendo mi vida amorosa?

Resoplé.

—Me sigue a mí, no al revés. Saliste con dos de mis colegas.

Aunque «colega» no era exactamente la palabra.

Eran más bien modelos del sector con las que coincidía de vez en cuando.

Como eran más famosas que yo, apenas tenían motivos para relacionarse conmigo, pero cuando nos tocaba trabajar juntas en alguna sesión de fotos, charlábamos.

Una de ellas salió con él tanto tiempo que llegó a pensar que era «el indicado».

Estuve tentada de decirle en más de una ocasión que su novio estaba casado conmigo.

—¿Y quiénes serían?

—¿Zoe e Isla Fontaine? Por favor, no me digas que te has olvidado de Isla. Estaba convencida de que vosotros dos estabais destinados a casaros.

—Ah, ella. Era mona, aunque un poco pegajosa. Pero tampoco es que puedas llamar a lo nuestro un matrimonio de verdad. No es como si tú no hubieras cometido tu propio adulterio. A menos, claro, que hayas estado esperándome todo este tiempo. Suspirando por tu amor de juventud.

—Te tienes en muy alta estima.

Pero había dado en el clavo. Pasé la mayor parte de los primeros años de nuestro supuesto matrimonio esperando que volviera a mí.

Esperando que apareciera en mi puerta y me dijera que me echaba de menos.

Y cada vez que lo veía fotografiado en un estreno con su novia de turno, se me encogía el corazón y una parte de mí se endurecía, hasta que me di cuenta de que estaba enamorada de un hombre que me odiaba antes y me odia aún más ahora que se vio obligado a casarse conmigo.

—¿Me estás diciendo que nunca has pensado en aquella noche?

—No.

Sí. Cada noche, al meterme en la cama, lo revivía una y otra vez. Intenté estar con otros hombres, pero ninguno conseguía igualar los fuegos artificiales de aquella noche de bodas.

—Claro que sí. Hoy mismo me has preguntado por ello.

Me sonrojé.

—Eso no significa que piense en ello. Me preguntaba por qué se te daba tan mal. He estado con otros hombres mucho más experimentados que el universitario medio, y tengo que decir que quedas en último lugar. Solo me preocupaba por ti, eso es todo.

Se le volvió a tensar la mandíbula.

—Mentirosa. Te corriste a lo bestia. Cuatro veces, si no recuerdo mal.

—Así que tú no lo has olvidado.

Se giró para mirarme de frente, con la mano apoyada en el respaldo de la silla.

—Podemos repetirlo y comprobar si sigues pensando que soy el peor de todos tus amantes.

—No, gracias.

Me levanté.

—Ya lo viví, ya lo hice, ya tengo la camiseta.

Qué bien sentó dejarlo allí plantado. Me alejé contoneándome, sabiendo que me estaba mirando. El vestidito rojo ceñido que llevaba hacía que mi trasero pareciera más grande de lo que era, y me felicité por habérmelo puesto. Que te den, Tyler.

Subí por las escaleras. El ascensor estaba vetado después del desastre de esa tarde.

Pero cuando por fin llegué a mi planta, Tyler estaba junto a su puerta, esperándome.

Apoyado en ella con los brazos cruzados, observándome mientras me acercaba.

Mi habitación quedaba más allá de la suya, así que tenía que pasar por delante.

Podía dar media vuelta, pero eso solo me haría quedar como una cobarde después de haberlo dejado plantado con tanta seguridad.

Me erguí y pasé junto a él como si no lo hubiera visto. Si quería intimidarme, iba a tener que esforzarse más.

—¿Qué opinas?

Arqueé una ceja.

—Sobre mi oferta.

Solté un bufido mientras intentaba sacar la llave del bolso, pero no lograba encontrarla entre todo el maquillaje. —¿Y qué oferta es esa?

Se acercó con desgana hasta ponerse a mi lado. Me obligué a no mirarlo, pero algo captó mi atención. Tenía mi tarjeta en la mano. —Te dejaste esto en la mesa.

Extendí la mano hacia la tarjeta y él la apartó. Volví a intentarlo y la movió en otra dirección.

—Da igual —dije, y me di la vuelta para irme por donde había venido.

—¿Adónde vas?

—A pedir otra llave.

—¡Venga! Te doy la llave.

Me detuve. Había avanzado cuatro puertas. —¿Lo dices en serio?

Asintió y agitó la tarjeta. Volví sobre mis pasos y acorté la distancia hasta quedar a pocos centímetros de él.

Su aroma me envolvió. Mi cuerpo se tensó cuando nuestras manos se rozaron al cogerla.

Se la quité y, cuando estaba a punto de abrir la puerta, dijo: —Así que nunca me superaste. Tenía razón.

—Yo... eso es una chorrada.

—¿Ah, sí? —Su voz sonaba grave y seductora—. Demuéstralo.