Capítulo 14
Saffron
E l sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo y la ciudad de un tono dorado que lo volvía todo romántico.
Lástima que estuviera con un imbécil y no con un marido devoto que estuviera enamorado de mí.
Habíamos vuelto al Arno y paseábamos en silencio después de aquella confrontación.
Al menos parecía haber cambiado de actitud y ya no lanzaba pullas, pero no lo interpreté como un gesto conciliador.
Todavía me odiaba. Solo se estaba portando bien, probablemente porque se había dado cuenta de que teníamos que trabajar juntos.
Esa era mi parte racional. Mis sentimientos descarriados, por otro lado, iban por libre. Cada vez que nuestras manos se rozaban, el pulso se me aceleraba por mucho que me repitiera que no debía reaccionar a cada roce.
—¿Quieres dar un paseo en barca? —dijo Tyler cuando llegamos a un embarcadero donde los turistas se subían a las barcas.
Sí quería. Podía ser cursi y todo eso, pero me encantaba hacer esas cosas típicas de turista, aunque fuera con Tyler el Imbécil. Sin embargo, la larga cola me hizo dudarlo. Había menos barcas de las que esperaba.
—No sé —dije, señalando la cola—. Como nos pongamos a la fila, nos pasamos aquí toda la noche.
Tyler resopló.
—Eso no es nada —y fue hacia el reniolo . Unos minutos después, volvió y me cogió de la mano—. Vamos.
Ignoré el escalofrío que me recorrió la espalda mientras me llevaba hacia una barca.
—¿Cómo lo has conseguido? —pregunté mientras la barca navegaba río abajo.
—Nada que no se arregle con unos cuantos cientos de euros.
—Claro, soltando pasta —dije en voz baja, temiendo que el reniolo nos oyera, pero no fue así.
—¿De qué serviría si no lo usara de vez en cuando? —dijo.
Puse los ojos en blanco.
Él sonrió con suficiencia.
—Di «gracias, Tyler».
—¿Cómo sabías que quería subirme a una?
—Te vi mirando las barcas. No eres tan sutil como te crees.
—Gracias.
La palabra no me costó tanto como pensaba.
El resto del paseo en barca transcurrió en silencio, lo cual me encantó.
Contemplé las vistas y olvidé por un momento con quién estaba hasta que llegó la hora de volver a tierra firme.
Tyler me ayudó a salir de la barca y tropecé cuando el pie se me enganchó en el muelle.
Pero en lugar de caer al río, Tyler me atrajo hacia él, y las manos se me quedaron abiertas sobre su pecho duro.
El estómago me dio un vuelco mientras sus brazos me envolvían y me levantaba hasta que los pies me tocaron el suelo.
—¿Estás bien? —preguntó.
Todo había sucedido en cuestión de segundos, pero parecía que hubieran pasado horas. Mi cerebro seguía anclado en la sensación de sus manos rodeándome. En cómo me habían envuelto el cuerpo y me habían sostenido con firmeza y a la vez con delicadeza. Su aroma inundándome. Estaba todo menos bien.
—Estoy bien —dije, soltándolo antes de hacer algo de lo que me arrepintiera.
Volvíamos al hotel cuando pasamos por una joyería. Me detuve en seco, pillando a Tyler desprevenido; había seguido caminando unos pasos y tuvo que volver.
—¿Qué pasa? —dijo.
Señalé la pulsera de tenis de diamantes y zafiros del escaparate.
—Esa es una Celeste . Es una de las pocas piezas de su colección que hizo Emilia Harris. Una auténtica joya —dije, admirando la pulsera.
Era parte de la colaboración entre Celeste y Steel Cute de hace años. Solo hizo cincuenta pulseras, y la mayoría ya estaban vendidas. No tenía ni idea de que aún quedaran algunas a la venta.
—¿ Celeste ? ¿No es la empresa que acusaron de vender diamantes de sangre?
—Esmeraldas de sangre, en realidad. Eso fue con la antigua dirección. La empresa usa minerales de origen ético desde que KMVH tomó el control.
—Vaya. Interesante. Es bonita, lo reconozco. ¿La quieres?
Eché a andar y aparté la mirada de la hermosa joya.
—Tendría que vender un riñón para poder comprarme algo así.
Tyler se quedó clavado en el sitio.
—Podríamos entrar a probártela, si quieres —señaló la tienda con la cabeza.
Me moría por ponérmela. Solo la había visto una vez, en una clienta, y nunca había tenido la oportunidad de tocarla, y mucho menos de llevarla puesta.
—Vale.
La tienda, moderna y sofisticada, resultaba tan poco acogedora por dentro como por fuera, a pesar de las sonrisas de bienvenida de los empleados.
Una mujer en el mostrador de la entrada nos saludó en italiano e inglés.
Tyler no estaba tan intimidado como yo y preguntó con total naturalidad si podíamos ver la pulsera de tenis.
—Por supuesto —dijo la mujer, echando un vistazo discreto al Rolex de Tyler. Sacó la pulsera y nos condujo a una mesa con tres sillones tapizados. Se sentó en un extremo, nos indicó que nos sentáramos en el otro y abrió el estuche. Se me escapó un suspiro.
—Es preciosa —dijo la mujer, que según su placa se llamaba Fiona.
Acerqué la mano a la joya, pero la retiré de golpe.
—¿Puedo tocarla?
—Por supuesto —dijo, y sacó la pieza para colocarla sobre la mesa. La cogí. Era más ligera de lo que esperaba. El platino que sujetaba las piedras estaba trabajado con maestría, y los zafiros y diamantes entrelazados tenían un tallado impecable.
—Deja que te la ponga —dijo Tyler. Extendió la mano y le puse la pulsera en la palma. Luego le ofrecí la muñeca. Sus dedos me rozaron la piel con delicadeza. Cuando cerró el broche, se echó hacia atrás para observar la pulsera—. Tienes razón. Es impresionante.
—Es la última que nos queda; solo teníamos dos —dijo Fiona.
—¿Cuánto cuesta? —pregunté sin apartar la mirada de la pieza. Sabía el precio, pero aun así me quedé de piedra cuando mencionó la cantidad—. ¿Ves? —le dije a Tyler—. Un riñón.
—Pero preciosa —dijo Fiona—. Puede comprársela a su novia, ¿no?
—No es mi novio —interrumpí.
—No. Soy su marido.
Fulminé a Tyler con la mirada.
—Aún mejor —dijo Fiona—. Puede comprársela como regalo de aniversario.
Me quité la pulsera.
—No nos hacemos regalos de aniversario. Somos así de raros. Gracias por enseñármela. Es preciosa.
Ya en la calle, le pregunté:
—¿Por qué te encanta decirle a todo el mundo que estamos casados si odias este matrimonio?
—¿Eso hago? —Se encogió de hombros—. Solo decía la verdad.
Volvimos al hotel. Estaba pensando en subir por las escaleras y dejar que Tyler cogiera el ascensor solo, cuando él me guio con naturalidad hacia los ascensores.
Entramos en una cabina vacía. Qué suerte la mía.
No quería volver a estar encerrada con él.
Especialmente en un ascensor. Especialmente después de la última vez.
Miramos los números mientras ascendían, piso tras piso. Esperaba que se detuviera y entrara alguien que rompiera la tensión, pero no pasó nada. Subimos en silencio hasta que, de repente, las luces se apagaron y el ascensor se detuvo.
Di un respingo.
—¿Qué ha pasado?
—Debe de ser un apagón —dijo Tyler, mirando el móvil—. No hay señal.
—Joder.
Una oleada de calor me invadió. Sentía una opresión en la garganta que me impedía respirar. Dios mío. ¿Y si... y si pasa algo malo? ¿Y si el ascensor cae? Dios mío.
Se encendió una luz, pero no eran las del ascensor. Era la linterna de Tyler.
—Saffron, ¿qué te pasa?
Me doblé sobre mí misma, incapaz de respirar. Busqué en los bolsillos la medicación que no estaba allí. La cabeza me daba vueltas.
—Voy a morir.
—Mierda —oí decir a Tyler mientras mis manos y rodillas tocaban el suelo.
Las manos de Tyler me rodearon la espalda—.
Te está dando un ataque de pánico —dijo.
Con suavidad pero firmeza, me echó hacia atrás hasta que sentí el acero frío de la pared del ascensor a mi espalda.
El contacto pareció calmarme un poco, pero una vez que mi cuerpo entra en este estado, es difícil salir de él, haga lo que haga para tranquilizarme.
Tyler me frotó los hombros mientras yo respiraba hondo. Y estaba funcionando. Me concentré en el entorno, sin pensar en nada más, hasta que el mareo empezó a ceder. Cuando el dolor de cabeza desapareció, empecé a sentirme mejor.
—Es solo un apagón —dijo Tyler.
—Sí.
Me froté las manos en los vaqueros.
—Apagón.
Tyler se sentó a mi lado, pero no me quitaba los ojos de encima.
—No te gustan los ascensores, ¿verdad?
Negué con la cabeza.
—Mi madre murió en uno.
—Joder.
Se frotó las sienes.
—Joder, Saff, lo siento. Por eso aquel día tú... maldita sea. Soy un cabrón.
—Sí.
Soltó una risita. Luego se puso serio.
—¿Qué pasó?
—Eh...
—¿Sabes qué? No tienes que contármelo si no quieres.
Las luces volvieron a encenderse y el ascensor empezó a moverse.
Tyler miró hacia arriba, pero no hizo ademán de levantarse.
—Deben de haber encendido el generador. Las luces están un poco tenues.
No pude responder. Todavía me avergonzaba haberme dejado llevar por el pánico por nada. Y delante de la misma persona, otra vez. ¿Qué pensaría de mí? Una blandengue mimada, probablemente. Claro, solo era un apagón y todo iba a estar bien.
Las puertas se abrieron. Tyler se levantó y me ayudó a ponerme de pie.
—Gracias —murmuré.
Entramos en el pasillo. Solté a Tyler y me tambaleé hacia mi habitación. Busqué la llave en el bolsillo y él apareció a mi lado al instante.
—No tienes buena pinta —dijo, quitándome la llave de la mano.
—Estoy bien, Tyler.
—No, no lo estás.
Abrió la puerta, la empujó con la cadera y esperó a que entrara. Entré, y él cerró tras de sí.
—Te he dicho que estoy bien.
Me cogió de la mano, lo que me sobresaltó, y me llevó al dormitorio antes de que pudiera protestar. Me sentó en la cama.
—No tienes buena pinta.
Se sentó a mi lado, con el rostro marcado por la preocupación.
Eso me pilló desprevenida. No le gusto lo suficiente como para que le importe, entonces ¿por qué lo hace?
Aunque, pensándolo bien, un ataque de pánico puede parecer aterrador si no sabes lo que es.
Pero él lo sabía. Lo había identificado como tal.
Me apartó el pelo de la cara. Un gesto suave y reconfortante que destruyó mis defensas.
—¿Cómo murió tu madre?
Su voz era tranquila. Parte de mí quería desahogarse. Apoyarme en su hombro y contárselo todo. Nunca le había contado a nadie lo de la muerte de mi madre. Mi padre no quería hablar de ello, y yo seguí su ejemplo de no compartirlo nunca, pero ahora... ¿Qué tenía él que me hacía tan débil?
Me levanté de un salto y me alejé un par de pasos.
—He dicho que no quiero hablar de ello. ¿Puedes irte ya?
Levantó las manos en señal de rendición.
—Vale. Pero ¿al menos vendrás a cenar esta noche?
—No quiero tener una cita contigo.
—No es eso.
Se levantó también.
—Es una cosa de la empresa. Estarán todos. Hasta el conductor.
—Ah.
Pues claro que lo era, estúpida. No puedo creer que haya pensado en una cita.
—No creo que pueda; quiero dormir.
—No va a ser nada serio, confía en mí. Es para celebrar. Por haber cerrado el trato.
Parecía que quería que dijera que sí. Como si de verdad quisiera que fuera. Una cena con otras personas no estaría tan mal. Y probablemente no tendría estos molestos sentimientos que me invadían ahora y antes, cuando estábamos a solas. —Claro. Allí estaré.
Me dedicó una sonrisa radiante. —Genial. —Era la primera vez que sonreía por algo que yo había dicho.