La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 13
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Capítulo 13

Tyler

—¡ Qué coño, Tyler!

El trasero sexy de Saffron se contoneaba de un lado a otro mientras caminaba delante de mí con tacones negros de aguja, una falda rosa ajustada y una blusa de seda blanca que habría sido apropiada en cualquier entorno empresarial, pero totalmente fuera de lugar en una fábrica.

Se detuvo en la verja, sacudió la cabeza con exasperación y sacó el móvil de su bolso color crema.

—No necesitas llamar a un Uber. Tengo coche.

Señalé mi Bentley, aparcado a un par de metros de donde estábamos. El sol de la tarde estaba alto y hacía un calor sofocante; se podía ver una capa de calima brillando sobre el coche. No iba a quedarse esperando un coche con este calor.

—Te pasaste todo nuestro matrimonio sin querer saber nada de mí, y de repente le dices a un tipo que estamos casados porque... ¿qué? ¿Te molesta verme triunfar?

Ese no era el problema en absoluto. Cuando vi cómo estaba con Antonio, lo cómoda y sonriente que se mostraba ella, lo relajado que estaba él con ella...

Nunca me había sonreído así a mí. Y no era una de sus sonrisas de anuncio.

Era una sonrisa genuina, de las que solo había mostrado unas pocas veces.

Un impulso primitivo de apartar a ese hombre de ella se apoderó de mí.

De reclamarla y demostrarle que era mía.

Un impulso que ni siquiera ahora entendía.

—¿Estabas coqueteando con él?

—¿Por qué iba a...? ¿Estás loco?

No supe qué responder.

—Por favor, sube al coche; mi conductor y mi asistente, Matt, están esperando. Nos están mirando ahora mismo, preguntándose qué pasa. No vas a quedarte aquí una hora. No con este calor. No con esos tacones.

Miró el Bentley y luego a mí. Con el ceño fruncido, dijo:

—¿Qué haces aquí?

Vine porque me desvié del camino para ver cómo le iba.

Saffron no se me iba de la cabeza desde que me enteré de que tenía un viaje de negocios a la misma ciudad y en las mismas fechas que yo.

Cosa del destino, así que la invité a venir en mi jet.

Cuando Lindy, la supervisora de logística, me dijo que había reservado una habitación en la misma planta que Matt, le di instrucciones de poner a Saffron en mi planta.

Pensé que era porque ocupaba un puesto superior al de asistente, igual que mi director financiero, pero ahora ya no estaba tan seguro.

—Negocios. Igual que tú. Escucha, solo te lo ofrezco porque vinimos juntos; si no, te dejaría tirada en la cuneta sin pensármelo dos veces. A Seb no le gustaría. A mí, en cambio, me importas un bledo.

Miró la carretera y luego el móvil. Sabía que yo tenía razón. Antonio podría ofrecerse a llevarla a la ciudad, pero eso me apetecía aún menos que verla subirse a un coche compartido. Suspiró y volvió a guardar el móvil en el bolso. Reprimí una sonrisa mientras se dirigía al coche.

Saffron subió y cerró la puerta de su lado, mirando al frente sin dignarse a mirarme.

El aire acondicionado me recorría el cuerpo, refrescándome la piel mientras el aroma a jazmín y rosa de Saffron me llenaba las fosas nasales y me endurecía la entrepierna.

Mi conductor arrancó y nos pusimos en camino de vuelta a la ciudad.

Fue un viaje silencioso e incómodo. Saffron no despegó la vista del móvil mientras los dos hombres de delante no se atrevían a entablar conversación entre ellos ni conmigo. Solo a mitad de camino dijo:

—¿Qué hacías aquí exactamente?

Sabía a qué se refería. Por esta zona apenas había negocios aparte de fábricas de cuero y empresas similares.

—Ya te lo he dicho: tengo negocios aquí.

—¿Por estos lares?

—No, en la ciudad. Vine a cerrar un trato con una empresa de arquitectura. Ya que había terminado, pensé en pasarme a ver qué tal te iba.

Resopló.

—Pensaste que no sabía cuidarme sola.

—No. Pero pensé que agradecerías que te acercaran. Y tenía razón, ¿no?

Me recosté en el reposacabezas y cerré los ojos, dando por zanjada la conversación. No quería que indagara más en mis verdaderas motivaciones, que, francamente, ni yo mismo entendía. ¿Por qué coño me había desviado una hora de mi camino para seguirla?

—Bicho raro —la oí decir.

Saffron fue la primera en salir del coche cuando llegamos al hotel.

Antes de que pudiera detenerla, murmuró un gracias y no me quedó más remedio que seguirla.

Se metió en el ascensor antes de que pudiera alcanzarla, y cuando por fin llegué a nuestra planta, Saffron ya había entrado en su habitación. Llamé a su puerta, pero no contestó.

Le envié un mensaje.

Yo: ¿Estás huyendo de mí?

Saff la Esposa Epoxi: Sí

Yo: Ay

Saff la Esposa Epoxi: Para ser alguien que piensa que soy una acosadora, estás bastante obsesionado conmigo.

Yo: Quiero hablar contigo.

Saff la Esposa Epoxi: Vete a la mierda, Tyler

Yo: Quiero disculparme.

Tardó una eternidad en responder, y por un momento pensé que había pasado del mensaje. Pero entonces se abrió su puerta.

—Ahí está —dije, y mi voz resonó en el pasillo silencioso.

Saffron puso los ojos en blanco.

—Si esto es una estratagema para...

—No. De verdad quiero disculparme por cómo te traté el otro día. No debería haberte llamado acosadora. Fue una grosería por mi parte. No sé en qué estaba pensando. Verte... me jode la cabeza a veces, ¿sabes?

—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?

—¡No te estoy echando la culpa! No esperaba verte en la pastelería de mi hermana. Tienes la costumbre de aparecer en los lugares donde menos me lo espero.

Y de destrozarme la compostura de paso.

Saffron no parecía convencida.

—Y quiero disculparme por cómo me comporté en la fábrica. Fui un imbécil.

—Bien. Disculpa aceptada.

Retrocedió y estaba a punto de cerrar la puerta cuando metí el pie entre la puerta y el marco.

—¡Tyler!

Una limpiadora pasó con un carrito, lo que la distrajo un momento. Aproveché para colarme en su habitación.

—¡Qué coño!

—Estabas a punto de cerrarme la puerta en las narices.

Cerré la puerta a mis espaldas y entré en el espacioso apartamento, con un diseño y decoración neorrenacentista italiana similares a los de mi suite.

Estábamos en la sala de estar, y mi mirada se desvió hacia las puertas correderas dobles, entreabiertas, tras las cuales se veía una cama perfectamente hecha.

—¡Porque había terminado de hablar contigo!

—Yo no.

—Dije que te perdono. ¿Qué más quieres?

Me dirigí a la chaise longue roja y dorada y me dejé caer en ella, con el brazo extendido sobre el reposacabezas.

—Mi disculpa no está completa.

Entrecerró los ojos.

—Quiero invitarte a salir.

—¿A salir?

—A visitar…

Miré hacia la ventana por la que entraba la brisa, con una hermosa vista de la ciudad.

—…este lugar.

Hice un gesto hacia la ventana.

Esbozó una sonrisa burlona.

—No, gracias.

Me levanté y acorté la distancia entre nosotros.

Me acerqué tanto que tuvo que alzar la vista para mirarme a los ojos.

Y lo hizo con descaro. Se había quitado los zapatos y era más baja que yo; me llegaba al hombro.

Un mechón de cabello castaño le cayó sobre el rostro mientras me miraba, y tuve que apretar los puños para no apartárselo.

—Vamos —dije—. Quiero compensarte.

Se lamió los labios. Aquella noche volvió a mi mente. Tuve que contenerme para no rodearle la cintura con los brazos.

—¿Y cómo propones hacerlo?

—Nada descabellado. Solo un paseo por el Arno.

—¿Un paseo por el Arno?

Y otras cosas explícitas en las que no me atrevía ni a pensar, mucho menos a decir en voz alta.

—Sí. Como, eh… socios de negocios.

Entrecerró los ojos de nuevo, esta vez con menos recelo que antes. Luego dijo:

—Bien. Me cambiaré.

No pude evitar sonreír.

Se dirigió al dormitorio, y no pude evitar quedarme mirándole el trasero mientras caminaba. En las puertas, se detuvo y se volvió hacia mí.

—Bueno, ¿qué haces todavía aquí?

—Eh. Cierto. Bien. Te dejo… hacer lo tuyo.

Un cuarto de hora después, Saffron y yo salíamos del hotel y caminábamos juntos por la calle.

El sol ya no era tan sofocante como antes.

Aunque las calles estaban llenas de turistas, no era tan agobiante como en mis visitas anteriores, aunque aun así nos rozábamos con la gente al caminar.

Saffron se había cambiado y llevaba unos vaqueros y una camiseta, y yo me había puesto algo similar.

Para cualquiera que nos viera, probablemente parecíamos una pareja más disfrutando de las vistas.

—¿Y bien? —dijo Saff—. ¿Cuál es el plan?

—¿Plan? Haces que suene como una reunión de negocios.

—Bien podría serlo. No estaríamos hablando ahora mismo si no fuera por los negocios.

Divisé una gelatería y la señalé.

—El plan es un gelato. ¿Te atreves?

—Claro —dijo sin mucha convicción—. Un helado suena bien.

Unos minutos después, estábamos de vuelta en la calle, cucuruchos en mano. Tenía que mirar al frente y no arriesgarme a echarle un vistazo, o mi mente se iría por otros derroteros cada vez que Saffron lamiera su helado.

—Así que no mentías cuando dijiste que querías disculparte —dijo Saffron.

—No. Te he tratado mal y eso no ha ayudado a nuestra relación laboral.

Se detuvo en seco.

—¿Esto es cosa de Seb?

—¿Seb?

No sé por qué me molestaba oírla llamarlo con tanta confianza.

—¿Ahora le llamas así a mi hermano?

Palideció.

—No. ¿No le gusta que lo llamen así?

Le di un lametón a mi helado para disimular el alivio.

—De hecho, lo prefiere, pero solo con amigos y novias. Los colegas y socios tienen que usar el nombre completo.

—Cierto… tu hermano es raro.

—Eso es ser un Hawthorne. Todos tenemos nuestras rarezas.

—¿No es verdad?

Ahora el sorprendido era yo.

—¿Qué se supone que significa eso?

—Sabes perfectamente a qué me refiero.

Habíamos llegado a una calle con menos gente. Ya no había tanto empujón, pero nos habíamos acercado el uno al otro y prácticamente nos rozábamos los brazos.

—En realidad, no lo sé.

Saffron negó con la cabeza.

—Por supuesto que lo has olvidado.

Se detuvo de nuevo.

Me planté frente a ella.

—Vas a tener que ser más específica si quieres que lo recuerde.

Le di otro lametón al helado, provocándola a propósito.

—Nuestra primera noche juntos. ¿Me estás diciendo que es normal acostarte con tu esposa y luego desentenderte de ella durante los siguientes cinco años?

—¿Todavía piensas en aquella noche?

Se le encendieron las mejillas. Intentó ocultarlas con el pelo, pero ya había visto su reacción.

—¿De qué iba todo aquello?

Saffron fue una niña que estuvo colada por mí durante mucho tiempo.

Así la recordaba. Cuando me envió una carta pidiéndome que la acompañara al baile de graduación, me pareció tierno.

Para mí no era más que una niña simpática.

Pero entonces un amigo mío se enteró y leyó la carta en la asamblea delante de toda la escuela.

Me encaré con él después. Y cuando lo arrastré a su clase para que le pidiera perdón, ella ya se había ido.

Y cuando creció, como nuestras familias se movían en los mismos círculos, fui conociendo más sobre ella y su carrera como modelo.

Y el enamoramiento que había mantenido durante años.

Nada de eso habría importado si ella no les hubiera mentido a sus amigos y familiares diciendo que estábamos saliendo cuando tenía dieciséis años y yo veintiuno, lo que me hacía parecer un pervertido.

Desmintió la mentira enseguida, pero aquello me dejó un sabor amargo.

Ni siquiera eso habría importado si no hubiera acabado encontrando la manera de obligarme a casarme con ella.

Pero lo peor de todo era que, a medida que se fue convirtiendo en una mujer adulta, mis sentimientos hacia ella cambiaron.

Cuando la vi de nuevo en otra fiesta años después, Saffron ya era modelo, y una muy sexy.

Por fin le sentaba bien su estatura. Sus piernas, antes larguiruchas, eran ahora estilizadas columnas que hacían que cualquier hombre con sangre en las venas se las imaginara enroscadas alrededor de su cintura.

Los granos y los problemas de piel que la habían atormentado en la adolescencia habían desaparecido, dejando una suave piel de alabastro que me moría por tocar.

La molestia se había convertido en deseo.

Y por mucho que intentara quitármelo de encima, no podía.

Tampoco ayudaba que su imagen apareciera en plan sensual en cada autobús, valla publicitaria y parada de la ciudad.

—Hice lo que llevaba mucho tiempo queriendo hacer —dije finalmente—. ¿Tiene algo de malo, teniendo en cuenta lo que te pagué?

—Me haces parecer una prostituta.

—Que yo sepa, las trabajadoras sexuales no cobran cincuenta millones y una espada de Damocles.

—Te dije que no soy yo quien te está chantajeando. Si lo supiera, ¿no crees que habría hecho algo al respecto?

Eso no tenía mucho sentido. Si ella tenía poco control sobre mí y quería el divorcio, no sabía qué pensar. Pero ¿quién más podía tener el material si no era ella?

—¿Qué hiciste con todo el dinero?

—Me lo gasté todo en zapatos.

—Ja, ja. Muy gracioso.

—Eso es lo que querías oír, ¿no?

Echó a andar de nuevo. La seguí.

—En absoluto.

—Claro, claro.

Cuando la alcancé, dio un respingo al rozarse nuestros hombros. Interesante. No le era tan indiferente como pretendía.

—No, en serio, ¿qué hiciste con él? Porque si todavía lo tuvieras, dudo que hubieras ido a pedirle limosna a mi hermano.

—Dios mío. Fue una presentación, ¡y no fui yo quien la organizó! Lo hizo mi socia.

Levanté las manos y salpiqué gotas de helado en el suelo.

—Vale. No habrías ido a mi hermano con una presentación si te quedara algo de dinero.

Mantuvo la mirada al frente.

—No vi ni un céntimo. Mi padre se lo gastó todo.

—¿En serio?

Me costaba creerlo.

—¿Ni siquiera para tu matrícula?

—Me pagué la universidad yo sola. Papá pensó que ahora que estaba casada contigo, era tu responsabilidad cuidar de mí. Ese era el trato, ¿recuerdas?

Sí, su padre había mencionado algo de eso, pero yo estaba demasiado cabreado para que me importara.

—Entonces, ¿cómo te las arreglaste? ¿Ser modelo pagaba tanto?

No había sido supermodelo ni nada parecido, pero quizás había conseguido contratos de patrocinio.

O un sugar daddy dispuesto a financiarla.

No era raro entre las mujeres de su profesión, especialmente viniendo de una familia tan interesada como la suya.

Pero solo pensar en Saffron en brazos de otro hombre me daba ganas de estampar el puño contra la pared.

—La verdad es que no. Tuve que pedir préstamos y vivir con más austeridad que mis compañeras.

—¿Por qué no me llamaste? Podría haber...

Arqueó las cejas y me quedé callado. Sabía que me habría reído en su cara.

Lo que no entendía era por qué su padre había dejado que su hija se las arreglara sola cuando ella era la clave para conseguir el dinero que tanto necesitaba.

Entonces me acordé de mi propio padre y de lo egoísta que era en vida, y lo entendí.