Capítulo 12
Saffron
O diaba lo cómodos que eran los mullidos asientos del jet de Tyler.
Cuando recibí el correo, mi primera reacción fue rechazar la oferta y pagarme el viaje de mi bolsillo, pero lo vacío que estaba ese bolsillo me hizo reconsiderarlo.
Ahora estaba sentada en un extremo del avión mientras Tyler ocupaba el otro con tres de sus empleados en una reunión improvisada.
Bueno, su asistente, un jefe de proyecto y su director financiero estaban apiñados mientras Tyler se reclinaba en su asiento con aire despreocupado, escuchando a sus subordinados e interviniendo de vez en cuando.
Desde donde estaba sentada, en diagonal a él y en el extremo opuesto, solo podía verle el perfil.
Era guapísimo. Podría haber sido un modelo de éxito si no fuera tan asquerosamente rico.
Como si pudiera sentir mi mirada, Tyler cruzó sus ojos con los míos.
Me quedé paralizada; se me encendieron las mejillas.
Frunció el ceño como si hubiera pillado a un pervertido mirándolo con lascivia.
Me volví hacia el portátil y fingí estar ocupada, pero no lo engañé.
El móvil vibró. Un mensaje apareció en la pantalla.
Tyler el Imbécil: ¿No tienes nada mejor que hacer que mirarme fijamente?
Yo: ¿No tienes nada mejor que hacer que mandarme mensajes?
En la parte delantera del avión, Tyler soltó una risita al mirar su mensaje.
Dios, cómo lo odio. Volví al trabajo e intenté concentrarme hasta que llegamos a Italia.
Para mi sorpresa, la responsable de logística me había reservado una habitación en la misma planta que Tyler.
Pensé que me tocaría alojarme con los empleados de menor categoría, pero parecía que ella consideraba que yo tenía un estatus más alto.
Bien. Esperaba que verme entrar en la habitación de al lado le hiciera hervir la sangre.
El día siguiente fue muy ajetreado para mí.
Apenas vi a Tyler ni a su gente, salvo a primera hora en el desayuno.
Estaba ocupada intentando llegar a tiempo a la fábrica.
Nunca había estado en Florencia, ni siquiera en mi época de modelo, así que primero tuve que orientarme.
La fábrica estaba en las afueras de la ciudad, y me dirigí allí siguiendo las indicaciones del proveedor.
El olor penetrante del cuero tratándose me dio la bienvenida: había llegado. Un hombre bajo y corpulento me esperaba cuando bajé del taxi compartido.
—¿Señorita Channing? —dijo, tendiéndome la mano.
—¿Antonio Caruso?
Asintió con una amplia sonrisa. Me estrechó la mano con tanta fuerza que me cortó la circulación.
—No es como me la imaginaba —dijo con voz ronca y un marcado acento, mientras me guiaba hacia un pequeño edificio a pocos metros de la fábrica. Mis tacones crujían sobre la grava, hundiéndose en las piedrecillas. Debería haber llevado zapatos planos, pero bueno.
—Vaya. ¿Y cómo me imaginaba?
—No como una supermodelo. Es usted... ¿cómo dicen? Sexy.
Di un paso atrás.
—Con todo el respeto —añadió.
—Ya... —Me reí. Antonio era un hombre coqueto, sobre todo por teléfono, aunque estaba segura de que era inofensivo.
Entramos en el pequeño edificio. Era una sala de muestras bien organizada, con tiras de cuero expuestas en las paredes. Al fondo, una puerta abierta daba a un despacho desordenado. Antonio fue a cerrarla.
—Le habrá sorprendido que le pidiéramos venir en persona, pero tiene que saber que, cuando hacemos negocios con un cliente nuevo, preferimos que vea el material en persona. Sobre todo cuando el pedido es tan grande como el suyo.
—Lo entiendo.
Sonrió y dio una palmada.
—¡Fantástico!
Pasé medio día en la fábrica. Después de elegir el tipo de cuero y la textura envejecida que prefería, me llevó a una sala de muestras aún más grande para que viera los muebles terminados y cómo los fabricaban.
Describía su trabajo con orgullo mientras yo sacaba fotos con el móvil y se las enviaba a Malaya.
Antonio estaba explicándome cómo conseguían que el cuero pareciera envejecido, pasando la mano por un sofá de piel color canela, cuando se detuvo, se irguió y se le iluminó la cara.
—¡Señor Hawthorne!
Miré por encima del hombro y vi a Tyler entrar en la sala de muestras con paso decidido, seguido de su asistente y otro hombre con pinta de italiano vestido con un mono de trabajo.
Reprimí un quejido. El brillo travieso de sus ojos no me tranquilizó nada.
Seguro que había venido a burlarse de mí. O peor, a sabotear mis esfuerzos.
Antonio me dio una palmadita en el hombro y, sin apartar la vista de Tyler, pasó junto a mí para ir al encuentro del multimillonario.
—¡Señor Hawthorne! ¿Qué lo trae por aquí?
Me volví y vi a Tyler adoptar su típica postura desenfadada: manos en los bolsillos, ligeramente echado hacia atrás.
—Quería comprobar que mi diseñadora de interiores no la está liando —dijo, con la mirada ardiente clavada en mí.
—¡Ah! ¡Trabaja para usted! Con razón eligió lo mejor.
—Trabaja conmigo —intervine—. Soy su socia, Antonio. No trabajo para él.
Antonio se rio y volvió a acercarse a mí.
—Eso es aún mejor. ¿Significa eso que no le debe nada? —Arqueó las cejas.
—Solo en lo que respecta a poner estos sofás en sus hoteles. Entre otras cosas.
Por el rabillo del ojo, vi cómo a Tyler se le tensaba la mandíbula.
Tyler se acercó y se puso a mi lado. Me rodeó la cintura con la mano. Se me dio un vuelco el estómago ante aquel abrazo repentino e inesperado.
—A mi esposa le gusta hacer jueguecitos, Antonio. Pero tenga por seguro que es mía, tanto en los negocios como fuera de ellos.