Capítulo 11
Saffron
E n cuanto Tyler Hawthorne me vio, vino directo hacia mí, me agarró la mano y prácticamente me arrastró hasta una mesa en la esquina del fondo de la pastelería, ante la sorpresa de su hermana.
—¿Qué haces aquí?
Aunque se sentó en una silla frente a mí, seguía apretándome la mano con fuerza. Si alguien de paso no lo hubiera visto arrastrarme hasta aquí, con un simple vistazo habría pensado que éramos amantes, por cómo teníamos las manos entrelazadas sobre la mesa.
Forcejé con el brazo, pero fue inútil.
—Suéltame.
—¿Me estás acosando ahora? ¿Es eso?
Luché contra el impulso de poner los ojos en blanco.
—¡Suéltame!
Tiré de mi mano justo cuando él la soltaba, lo que me hizo tambalearme hacia atrás.
—¿Cómo me encontraste?
—La gente puede entrar en pastelerías y comprar cosas. Que yo sepa, este es un lugar público —me crucé de brazos—. Créeme, no eres el centro de mi mundo.
«Y si hubiera sabido que tu hermana era la dueña de este lugar, no habría venido».
Resopló.
—Sí, claro.
—Cree lo que quieras.
Tyler me fulminó con la mirada. Era obvio que pensaba que estaba aquí por él. Ridículo, teniendo en cuenta que no quería saber nada de él.
—¿Por eso viniste tan tarde? —continuó—. ¿O estuviste aquí todo el tiempo?
—Estás como una cabra. ¡Lo único que hice fue entrar en una pastelería y pedir algo de comer!
Me fulminó con la mirada. Tenía la mandíbula tensa mientras me evaluaba, como si estuviera decidiendo qué hacer conmigo.
Miré hacia la puerta. Estaba demasiado lejos.
Podría salir corriendo y dejar a este demente solo.
Pero tenía la sensación de que me seguiría y montaría una escena aún más embarazosa si me bloqueaba la salida.
Antes de que pudiera decidir qué hacer, Ivy apareció con una bandeja con mi pedido.
—Un croiclair y un capuchino para llevar.
Dejó la bandeja sobre la mesa, sobresaltando a Tyler, que no había visto llegar a su hermana.
—Gracias —murmuré, esperando que se fuera, pero se quedó allí de pie, mirando a su hermano con ojos brillantes y expectantes.
Tyler tardó en reaccionar a su presencia, y al cabo de un momento, dijo:
—¿Qué quieres? —con el tono de un hermano mayor irritado por su hermana pequeña.
Su actitud cáustica no pareció molestarla. De hecho, sonrió de oreja a oreja y dijo:
—Nunca había visto a ninguna de tus novias.
Tyler puso los ojos en blanco.
—No es mi novia, es una socia.
—Oh. Pensé... oh. Bueno, ¿vas a presentármela?
Tyler le dedicó una sonrisa tensa.
—Ivy, te presento a Saffron Channing, nuestra decoradora de interiores. Saffron, esta es Ivy, mi hermana.
Las palabras le salieron como si se las arrancaran con tenazas.
Ivy captó la indirecta de que no la quería allí y se despidió. Cuando se fue, dije:
—¿Socia? ¿Alguien de tu familia sabe que estamos casados?
—No —respondió secamente—. Eres mi secretito vergonzoso, y pienso mantenerlo así.
—Bien. ¿Puedo irme ya? No creo que quieras que tu hermana sospeche que hay algo entre nosotros. Quién sabe, igual voy y le cuento que estamos casados.
—Inténtalo, y puedes despedirte de nuestro acuerdo.
Hablaba en serio. Eso era obvio. Levanté las manos en señal de rendición.
El aroma rico y terroso del café me llegó a la nariz, invitándome a probarlo.
El croiclair en la cajita con ventanilla también tenía una pinta deliciosa.
Cogí el café y le di un sorbo. La bebida caliente me bajó por la garganta, suave y cremosa.
Joder. Iba a ser una mierda no poder volver aquí.
Abrí la caja del croiclair y partí el pastel; las escamas y la crema cayeron dentro de la caja.
El pastel se deshizo suavemente en mi boca; notas de natillas, crema fresca y masa de croissant bailaron en mi paladar.
Dios, qué bueno estaba. No me extrañaba que el local estuviera lleno.
Cerré los ojos mientras devoraba el resto del croiclair, y cuando los abrí, Tyler tenía la mirada clavada en mi boca, los ojos velados de... ¿deseo?
Imposible. Obviamente estaba malinterpretando sus emociones. Si había algún deseo en sus ojos, era el deseo de matarme. Aun así, era inquietante y me hacía sentir expuesta. Cerré la caja, cogí el café y me levanté. Tyler se levantó también.
—Nos vemos mañana, campeón —dije.
Pensé que me seguiría, que me susurraría alguna amenaza al oído antes de que saliera por la puerta, pero no lo hizo. Aunque sentí sus ojos clavados en mí hasta que salí de la pastelería.
◆◆◆
La semana siguiente fue un torbellino de trabajo, trabajo, trabajo, y nada más.
Después de que Tyler aprobara los cambios, nos dedicamos a rehacer el diseño, contactar con proveedores y buscar el mejor material que cumpliera con los exigentes estándares de Tyler.
Casi todo estaba listo hasta que nos dimos cuenta de que el material necesario para los sofás solo estaba disponible en Italia.
—¿No pueden enviárnoslo? —preguntó Malaya cuando le conté que el representante de la fábrica de cuero quería que fuera en persona.
—Por lo visto, el cliente tiene que inspeccionar el cuero en persona, sobre todo si es la primera vez que lo compra.
Malaya soltó un quejido.
—Hawthorne exigió cuero italiano de plena flor para los sofás. No podemos escatimar en eso.
—Sí. Una de nosotras tiene que ir.
—¿Una de nosotras? ¡Ja! —negó con la cabeza—. Los sofás son cosa tuya. Tienes que ir tú, amiga.
Me di un cabezazo contra el escritorio. Viajar no era lo mío. No me importaba conocer sitios nuevos, pero, Dios mío, los aeropuertos y los hoteles baratos en el extranjero eran un suplicio, sobre todo en viajes de trabajo.
Levanté la cabeza y le puse morritos a Malaya.
—No quiero —dije—. ¿Puedes ir tú en mi lugar? Porfi.
—No. Ni aunque me lo pidas de rodillas. Tengo que trabajar con el de las puertas y asegurarme de que no esté destrozando los diseños.
Y luego está el envío de alfombras que llega mañana.
Tengo el plato lleno, a no ser que quieras encargarte tú de todo eso.
Y no puedes pasárselo a Penny. Es buena, pero es nueva.
En ese momento, nuestra empleada más reciente llamó a la puerta abierta.
La mujer rubia, de talla grande y con una sonrisa efervescente, entró dando saltitos cuando asentí para que pasara.
Llevaba un portátil en la mano. —Necesito vuestra aprobación de los renders del baño que acaban de llegar —nos dijo a las dos.
Malaya se encogió de hombros mientras le hacía un gesto a Penny para que se acercara a su escritorio—.
¿Ves? Ahora que Penny tiene el escritorio lleno con los diseños del baño, todo recae sobre ti.
—Uf. Odio esto.
—¿Cuál es el problema?
—¿Que Saffron no quiere visitar el hermoso país de Italia? ¿Te imaginas el horror?
—Tendré que pasar todo el viaje apretujada en un asiento de clase turista, luego dormir en una habitación de hotel diminuta y después visitar una fábrica que huele a pedo gigante. Vamos, un viaje de lo más romántico.
—Pídele a H&H que te reserve el vuelo y el hotel. Seguro que te ponen en clase business. Dinero no les falta.
No era mala idea en absoluto. Le envié un correo a la gerente de logística de H&H para contarle lo del viaje. Era una mujer agradable y eficiente que solía responder enseguida, pero esta vez tardó más. Seguí con mi trabajo, y cuando se acercaba la hora del almuerzo, recibí un correo suyo:
Tenía pensado reservarte un hotel y un vuelo, pero estás de suerte. El Sr. Tyler Hawthorne viaja a Italia por negocios y ha accedido a llevarte en su jet privado y a alojarte en el hotel donde se hospedará.