Capítulo 16
Tyler
N unca llegó a su habitación. La llevé a la mía.
Tampoco llegamos a la cama. No creo que hubiera tenido fuerzas.
Me había estado atormentando toda la noche.
Coqueteando con mi director financiero, que era demasiado despistado para darse cuenta.
Provocándome con ese vestido rojo tan sexy.
Cuando la vi salir de su habitación para la cena, me mordí el labio para no agarrarla y llevármela a mi cuarto.
Ahora estaba aquí conmigo. Pegada a mi cuerpo, ansiando que la tocara como si yo fuera el único capaz de liberar todo el deseo reprimido que sentía.
Prácticamente ardía de deseo. Se retorcía contra la pared y se apretaba contra mí.
¿El último de la lista? Y una mierda. Le voy a demostrar quién puede hacerla correrse.
Recorrí su cuello con los labios hasta el nacimiento del escote.
Mis manos exploraban todo su cuerpo. Era tan suave y tersa que no podía dejar de tocarla, de sentir su piel contra la mía una vez más.
Había pasado mucho tiempo. Había pasado noches enteras pensando en aquella noche.
Había perseguido esta misma sensación que tuve con ella y no la había encontrado en ninguna parte.
Nadie me hacía sentir como ella entonces.
Como me hacía sentir ahora con solo un leve roce.
Su vestido era demasiado ajustado y no encontraba la cremallera ni el botón ni lo que fuera para quitárselo, así que lo rasgué. Jadeó mientras los trozos de tela caían al suelo con un susurro.
—Joder, qué sexy eres.
—Era un vestido bonito, imbécil.
—No te preocupes —dije con los ojos clavados en su cuerpo. La única luz venía del dormitorio. Las sombras y la luz tenue velaban su cuerpo de forma preciosa. Con sus tacones altos rojos y la lencería de encaje rojo, parecía un ángel oscuro enviado para atormentarme—. Te conseguiré otro.
Alzó la barbilla.
—Era un regalo personal de Donatella.
Se rodeó la cintura con las manos. Si no hubiera sido modelo y no hubiera hecho una campaña para una marca de lencería, habría pensado que era tímida.
—Puedo tirar de algunos hilos —mi hermano era amigo de Versace.
Podía conseguirme un vestido. Con delicadeza, le aparté las manos y le desabroché el sujetador.
Sus pechos eran exactamente como los recordaba.
Firmes, redondos y demasiado grandes para su cuerpo menudo.
Acaricié uno antes de reclamarlo con la boca.
Gimió; las piernas le flaquearon mientras la sujetaba por la cintura.
Le dediqué la misma atención al otro pecho, disfrutando cada gemido que soltaba cuando le rozaba el pezón con los dientes.
Mis manos bajaron hasta sus bragas, que corrieron la misma suerte que el sujetador y el vestido.
Entonces la toqué entre las piernas. Estaba empapada.
La polla me palpitaba contra los pantalones.
Quería estar dentro de ella ya, pero tenía que esperar.
Me arrodillé y le coloqué una pierna sobre el hombro, abriéndola para mí.
Era delicado, rosado y húmedo. Brillaba, y chupé como un loco.
Se retorció contra la pared, restregándose contra mi cara mientras yo lamía su dulce néctar.
Me agarraba del pelo mientras la llevaba a la locura.
Entonces jadeó y me apretó la cabeza entre los muslos mientras se corría a chorros.
Me levanté, duro como una piedra y listo para correrme dentro de ella.
Saffron me bajó la cremallera. Le ayudé con las manos temblorosas, y cuando por fin quedé libre, me agarró la polla, la acarició y jugó con ella.
Me frotaba de arriba abajo hasta que estuve seguro de que me iba a correr en sus manos.
Le aparté la mano de un empujón, saqué un condón del bolsillo, me lo puse, le envolví las piernas alrededor de la cintura y me hundí en ella en tiempo récord.
La follé duro y rápido contra la pared. Su coño estaba apretado, caliente, tan ceñido que quería quedarme dentro de ella para siempre.
Le rocé el cuello con los labios mientras me agarraba con las piernas y me clavaba los tacones en el culo.
Sus pezones me rozaban el pecho mientras gemía en mi oído.
Sí, esto era. Esto era lo que había estado persiguiendo. La única droga capaz de satisfacerme. Heroína pura, sin cortar. Era ella. Su coño me apretó la polla y casi pierdo el control. Joder. Era buenísima. Buscó mis labios, pero aparté la cara. Captó la indirecta y me besó en la mejilla.
—Joder, Tyler —dijo entre gemidos.
—Ya lo sé —la embestí sin piedad—. Dilo.
—¿El qué?
Embestida.
—Sabes a qué me refiero.
—No.
Me detuve.
—Tyler, por favor.
—Dilo.
—Joder. Eres el mejor que he tenido.
—Buena chica —volví a embestir, y a las dos embestidas se deshizo. Su coño me exprimía la polla mientras convulsionaba, casi echándome fuera. Pero la sujeté con fuerza, y poco después me corrí igual de fuerte. Los dos nos desplomamos en el suelo, con las extremidades enredadas.
—Sabía que nunca me habías olvidado.
—Sigue diciéndote eso —dijo entre jadeos—. Solo eres un cuerpo, nada más. Un consolador que usé para desahogarme.
Dolió. Quería que doliera, pero yo sabía que mentía.
—Al menos me deseas. Eso no puedes negarlo.
Para demostrárselo otra vez, me levanté y la arrastré al dormitorio, donde le lamí el coño hasta que se corrió de nuevo.
Luego follamos hasta corrernos otra vez.
Una y otra vez hasta quedar agotados, y ya era la mañana siguiente.
No sé cuándo me quedé dormido, pero a la mañana siguiente me despertó Matt al entrar en la suite.
—Buenos días. Te he enviado la agenda y todo lo que vas a…
Matt se quedó paralizado. Las puertas correderas del dormitorio estaban abiertas de par en par, y podía vernos perfectamente a Saffron y a mí dormidos entre sábanas revueltas. Del susto, se le cayó la tableta al suelo.
—Deberías aprender a llamar —grazné.
—¡Mierda, lo siento! No quería…
Se giró de un lado a otro, como un robot averiado, y salió corriendo de la suite.
—¡Era tu asistente! —exclamó Saffron, que se incorporó de golpe agarrando las sábanas.
—Sí. Ya se ha ido, no tienes que preocuparte —le lancé una mirada elocuente a las sábanas con las que se cubría. El poco descanso que había tenido esa noche bastaba para querer otra ronda... ¿Cuál sería? ¿La catorce?
—¡Pues yo creo que sí! ¿Y si le cuenta a todo el mundo que tú y yo estamos...? ¡Van a pensar que conseguí el trabajo porque me acuesto contigo!
Se dejó caer en la cama y se llevó la mano a la frente.
—¿Y qué? ¿A quién le importa? —Saffron no me parecía de las que se preocupan por lo que piense la gente.
—Era de esperar que dijeras eso. Nunca has tenido que aguantar que la gente dude de ti. Ni que piensen que conseguiste un trabajo por tu físico.
Vale, quizá tenía razón en eso.
—Deja de agobiarte.
Cogí el móvil de la mesilla y llamé a Matt.
—Tío.
Lo puse en altavoz.
—¡Sí, señor!
Casi me río. Nunca me había llamado señor. Sonaba tan cagado de miedo que, si Saffron lo supiera, no estaría tan preocupada.
—No viste nada cuando viniste aquí. ¿Verdad?
—Exacto. Ni siquiera subí a tu planta.
—Exacto. Y si le cuentas a alguien otra cosa, puedes despedirte de tu carrera. ¿Entendido?
—Perfectamente, señor.
—¿Ves? —le dije a Saffron después de colgar—. No hay de qué preocuparse.
—Ya, pero va a empezar a mirarme raro.
Me levanté de la cama. Cualquier esperanza de otra ronda se esfumó. Estaba demasiado alterada por que la hubieran pillado, y dudaba que quisiera repetir.
—Qué va. Matt es buen chaval. Ojalá nos hubiera pillado Richie. Así sabría que no debe meterse con lo que es mío.
—¿Qué?
Me quedé helado. La había llamado mía. ¿De dónde coño había salido eso? Era como si hubiera brotado de una parte profunda de mí en la que nunca había indagado. Una parte que mantenía cerrada y que nadie veía. Y como siempre, tenía que seguir bajo llave. Preferiblemente con la llave bien lejos.
—Eres mi esposa, ¿no?
Ella resopló.
—Estoy deseando divorciarme de ti.
—Podrías entregar las pruebas falsificadas del chantaje de tu padre, y te dejo libre encantado.
—Ya te lo dije. No lo tengo.
Fui a su lado de la cama y le di un toquecito en la cabeza.
—Pues entonces vas a tener que acostumbrarte a ser mi esposa. Esposita.