La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 9
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Capítulo 9

Tyler

E stábamos suspendidos a cuarenta pisos de altura en un edificio en construcción, sin nadie que pudiera ayudarnos.

El botón de emergencia, que probablemente había pulsado unas cien veces, no parecía funcionar.

Y si funcionaba, quien fuera que debía acudir nos estaba ignorando.

Saffron agitaba el teléfono en el aire buscando señal, algo que yo ya había intentado sin éxito.

Todavía no habían instalado los amplificadores de señal, así que era inútil.

Intenté llamar a la línea de emergencia del amplificador, pero nadie contestaba.

—¿Por qué no viene nadie? —preguntó.

Luego se golpeó la cabeza contra la pared de contrachapado.

—Claro. La hora de comer.

—¿Quieres decir que están comiendo? —Miré la hora.

Era justo cuando la gente solía ir a comer. Maldita sea.

Pulsé el botón de emergencia otra vez. Nada. Lo golpeé de nuevo, frustrado. Saffron resopló.

—Venga, destroza nuestra única esperanza de salvación.

—El botón no funciona, da igual.

—Eso no lo sabes. Ya te lo he dicho: la hora de comer. Seguro que se han ido a comer.

—Claro —respondí con sarcasmo—. Seguro que no tiene nada que ver con el ascensor defectuoso en el que estamos.

—Eh, no me eches la culpa a mí. Solo soy la decoradora de interiores.

Fruncí el ceño, me crucé de brazos y apoyé la espalda en la esquina.

—¿Y cómo acabaste siendo decoradora?

Negó con la cabeza, dejó caer el bolso al suelo y fue hacia los botones.

—Como cualquier decoradora de interiores. Estudié para ello.

Se agachó a examinarlos y pulsó un botón al azar, como si pudiera diagnosticar el problema.

Su trasero bien redondeado resultaba deliciosamente tentador en esa posición, y me mordí el labio por dentro para no hacer el idiota.

Cinco años después, y todavía quería acostarme con ella.

¿Cuándo iba a desaparecer este deseo malsano?

Lo odiaba. Solo los hombres débiles se obsesionaban así con una mujer a la que no le importaban.

—¿En serio? —resoplé—. ¿Dónde? ¿En la Universidad Comunitaria del Quinto Pino?

—En el Fashion Institute of Technology, para que lo sepas.

Una parte de mí no pudo evitar sentirse impresionado. Era una universidad prestigiosa en la que era difícil entrar, pero la otra parte, la más cínica —la fea que quería demostrar que ella no me afectaba— ganó.

—¿Cómo entraste? ¿Les hiciste mamadas a los profesores? ¿O quizás tu padre los chantajeó?

Se quedó paralizada. Le había dado donde dolía. Eso debería haber bastado. Pero esa parte fea quería seguir pinchándola.

—O las dos cosas.

Se enderezó. Saffron no me miró. Se quedó de pie, con la vista al frente. Tras un largo momento, dejó caer los hombros y se volvió. Esperaba tristeza o lágrimas, pero lo que vi fue rabia.

—A diferencia de ti, Tyler, el niñato que tuvo que tirar del dinero y la influencia de papá, yo me pagué la universidad solita.

Pero tú no sabrías nada de eso, ¿verdad?

Prefieres verme como una niña rica mimada.

Como si colgarme esa etiqueta fuera a limpiar la culpa que sientes por ser un enchufado.

Ay. Eso había dado en el clavo. Pero se equivocaba en una cosa.

—¿Ah, sí? Porque si no recuerdo mal, te pagué un buen dinero solo para ponerte un anillo en el dedo.

Negó con la cabeza.

—Yo no vi ni un céntimo de ese dinero.

Interesante, pero tenía que estar mintiendo. El padre de Saffron quería tanto a su hija que había chantajeado al amor de la infancia de ella para que se casara con ella.

—¿Ah, sí? ¿Papi no te dio lo que creías merecer?

—No me dio nada. Y aunque me lo hubiera ofrecido, no habría aceptado ni un céntimo de tu dinero sucio.

El ascensor dio una sacudida y Saffron salió disparada hacia mí.

La atrapé antes de que cayera; nuestros cascos chocaron.

La bombilla sobre nosotros parpadeó y se apagó.

Nos quedamos a oscuras, y por un momento no vi nada.

Con una mano, mientras con la otra sujetaba a Saffron, busqué el teléfono en los bolsillos.

Saqué el pequeño aparato negro y encendí la linterna.

—¿Estás bien? —dije, alzando la luz hacia el techo para no deslumbrarla.

Tenía el rostro crispado de preocupación y las pupilas le bailaban de un lado a otro. Se aferraba a mí como si mi chaqueta pudiera sacarla de aquella caja. Asintió levemente, poco convencida.

—Todo va a ir bien. Solo se ha ido la luz.

O al menos eso creía yo.

—Pero esa sacudida —le temblaba tanto la voz que casi parecía una niña—. ¿Vamos a...?

—¿Caer cuarenta pisos? No, la cabina seguramente se ha enganchado a la planta en la que estamos para evitarlo. Es un sistema de seguridad.

—¿Seguro?

—Vamos, sí, yo construí este maldito trasto.

Hizo una mueca, sin convencerse y claramente asustada.

—Bueno, técnicamente este no, pero contrato a los mejores. No se va a estrellar. Confía en mí.

Poco a poco, nos dejé caer al suelo, coloqué el teléfono con la linterna hacia arriba y estiré las piernas mientras Saffron seguía aferrada a mí.

Estaba temblando, me di cuenta entonces.

Sus manos me frotaban el pecho, aparentemente para calmarse más que para excitarme, pero eso no impedía que mi cuerpo reaccionara.

—Va a estar bien —dije, y la estreché contra mí.

Ella apretó su cuerpo contra el mío, y fui plenamente consciente de todas sus curvas.

Siempre había sido delgada, pero debía de haber ganado algo de peso desde que dejó de modelar, y todo había ido a parar a los sitios adecuados.

La abracé, rodeándola con los brazos para calmarla.

Estuvimos así varios minutos, y poco a poco el temblor cesó.

Entonces, como si saliera de un trance, se apartó bruscamente y se sentó a medio metro de distancia.

—¿Mejor? —pregunté.

No respondió, pero me miró como si me hubieran salido dos cabezas. A juzgar por su reacción, era posible que estuviera viendo doble.

Miré el reloj.

—Los de mantenimiento deberían volver pronto si se han ido a comer.

Estiró las piernas y cogió el bolso. Era un elegante bolso de portátil de diseño, beige pálido y blanco, que combinaba bien con su atuendo, aunque curiosamente estaba muy gastado.

La luz del teléfono era tenue, pero se notaba que aquellas marcas eran de uso, no una elección de diseño.

Saffron rebuscó dentro y sacó un frasco de pastillas.

El pequeño cilindro traqueteó cuando sacó dos pastillas y se las echó a la boca.

—¿Drogándote a la hora del almuerzo?

—Es mi medicación para la ansiedad —dijo ella.

—Claro. Claro. Eso mismo digo yo de mi ketamina. Y mi camello resulta que es médico.

Ella respiró hondo; los músculos de la mandíbula se le tensaron.

—Que te jodan, Tyler.

Me dio la espalda por completo, pero no lo bastante rápido como para ocultar la lágrima que le resbaló por la mejilla.

Menudo imbécil estoy hecho. Claro que esto sería estresante para alguien como ella.

Yo estaba acostumbrado a situaciones así, pero ella podría ser claustrofóbica.

O simplemente podría no soportar la incertidumbre de quedarse atrapada en un ascensor sin saber qué va a pasar.

Meterse con ella me resultaba demasiado tentador, y ahora que había conseguido hacerla llorar, ¿para qué lo había hecho?

Me había comportado como un crío de instituto.

—Escucha, Saff, yo...

—¿Hola? ¿Hay alguien en el ascensor uno? —Una voz resonó por un altavoz en algún punto de la esquina superior derecha.

—Sí, soy yo, Tyler Hawthorne, y Saffron Channing. ¿Dónde se habían metido?

—¡Oh, mierda! Sr. Hawthorne. Eh… Lo siento. D-déjeme pedir ayuda enseguida.

Se oyó un revuelo de papeles, como si alguien rebuscara en un escritorio, y luego, unos instantes después:

—La ayuda está en camino, señor.

Permanecimos en silencio los diez minutos siguientes, hasta que la luz del ascensor parpadeó, se intensificó, y la cabina dio una sacudida y volvió a ponerse en marcha.

Saffron se levantó y se arregló la ropa, con la vista fija al frente, evitando mirarme a propósito.

Salvo por una mancha de polvo en la pernera del pantalón, estaba impecable como siempre.

Cuando se abrieron las puertas, yo seguía en el suelo, apoyado contra la pared con las piernas cruzadas. Cinco hombres, incluido el capataz, esperaban de pie junto a la entrada.

—Vaya, ya era hora —dije—. ¿Dónde estaban?

El capataz se puso colorado.

—Ha sido culpa mía, señor. No sabíamos que hubiera alguien dentro.

Mientras me levantaba, Saffron ya salía a grandes zancadas, pasando junto a los hombres mientras se excusaba.

Quise seguirla para disculparme, pero me contuve.

¿De qué serviría? Además, en cuestión de delitos, los suyos eran peores que los míos.

Volví la mirada hacia los hombres cuando las puertas del ascensor se cerraron a mi espalda y vi una caja blanca con una cruz roja en las manos del que estaba más a la derecha.

—¿Eso es un botiquín? Estamos bien los dos. Solo llegamos tarde a nuestras respectivas reuniones. Por eso la señorita Channing se ha marchado sin despedirse.

El capataz torció el gesto.

—Una vez más, señor —se llevó la mano mugrienta al pecho—. Quisiera presentarle mis más sinceras disculpas por...

—Tranquilo, tío —le di una palmada en el hombro—. Estas cosas pasan constantemente.

Cambió el peso de un pie a otro, incómodo.

—Eh, también había otro asunto que requiere su atención.

Apenas le prestaba atención. El taconeo de Saffron resonaba en el suelo, atrayendo mi mirada hacia ella.

Toda mi atención se había desviado hacia aquella mujer despampanante que se alejaba contoneándose como en una pasarela.

Debería ir corriendo a disculparme. Lo que le había dicho ahí dentro fue cruel, y estaba seguro de que, fuera cual fuera la razón por la que tomaba esas pastillas, no era porque fuese una drogadicta. Debería haber...

—¿Puedo hablar con usted un momento? —El capataz me arrancó de mis pensamientos sobre Saffron—. A menos que tenga una reunión, claro; en ese caso podemos dejarlo para más tarde —añadió al ver mi mueca.

—No, está bien. ¿De qué se trata? —dije, aunque apenas asimilaba lo que decía. Mis pensamientos estaban puestos en la mujer que iba a ocupar mi mente el resto del día.