Capítulo 8
Saffron
L legaba tarde. Siempre era puntual, incluso cinco minutos antes de la hora, lo que me obligaba a llegar cinco minutos antes que él.
Pero hoy se había retrasado diez minutos respecto a la hora acordada, lo que significaba que llevaba un buen rato esperando entre trabajadores de la construcción atareados con mi pequeño y llamativo casco rosa.
Había sido un regalo de mi tía después de contarle que habíamos ganado un contrato lucrativo.
Sin Sebastian aquí para bromear amablemente sobre ello, desentonaba por completo.
Como si estuviera disfrazada de Barbie Constructora.
Un hombre que empujaba una carretilla me dio un golpe con ella.
—¡Perdón! —grité, saltando para apartarme de su camino, pero al hacerlo, choqué con cinco hombres que llevaban sacos de cemento.
—Perdón —les dije.
Me encontraba en la suite casi terminada del edificio donde Sebastian y yo teníamos previsto discutir nuestros planes para la decoración.
Todavía era solo hormigón y acero, pero la visión de Sebastian y Tyler ya estaba cobrando vida.
Su estilo era distintivo: un retorno al estilo de mediados de siglo que a la vez inyectaba elementos parisinos clásicos en sus diseños.
No era de extrañar que Sebastian nos hubiera elegido por encima de otros diseñadores con más experiencia.
Su estilo era similar al nuestro. Pero ese no era su único talento.
Otro radicaba en su capacidad para conseguir ubicaciones de primera con vistas increíbles.
Esta suite en particular tenía unas vistas espectaculares de 360 grados del parque y la ciudad.
Cuando otra fila de trabajadores pasó junto a mí hacia la otra habitación, llamé a Sebastian.
No contestó. El mensaje de texto que envié diciendo que estaba en el lugar seguía sin leer.
¿Debería decirle que estoy aquí? Podría pensar que le estoy dando órdenes.
La mirada que me dirigió cuando nos reunimos para firmar el acuerdo, y en cada encuentro posterior, me dejó claro que no le caía bien.
Sus ojos tenían el mismo desdén que Tyler me mostraba, aunque Sebastian era más civilizado que su hermano.
Así que Tyler le había contado lo del «chantaje».
Al diablo, voy a enviar el mensaje. Quizás la reunión se había cancelado. Pero antes de que pudiera hacer nada más, un aroma familiar me inundó. El pulso se me aceleró. Me quedé paralizada al darme cuenta de quién se acercaba por detrás.
—¿Qué haces aquí? —dije en cuanto me di la vuelta y vi a Tyler con un traje azul oscuro y un casco amarillo.
Enarcó las cejas y se metió las manos en los bolsillos.
—Bonito casco. Elle Woods.
Puse los ojos en blanco. La sonrisa burlona que bailaba en sus labios me hizo apretar los puños.
—¿Dónde está Sebastian? —Miré detrás de él y vi a su asistente, que lo seguía con un maletín y un iPad en la mano.
—Emergencia familiar. Por desgracia, me toca el disgusto de tratar contigo.
—¿Qué pasó? —No era de extrañar que Seb no respondiera. Nunca se había comportado así—. Espero que esté bien.
Tyler se frotó la frente.
—Está bien. Es un lío que no tiene nada que ver contigo, y no tengo ganas de contártelo. ¿Podemos seguir con lo de hoy? —Consultó su Rolex—. Tengo cosas que hacer.
—Está bien —dije mientras iba a la mesa de la esquina a recoger mi bolso—. Pospondré la reunión y hablaré con Sebastian cuando vuelva.
—¿No leíste el correo electrónico que te enviamos? —Tyler se volvió hacia su asistente—. Le enviaste el correo, ¿verdad?
El joven bajito asintió, y su cabello rubio y despeinado se agitó con el movimiento.
—No lo recibí.
—Revisa tu bandeja de entrada.
Se alejó y se puso a inspeccionar la suite como si por un momento hubiera olvidado que yo estaba allí. Ah, quería que revisara el correo en lugar de decirme qué ponía. Imbécil. Saqué el móvil y abrí la bandeja de entrada. Era el segundo correo más reciente:
Tyler Hawthorne asumiría las funciones de Sebastian Hawthorne mientras su hermano se tomaba una licencia familiar de emergencia.
¿Qué demonios estaba pasando?
Tyler Hawthorne supervisará el proyecto The Bellamy on Park en lugar de Sebastian Hawthorne.
Maldita sea.
—¿Tenemos que trabajar juntos? ¡¿Por cuánto tiempo?!
Tyler estaba de espaldas a mí, junto a las ventanas de la esquina, mirando hacia fuera.
—Un par de semanas como máximo. Créeme —se volvió para mirarme—. Esto me fastidia más que a ti. No podemos posponer este proyecto más, o se nos pasará la fecha de entrega.
¡No podía trabajar con Tyler! Llamé a Sebastian.
—No va a contestar. Ha bloqueado todas las llamadas de trabajo. Y como solo eres una socia comercial, seguramente te ha bloqueado del todo.
Tyler tenía razón. Saltó el buzón de voz, igual que antes.
Suspiré. Sebastian y yo habíamos construido una relación profesional.
Aunque le molestaba mi presencia, era lo bastante tolerante como para escuchar mis sugerencias.
Y durante los últimos meses, había llegado a valorar mis talentos. Dudaba que eso fuera a pasar con Tyler.
—Entonces, ¿en qué punto estabais mi hermano y tú? —preguntó.
—Quería ver si podíamos implementar del todo los cambios que habíamos discutido. Por eso quedamos aquí.
Sin apartar los ojos de mí, Tyler chasqueó los dedos y el asistente corrió hacia él.
El joven le entregó la tableta, y Tyler se puso a leerla.
Esperé en silencio mientras revisaba lo que supuse que eran los cambios que le había sugerido a Sebastian.
Si había venido con tanta seguridad, ¿por qué no había leído los informes antes?
—Sí, no vamos a hacer ninguno de estos cambios —le devolvió la tableta a su asistente y volvió a meterse las manos en los bolsillos. Su postura despreocupada me estaba sacando de quicio—. Demasiado caro.
Exasperada, levanté las manos en señal de rendición.
—Ni siquiera has leído la justificación.
—Sí lo he hecho. No me parece razonable.
—No lo has... —Respiré hondo. Una palabra de más y se acabó para nosotros—. ¿Sabes qué? ¿Puedes al menos dejarme explicarte lo que discutimos antes de tirar mis sugerencias a la basura?
Tyler negó con la cabeza.
—Vale. Pero tengo cosas mejores que hacer. Solo te contratamos para complementar nuestra visión, no para cambiarla.
—Eso es lo que estoy haciendo.
Tyler no parecía convencido. Me acerqué a él con paso decidido, hacia las ventanas de la esquina desde las que había estado mirando.
—No podemos poner la cocineta aquí. Deberíamos moverla al menos un metro para dejar sitio a una mesa de desayuno. Junto a la ventana. Sebastian iba a aprobarlo.
—Pero no lo ha hecho, ¿verdad? —dijo Tyler.
Por supuesto, iba a ponerse difícil.
—No puedes llegar así a mis proyectos y hacer los cambios que te dé la gana. No sé con quién trabajabas antes, pero aquí en H&H no funcionamos así.
Apreté los dientes. Dios. Estaba empeñado en ser un imbécil. —Ya te lo dije, Sebastian estaba a punto de dar el visto bueno. Aprobó la idea.
—Hmm… —Tyler no parecía convencido.
Apreté el teléfono con tanta fuerza que podría haberse roto si no fuera de un material más resistente. Tyler inspeccionó la zona donde debía ir la cocina americana. Sabía que yo tenía razón, pero no quería admitirlo por alguna razón estúpida.
Le pasó la tableta a su asistente y le susurró algo. El asistente salió arrastrando los pies. Me quedé a solas con Tyler. En cierto modo, la presencia del otro hombre había sido como un escudo, y ahora que se había ido, me sentía expuesta.
—¿Y bien? —no pude evitar que mi voz sonara suplicante—. ¿Qué te parece?
Tyler no dijo nada. Se encogió de hombros y salió del ático vacío. El movimiento fue tan repentino que apenas tuve tiempo de recoger el bolso y salir corriendo tras él. Solo lo alcancé en el ascensor, cuando intentaba cerrar las puertas sin conseguirlo. Entré y pulsé el botón correcto.
La puerta se cerró con un traqueteo. El ascensor funcionaba, pero seguía en estado básico.
Odiaba los ascensores en general, pero este me daba especial repelús.
El contrachapado lleno de huellas de botas, la luz de obra colgando y el olor a polvo y escombros le daban un aire de taller de asesino en serie.
Tyler tanteó los botones buscando el número de piso.
—Es la flecha hacia abajo. Los botones están cambiados.
Frunció el ceño mirando el panel.
—¿Y cómo se pone en marcha este trasto…?
Pulsé el botón rojo gigante y luego el del siguiente piso. El ascensor gimió, bajó de golpe, avanzó medio piso y se paró.
—Mierda. A veces hace esto. El capataz dijo que lo miraría.
Pulsé el botón rojo tres veces, como me había indicado, y el ascensor volvió a subir.
—Debería arreglarlo —dijo Tyler.
Me crucé de brazos.
—Díselo tú. Es tu gente.
Tyler parecía a punto de replicar, pero llegamos a nuestro piso y el ascensor dio un bandazo al detenerse.
No iba agarrada a la barandilla, como suelo hacer, y me estampé contra el pecho enorme de Tyler.
Mi cabeza chocó contra su cuerpo duro como una roca, mis labios rozaron su corbata azul.
Aspiré vetiver y fougère. Mis manos se aferraron a las solapas de su chaqueta mientras sentía unos brazos enormes envolverme.
Sin querer, me asaltaron los recuerdos de la última vez que estuve tan cerca de él.
Cómo sus manos firmes me habían agarrado la cintura.
Agarrado los pechos mientras… Sacudí la cabeza y me aparté de su abrazo.
Tyler me sujetó los brazos mientras recuperaba el equilibrio.
La puerta se abrió con un traqueteo y salí disparada, con la piel ardiendo.
No quería que viera el rubor de mis mejillas, pero la risita que oí a mi espalda me indicó que era inútil.
—No hace falta que te lances a mis brazos. El deseo que sentía por ti se acabó aquella noche.
Si mi cara hubiera podido ponerse más roja, lo habría hecho.
—No tengo la culpa de que tu ascensor esté averiado, Tyler.
Resopló y se paseó por la suite mientras me esperaba. Respiré hondo. Quería sacarme de quicio para que renunciara al contrato. Pues iba listo.
—Para este espacio, pensé... Sebastian y yo pensamos... que sería mejor colocar un tabique a media altura en el centro de este salón.
Me acerqué a la pared donde había hecho una marca.
—Por aquí más o menos. Es demasiado grande. Seguro que lo ves.
—Pero también cortaría la luz que entra por esas dos —señaló las dos ventanas que ocupaban toda la pared.
—¿Sería tan malo? Un lado tiene una ventana bastante grande para que entre luz de sobra.
—Pero tu tabique dejaría a oscuras a la gente de un lado según la hora del día.
—¿Y si la ponemos en el otro extremo?
Tyler echó un vistazo a la habitación. Había vuelto a su postura despreocupada de antes: manos en los bolsillos, hombros relajados y esa cara de suficiencia permanente.
—Eso no va a funcionar. No puedo tener un bloque enorme en medio de la habitación.
Me daban ganas de darme cabezazos contra la pared. ¿Dónde narices estaba Sebastian? ¿Sabía que su hermano se estaba portando como un auténtico capullo?
Estaba claro que a Tyler le importaba un bledo mi opinión, y trabajar con él era una pérdida de tiempo.
—¿Sabes qué? —le dediqué una sonrisa forzada—. Voy a esperar a que vuelva Sebastian.
—Ya te dije que ahora trabajas conmigo.
—Obstruyendo. Querrás decir obstruyéndome, porque esto no es precisamente trabajar juntos. No vas a aprobar nada de lo que proponga por algún rencor absurdo que me tienes. Y tengo que decir que es muy poco profesional, viniendo de una de las inmobiliarias «de mayor crecimiento».
Tyler avanzó hacia mí y acortó la distancia entre nosotros en un instante, hasta quedar plantado justo delante de mí. A centímetros.
—Créeme, si quisiera ser poco profesional, ni tú ni tu empresita habríais conseguido este trabajo. No habríais conseguido ningún trabajo, porque te habría echado de la ciudad y me habría asegurado de que ninguna inmobiliaria que se precie quisiera trabajar contigo.
Aunque yo era alta, él era uno de los pocos hombres a los que tenía que alzar la vista para hablar. Levanté la barbilla, decidida a no dejarme intimidar.
—¿Y por qué no lo hiciste?
—Lo creas o no, mi hermano pequeño cree que tienes un talento especial. Yo, personalmente, no lo veo por ninguna parte. Pero sí sé que tienes talentos en otras áreas —su voz se redujo casi a un susurro—. ¿Es eso lo que le enseñaste?
Mi palma impactó en su cara antes de que me diera tiempo a pensar.
Antes de que pudiera calmarme y contener el fuego que ardía en mi interior.
La bofetada lo pilló desprevenido. Se echó hacia atrás.
La rabia le tensó todo el cuerpo. Al instante me arrepentí, pero no pude disculparme.
Se lo merecía. El silencio se instaló entre nosotros mientras esperaba que cayera el hacha.
Que me dijera que estaba despedida, que debía abandonar el edificio, que iba a llamar a sus abogados y a denunciarme por agresión.
Así, sin más, podía destruir mi negocio a su antojo. Pero no dijo nada.
Volví al ascensor con paso decidido. El bolso me pesaba y la correa se me clavaba en el hombro.
Abrí la puerta y entré. Al darme la vuelta, vi que Tyler también venía hacia el ascensor.
Genial. Yo que esperaba salir de allí sin tener que aguantar un silencio incómodo a su lado.
Entró conmigo y cerró la puerta. Pulsé el botón de bajada.
El ascensor bajó unos pisos y se paró en seco con un chirrido.
Pulsé el botón tres veces más y... nada.
—¿Qué está pasando? —dijo Tyler.
—Parece que estamos atrapados.