Capítulo 5
Tyler
N o esperaba tener que trabajar después de volver de un viaje largo y frustrante.
El trato que esperaba cerrar se había ido al traste.
Y ahora, en lugar de disfrutar de un merecido descanso, Seb me llamó a última hora para decirme que tenía que asistir a una reunión de presentación.
Nada estresante. El trato estaba prácticamente cerrado.
Solo tenía que hacer acto de presencia y fingir que escuchaba.
Él ya había conocido a la diseñadora de interiores, y su trabajo era impecable.
Seb omitió la parte más importante. La diseñadora era Saffron Channing.
Mi esposa. La mujer con la que me obligaron a casarme mediante chantaje.
La mujer que tuvo la desfachatez de entregarme los papeles del divorcio.
Si pensaba que podía usarme y tirarme como un pañuelo de papel, estaba muy equivocada.
Lo único bueno de esta sorpresa fue que ella parecía igual de atónita al verme.
Se le abrieron los ojos como platos cuando me vio.
Se atragantó al saludarme, tropezándose con las palabras como una niña pillada robando, pero hizo la presentación al resto de mis empleados sin ningún problema.
Eso sí, su mirada no dejaba de desviarse hacia el fondo de la sala donde yo estaba sentado.
No se me escapó su mirada nerviosa cada vez que cambiaba de diapositiva.
—...y eso es lo que les ofreceremos como The Marble Row. Decoración de alta calidad que no es ostentosa, sino discreta en su tono lujoso.
Terminó su presentación. Tenía que admitir a regañadientes que había sido buena. Todos en la sala estaban de acuerdo. Asentían con la cabeza mientras hojeaban el catálogo. El jefe del departamento de compras comenzó a aplaudir, pero cuando reparó en mi severo silencio, se detuvo.
—Me gustaría hablar con la señorita Channing a solas, por favor.
Todos me lanzaron miradas furtivas, pero obedecieron y salieron de la sala de reuniones, dejándonos a Saffron y a mí separados por la gran mesa ovalada azul medianoche.
—Tienes mucha cara —dije, cruzándome de brazos.
Ella hizo una mueca.
—Hola, Tyler.
Odiaba lo hermosa que seguía siendo incluso después de cinco años.
Ese impresionante rostro ovalado perseguía mis sueños, y nada en él había cambiado.
Se había vuelto aún más hermosa. Unas pestañas gruesas enmarcaban sus ojos color ámbar, esos que tantas imitaban con postizas sin conseguirlo jamás.
Y ese cuerpo de pecado. El traje pantalón negro bien entallado que llevaba se ceñía a sus curvas esbeltas, acentuando el busto que siempre parecía generoso en su delicado cuerpo.
Su poder sobre mí debería haberse desvanecido, especialmente después de aquella noche, pero era más fuerte que nunca.
Incluso después de todos estos años, seguía empalmándome en su presencia. Maldito fuera mi patético cuerpo.
—Será mejor que te expliques. ¿Qué le hiciste a mi hermano? ¿Le mentiste?
Palideció.
—¿Perdona? Yo no...
—No hay forma de que trabajara contigo si supiera quién eres.
Le tocó a ella cruzarse de brazos. Inclinó la cabeza hacia un lado y su voz fue subiendo de tono a medida que hablaba.
—Créeme, si hubiera sabido que estarías aquí, no habría venido. Salvo para recuperar mis papeles del divorcio.
—Hablando de eso, ¿qué pretendes? ¿Divorcio? ¿En serio?
—¿Qué? ¿No quieres divorciarte? ¡Pensé que no querías casarte conmigo! Debo de haberme confundido con todo lo que te has volcado como marido estos años.
Resoplé.
—Créeme, preferiría ser libre a estar encadenado a ti.
—¿Entonces? ¿Cuál es tu puto problema?
—Sabes perfectamente que si tu padre no me hubiera chantajeado, no estaría en esta situación. Hay una mujer ahí fuera con la que quiero casarme, y no puedo por tu culpa.
Se le descompuso el rostro. Su postura combativa dio paso a una de disculpa.
—Tyler, yo no sabía lo que mi padre te hizo cuando nos casamos. Pero podemos arreglarlo ahora si firmas los papeles del divorcio.
Me levanté de la silla y caminé hacia donde estaba ella.
Era aún más hermosa de cerca. Se había recogido el pelo en un moño francés y había dejado caer algunos mechones sobre el rostro.
Quería apartarlos con desesperación, acariciar su piel suave y volver a sentirla bajo mis dedos.
El impulso era tan fuerte que cerré las manos en puños.
—Sabes muy bien que no puedo hacerlo. A menos que ese haya sido tu juego desde el principio. Provocar un divorcio para quedarte libre y enviar a la prensa la información que tienes sobre mí.
Su rostro reflejaba confusión. Negó con la cabeza.
—O tal vez sabes que nunca puedo decir que no a —señalé su presentación, que seguía en la pantalla— esto. Porque si lo hago, te divorciarás de mí. ¿Es eso?
—Tyler, solo vine porque mi socia no pudo. Fue ella quien contactó con Sebastian. Porque créeme, llevo años haciendo todo lo posible por evitaros a ti y a tu familia.
Tenía que reconocerlo. Cuando hablé con Seb, me mencionó a otra persona con quien había estado tratando, pero aun así no le creía. Podría haber usado fácilmente a su supuesta socia como tapadera para acercarse a mí. Pero entonces, ¿por qué hacerlo después de tantos años? ¿Qué quería?
—Da igual. Lo que quiero saber es cómo has entrado en esta sala. ¿Cómo sabías que estaba aquí? ¿Me estás acosando?
Puso los ojos en blanco.
—Ya te he dicho que ni siquiera quiero trabajar contigo. Ni siquiera sabía que estarías aquí; pensaba que me reuniría con Sebastian. Si hubiera dependido de mí, no me habría molestado.
—Y sin embargo...
En el poco tiempo que llevábamos hablando, me había acercado más a ella, ¿o había sido ella quien se había acercado a mí?
Daba igual, ahora estaba a centímetros de mí, y no podía dejar de obsesionarme con lo bien que el pintalabios rojo le combinaba con la tez.
Tenía unos labios tentadores que hacían que un hombre pensara en las cosas más sucias que podía hacerles, además de querer besarlos para siempre.
Mi obsesión con ella parecía no tener fin, y en ese momento la quería debajo de mí.
Saffron debió de captar la lujuria en mis ojos, porque frunció el ceño y retrocedió, poniendo más distancia entre nosotros. Me eché hacia atrás, invadido por la vergüenza, como un pervertido al que pillan mirando a una mujer desnuda.
—¿Debo asumir que no voy a conseguir este contrato?
—Ni de coña.
Esperaba más palabras combativas de su parte. Una réplica mordaz o al menos un comentario sarcástico entre dientes. Pero dejó caer los hombros, desconectó el portátil del proyector, lo cerró y lo guardó en el bolso. Resignada, se volvió hacia mí y dijo:
—Encantada de verte de nuevo, esposo. Pero si no vas a darme este contrato, quiero que firmes esos papeles del divorcio.
La observé mientras salía de la sala con paso de pasarela; sus años en la industria del modelaje se notaban en la forma en que contoneaba las caderas.
De tal palo, tal astilla. Chantajeándome otra vez.
¿No le bastaba con el dinero que le enviaba?
Había actuado como si presentarse aquí después de enviarme los papeles del divorcio no tuviera nada que ver, como si todo fuera una coincidencia, solo para amenazarme con ello al marcharse.
Tenía que reconocerlo: su carita de inocente casi me había engañado.
Podría haber sido una actriz magnífica si hubiera seguido esa carrera.
Frustrado, salí de la sala de juntas unos minutos después que ella.
Volví a mi oficina e intenté trabajar, pero fue imposible.
Al final lo dejé y me fui a casa. No quería pensar en ella, y la oficina me la recordaba constantemente.
El loft, sin embargo, no era mejor. Por primera vez en cinco años, no podía dejar de pensar en nuestro encuentro sexual y en cómo había empezado.
Se me revolvió el estómago al recordar a su padre enseñándome las pruebas del soborno.
Cuando no le creí, me envió imágenes de mi padre reunido con el comisionado.
Y eso no era todo. También tenía fotos de los dos mientras intercambiaban lo que parecía sospechosamente un maletín lleno de dinero en efectivo.
¿Y lo peor? No estaban solos. Había otro hombre con ellos, un mafioso muy conocido. La cosa pintaba mal.
¿Su propuesta para enterrar todo esto? Que me casara con su hija, y nada de esto saldría a la luz.
Me negué en redondo, pero entonces me ofreció casarme con ella por un mínimo de siete años.
Y lo único que tenía que hacer era asistir a una subasta —puaj— donde su propia hija estaba a la venta y pujar por su mano.
Casarme con su hija mimada. Incluso tenía una cantidad en mente: cincuenta millones de dólares.
El dinero pasaría por Olga, y Olga, supuse, lo blanquearía para que no aparecieran de repente cincuenta millones sospechosos en su cuenta bancaria.
Cuando me enteré de que tenía cáncer hace un par de años, le pedí que me devolviera el material. Se rio en mi cara y me dijo que si palmaba, el material quedaría en manos de alguien cercano a él, y que si intentaba algo, esa persona lo haría público.
Me prometí que solo la tocaría una vez, y así fue.
Pero no había sido suficiente. Mi cuerpo ansiaba más, aunque la había poseído de todas las formas posibles.
Tumbado en la cama, sin poder dormir, me pregunté si en lugar de ponerme a la defensiva le hubiera pedido repetir en aquella sala de juntas, ¿habría aceptado?
Probablemente no, imbécil. Se estaba divorciando de ti, recuerda.
Di vueltas y más vueltas, sin poder conciliar el sueño hasta la madrugada. Lo achaqué al jet lag, pero en el fondo sabía que no era eso. Fui a trabajar esperando un día productivo, pero la mañana siguiente fue peor que el día anterior.
—¿Has rechazado el trato con Marble Row? —Sebastian irrumpió en mi oficina con la cara roja de ira. Apenas me había quitado la chaqueta cuando entró como un huracán. Habría destrozado la puerta si no fuera tan resistente.
—Buenos días, hermano. —Le pasé la chaqueta a mi asistente justo cuando él me entregaba una tableta con mi agenda.
Matt se escabulló de mi oficina en cuanto hubo colgado mi chaqueta y mi abrigo, dejándome a solas con el Huracán Sebastian.
Una mirada a su cara bastaba para saber que la tormenta no iba a amainar pronto.
Sabía que estaría furioso. Era evidente por los múltiples mensajes que me había enviado esa mañana. Ninguno de los cuales había contestado.
—Más te vale tener una maldita buena razón para haber rechazado a los mejores y, me atrevo a decir, más tirados de precio diseñadores de interiores de todo Manhattan.
Me senté en mi silla y me encogí de hombros. —Inexperiencia. —No podía revelar la verdadera razón. Todavía no, al menos.
—Inexperiencia —repitió con incredulidad—. ¿Ahora de repente te importa lo amplio que sea el portfolio de nuestro diseñador? ¿No eres tú el que preferiría contratar a un estudiante de arte antes que a un profesional estirado obsesionado con el beige? ¿O estoy citando mal a Vanity Fair?
—No puedo creer que vuelvas a sacar lo de Vanity Fair. Ellos pensaron que yo era el CEO. Ellos. Yo no dije eso.
Las fosas nasales de Sebastian se dilataron. —Sabes perfectamente que ese no es el problema.
Mierda. Esperaba que provocar una pelea funcionara. Si el tema tenía que ver con que lo vieran como mi hermano pequeño en lugar de como mi socio igualitario, era fácil arrastrar a mi hermano a una discusión.
—¿Por qué cargaste el trato? —Sebastian se dio cuenta tarde de que había estado gritando y fue a cerrar la puerta. Varias personas rondaban cerca del despacho, fingiendo que necesitaban algo de Matt o del asistente de Seb.
—Por Saffron.
—Dios mío, ¿la odias tanto? ¿Tanto como para cargarte un buen trato? ¿Qué coño, Tyler?
—Así que sabías que trabajaba en Marble Row. Me dijo que vosotros dos no os habíais conocido.
—Sí. No hace falta conocerse en persona para saber quién es alguien.
—Da igual. No podemos trabajar con ella.
Sebastian levantó las manos en señal de rendición. —Vale. Madura de una vez, Tyler. Siento que pensara que eras atractivo e intentara obligarte a salir con ella, pero eso fue hace mucho tiempo.
—Hizo mucho más que eso —dije en voz baja.
Sebastian entrecerró los ojos.
Total, mejor soltarlo ya. —Me obligó a casarme con ella. Y al final sucedió, por cierto.
—Eh...
—Sí. Su padre me chantajeó para que me casara con ella.
—¿Ahora? Creía que estaba muerto.
—No —suspiré—. Hace cinco años.
Le expliqué todo lo que había pasado. Los documentos que Channing me enseñó.
Al principio pensé que eran falsos, pero resultó que eran auténticos.
El soborno de nuestro padre al comisionado que aprobó nuestro primer edificio en Nueva York.
Le conté lo de la sórdida subasta. Me salté lo del sexo, y cuando terminé, Seb se dejó caer en la silla de visitas y soltó el aire.
—¿Por qué no me lo contaste? Cuando pasó. ¿Por qué te lo callaste?
—No quería agobiarte con eso. Estabas pasando por un momento difícil con Kendra, y no quería preocuparte aún más.
Luego, claro, vino esa época en la que casi perdemos el negocio.
Es que... Debería habértelo contado. Lo siento.
Y ahora... —Saqué los papeles del divorcio del cajón del escritorio y los tiré sobre la mesa—. Quiere el divorcio.
—¿Y? —Seb volvió a levantar las manos—. Pues dáselo. No veo cuál es el problema.
—No me fío de que no vaya a publicar los documentos. Sería un escándalo enorme si sale a la luz. Pintan muy mal, Seb. Ah, y el comisionado se suicidó y mencionó el soborno en su nota de suicidio. Sería desastroso.
—Que le jodan a ese cabrón. ¿Y papá? ¿Por qué coño creyó que tenía que sobornar al inspector? Lo hicimos todo bien.
—Pero a lo mejor no nos habrían dado la aprobación para construir en ese terreno. Quizá pensó que estaba ayudando.
Seb se pasó las manos por el pelo.
—¿Ves por qué no quiero tener nada que ver con ella? No quiero estar casado con ella. Y su negocio me interesa todavía menos. Lleva años amargándome la vida, y ahora quieres que trabaje con ella. Ni de coña.
Sebastian suspiró.
—Te entiendo. Pero tienes que hacerlo, por desgracia.
—Venga ya, Seb.
Se encogió de hombros.
—Son buenísimas. Su trabajo es increíble. De hecho, estaba pensando en comprar la empresa y absorberlas.
—¡Ni de coña!
—No podemos dejarlas escapar, Ty. Un talento así no se encuentra fácilmente. Tuvimos suerte de dar con ellas cuando empezaban. Todavía no lo saben, pero su negocio va a crecer y van a estar muy cotizadas.
Mi hermano no quería perderlas. Dijeras lo que dijeras de Seb, tenía ojo para encontrar a gente con talento. Por eso nuestra empresa había crecido exponencialmente a lo largo de los años. Eso y nuestra actitud implacable con la competencia.
—No vas a ceder, ¿verdad? —dije.
Seb negó con la cabeza.
—Ya te las apañarás para trabajar con tu esposa.