La puja matrimonial (Multimillonarios Hawthorne) Capítulo 6
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Capítulo 6

Saffron

N o será tan malo. Allí habrá un hombre que te guste, confía en mí.

Eso fue lo que dijo mi padre después de que protestara varias veces contra la subasta matrimonial.

Pensé que se refería a que encontraría a alguien que me gustara allí, no que obligaría al chico que me gustaba de niña a casarse conmigo.

Después de que Tyler me contara lo del chantaje, fui a ver a mi padre para pedirle una explicación.

Papá estaba eufórico. Ya había recibido el dinero en cuanto me casé.

—¿Ves? Te dije que todo saldría bien —dijo cuando llegué a su casa adosada.

Entró en el vestíbulo donde yo estaba, con la camisa desabrochada, dejando a la vista el vello canoso que le salpicaba el pecho escuálido.

Tenía el pelo gris revuelto e iba descalzo.

No quería pensar en por qué estaba tan desaliñado a esas horas de la tarde, así que me esforcé por desviar la mirada hacia mi entorno.

La casa adosada era de alquiler y parecía más un hotel, con su decoración anodina en gris y blanco.

Un lugar nuevo en el que nunca había estado.

Incluso la novia era nueva, con edad suficiente para ser mi hermana mayor.

Fue ella quien abrió la puerta y me miró con recelo antes de caer en la cuenta, algo tarde, de que yo era la hija de su novio.

—¿Tyler? ¿A Tyler te referías cuando dijiste que confiara en ti?

Se rascó el pecho con una sonrisa de gato de Cheshire.

—Te dije que todo iba a salir bien, ¿no?

—No lo quiero. Cancélalo. Quiero un divorcio o una anulación. Lo que sea. No quiero tener nada que ver con él.

Papá se acercó hasta quedar justo delante de mí, cernéndose sobre mi cabeza. Alto y delgado, siempre había usado su estatura para intimidar a la gente, incluida su única hija. El noventa y nueve por ciento de las veces, funcionaba. Pero en ese momento no me dejé amedrentar y le sostuve la mirada.

—¿Sabes? Le estaba diciendo a Collina que le he dado a mi hija el marido de sus sueños, ¿y sabes qué me dijo? Que eres demasiado mimada para apreciar un regalo tan maravilloso. Y, Dios mío, ¡cuánta razón tenía!

—No me importa. Quiero una anulación.

—Demasiado tarde. Tu marido ya me ha enviado el dinero. Llegó esta mañana.

—Devuélvelo.

Soltó una risa amarga.

—¿Sabes lo que me costó conseguir que aceptara?

Tuve que usar todas las herramientas de mi arsenal para atrapar a ese hijo de puta.

Usé mi as. La información que tenía contra él, que podría haber usado en mejor momento, ¡y la usé por ti!

—me clavó el dedo en la cara—. Y vienes a mi casa después de que os haya salvado a las dos de la ruina, y me escupes en la cara.

Lloraste cuando te envié con Olga. ¡Y ahora lloras también después de que te consiga lo que querías!

—¿Información? ¿Qué información?

—El material que había estado recopilando.

Tu marido no es tan limpio como dice. Consiguió su negocio con métodos poco escrupulosos.

Sobornando a funcionarios para conseguir permisos de construcción.

Trabajando con la mafia. ¿Sabes cuántos años pueden caerle a alguien si lo pillan en un caso RICO?

—resopló—. Se retorció cuando le enseñé los documentos.

Se me revolvió el estómago.

—Así que sí lo chantajeaste. ¿Cómo puedes ser tan cruel?

—¡Usé mi carta de triunfo para salvarte, y lo único que te importa es él! —di un paso atrás, sorprendida por su ira—. Quítate de mi vista —gruñó.

Salí corriendo de allí, con los ojos anegados en lágrimas.

Mi relación con mi padre se fracturó aún más después de aquello.

Me cortó el dinero y tuve que valerme por mí misma, lo cual fue difícil con los ingresos de una modelo, mientras a la vez me pagaba los estudios.

Nunca lo perdoné por lo que hizo, y la única satisfacción que obtuve fue ver cómo su negocio fracasaba incluso después de recibir una gran inyección de efectivo.

Murió arruinado, triste y sin las mujeres jóvenes de las que solía rodearse.

Pocas personas fueron a su funeral. Muchas probablemente estaban en otra parte celebrando su muerte.

Salí del horrible recuerdo justo cuando Malaya entraba cojeando en la oficina.

La falda marrón corta que llevaba dejaba a la vista su rodilla vendada.

Llevaba zapatillas deportivas, lo que debía de resultarle doloroso, aunque combinaban bien con su atuendo.

No creo haber visto nunca a aquella mujer siempre impecable con zapatos planos, a menos que estuviera corriendo o en su casa.

Malaya intentó sentarse en la silla sin doblar la rodilla y tropezó; el bolso y la funda del portátil se le cayeron al suelo mientras se agarraba al escritorio. Corrí hacia ella.

—¡Deberías haberte tomado una semana libre! —la ayudé a sentarse y recogí sus cosas del suelo; luego le abrí el portátil.

—¡No después de que me enviaras ese mensaje! ¡Nos rechazó! Pero ¿Seb no me aseguró que el trato estaba casi cerrado?

—Tyler me odia a muerte, te lo dije.

—¡Pero Seb...!

—Tyler prácticamente me echó del edificio después de que terminara la presentación. Aunque no sin antes interrogarme. Fue una experiencia horrible.

Malaya me miró con curiosidad.

—Pero ¿por qué te odiaría tanto? Eras una niña cuando todo eso sucedió.

Suspiré. Más valía que lo dijera de una vez.

—Eso es porque es mi marido.

—¡Estás casada!

Si Malaya hubiera podido caerse de la silla, lo habría hecho. Estaba tan sorprendida que se quedó boquiabierta durante más de un minuto. Pareció recuperarse solo para decir:

—¡Estás casada con el maldito Tyler Hawthorne! Cu-cuando dices casada, ¿te refieres a casada de verdad, con votos y toda esa mierda?

Se lo expliqué todo. Una vez que empecé a hablar, me salió todo de golpe. Los problemas financieros de mi padre. Las deudas de nuestra familia, la subasta matrimonial, mi padre chantajeando a Tyler. Cuando terminé, Malaya me miraba de otra manera. Sus ojos astutos me evaluaban.

—Por favor, no me mires así.

Malaya se encogió.

—No lo sé. Es mucho que asimilar. ¿Por qué?

—¿Por qué qué?

—¿Por qué no me lo dijiste?

Estaba herida. Por supuesto que lo estaba.

Nos hicimos amigas en la universidad. Era una de las pocas personas de mi clase que eran tan buenas como yo o mejores, y nos unió nuestra pasión por el diseño.

Cuando me invitó a la fiesta de una amiga suya, descubrimos que compartíamos otros intereses más allá de lo que aprendíamos en el aula, y nos hicimos más íntimas.

Malaya confió en mí, y mis mentiras rompieron esa confianza.

—Lo siento. Sé que debería haber dicho algo.

—No es culpa tuya; tu padre te vendió a él. ¡Una subasta! Vosotros los ricos sois raros.

—Bueno... eso es solo la punta del iceberg.

Nunca lo vi como una relación de verdad porque, después de casarnos, prácticamente me dejó sola.

Mi padre se quedó con todo el dinero, por supuesto, y a mí no me dejó nada.

No es que me importara. Tyler ha estado viviendo como un hombre soltero.

Y yo igual. Pero ahora que mi padre ha muerto, por fin puedo sacar a Tyler de mi vida. Le envié los papeles del divorcio.

Que se niega a firmar por el chantaje. Mi padre seguía persiguiéndome desde la tumba.

—¿Te dejó sola? Entonces, ¿vosotros nunca...?

—Una vez. La noche de la boda.

Llamarla noche de bodas no me parecía apropiado, teniendo en cuenta que apenas fue una celebración.

Malaya negó con la cabeza. El asombro le iluminó el rostro.

—Si yo fuera tú, no estaría huyendo de él como lo has hecho. ¿Tan malo fue?

—Fue—

Nunca terminé lo que quería decir porque Kayla nos interrumpió al abrir la puerta de golpe. Siempre llamaba, a menos que fuera algo muy importante o una emergencia. Sin aliento, me dijo:

—El señor Hawthorne está aquí para verte.

Malaya y yo intercambiamos una mirada.

—¿Cuál de ellos? —le preguntó Malaya a Kayla.

La mirada de Kayla iba de una a otra. Miró por encima del hombro y giró el pomo de la puerta que sujetaba.

—Eh... —se retorció los dedos—. No sé... cuál es cuál. No pregunté —hizo una mueca—. ¿Importa?

Malaya alzó las manos con exasperación.

—Sí, importa, Kayla.

—Llévalo a la sala de visitas y dile que enseguida vamos —dije.

—Él... quería hablar solo contigo, en realidad —dijo Kayla, señalándome.

A Malaya se le cayeron los hombros. Fuera quien fuera, no eran buenas noticias si solo quería hablar conmigo.

Si Sebastian no sabía lo de mi matrimonio con su hermano, probablemente ya se había enterado y había venido a cancelar el trato.

Si era Tyler, quién diablos sabía lo que quería.

Quizá había venido a restregármelo. A reírse de mi decepción, probablemente.

—Voy —dije, levantándome de la silla.

Con las piernas pesadas, me dirigí a la pequeña caja con una mesa redonda y tres sillas que nos gustaba llamar sala de reuniones.

Era una de las seis estancias que componían nuestras oficinas tipo loft, con vistas a la ciudad.

Eso hacía que parecieran mucho más sofisticadas de lo que eran.

Abrí la puerta, y el hombre del traje gris, que estaba de espaldas a mí contemplando las vistas desde la pequeña ventana rectangular, no era otro que Tyler Hawthorne. Genial. Justo mi suerte.

Cerré la puerta tras de mí y él se giró al oír el ruido. Cruzó los brazos y me recorrió con una mirada abrasadora. La sonrisa burlona de su rostro me dio ganas de golpearlo.

—Si has venido a soltarme malas noticias, hazlo en cinco minutos o menos. No tengo tiempo.

Paseó la mirada por la habitación mientras se metía las manos en los bolsillos. Las oficinas eran funcionales, como mucho, y lo único distintivo eran las paredes de ladrillo rojo y las vigas y columnas de metal negro, que hacían que las estancias parecieran más grandes de lo que eran.

—Bonito lugarcito tienes aquí.

No sonó a cumplido.

Crucé los brazos.

—¿Vas a ir al grano o vas a seguir atormentándome?

Tyler exhibió su sonrisa de anuncio. Esa sonrisa me revolvió el estómago. Que le dieran a él y a su capacidad de hacerme sentir así cuando estaba a punto de destruir mi medio de vida.

—Ojalá fuera así, pero parece que tengo una racha interminable de mala suerte contigo.

El corazón me dio un vuelco.

—Puedes divorciarte de mí.

—Ojalá pudiera. Pero parece que pasaste por alto la cláusula de los siete años: si no la cumplimos, quien tenga el material de chantaje lo hará público.

Torció los labios y me miró con desdén. ¿Pensaba que yo era quien tenía el material de chantaje?

—Te dije que no tenía ni idea de que mi padre te había obligado hasta que me enfrenté a él al día siguiente.

—Tus excusas me dan igual, nena.

Puse los ojos en blanco.

—Por lo que veo, nada de lo que diga te va a convencer.

Soltó un bufido.

—Te has forjado una reputación de mentirosa consumada. ¿Cómo voy a olvidar aquella noche en tu fiesta de los dieciséis?

El veneno en su voz era inconfundible.

En cuanto pronunció esas palabras, cerré los ojos.

No quería mirarlo a la cara, pero los recuerdos de aquella noche volvieron.

Era joven y tonta, pero más que eso, estaba encaprichada con Tyler.

Él estaba en la universidad por aquel entonces y había venido de vacaciones de primavera cuando mi padre lo invitó a mi fiesta de cumpleaños.

Estaba tan feliz de verlo que no me importaba que me viera como una simple niña.

El chico que me gustaba había venido a mi cumpleaños.

Eso tenía que significar algo, ¿no? Pero entonces él hizo algo que en aquel momento me pareció una traición.

Y como la niña que era, reaccioné de la peor manera posible.

Les dije a mis amigas que estaba saliendo con Tyler.

No había pensado en cómo quedaría aquello, teniendo en cuenta que yo era una niña y él un adulto.

A medida que el rumor se extendió, mi padre se enfrentó a él, creyendo que era verdad.

Fue entonces cuando me retracté. Nunca había pasado tanta vergüenza, y lo he lamentado desde entonces. Lo lamento aún más ahora que soy mayor.

Aparté el recuerdo de mi mente.

—Si has venido a remover el pasado, me temo que no voy a poder complacerte. Tengo otras cosas que hacer.

Bajó la mirada con una mueca.

—No tienes ni idea de cuánto odio decir esto.

Entre dientes, murmuró:

—Que te jodan, Seb.

Esbozó una sonrisa tensa.

—He venido a felicitarte por tu flamante nueva asociación con Hawthorne y Hawthorne. No me hace ninguna ilusión trabajar contigo.