La provocación del escocés Capítulo 80
98%

Capítulo 80

—¿Por qué se habrá adentrado tanto? ¿Dónde mierda está el coche? ¿Qué haces? —Jadeé.

La última pregunta la hice muy sorprendida. Así me dejó que César pusiera en movimiento el coche, pero para girar e ir en sentido contrario, dirección a la carretera.

—¿Nos vamos? —le hice otra pregunta, ante su silencio.

—¿A ti qué te parece? —Sacudió la cabeza—.

Tú misma lo has dicho: no te gusta una mierda esto.

A mí tampoco, ni un poco, porque no tiene lógica.

No hay por dónde cogerlo, así que nos largamos.

No voy a exponerte a nada cuando todo nos grita que nos larguemos, no después de todo lo que te ha pasado desde que llegamos.

No quiero que mi vida corra peligro por Rhys.

—Pero Rita…

—¡Me cago en la puñetera Rita de los cojones, joder! —exclamó alzando la voz, muy cabreado.

Golpeó el volante con una mano y frenó en seco. Al ir por un camino del campo, circulaba despacio, por lo que el frenazo fue suave.

—No me lo puedo creer. —Bufó—. ¿En qué mierda está pensando Rita? Como si se ha llevado una riada el puñetero coche. Si llamas a alguien para venir a buscarte, qué mínimo que estés visible y lo más cerca posible de la carretera, no jugando al puñetero escondite.

Tragué saliva.

—César.

—Me niego a ir contigo a ese jodido punto. —Señaló mi móvil—. Vamos a hacer una cosa. Te llevo de vuelta a casa y yo regreso para llegar hasta ella. Total, por unos minutos más no pasará nada.

—No lo ha dicho, pero está con Nerea y no se encontraba nada bien.

¿A lo mejor se han alejado tanto por eso?

Nerea tenía mal la barriga. ¿Y si es lo que las ha hecho buscar la protección entre los árboles?

Lo mismo, Nerea ha tenido una urgencia. Si no es en la arboleda, lo demás son terrenos amplios y planos de hierba, los que se ven perfectamente desde la carretera.

—A ver… —Se presionó la frente César—. Vamos a centrarnos, ¿vale? Lo que dices puede ser. Sabemos que un apretón no se puede controlar y menos si se tiene muy mal la barriga.

Asentí.

—Pero… ¿Cómo explicas lo del coche? No está, Zoe. Vamos, no me jodas.

Las aletas de la nariz se le ensancharon, al mismo tiempo que comenzó a golpear con los dedos el volante.

—No tengo explicación para eso.

—Porque no la hay, a no ser que lo de la grúa sea cierto. Sería la única explicación posible. —Negó con la cabeza.

—¿Y si les han hecho algo? —pregunté asustada de repente—. Lo mismo no están a la vista porque las han obligado.

—Joder, joder…

César se pasó las manos por el pelo y se quedó con las manos entre los mechones, con la vista fija en ninguna parte.

—Intenta hablar con Rhys —me pidió.

—Todavía no ha visto mis mensajes. He vuelto a escribirle para decirle que me iba contigo y con Santi a casa.

Me encogí de hombros.

—Estupendo —suspiró.

—¿Y si damos una vuelta pequeña entre los árboles? No están muy lejos.

Cogí mi móvil para ver más de cerca dónde estaban situados el punto de Rita y nuestra señal. Hice más grande la imagen.

—No —respondió tajante César.

—¡No podemos dejarlas aquí! —insistí.

—¿Sinceramente? Llámame mal amigo, pero siento algo muy raro y no voy a ir a por ellas. Esta situación no le gusta una mierda a mi instinto. Solo será por unos minutos, no voy a olvidarme de ellas. Será el tiempo que tarde en llevarte a la casa y en regresar.

—¡No!

Antes de que César pudiera reaccionar abrí rápido la puerta del coche y me bajé, ignorando sus quejas, sus protestas y sus insultos no dirigidos a mí.

—Me cago en todo, Zoe. ¡Vuelve al coche!

—¡No! —repetí.

Comencé a caminar hacia los árboles. Me dio igual que César estuviera enfadado conmigo una buena temporada. Me dio igual que se fuera. Me las apañaría de cualquier manera.

A pesar de la sensación tan extraña que compartía con César, no paré en ningún momento, pensando en que Rita y Nerea necesitaban ayuda. Solo de pensar en que yo podía estar en la misma situación que ellas…

—Esta me la pagas. Te lo aseguro —dijo César a mi espalda.

Sonreí al haberme salido con la mía, ya que me estaba siguiendo.

—Tienes que trabajar en el rencor, amigo —hablé con diversión.

—No me toques más las narices, Zoe —me advirtió y apreté los labios.

Me alcanzó enseguida. Se puso a mi lado caminando y con la mirada que me lanzó, me dijo que ni se me ocurriera ir por delante. En cuanto comenzamos a pasar entre los primeros árboles, César se pegó a mí.

Bajé la mirada a la pantalla de mi móvil.

—Estamos cerca —susurré—. ¿Ves? Te dije que seguro que no se habían alejado mucho.

—Ya… —carraspeó—. Da igual. Sigue sin gustarme.

—Seguro que todo tiene una explicación.

—Claro, como que de repente tienen un coche que se convierte en uno de juguete y cuando les apetece lo hacen pequeño para llevarlo en el bolso. —Bufó.

—Así no ayudas —me quejé.

—Es que ayudarte sería alejarte de aquí, joder. Mierda, Rhys va a matarme.

—No dejaré que te haga nada —le dije, conteniendo la risa.

—Lo siento, pero no me consuela —suspiró—. Espera.

Al decirlo, me agarró del brazo y me paró a su lado. Lo miré, para ver cómo César observaba a nuestro alrededor.

—¿Qué…?

—Shhh…

Fruncí el ceño y observé lo mismo que él. Entonces, señaló la pantalla de mi móvil y me di cuenta de que nuestra señal estaba encima del punto de ubicación de Rita.

Fruncí el ceño y volví a mirar hacia todos los árboles, sin comprender una mierda.

—Si es que lo sabía —susurró César.

Como no me había soltado del brazo tiró de él, para acercarme a su cuerpo. Mi espalda se quedó rozando su pecho.

—¿La llamó? —pregunté muy bajo.

César hizo una respiración profunda.

—Hazlo. Su móvil debe estar por aquí, donde está fija la señal. Por alguna parte, enterrado entre las hojas. Zoe…

—¿Qué?

—Prométeme que no te alejarás de mí. Ni un poco.

—No voy a hacerlo.

—Vale. Pues llama.

Ambos echamos otro vistazo a nuestro alrededor, en el que solo había silencio. Nos habíamos adentrado un poquito en la arboleda, más de lo que pensábamos, por lo que parecía que el día había oscurecido de golpe.

Las copas impedían que la claridad del día nublado se filtrara.

Busqué el número de Rita y marqué, llevándome el móvil a la oreja. César lo escuchaba perfectamente, por nuestra cercanía y por la calma que nos rodeaba.

La melodía de llamada de Rita comenzó a escucharse cerca de nosotros y César y yo nos miramos con preocupación.

—No cuelgues —me pidió.

Me agarró de una mano y de esa manera, juntos, buscamos el dichoso teléfono.

—No entiendo nada —susurré—. ¿Dónde están Rita y Nerea?

—Buena pregunta, pero sería aún mejor tener una jodida respuesta —dijo con un pequeño gruñido.

Nos paramos al mismo tiempo, con la vista en el suelo. Fue César el que se agachó para retirar la cantidad de hojas que tapaban el móvil de Rita. Corté la llamada en cuanto lo tuvo en una mano.

—¿Qué? —le pregunté, al verlo muy pensativo.

—Nos vamos de aquí y me importa una mierda lo que tengas que decir al respecto, Zoe. Si hace falta te saco a rastras o en brazos, tú eliges. Pero que nos vamos, nos vamos.

—¿Qué has visto?

Me agaché a su lado, con la vista fija en el teléfono de Rita.

—De la forma en la que estaba… Este móvil no se ha caído, Zoe.

Este teléfono lo ha escondido alguien aquí.

No ha pasado el tiempo suficiente para que las hojas lo cubrieran tanto.

No hay una puñetera ráfaga de aire que haya podido mover las hojas.

No hay jodidamente nada —siseó—. Todo está en una calma que asusta.

Me encontré con su mirada preocupada y la mía debió reflejarle lo mismo, porque apretó la mandíbula.

—Nos largamos y llamamos a la policía, al inspector Cameron —dijo César.

—Vale —susurré.

—¡Demasiado tarde, amor!

La voz alta e inesperada de Rita nos sobresaltó y nos puso en tensión, al pillarnos desprevenidos.

—¿Qué…?

—¡Mierda! —exclamó César.

Levanté la mirada como la tenía él y agrandé los ojos en cuanto vi a Rita subida en la rama del árbol que podíamos tocar con las manos, de lo cerca que lo teníamos.

—¿Qué cojones…? —siseó César.

Rita soltó una carcajada que me erizó la piel y lo que sucedió a continuación, tampoco lo vimos venir. Al menos yo no.

Solté un grito fuerte en el mismo instante en el que anticipé la intención de ella. A pesar de eso, no fui lo suficientemente rápida para empujar a César, para apartarnos de su trayectoria.

Rita se lanzó hacia abajo, con un arma en la mano. Cayó sobre nosotros, pero el que se llevó la peor parte fue César.

En la caída mi amigo se golpeó la cabeza con una gran raíz que sobresalía de la tierra. El golpe sonó seco y pareció alterar más a Rita, cuando se quedó sentada a horcajadas en la espalda de César.

—¡Mira lo que has hecho! —me gritó— ¡Amor! ¡César! Vamos, háblame.

Mientras escuchaba los gritos y desvaríos de Rita, me levanté despacio del suelo. Aturdida, observé con miedo a César. Poco me importó Rita en ese momento, ni siquiera el arma que no perdió en la caída.

Ambos habían aterrizado en el suelo, César bocabajo y Rita sobre él. Mi amigo no reaccionaba, tenía los ojos cerrados y un hilo de sangre le resbalaba por la cara. Tragué saliva.

—¡Amor! —Rita se dirigió a César, de nuevo.

Por cada cosa que decía mi impresión aumentaba.

—Despierta. He hecho esto por nosotros. Zoe dejará de existir hoy.

—Agrandé los ojos, conteniendo la respiración—.

Ya está, no va a volver a hacerte daño. ¿Me oyes?

Lleva años riéndose de ti, provocándote para después rechazarte.

Y ahora se pasea con el imbécil de Rhys, como si a ti no te doliera.

Eso se acabó. No soporto a Zoe. Voy a terminar con ella por nosotros y entonces me verás. A mí.

César soltó un quejido de repente y escucharlo me tranquilizó. Miré por el suelo, desesperada por encontrar algo que me sirviera para defendernos, aunque frente a un arma poco podía hacer.

Igualmente, cuando encontré una rama lo suficientemente gruesa para que no se rompiera, fui a por ella aprovechando la distracción de Rita. Me agaché y la agarré, sin perderla de vista. Sentí el peso y la fuerza de la rama en mi mano.

No iba a dejar a César a su suerte con esa loca. No podía irme, ni siquiera me atrevía a hacerlo para buscar ayuda. Además, de nada me serviría correr cuando Rita tenía todas las ventajas.

Tampoco podía utilizar el móvil, ya que salió volando de mis manos por el impacto de Rita. No sabía dónde estaba y tampoco podía ponerme a buscarlo.

—Yo te quiero —continuó ella—. Eres el amor de mi vida, César. Cariño…

—Estás loca —siseó César.

Rita soltó un jadeo fuerte y se separó de él como si acabara de recibir un golpe contundente.

—¿Cómo puedes decir eso? ¡Durante todo este tiempo solo he querido ayudarte! ¡Todo lo que he hecho ha sido por ti! —gritó.

César aprovechó para levantarse del suelo, tambaleándose un poco. Se llevó una mano a la cabeza, a la parte que tenía manchada de sangre. Nuestras miradas se cruzaron. Fue solo un instante, pero suficiente para entender que me suplicaba que me fuera, mientras él continuaba distrayendo a Rita.

—¡No la mires! —le gritó Rita.

Me encogí un poco, apretando el agarre de la mano en la rama que sujetaba.

Contuve la respiración y no me atreví a moverme, cuando ella se giró y comenzó a caminar hacia mí, apuntándome con el arma.