La provocación del escocés Capítulo 79
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Capítulo 79

—Oye, Zoe.

Levanté la cabeza para mirar hacia la puerta, donde estaba César.

—¿Qué? —le pregunté.

Me separé de la mezcla que estaba haciendo, empujando hacia atrás el taburete con ruedas.

—¿Has visto a Rita o a Nerea? No están en su laboratorio.

—Han ido a la cafetería. Nerea no se encontraba muy bien y han parado antes del final de la jornada.

—Ah. Vaya. —Negó con la cabeza.

—¿Para qué las buscas?

—Hace unos días les dejé un medidor que necesito ahora. No me lo han devuelto, pero ya da igual. Faltan veinte minutos para terminar por hoy.

Se encogió de hombros.

—Si lo tengo en mi despacho puedes llevártelo —le dije.

—¿No lo necesitarás?

—No —sonreí—. Hasta dentro de unos días, no —confirmé.

—Joder, pues me harías un favor porque podría dejar terminado el trabajo de hoy, como tenía intención de hacer. Solo me falta el último paso. Santi no tiene, porque compartimos el medidor.

—Pues adelante. Sírvete tú mismo —le dije con un guiño.

—Gracias, preciosa.

César entró en el laboratorio y fue directo a la mesa que quedaba a mi espalda, a la parte en la que vio lo que necesitaba.

—Lo tengo —dijo sonriente.

—Pues corre antes de que te lo quite.

César soltó una carcajada caminando hacia la puerta.

—Oye… —Llamó mi atención.

—¿Sí?

—¿Y Lyn?

—En el laboratorio de Brad. Como Rhys no está…

—Mmm… Esos dos también van fuerte, me parece.

—Sí —sonreí.

—¿Cuándo volverá Rhys?

—No lo sé. —Me encogí de hombros—. Hace unos minutos que le he enviado un mensaje, pero todavía no tengo respuesta.

—Te contestará en cuanto lo vea. Seguro que ha debido poner el móvil en silencio.

—Claro. —Asentí.

—Si no viene y quieres venirte con nosotros en el coche para continuar dejando a la parejita más tiempo sola, me lo dices para esperarte.

—Te lo agradezco. Me vendría genial —acepté—. A la hora que es, a Rhys no le da tiempo a llegar a tiempo, eso si estuviera ya de camino, lo que dudo. No me apetece tener que esperarlo aquí. Tengo ganas de llegar a casa.

—Perfecto, entonces —me dijo con un guiño—. Pues te espero en mi laboratorio para irnos.

—Gracias, César.

—No hay de qué, preciosa.

Cuando se fue me acerqué a la mezcla, la que me quedé mirando fijamente.

Desvié la mirara al móvil y toqué la pantalla, para ver cuándo se activó que no tenía nada de Rhys. Solté un suspiro cuando lo cogí y lo desbloqueé. Entré en la aplicación de mensajes, en la conversación con Rhys.

Zoe: Hola, guapo. No quiero molestarte, te aviso para que no te preocupes. Como no vas a llegar a tiempo me iré con César y con Santi.

Zoe: Lyn lleva un buen rato con Brad, en vuestro laboratorio. Voy a dejarlos más tiempo a su aire.

Zoe: Nerea y Rita se han ido ya porque Nerea no se encontraba muy bien. Es algo de la barriga. No sé si estarán en la cafetería de enfrente de la empresa, como me han dicho, o si habrán ido ya para la casa.

Zoe: Nos vemos en un rato para comer. Besos.

Zoe: Sííí… Lo sé. Te avisaré cuando llegue a la casa.

Dejé el móvil a un lado y me concentré en terminar el trabajo por hoy. Mi confianza y seguridad regresaron de golpe en cuanto supe que yo no fui la culpable del grandísimo error que hizo explotar mi laboratorio anterior.

El tiempo pasó muy rápido y como no faltaba mucho para cerrar el día de trabajo, el final llegó sin que me diera cuenta. Dejé todo el laboratorio recogido, me puse la chaqueta, me guardé el móvil en un bolsillo, me coloqué la bufanda de cualquier manera y me crucé el bolso al pecho.

Salí del laboratorio dejándolo cerrado, sin preocuparme porque Lyn llevaba colgada al cuello su tarjeta de acceso. Podría entrar sin problema, cuando fuera a coger sus cosas para irse.

Caminé hasta el laboratorio de César y me paré en la puerta abierta. Él no compartía laboratorio con Santi, cada uno tenía el suyo.

—Eh, bombón.

Reí al escuchar a Santi y con mis risas llamé la atención del César, en el interior de su laboratorio. César sonrió al verme y asintió. Estaba terminando de recoger.

Santi llegó a mi lado y me pasó el brazo por los hombros.

—Hola, caramelo —le dije a Santi.

Soltamos una carcajada.

—Estáis muy dulces hoy —comentó César, caminando hacia nosotros mientras se ponía la chaqueta.

—La envidia es muy mala, tío. Te lo tengo dicho —se dirigió Santi a César.

Volvimos a reír, en esta ocasión los tres.

—Me voy con vosotros a casa —le conté a Santi, mientras íbamos hacia el ascensor—. César me lo ha ofrecido y me he apuntado.

—Perfecto —me dijo con un guiño—. Si quieres unirte a nosotros para comer, también estás invitada. Por supuesto.

—Gracias, pero ayer por la tarde dejé la comida preparada, así que no tengo que hacer mucho cuando llegue.

—Chica lista —suspiró César.

—El día que nosotros nos organicemos tendremos que regresar a España —comentó con diversión César.

—Todo es proponérselo —dije.

—Claro, pero sobre todo ganas porque sin ganas a la mierda lo demás —sonrió.

—Toda la razón. —Asentí—. Os invito yo, tengo comida de sobra.

—No te preocupes, preciosa, los restaurantes están para algo —habló Santi y rio.

Sonreí.

—Como queráis.

—Yo paso —dijo César—. A ver si dejamos sin comida a Rhys y la liamos. Con lo tranquilitos que estamos, no quiero llevarme una torta por comerme su comida.

Los tres terminamos riendo porque César dejó claro en todo momento que estaba bromeando, tanto en su forma de decirlo como en la cara que puso al hablar.

—No puedo prometeros nada con respecto a eso —comenté, con diversión.

César me hizo un guiño, antes de montarnos en el ascensor. Bajamos en un silencio cómodo y a unos metros de salir del refugio que suponía la empresa, me abroché la chaqueta y me coloqué bien la bufanda, ajustándomela al cuello.

En la calle, fuimos hacia el coche que siempre conducía César.

No tuvimos que andar muy lejos para montarnos en él, después de un pequeño tira y afloja entre Santi y yo.

Él se empeñó en que me montara en el asiento del copiloto.

Yo, cabezota, le dije todas las veces que me lo pidió que no iba a quitarle su sitio.

César, mientras tanto, rio por la que liamos en poco tiempo.

Me acomodé en el asiento trasero, al lado de una ventanilla. Apoyé la cabeza en el respaldo mirando durante un rato hacia el exterior, hasta que los ojos se me fueron cerrando un poco.

Los chicos no me hablaron, imaginé que porque se dieron cuenta de que estaba durmiéndome. El tono suave y bajo de sus voces me acompañó mientras notaba cada vez más pesados los párpados.

Cuando llegamos a nuestra calle ya me había espabilado un poco y terminé de hacerlo de golpe cuando escuché el mensaje de voz que me envió Rita. César y Santi también lo escucharon, por lo que César paró a un lado de la carretera.

—Zoe ¿estás con César y Santi? He llamado a Brad, pero no me coge el teléfono.

Ellos son los únicos que pueden ayudarme, porque ni tú ni Lyn tenéis coche y Rhys no está —suspiró—.

Si estás con César y con Santi, ¿podríais venir a por mí para ir a casa?

No sé qué mierda le pasa a mi coche, ahora llamaré a Conor para informarlo.

Se ha quedado parado y no consigo arrancarlo. Joder —dijo cabreada.

Salí de la aplicación de mensajes y la llamé.

—Dile que te diga dónde está exactamente. Vamos a por ella —dijo César y asentí.

—No me lo coge. —Hice una mueca.

—Dale tiempo —me pidió Santi.

Ambos se habían girado en sus asientos para mirar hacia atrás, hacia mí.

—Aquí está —dije sonriendo, al ver que Rita me devolvía la llamada.

—Zoe —habló ella.

—Tranquila. Estoy con César y con Santi. Vamos a ir a por ti, dinos dónde estás.

—Menos mal. Me he salido de la carretera principal, por uno de los caminos laterales que hay. No hay casi arcén en la carretera y no podía quedarme parada en medio del carril. —Bufó—. He avanzado un poco para quedarme protegida.

—Has hecho bien —le dije—. Pues envíame la ubicación exacta para llegar hasta ti.

—Claro. Ahora mismo. Muchas gracias.

Colgamos la llamada y esperé a recibir la información, la que me llegó rápido. Abrí la ubicación y le di mi móvil a César, ya que era él el que conducía.

—Espera, ponte delante —me pidió Santi—. Yo me quedo aquí y voy adelantado a hacer algo de comer. —Miró a César.

—Me parece bien. —Asintió este.

Santi y yo nos bajamos a la vez y después de darnos un rápido abrazo de despedida, me monté y él me cerró la puerta despacio.

—Id con cuidado y no tardéis —nos pidió.

—¿Algo más? —le preguntó César, con diversión.

—Por ahora no —contestó Santi, riendo.

Se alejó caminando hacia la casa, mientras César giraba para cambiar de dirección. Siguió las indicaciones que marcaba el camino para llegar a la ubicación en la que estaba Rita, a la que nos aproximamos después de casi quince minutos.

—No me jodas —dijo César.

Yo estaba pensando exactamente lo mismo.

—Qué cojones… ¿Esto es para ella avanzar un poco, fuera de la carretera principal? —preguntó con un bufido.

—Para —le pedí.

Algo no iba bien. ¿Sabéis esa sensación que se tiene, una fuerte, de que algo va a suceder, y no precisamente bueno?

César frenó y después de unos segundos mirando hacia delante, giró la cabeza hacia mí.

—¿Qué pasa?

—No me gusta —contesté susurrando—. Hay algo que no me gusta.

Negué con la cabeza, como si no lo hubiera dejado claro con las palabras.

—Eh… No pasa nada, Zoe. Lo siento, te he alterado.

César me habló con mucha calma y un tono de voz suave. Busqué su mirada.

—Siento algo aquí. —Me llevé una mano al pecho.

Los ojos de mi amigo bajaron a mi mano, la que comencé a mover para frotarme el pecho.

—¿Estás mareándote? ¿Es un ataque de ansiedad? ¿Te encuentras muy mal?

—No es nada de eso. Creo. —Intenté tranquilizarlo.

Respiré profundo.

—¿Entonces? —insistió.

—No sé lo que es, pero esto no me gusta por el mismo motivo por el que te has quejado tú —le aclaré.

César frunció ligeramente el ceño y terminó asintiendo. Después bajó la mirada a la pantalla de mi móvil, donde la ubicación de Rita seguía activa, y levantó la vista para fijarla hacia delante.

—Si se le ha parado el coche como te ha dicho, es imposible que haya llegado tan lejos. Ni siquiera a dónde estamos ahora, apartados de la carretera principal —comentó, dando voz a mis pensamientos.

—Exactamente. Es un terreno plano y no liso, así el coche le ha fallado y se ha parado, como mucho tendría que haber recorrido unos metros hasta que se parara del todo.

César asintió y nos miramos.

—¿Qué significa esto? —me preguntó, muy serio.

—No tengo ni idea. Pero Rita… ¿Y si ha pasado alguna grúa vacía y la ha ayudado?

—Zoe, la ubicación está clara y no se ha movido —me dijo, señalando la pantalla de mi móvil—. Si fuera como dices, lo normal es que te hubiera llamado para decírtelo porque veníamos de camino, y ella también se habría montado en la grúa. No tiene sentido.

Hice una mueca, con la vista fija en el punto de la pantalla que indicaba que estaba Rita.