La provocación del escocés Capítulo 78
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Capítulo 78

Zoe

Sentada en el balancín, me impulsaba para moverme, observando cómo amanecía.

Escuché unos pasos por detrás, pero no me giré porque sabía quién salió de la casa y se acercó a mí.

—Toma —me dijo Rhys.

Levanté la mirada hacia él, sonriendo, y cogí la taza que me ofrecía.

—Gracias.

Se sentó a mi lado en el balancín, en silencio, y así continuamos. Ambos enfocamos nuestra atención en el amanecer, el espectáculo bien lo merecía.

Me llevé la taza a los labios, para darle el primer sorbo al café con leche. Lo saboreé y tragué bien. Me sentó de lujo, como cada vez que me tomaba uno. Sobre todo, los que más disfrutaba eran los primeros del día.

Llevaba unos días sin comer bien. Cada vez que me sentaba a la mesa era para comer muy poco y forzada y aprovechaba estos momentos con el café, porque era lo único que me sentaba bien y me entraba sin problema.

Bueno, las bebidas en general me sentaban bien, ya fueran infusiones, refrescos o lo que fuera.

Desde que le conté a Rhys lo que me sucedió con el último coche que me presionó en la carretera que llevaba a Dunblane, yo no había conseguido remontar. Pensé que llevaba bastante bien lo sucedido, pero el día a día me había demostrado que estaba muy equivocada.

Para empezar, estaba lo de mi estómago, que se negaba a aceptar mucha comida.

Había días que ni siquiera me apetecía comer en ningún momento del día y eso traía locos a Lyn y a Rhys, que eran con los que pasaba más tiempo.

Los demás solo me veían en el desayuno, y ahí me pedía varios cafés y engañaba bastante, haciendo ver que todo estaba bien.

El día que le conté a Rhys lo que me había sucedido, después de que hablara con Cameron, nos vestimos y nos fuimos de la casa, para no molestar a Brad y a Lyn. En la de los chicos nos encontramos con Drew, quien nos saludó con alegría, alegría que cambió en cuanto se fijó en nuestras caras.

Mientras esperábamos a Cameron, nos sentamos los tres en el sofá y entonces yo repetí la historia de lo que me sucedió horas atrás, contándole a Drew lo mismo que a Rhys. Drew se quedó preocupado y hablamos mucho del tema, diciendo teorías, a cada cual más disparatadas.

Ninguno entendíamos por qué, yendo en la moto, yo había sufrido esas situaciones. Ya iban dos, en muy corto espacio de tiempo, y no podía ser una puñetera casualidad. Era imposible. Pero ¿qué explicación podía darle? De tanto pensar en ello tenía la cabeza loca.

Cuando llegó Cameron, volví a explicar lo mismo, aumentando mi malestar.

Cameron me escuchó con mucha atención e hizo varias anotaciones en el móvil.

En cuanto terminé, lo primero que hizo fue prohibirme volver a coger la moto por una buena temporada.

También me pidió que me moviera con coche, pero de acompañante, nada de conducir.

No me quedó otra que aceptar, aparte de que no tenía ganas ni de salir de casa por el miedo de lo que podía encontrarme. Odiaba esa sensación, el sentirme privada de libertad y el miedo constante de ir mirando hacia todos los lados, por si veía algo que no me cuadrara.

Así era mi vida últimamente. Cuando íbamos a la cafetería a primera hora de la mañana, de lunes a viernes, caminaba por la calle muy atenta a todo lo que me rodeaba. A pesar de que iba acompañada de mis amigos.

Sí, de todos menos de Rita, ya que a ella le costaba mucho madrugar un poco más. Los demás se adaptaron a la costumbre que teníamos Lyn, Nerea y yo, antes de irnos para el trabajo.

Al entrar en la cafetería, no podía evitar hacer un buen repaso de todas las personas que había y de las que llegaban mientras estábamos nosotros en la terraza o en el interior del local.

Los trayectos al trabajo los hacía junto a Rhys, en otro coche que alquiló la empresa. Decidimos hacerlo así para que Drew, Brad y Lyn siguieran utilizando el vehículo que le dio Conor a Rhys, a nuestra llegada a Escocia.

Como ya esperaba, porque no era para menos, Lyn se preocupó mucho cuando le conté lo que me sucedió. Se activó al instante del resfriado, del que, por cierto, hacía unos días que se despidió. Por suerte, los demás nos libramos de caer malos.

Al principio Lyn no pudo creérselo, pero cuando fue interiorizando lo sucedido, fue cuando me abrazó llorando y me pidió que tuviera mucho cuidado, porque ya no podía ser normal ni una casualidad lo que estaba sucediendo. Nadie lo entendíamos, pero poco más podíamos hacer que aceptar la realidad.

A estas alturas, todos mis amigos y compañeros conocían la verdad, ya que Rhys quiso contar con ellos, para que estuvieran pendientes de mí cuando él no pudiera estar a mi lado. Desde hacía días compartíamos la incertidumbre, el desconcierto y los nervios.

Con Noa y con Carlos también me sinceré.

Estuve pensando mucho en si hacerlo o no, ya que no me gustaba tener secretos con ellos, pero tampoco quería preocuparlos, que fue lo que sucedió en cuanto tomé la decisión de sincerarme con ellos.

Desde ese momento comenzaron a estar muy pendientes de mí, tanto por mensajes como por llamadas.

Para hablar con ambos, lo hice de la siguiente manera.

La tarde del día que sucedió lo del último coche, le hice una videollamada a Noa, como tenía pensado hacer igualmente.

Estuvimos hablando con normalidad de nuestras cosas, como siempre, y no tuve que preguntarle por Drew porque mi amiga me contó muy emocionada e ilusionada que él le había escrito y que habían estado hablando mucho rato.

Incluso se vieron por videollamada, lo que me encantó.

Rhys se mantuvo a mi lado tumbado en la cama, sonriente mientras nos escuchaba.

Todo lo que me dijo Noa sobre Drew fue muy bueno, lo que no me sorprendió en absoluto.

Mi amiga pasaba de un tema a otro, nerviosa, y no paraba de decir que no se creía el giro tan repentino que había dado para ellos.

Drew y Noa quedaron en continuar hablando y viéndose por las pantallas, hasta que pudieran volver a verse en persona.

Una vez que Noa se desahogó, le dije de llamar también a Carlos, para que apareciera en la videollamada porque tenía que contarles algo importante.

Y así lo hice, estuve con Carlos y Noa, sin avisar a Lyn porque a ella se lo diría en persona, y les actualicé las últimas novedades que no eran para nada buenas.

Sobra decir que Avery, Sheena y Conor también estaban al tanto de todo.

Cameron se pasaba de vez en cuando por la empresa y venía a la zona de nuestros laboratorios.

Se daba un paseo, hablaba con unos y con otros, se centraba un poco más en mí, y después de intercambiar unas últimas palabras con Rhys, se iba tranquilamente.

Siempre era igual. No variaba en el orden.

Era su manera de llamar la atención hacia los demás que lo vieran y también, una forma de mantenernos a todos protegidos.

Sus investigaciones, la de mis accidentes y la de la explosión en la empresa, continuaban muy activas, pero sin novedades por el momento.

—¿En qué piensas? —me preguntó Rhys.

—En todo lo que ha pasado en los últimos días —contesté con un suspiro—. Me parece tan raro todo.

—Sí —susurró.

Lo miré de reojo. Rhys no llevaba nada bien la situación que estábamos viviendo y yo lo pasaba mal por verlo a él de esa manera. Su seriedad había regresado, estaba irascible, saltaba a la mínima, y estaba muy sobreprotector conmigo.

Pasaba pegado a mí todo el tiempo que podía y cuando él tenía que hacer otras cosas y estábamos fuera de nuestros laboratorios, le pedía a cualquiera de nuestros compañeros y amigos que no me dejaran sola. Así lo hacían los demás, según ellos, encantados, según yo, obligados.

Esa era la sensación que tenía porque me sentía una responsabilidad, cuando estaba acostumbrada a ir por libre. Comenzando por mi independencia con la moto, la que fue la primera que perdí.

—¿Hoy era cuando ibas con tu padre a ver a un cliente y a visitar la empresa de este? —le pregunté.

—Hoy es el día —me confirmó—. Y no tengo ningunas ganas. —Bufó—. No sé ni por qué acepté.

—Lo hiciste por tu padre —le recordé, sonriendo—. Para pasar tiempo con él, para apoyarlo en su trabajo, para…

—Ya me ha quedado claro —me interrumpió, con una ceja arqueada—. Pero me jode porque pensaba que sería una visita rápida, no perder toda la mañana.

Negó con la cabeza.

—Te vendrá bien distraerte.

—Lo que necesito es estar a tu lado.

—Rhys… —suspiré—. Tienes que relajarte, por favor. No ha vuelto a pasar nada, por lo que, aunque sea muy raro y parezca imposible, lo mismo lo que me sucedió con la moto, en ambas ocasiones, sí que fueron casualidades. Si lo piensas bien no tiene otra explicación.

Se quedó en silencio, apretando la mandíbula.

Le cogí la cara con las manos y se la giré hacia mí, para que me mirara.

—Todo va a ir bien —susurré.

—No me gusta no tener el control.

—Lo sé —sonreí—. Me he dado cuenta a lo largo de los años.

—Mierda… —murmuró.

Me acerqué para rozarle los labios con los míos. Rhys dejó salir el aire de golpe y abrió los ojos lentamente, para encontrarse con los míos a centímetros de distancia.

Le mordisqueé los labios, tirando de ellos, y supe el momento exacto en el que él habría mandado a la mierda ir al trabajo, para subir a mi habitación y encerrarnos en ella.

—Como sigas así no respondo de mis primeros impulsos —me advirtió.

Solté una carcajada que por fin lo relajó.

—Vamos a terminarnos los cafés y nos vamos —le dije.

—Eso es jugar sucio —se quejó.

—Solo te he dado unos besitos de nada —me defendí.

—Como si necesitaras tocarme para que mi cuerpo se active solo…

Sonreí satisfecha, pero también muy afectada. La excitación de Rhys era evidente, empujaba la bragueta de su pantalón, dejando ver el gran bulto que tensaba la ropa. La mía, mi excitación, quedaba oculta y solo yo podía sentirla.