La provocación del escocés Capítulo 74
90%

Capítulo 74

Me dejé caer de lado contra el marco de la puerta, apoyando el brazo en él. Me crucé de brazos y esperé en silencio a que mi padre finalizara la conversación, la que iba de algún negocio.

Solo pillé unas pinceladas de lo que decía, porque saltaba constantemente de un tema a otro y me perdí un poco, al no saber de qué iban sus asuntos.

Mi observación hacia mi padre me llevó a darme cuenta de que era verdad que se le veía más agotado de lo normal. Serio, un poco cabreado, me fijé en cómo dejaba caer la cabeza en el respaldo y cerraba los ojos, sin que se notara ningún cambio en su voz.

Me pregunté cuántas veces habría hecho lo mismo hablando conmigo por teléfono, cuando yo me encontraba en España. Mi inquietud y preocupación dio un salto de posición.

—De acuerdo —dijo mi padre—. Claro. En unos días nos llamamos para continuar, según haya salido todo. Estupendo. Hasta pronto, Douglas.

Colgó la llamada y dejó el teléfono en el escritorio. Después se quedó observando fijamente el jardín. Le di unos momentos para él, para que reordenara lo que tuviera en la cabeza. Estuve así hasta que creí que había pasado el tiempo suficiente.

—¿Molesto?

Al escucharme, se giró hacia mí con la silla y en sus labios apareció una gran sonrisa.

—Hijo —dijo, levantándose.

—Hola.

Entré en el despacho para acercarme a él. Fui directo a darle un abrazo y mi padre me correspondió con la misma energía.

—Cómo me gusta verte otra vez aquí, en casa.

—No te vengas muy arriba, pero debo reconocer que lo había echado de manos.

Mi padre rio y el que sonrió esta vez fui yo.

—Me alegra oír eso. —Asintió.

—¿Ya has terminado? —le pregunté, refiriéndome al trabajo.

—Podría continuar todo el día si quisiera.

—Suficiente. —Levanté las manos—. Toca darte un respiro y desconectar, vamos a dar un paseo.

—Quería comentarte varios asuntos de la empresa y contarte que ayer hablé con Cameron.

—Estupendo, pero puedes comentarme lo que sea caminando por el jardín. Vamos a aprovechar que parece que todavía no va a llover.

—Está bien —aceptó, sonriendo.

—Vamos a abrigarnos —le pedí.

—¿Has visto a Morag y a Archie? —se interesó.

Comencé a caminar hacia la puerta, con mi padre al lado.

—Sí —sonreí de medio lado—. He llegado hace un rato y he esperado a que terminaras, estabas al teléfono.

—Podrías haberme avisado para cortar antes la llamada.

—No tengo prisa, papá.

—Vale. —Negó con la cabeza.

Salimos al pasillo y lo recorrimos, yendo hacia el recibidor. Mi padre también tenía la chaqueta en él, en el armario en el que había dejado la mía. De hecho, él tenía varias.

No nos encontramos con Morag ni con Archie, por lo que, una vez que estuvimos abrigados, salimos de la casa para caminar por el jardín.

Me subí la cremallera hasta al cuello, al sentir de golpe el cambio de temperatura. Mi padre hizo lo mismo.

—¿Qué pasa con la empresa?

Saqué yo el tema, mirándolo de reojo.

—Nada preocupante, pero quería ponerte al día de varios negocios que he iniciado aparte. Están vinculados con la empresa, con la ciencia.

Sonreí de medio lado, porque siempre que quería captar bien mi atención sacaba a relucir esa palabra: ciencia.

—Adelante —lo animé.

Mi padre comenzó a contarme de qué trataban esos asuntos y yo lo escuché concentrado, prestando interés. Que no hubiera querido formar parte de la gestión y la dirección de la empresa, del corazón de ella, no implicaba que no quisiera estar al tanto de todo lo que sucedía.

Aparte, a mi padre le venía bien hablar y desahogarse, por lo que cada uno hacíamos nuestro papel a la perfección.

A pesar de que tomé distancia de lo que mi padre siempre quiso para mí, que era que algún día yo ocupara su puesto al frente del negocio familiar que abarcaba a varios países, lo que no hice nunca fue desentenderme de todo.

Estaba bastante al día de cómo era el funcionamiento interno, de los movimientos que se hacían para que el engranaje de todo continuara funcionando tan bien, e incluso conocía a varios de los grandes clientes que teníamos.

Como dije con anterioridad, tal vez algún día yo estaría a cargo de todo, ocupando la posición de mi padre, lo que hoy en día era impensable para mí.

—Esos negocios suenan muy bien —le dije.

—Sí. —Asintió—. Te mantendré informado.

—Perfecto.

Nos quedamos en silencio mientras caminábamos por la hierba, entre los árboles. Hacía bastante fresco, pero a ninguno de los dos nos importó.

La pausa me vino genial, porque la próxima vez que hablara iba a sacarle el tema que tenía tan preocupados a todos.

Continuamos avanzando sin rumbo, hasta que me decidí que había llegado el momento. Sabía cuál sería su reacción y actitud.

—¿Por qué no aflojas un poco? —le pregunté.

—¿A qué te refieres? —me preguntó de vuelta, con el ceño ligeramente fruncido.

—A que vives para el trabajo, papá, cuando tendrías que trabajar para vivir. A eso me refiero. Qué mierda…

Me paré de repente y él lo hizo a mi lado, extrañado.

—Es que no tendrías ni que trabajar, joder, o como mucho, entendería que quisieras hacer acto de presencia en la empresa para mantenerte al día de todo. Pero hasta ahí. Se acabó. Sería como una distracción diaria.

»Tienes montado un imperio, que sí, vale, seguramente se mantiene porque estás al frente de él sin parar, pero tienes a cientos de personas eficientes y productivas trabajando a tu cargo. ¿No te parece que va siendo hora de que delegues y te liberes de tanto peso como llevas a tus espaldas?

—¿A qué viene eso?

Hice una respiración profunda.

—Viene a que no quiero que enfermes por el puñetero trabajo.

Viene a que quiero y deseo que vivas tu vida de otra manera muy diferente.

Viene a que uno de mis sueños es que bajes de una vez las barreras que levantaste un día y que te abras al amor.

Viene a que te quiero ver completamente feliz y, por supuesto, quiero que disfrutes al máximo con todo lo que has conseguido.

—Hijo…

—No, papá. No lo adornes ni minimices cómo estás ni cómo te sientes.

Apreté la mandíbula.

—Estoy bien de salud. No voy a enfermar y soy feliz con mis rutinas. Es lo que conozco.

—Ya… pues no te vendría nada mal improvisar un poco. ¿No crees?

—Gracias por preocuparte, pero…

—Mi preocupación es muy reciente porque no tenía ni idea, pero la preocupación de los demás hace tiempo que está ahí.

Te ven trabajar incansablemente, sin necesidad, y cuando llegas por la noche a la casa no puedes ni contigo mismo.

Te ven agobiado en muchos momentos, soportando una grandísima presión, e incluso me arriesgo a decir que triste.

Elevé las cejas, cuando él desvió la mirada por unos segundos.

—No sabía que las personas de mi alrededor estuvieran tan preocupadas por mí —dijo pensativo—. No quería que sucediera.

—Quien te quiere, se preocupará siempre por ti —suspiré—. Escucha a Morag, a Archie, a Sheena y a Conor. Ellos forman parte de nuestra familia y siempre están a tu lado. Si necesitas algo sabes que ellos te ofrecerán una mano en todo lo que puedan ayudarte.

—Ya lo sé, hijo.

Negó con la cabeza.

—¿Entonces? ¿Por qué cojones no te retiras un poco de la empresa y delegas? Puedes hacerlo, papá. Solo tienes que aprender y dar el primer paso. Joder, eres joven, aprovecha el tiempo de otra manera.

—Escúchame, Rhys, no quiero que pienses que no soy feliz. Lo soy, mucho. Por todo lo que conseguido y lo que tengo. Ahora mismo, por ejemplo, soy inmensamente feliz porque estoy contigo.

—La vida, es más, papá.

Coloqué una mano en su hombro.

—Es más que trabajo. Es más que un hijo. Es más que responsabilidades. ¿Qué me dices de dar el paso definitivo al amor?

Arqueó una ceja.

—No…

—Oh, por favor —lo interrumpí, poniendo los ojos en blanco—. ¿De verdad me vas a decir que eso hace tiempo que no es para ti? Ni se te ocurra porque sé muy bien que llevas años enamorado de la misma mujer y por cabezota, o tal vez por miedo, sigues dejando pasar el tiempo sin hacer nada.

—¿En qué momento?

—Pues no te sabría decir porque hace tantos años que estás igual… Y para tu información, no eres el único en esa historia interminable de dos.

El interés brilló en los ojos de mi padre, mientras que a mí me dio por hacer una respiración profunda. ¿Qué tan ciegos podíamos estar si nos obligábamos a no ver más allá de lo que nos venía bien o nos convenía, por un motivo u otro?

—Sé lo que es dejar pasar las oportunidades y el tiempo, te lo aseguro, y me arrepiento mucho de ello —le dije.

—¿Hablas de Zoe?

—Si —contesté y sonrió.

—¿Cuánto tiempo te llevó actuar? —quiso saber con curiosidad—. No me has hablado de ella y de vuestra relación. No sé cuánto tiempo lleváis juntos, de lo que no necesito confirmación porque solo hay que veros. Me lo dejaste muy claro en el despacho de la empresa.

Sonreí de medio lado.

—Era mi intención —le dije con un guiño—. Conocí a Zoe el primer día del proceso de selección en la empresa de España. Ella entró a trabajar a la misma vez que yo, así que haz cuentas. Años, porque hace muy poco que estamos juntos. Ha sido en Escocia.

Me encogí de hombros.

—¿Por qué tanto? —Frunció el ceño.

—Por Olivia.

Mi contestación lo sorprendió, pero de la sorpresa pasó enseguida al enfado. Su expresión se cubrió de una seriedad que, a cualquier persona que no lo conociera bien la habría impresionado y dejado sin palabras. Imponía mucho, incluso algunos podían decir que asustaba.

Ahora mismo era Avery Brown, el empresario imparable y el padre protector. Él en estado puro.

—Voy a contarte mi historia con Zoe, con detalles, y cuando lo sepas todo, te pediré que alejes a Olivia de nuestras vidas, sobre todo, de la de Zoe. No la quiero trabajando en España, papá, ni cerca de mí de ninguna manera.

—Te escucho.