La provocación del escocés Capítulo 73
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Capítulo 73

Rhys

Horas antes…

Apagué el motor y saqué la llave del contacto, observando con una pizca de melancolía la gran casa o mansión de estilo medieval que tenía a tan solo unos metros de distancia. En ella me crie y crecí.

Abrí la puerta del coche, me bajé y caminé hacia la entrada, pasando cerca de la pequeña glorieta sobre la que había una fuente. La misma que servía para cambiar de dirección.

El terreno que rodeaba la vivienda, un terreno de un verde intenso en el que había una vegetación variada, se extendía hacia todos los lados. Desde la entrada de la propiedad a la de la casa había un paseíto caminando.

Al llegar frente a la puerta principal, me la encontré abierta, por lo que solo tuve que empujarla. Avisé a mi padre cuando me monté en el coche para venir hasta aquí, por lo que sabía aproximadamente cuándo llegaría.

El gran vestíbulo y la escalera elegantes, esta última situada al fondo, me dieron la bienvenida. Después de dejar la chaqueta colgada en el armario que había a un lado, me adentré en la casa.

—¡Mi niño!

Sonreí al escuchar la voz de Morag y me paré en medio del vestíbulo. Me giré hacia ella, que caminaba rápido hacia mí.

—¡Oh, qué ganas tenía de verte! —exclamó, emocionada.

—No más que yo, te lo aseguro —le dije con un guiño.

La rodeé con los brazos, en un abrazo cálido y sentimental.

Morag era como una madre para mí. Desde mis primeros recuerdos ya formaba parte de mi vida. Mis padres la contrataron cuando nací, para que ayudara a mi madre, ya que ella, por su enfermedad, no podía estar tan pendiente de mí como le habría gustado.

De mi madre tenía muy pocos recuerdos y todos ellos estaban borrosos en mi mente.

Falleció joven, cuando yo tenía siete años.

Mi padre siempre me había dicho que fue un milagro que aguantase tanto tiempo, que yo fui su milagro, ya que los médicos le aseguraron a mi padre que un embarazo y un parto acelerarían la enfermedad de mi madre y su tiempo sería limitado, si es que superaba el parto.

Así fue, lo superó contra todo pronóstico, y no solo eso, tuve a mi madre conmigo durante los primeros años de mi vida. Gracias a las fotografías y a todo lo que sabía por mi padre, por Morag y por Archie, tenía muy presente a la mujer que me dio la vida y que luchó por mí desde el primer día.

Morag me contó una vez que mi padre le rogó a mi madre que no siguiera con el embarazo.

No porque no quisiera que yo naciera, sino por el pánico que le provocaba perderla.

Él le insistió, cada vez más desesperado, dándole todas las opciones existentes para poder ser padres sin que ella tuviera que sufrir o algo peor, pero mi madre se negó a todo y se empeñó en seguir adelante con el embarazo, hasta el final, saliera como saliera.

Gracias a eso, yo estaba aquí hoy, aunque el coste fue muy elevado.

De una manera u otra, tenerme a mí supuso la caída en picado de mi madre, a pesar de todo lo que aguantó y superó.

Desde su ausencia, solo éramos mi padre y yo, en compañía de Morag y Archie, dos personas que eran parte de nuestra familia e indispensables en nuestras vidas.

—¿Comes bien? —me preguntó Morag.

Apreté los labios.

—Estupendamente, ya me ves.

—Exacto. Estás más flacucho.

Elevó las cejas.

Solté una carcajada, pasándole el brazo por los hombros.

—Eso es porque he dado un estirón hace poco —le dije con diversión.

—¡Oh, venga ya! —me dio un golpecito en el pecho, sonriendo.

—Estás guapísima y Archie debe volverse loco cada vez que va contigo al lado.

Sonreí con satisfacción al escuchar sus risas.

Archie y ella estaban casados, desde hacía muchos años.

Se conocieron de jóvenes en esta casa, cuando mi padre contrató a Archie para que se encargara de las cosas de la casa a las que Morag no llegaba.

Siempre y únicamente habían sido ellos dos, ya que mi padre nunca quiso llenar su hogar de más personas.

Preservó su intimidad, formando una pequeña, pero gran familia acogedora, con las personas que desde el primer día que nos conocieron estuvieron incondicionalmente con nosotros.

Mi padre, Morag y Archie estaban entre los cincuenta y los cincuenta y tres años. Los tres estaban perfectos y en la flor de la vida.

—Has llegado diciendo muchas tonterías —me dijo, negando con la cabeza.

—Todo lo que he dicho hasta ahora son verdades. —Arqueé una ceja.

—Te he echado de menos —se emocionó.

—Yo también. Muchísimo —le sonreí con cariño.

La apreté más a mí y le di un beso en la cabeza. Ella soltó un suspiro.

—¿Cómo va todo por aquí? —le pregunté.

—Como siempre, hijo. Tienes que hablar con tu padre —susurró—. Lleva una temporada larga trabajando mucho, está muchas horas en la empresa, llega tarde y cansado, a veces no tiene ni ganas de cenar, y encima están los viajes de negocios que últimamente son casi cada semana.

Hizo una mueca.

—Archie y yo hemos hablado con él, pero no nos ha servido de nada.

Sheena y Conor también lo han intentado, pero tu padre no quiere entrar en razón.

Me da miedo que su cuerpo le dé algún aviso, Rhys.

Lleva un ritmo demasiado alto, porque cuando está en la casa, raro es cuando no está al teléfono con alguna llamada.

La escuché serio y con el ceño ligeramente fruncido.

—Es lo primero que sé.

—Porque no queríamos preocuparte, pero yo necesitaba hablarlo contigo, aunque sé que estás aquí por un tiempo y en algún momento volverás a España.

Apreté la mandíbula.

—Entiendo —dije hablando más bajo—. Pero es mi padre y quiero saberlo todo de él. No quiero enterarme de que estaba mal, cuando descuelgue una llamada con malas noticias.

—¡Ay, Dios mío!

—No he dicho que vaya a pasar —sonreí para aligerar su nerviosismo—. ¿Dónde está?

—En su despacho —contestó haciendo una mueca, disgustada.

—Yo me encargo.

Me incliné para darle un beso en la mejilla y comencé a caminar hacia la escalera, pero no para subirla, sino para pasar por al lado y continuar recto, hacia el pasillo en el que se encontraba el despacho de mi padre.

Mi plan se vio interrumpido cuando escuché otra voz que añoraba mucho y me hizo mucha ilusión.

—¡Muchacho! Sabía que estabas aquí. En cuanto he escuchado las risas de Morag, porque solo tú puedes provocárselas de esa manera.

Con una gran sonrisa, me giré buscando con la mirada a Archie. Caminaba tranquilamente hacia su mujer y hacia mí, limpiándose las manos en un trapo.

Nos encontramos a medio camino porque yo también me moví para darle un fuerte abrazo.

—Hola, Rhys.

Sonreí.

—Hola.

Le apreté un hombro cuando nos separamos.

—Me encanta verte tan bien —le dije.

—Bien estás tú, yo lo voy llevando como buenamente puedo.

Reí.

—Ya ves que sigue igual de exagerado —comentó Morag.

Él la miró con diversión y después volvió a centrarse en mí.

—¿Has venido de visita o te quedarás todo el día?

—No contaba con lo último y ya tengo planes hechos, pero dentro de poco vendré para pasar todo el día —les confirmé.

—Estupendo —habló animado—. Pues entonces ya me contarás en otro momento cómo te va todo.

—Por supuesto, aunque estoy seguro de que por nuestras conversaciones por teléfono cuando estaba en España y por mi padre, ya estáis bastante al día de mi vida —sonreí de medio lado.

La sonrisa que me devolvieron me indicó que estaba en lo cierto. Los abracé a los dos, antes de separarme de ellos para dirigirme al despacho de mi padre.

Caminé despacio, sin prisa, impregnándome de la esencia de la que fue mi casa durante muchos años. Los recuerdos comenzaron a venirme a la mente, y, a pesar de que también tenía malos, los buenos y muy buenos ganaron y terminé sonriendo.

Pasé de largo el lateral de la escalera, el baño, la biblioteca, y una sala de estar en la que a mi padre le gustaba pasar tiempo, en vez de hacerlo en el salón. Este era más del doble de grande que la sala de estar y mi padre siempre había dicho que era demasiado frío para él solo. Lo entendía.

Me paré al llegar frente a la puerta entornada de su despacho y colocando la mano en la madera, la empujé muy despacio, sin hacer ruido. Conforme fue abriéndose, el interior se hizo poco a poco visible y mi padre apareció sentado en su cómoda silla, frente a su escritorio.

No se dio cuenta de mi presencia ni del movimiento de la puerta, ya que estaba con una llamada y medio girado con la silla hacia la cristalera que daba al jardín. Lo observé con atención, con mucha más que desde que llegué a Escocia.

Mi relación con mi padre había pasado por muchas etapas y baches, algunos que parecieron insalvables en su momento. Pero aquí estábamos, fuera como fuera, siempre volvíamos uno al lado del otro, porque, ante todo, el amor que nos teníamos superaba a cualquier obstáculo.

El problema era que ambos teníamos un carácter muy fuerte y dominante, en ciertos aspectos, y yo nunca me había doblegado ante sus exigencias y sugerencias hechas solo para que las aceptara. No, yo siempre había tenido muy claro lo que quería conseguir en la vida y había ido a por ello.

Mi lugar no estaba al frente del imperio que mi padre creó, levantó y mantenía como uno de los más grandes en el sector que trabajaba.

No podía decir que algún día no aceptara ocupar su lugar, pero estaba claro que al terminar la carrera a mí no me motivaba estar al frente de la empresa. En estos instantes, tampoco.

Mi sueño era la ciencia y convertirme en uno de los mejores científicos.

Y lo había logrado, lo que me hacía muy feliz y hacía que me sintiera realizado.

Me encantaba mi trabajo, investigar, crear, aprender constantemente…

Por suerte, mi padre lo asumió con el tiempo y terminó diciéndome lo orgulloso que estaba de mí y de todos mis logros.

Aunque no me lo puso nada fácil antes de eso. Me cerró muchas puertas, creyéndose que era por mi bien. Jamás había actuado para hacerme daño intencionadamente, aunque me lo hiciera. De ahí que tuviera que escaparme a España.

Sucedió cuando me enteré de que iban a abrir un proceso de selección en la delegación de España, para contratar a varios científicos. No me lo pensé, era mi puñetero sueño, me había preparado para ello, y como estaba muy cansado de todo…

Sin decirle nada a mi padre ni a nadie, viajé junto a Drew a España, para presentarme al proceso de selección. El final de cómo salió ya lo conocéis, así que mejor no me pudo salir la jugada.

No se lo había preguntado, ni a mi padre ni a Sheena ni a Conor, porque los dos últimos estaban al tanto de todo lo referente a mi padre, pero no me hacía falta preguntar para saber que el motivo que llevó a mi padre a España, para formar el equipo de científicos que trabajaría en el nuevo proyecto, solo fue una excusa.

Todo en general fue una gran excusa para traerme de vuelta a Escocia. Estaba refiriéndome a que lo del proyecto fue una invención de mi padre, con el único propósito de incluirme a mí en él para que tuviera que volver a casa, aunque fuera por un tiempo.

Él sabía que, si me pedía que viniera por unas semanas, como mínimo, yo le pondría la excusa de que no podía abandonar por tanto tiempo mi trabajo.

Lo que era cierto. Al inventarse lo del proyecto y al seleccionar el equipo que estaría en Escocia por un plazo que no se podía definir, de esa manera se aseguraba de que yo no pudiera poner ninguna excusa para venir, ya que formaba parte de mi trabajo.

De excusa nada, solo era mi responsabilidad, pero mi padre lo único que quiso desde el principio fue tenerme cerca de él por un tiempo. Lo que no sabía, ni siquiera se me había pasado por la cabeza, era que pudiera necesitarme porque no se encontraba bien.

Y no hablaba solo del agotamiento físico que debía arrastrar, sino también del emocional.

Y eso me preocupaba. Mucho.