Capítulo 72
—¿Qué? —alcé la voz, para que me oyera bien.
Siempre controlando al coche de detrás y mirando hacia delante. Por lo último, podía estar tranquila porque no se veía ningún vehículo venir de frente, ya que me quedé ocupando el carril contrario.
—He visto lo que te ha pasado con el coche de atrás —me dijo el hombre—. No te vayas para quedarte sola, puede alcanzarte. No sé lo que se propone ese loco, pero es mejor que te quedes junto a mí.
Fruncí el ceño.
—Yo…
—No pasa nada. Solo quiero ayudarte. Ponte delante de mi coche e iremos muy juntos. Al de atrás no le quedará más remedio que pasar o mantenerse alejado.
No lo vi muy claro, pero accedí porque quise aferrarme a su ayuda.
—Vale. Voy delante —le hablé.
—Claro —me sonrió y me tranquilizó un poco.
Solté un suspiro, antes de volver a acelerar para colocarme a la cabeza. El hombre se pegó a la parte trasera de la moto, como me dijo, manteniendo una pequeña distancia de seguridad.
Nerviosa, recorrimos bastantes metros en los que no dejé de mirar por los retrovisores, controlando lo que sucedía a mi espalda. El hombre que estaba ayudándome parecía más tranquilo que yo y se mantenía en la posición; el que ahora iba detrás de él, no se había acercado.
No sabía a qué mierda esperaba para adelantar, me tenía los nervios disparados.
Cuando pensaba que ya no lo haría, que continuaría circulando a la cola de la fila que habíamos formado, lo que no era muy alentador porque de esa manera no me lo quitaría de encima, entonces, de repente, el coche que me había amenazado, porque así me sentí, aceleró mucho y comenzó el adelantamiento del coche del hombre que estaba ayudándome con la puñetera situación.
Contuve la respiración, siguiendo su avance por el espejo y justo cuando pasó por mi lado, desde el carril contrario, aceleró más y pasó de largo a mucha velocidad. Si no me hubiera fijado en quién conducía minutos atrás, no habría podido hacerlo en ese momento.
Hice varias respiraciones profundas, mientras veía cómo el vehículo cada vez se hacía más pequeño en la distancia. Me costó un rato calmar la respiración y las pulsaciones, mientras mi cuerpo temblaba un poco.
Necesitaba parar con urgencia, para tranquilizarme bien. No podía continuar conduciendo la moto como me encontraba, por mi seguridad y por la de los demás.
Aguanté porque no me quedaba otra, con el vehículo de atrás siguiéndome a una distancia mucho más prudencial.
El hombre pareció no querer dejarme sola después de lo que había sucedido y, cuando entramos en Dunblane y llegamos a una de sus calles, aminoré poco a poco y puse el intermitente para pararme.
Aparte, se lo indiqué con una mano al hombre para que hiciera lo mismo que yo. Necesitaba darle las gracias y un abrazo, si me lo aceptaba.
Dunblane era uno de los pueblos más cercanos a Stirling y el primero que te encontrabas desde la carretera que nos había traído hasta aquí.
Estacioné bien la moto y con las manos todavía un poco temblorosas, me bajé y me quité el casco, el que guardé debajo del asiento. El hombre también se bajó de su coche y sonriendo un poco contenido, caminó hasta mí. En su expresión había preocupación y sus palabras me lo confirmaron.
—¿Estás bien? Cuando me he dado cuenta de lo que estaba haciéndote el coche que tenías detrás… —Negó con la cabeza—. No sé en qué piensan ciertas personas —habló molesto y con rabia.
—Todavía estoy muy nerviosa, pero fuera de eso me encuentro bien. —contesté—. Me llamo Zoe.
—Yo, Finlay —se presentó.
—Muchísimas gracias por tu ayuda, Finlay —le dije de corazón, con una mano en el pecho—. Eres muy buena persona.
—Lo triste es que ser buena persona destaque. —Negó con la cabeza y yo asentí, dejándole claro que estaba completamente de acuerdo con él—. No tienes que agradecérmelo, Zoe. Era lo que tenía que hacer y es un placer conocerte.
—Igualmente —sonreí.
—Me he imaginado que eras alguno de mis nietos y me ha entrado de todo por el cuerpo.
—Eres un abuelo joven —le dije con un guiño y él rio.
—No tanto.
—Finlay…
—¿Sí?
—¿Puedo abrazarte? —le pregunté con timidez.
—Por supuesto, hija —aceptó rápido.
Acorté la distancia que nos separaba y lo abracé, abrazo que me devolvió. Nos mantuvimos de esa manera en silencio, durante unos segundos, y cuando nos separamos, nos sonreímos.
—Gracias de nuevo.
Finlay negó sin perder la sonrisa.
—No sé si es una pregunta tonta o no, pero ¿conocías al que conducía?
—No.
—¿Has podido verlo bien? Deberías denunciar lo que ha pasado.
—Lo he visto, pero no tanto como para dar detalles —hablé pensativa—.
Si voy a la policía y digo que conduciendo me ha asustado un coche que parecía querer que me cayera, y que lo conducía un hombre, pero que con la visera de la gorra y las gafas de sol que llevaba no sé cómo era su cara, sumando los nervios que estaba pasando, me dirán que no pueden hacer nada.
—No suena bien, no. —Hizo una mueca.
—Parece que no aprendo —susurré.
—¿Cómo?
—Que ni siquiera se me ha ocurrido mirar la matrícula del coche —reí sin una pizca de humor—. ¡Qué desastre! —Bufé.
—Lo siento. A mí me ha impresionado tanto la situación que tampoco me he fijado. Solo pensaba en decirte que no te alejaras de mí, para que el otro coche te alcanzara.
—Has hecho más que de sobra, Finlay, y te estaré agradecida siempre.
—Me alegro de que todo haya salido bien. —Asintió, sonriendo.
Le di otro abrazo, esta vez sin preguntarle. Me nació y él me correspondió de la misma manera.
—¿Ahora te vas o te quedas aquí sola? No sé si venías a este pueblo —se interesó.
—Vivo en Stirling y mi intención era dar una vuelta para terminar en algún lugar con buenas vistas.
No tenía planeado parar en Dunblane, pero después de lo que ha pasado, necesito tranquilizarme del todo.
Seguro que me gusta mucho el pueblo. Daré un paseo y me tomaré tranquilamente un café con leche en alguna terraza.
—Haces muy bien. Te enamorará, merece muchísimo la pena recorrer sus calles.
—Pues eso voy a hacer —sonreí—. Obviando cómo ha sucedido, ha sido un placer conocerte.
—Igualmente, Zoe.
Nos dimos un último abrazo.
—Ten cuidado y que disfrutes del día —me deseó.
—Lo mismo te digo —le dije con un guiño.
Finlay caminó hasta su coche y cuando se montó y arrancó, volvió a despedirse de mí, esta vez con la mano. Lo imité y esperé quieta hasta que se incorporó a la carretera, por la que se alejó de mí.
Solté un suspiro y encontré las fuerzas para ir hasta la moto. Cogí el vaso con lo que me quedaba de café con leche, para tirarlo en la primera papelera que me encontrara, y comencé a caminar por la acera, adentrándome por las calles del pueblo.
Me paré frente a un panel informativo en el que ponía datos del pueblo. Dunblane era una histórica y pintoresca localidad situada en el concejo de Stirling, en el centro de Escocia y a orillas del río Allan Water. Río que se unía en su recta final al río Forth, que pasaba por la ciudad de Stirling.
Los puntos de interés estaban marcados, comenzando por la Catedral de Dunblane, una majestuosa iglesia medieval.
La biblioteca Leighton era la siguiente, considerada la biblioteca privada más antigua de Escocia, la que los turistas podían visitar con entradas y los alumnos de la universidad acceder a ella gratis, con pases de la Universidad de Stirling.
Otro de los puntos de interés era el buzón Dorado de Andy Murray, pintado de color oro. También estaba el museo de Dunblane, donde se podía descubrir la historia del pueblo. Y, por último, destacaban las diferentes rutas que había y los espacios verdes, que no eran pocos.
Cuando terminé de leerlo todo, seguí la dirección de la flecha que había en el panel informativo. Indicaba cómo llegar a la biblioteca, la que estaba dispuesta a visitar. Llegar hasta ella suponía estar justo enfrente de la catedral, cerca del museo y del famoso buzón dorado.
Algunos de los sitios se encontraban en la calle principal y los demás por los alrededores, muy cerca, por lo que me venía genial porque allí también debían concentrarse los restaurantes, los bares y las cafeterías, como diferentes comercios.
Caminé sin prisa haciendo el recorrido, en el que, después de recorrer varias calles, al no encontrar más indicaciones, tuve que preguntar a una señora para que me indicara hacia dónde tenía que dirigirme.
Me respondió muy amablemente y llegué sin problema, al cabo de unos minutos. Cuando aparecí en la calle principal, me desvié un poco, para buscar una cafetería o bar donde poder sentarme a descansar y a tomarme un café.
Con el día que hacía era de agradecer. Ahora las nubes que cubrían el cielo eran de un gris más intenso que cuando salí de la casa y la sensación de frío había aumentado. Ni una cosa ni otra me frenaron cuando ocupé una mesa en la terraza de una cafetería muy mona que encontré.
Necesitaba seguir al aire libre. De todos modos, no iba a pasar frío, porque el camarero que vino a atenderme puso a mi lado una estufa de pie y la encendió. Calentaba mucho.
Poco a poco fui consiguiendo desprenderme de los nervios, el miedo, la incertidumbre y el malestar que me había generado lo sucedido en la carretera.