La provocación del escocés Capítulo 71
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Capítulo 71

—Eh, Rita —la llamé.

—¡Oh, qué susto! —rio ella, después de girarse de golpe hacia mí.

Sonreí.

—Perdona. No era mi intención —me disculpé, acercándome a ella.

—Tranquila. Ha sido un susto tonto.

Reímos.

—¿Vuelves a la casa? —me preguntó, mirando el vaso que llevaba en una mano.

—Sí, pero solo para coger la moto —contesté—. He ido a por un café con leche a la cafetería y mi plan es tomármelo en un espacio abierto, en medio de la naturaleza. Me apetece.

—Está muy nublado.

—Ya… pero puede estar así todo el día y no llover.

Me encogí de hombros.

—Pues sí —sonrió.

—Igualmente, unas gotas no me van a frenar.

—¿Y Lyn? ¿Va contigo?

—No. Se queda en casa descansando.

—¿Está mejor que ayer?

—La he despertado para llevarle un zumo de naranja, para que se lo tomara con la medicación, y la he visto igual que anoche. Necesita reposo y nada mejor para recuperarse que pasar mucho tiempo en la cama.

Hacía tres días que Lyn comenzó a encontrarse mal, por un resfriado que fue complicándosele poco a poco. Había empeorado. Ayer, viernes, se obligó a estar en el trabajo para no perder más días, pero tampoco hizo mucho. Y, sobre todo, no manipuló ciertas sustancias.

—Pues sí. Como estar en la cama y en casa, nada. —Asintió Rita.

—La he dejado dormida y con todo lo que puede necesitar en la mesita de noche, así que me voy tranquila. Además, le he enviado un mensaje a Brad para decirle que la dejo sola, así que estará pendiente de ella. De todos modos, yo solo estaré un rato fuera.

—Te vas con todos los deberes hechos.

—Sí —reí—. ¿Tú también has salido para dar una vuelta?

—Sí. Me apetece perderme por la ciudad y seguramente acabe sentada en la terraza de alguna de las cafeterías del centro.

—Suena genial y haces muy bien. ¿Y Nerea?

—No tiene ganas de moverse —contestó.

Se encogió de hombros.

—Pues disfruta —le deseé.

—Igualmente, preciosa —sonrió.

Nos dimos un beso en la mejilla y nos separamos. Rita caminó calle abajo y yo hacia la casa, para sacar la moto de la puerta lateral que supuestamente era un trastero, pero que yo utilizaba perfectamente como garaje.

Con la moto en la calle, el casco puesto, la cremallera de la chaqueta cerrada hasta el cuello, donde tenía la bufanda bien ajustada, y con el vaso de café protegido, arranqué y me alejé despacio de las viviendas.

Me iba muy tranquila por Lyn, más que nada porque Brad me había asegurado que estaría muy pendiente de ella.

Con Rhys no había podido hacer planes, ya que se fue temprano a la casa de su padre.

Anoche, cuando nos metimos en la cama, me dijo que debía ayudarlo con unas cosas, por lo que prefería irse pronto para no llegar muy tarde.

Rhys se quedaba a dormir cada noche conmigo, ya que si él se iba de la casa de al lado, Brad y Drew se hacían compañía, pero, en cambio, si era yo la que me iba, Lyn se quedaba sola. De esa manera nos organizábamos genial.

Circulé por las calles de la ciudad con calma, dirigiéndome a las afueras. Me daba igual terminar en un sitio o en otro, por lo que, una vez saliera de la ciudad, iría sin rumbo fijo.

Estaba contenta por cómo tenía la mano. Podía utilizarla con total normalidad, aunque de vez en cuando, dependiendo de la postura que hiciera, notaba una punzada de dolor. Era de esperar, por lo que me dijo la enfermera cuando me quitó el vendaje.

Sabía que la recuperación iba bien porque esas punzadas cada vez se espaciaban más en el tiempo y porque iban bajando de intensidad. A saber, lo que hice con la mano en la caída de la moto.

Cuando pasé cerca del puente de Stirling, decidí hacer una paradita para recorrerlo a pie. Dejé estacionada la moto y después de quitarme el casco y de coger el vaso con el café con leche, comencé a caminar por el camino que llevaba hasta él.

Me encontraba cerca del castillo de Stirling, aunque, aun así, había una buena distancia para recorrer. Saludé a varias personas que encontré dando un paseo y cuando llegué al inicio del puente, me paré.

Lo observé con atención y después dirigí la mirada de izquierda a derecha, para ver el río que pasaba por debajo del puente. El cauce era grande, tenía una gran separación entre las partes de tierra y llevaba mucho caudal.

Sonreí al dar los primeros pasos. Conor nos contó que no era el puente original que significó y continuaba significando tanto para los escoceses, pero yo tuve la sensación de que pisaba el del pasado.

Caminé despacio por él, cerca del pretil, mientras rozaba con la yema de los dedos el pasamanos de piedra.

Avancé hasta la mitad, donde me paré y me giré hacia el río. Cerré los ojos unos instantes, disfrutando del sonido de la corriente que llevaba el agua. Cuando los abrí, bebí un sorbo de café con leche que me sentó genial y coloqué el vaso en el pasamanos plano y ancho de piedra.

Saqué el móvil del bolso y le hice varias fotografías al paisaje, algunas cogiendo al castillo de Stirling de fondo, otras, del puente y del río, abarcando las zonas verdes de los lados. Para terminar, me hice varios selfis, con gestos graciosos y otros mostrándome normal, pero sonriente.

Cuando me quedé satisfecha, guardé el teléfono en un bolsillo de la chaqueta y me puse mirando hacia la parte del río que tenía más cerca. Cogí el vaso y me incliné hacia delante, hasta que apoyé los brazos en el pasamanos.

Era una maravilla. El único sonido que me acompañaba era el de la naturaleza, con un paisaje cautivador. Quitando a un hombre corriendo y a varias parejas que cruzaron el puente caminando, el resto del tiempo estuve sola.

Bebí con calma del café, porque me apetecía alargarlo. No me importaba que se quedara a temperatura ambiente, iba a tomármelo igualmente.

Al cabo de un buen rato, no supe cuánto porque no miré la hora al llegar, decidí continuar con mi paseo en moto. Regresé hasta ella y otra vez, con el vaso protegido y el casco puesto, arranqué para retroceder hasta llegar a la carretera principal.

Sonreí al aproximarme al castillo, aunque todavía quedaba lejos de donde estaba. Era impresionante, imponía. Para el siguiente viaje que hicieran Noa y Carlos, lo visitaríamos por dentro, hasta donde pudiéramos llegar.

Lyn y yo seguramente lo veríamos mucho antes, porque entre unas cosas y otras parecía que se nos resistía la oportunidad. Lo mismo sucedería con el monumento de William Wallace.

Continué por la carretera, a buen ritmo, disfrutando de las vistas con más calma que cualquier otro día. Se circulaba estupendamente, había muy pocos vehículos en la carretera, en ambos sentidos.

Por delante tenía una recta larga desde la que de vez en cuando se abrían caminos que se adentraban en las extensiones de hierba que se abrían a los lados.

Iba muy tranquila, relajada, hasta que eso cambió de golpe.

—¿Qué…?

No llegué a terminar la pregunta cuando el claxon del coche que circulaba detrás volvió a sonar. Era lo que me había alertado.

Fruncí el ceño, porque no tenía ningún motivo para hacerlo. Primero, porque yo iba a la velocidad correcta de la vía, segundo y último, porque podía adelantarme cuando le diera la gana.

Me tocó mucho las narices, pero aparté la vista del retrovisor y volví a mirar hacia delante, donde a unos metros de distancia circulaba otro coche. Este se encontraba bastante más alejado de mí que el de atrás.

Intenté ignorar el hecho de que no me adelantó, lo que me mantuvo más en tensión y en alerta, al no comprenderlo.

Por suerte, en esta ocasión el vehículo no me hizo sospechar nada. Me refería a que el parabrisas era uno normal, como el de cualquier otro coche, y a través de él podía ver el interior.

—Será imbécil… —siseé.

Los reflejos me ayudaron para actuar rápido y anticiparme a acelerar mi reacción. Me distancié en cuanto el claxon volvió a sonar de forma ininterrumpida, poniéndome en aviso, mientras el coche tenía intención de acercarse peligrosamente a la parte trasera de mi moto.

Con el ceño más fruncido y apretando las manos en las empuñaduras del manillar, no dejé de mirar por los espejos retrovisores, controlando qué mierda hacía el conductor que me había disparado los nervios.

Aceleré más, con ganas de que la puñetera carretera me llevara al pueblo más cercano, para poder parar en él rodeada de personas y del ambiente normal de las calles. La posibilidad de que el jodido coche desapareciera detrás de mí también sería genial.

No fue lo que sucedió, todo lo contrario. Volvió a acercarse peligrosamente a la parte trasera de mi moto y esta vez fui yo la que toqué el claxon, cagándome en él, literalmente a gritos.

Con un sofoco impresionante y las pulsaciones más revolucionadas que el motor de la moto, esperé el momento perfecto para actuar yo.

Cuando el coche se separó lo suficiente, lo que parecía gustarle al que conducía, como si fuera un puñetero juego para él, esperé unos segundos para que creyera que iba a seguir con mi ritmo.

En cuanto vi la oportunidad perfecta, me preparé y di un gran acelerón, saliendo disparada hacia delante.

—¡Gilipollas! —le grité al de atrás, con un pequeño subidón y con unas ganas tremendas de decírselo a la cara.

Lógicamente, lo último no iba a suceder.

Cuando llegué a la altura del coche de delante, controlando la distancia con el de atrás, que se había quedado demasiado retrasado, y vigilando que no viniera ningún vehículo por el carril contrario, inicié el adelantamiento para largarme cuanto antes de la dichosa carreterita.

Necesitaba bajarme de la moto, tocar el suelo y sentirme segura rodeada de personas, aunque no las conociera.

—¡Muchacha, espera! —gritó el hombre que conducía el vehículo que estaba adelantando.

Me sorprendió tanto que reduje la velocidad para quedarme a la altura de él, en paralelo a la puerta del conductor.