La provocación del escocés Capítulo 70
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Capítulo 70

Zoe

—Comenzaste a encontrarte realmente mal nada más entrar al despacho —dijo Cameron.

Fruncí el ceño, pensativa, por si me había equivocado.

—Sí —confirmé segura de ello.

—Cuando tuvimos la pequeña discusión, te fuiste bien —me recordó Rhys y asentí.

—Hay ciertos detalles de los que no me acuerdo, pero de ese en concreto sí —suspiré—. Poco antes de entrar en mi laboratorio, saludé a los chicos y después estuve hablando un momento con Lyn, en el pasillo, y no me encontraba mareada.

—En el primer equipo de rescate iban dos científicos —me contó Cameron—.

No podían arriesgarse a que la fricción de las herramientas con las rocas provocara otra explosión, si había gases contenidos en el interior del laboratorio.

Se aseguraron de que era seguro trabajar y al hacer pruebas, los científicos encontraron restos de unos gases demasiado tóxicos.

Fruncí el ceño.

—Después de analizarlos y de comprobar que tú no trabajabas con los productos que podían derivar en dichos gases, comenzamos a dudar y a hacernos preguntas.

»El equipo de rescate hizo un agujero lo suficientemente grande como para introducir el conducto por el que hicieron la limpieza del aire. Cuando se aseguraron de que era seguro, comenzaron a trabajar para acceder al laboratorio.

»Rescataron a Rhys, aunque el trabajo fue muy lento debido a lo complicado que tenían el acceso.

—No entiendo cómo puede ser lo de esos gases —comenté, desconcertada.

—Rhys recordó tarde, por el aturdimiento y por lo que le provocó respirar algo tan tóxico, que también se mareó antes de la explosión. No necesitó mucho tiempo para que comenzara a notar los síntomas.

Agrandé los ojos.

—Todos los síntomas que sentiste fueron provocados por lo mismo, Zoe, y si no hubieras salido del laboratorio tan rápido, para ir al baño, Rhys te habría encontrado desmayada en el suelo. O algo peor.

—Pero… —susurré.

—Ya —intervino Rhys—. Te estás preguntando lo mismo que me he preguntado yo muchas veces, desde que lo supe. Cómo es posible que las sustancias que provocaban esos gases tan tóxicos llegaran a tu despacho, ¿no? Y quién los expuso para que los gases se desprendieran y se acumularan…

Asentí.

—Es lo que estamos investigando —comentó Cameron—. Sabemos que los gases no aparecieron por obra de arte en tu laboratorio, por lo que alguien llevó las sustancias para provocar la explosión, sabiendo muy bien lo que pasaría cuando los gases llegaran al punto máximo de toxicidad.

Negué con la cabeza, sin poder creerme lo que estaba escuchando. Cameron continuó hablando.

—El problema es que, en esa zona de los laboratorios, da la casualidad de que las cámaras de vigilancia ese día estaban desconectadas.

Alguien se encargó de ello, para evitar que quedaran registradas las imágenes.

Mi equipo está trabajando para averiguar quién manipuló las cámaras, entre otras cosas.

—Joder… —susurré.

Dirigí la mirada a Avery, quien en ese momento me recordó mucho a Rhys. Tenía la mandíbula apretada y más serio no podía estar.

—Lo lamento, Zoe —me dijo, sorprendiéndome más.

—No tienes que disculparte por nada, Avery —le pedí—. No sé por qué ni con qué propósito lo hicieron, pero tú no tienes nada que ver con la maldad de las personas. ¿Qué querrían conseguir?

Me encontré con los ojos de Rhys.

—No lo sabemos, como tampoco si eligieron tu laboratorio al azar —comentó.

—Eso último también lo estamos barajando y cada vez toma más peso, el que fuera casualidad que sucediera en tu despacho —habló Cameron—. El ataque pudo ser provocado por muchos motivos, pero lo más lógico es que fuera para hacer daño a Avery.

Fruncí el ceño.

—No lo creo —dije pensativa y todos me miraron.

—¿Qué quieres decir? —me preguntó Sheena.

—Que, si querían hacer daño a Avery con su empresa, hay otras zonas mucho más accesibles y menos rebuscadas para ir a por ellas.

¿Para qué arriesgarse tanto, adentrándose en el corazón de la empresa?

Aparte, de que quien lo hizo tuvo fácil acceso a los laboratorios, por lo que, si se encontró con alguien, que es lo más lógico, nadie dio una señal de alarma, por lo que la persona que lo hizo era conocida y daba confianza, de una manera u otra.

—Y si tenemos en cuenta que las sustancias de las que hablamos no las puede manipular cualquiera sin conocimientos ni experiencia… —comentó Rhys, con el ceño fruncido.

—¿Estáis sugiriendo que es un científico de la empresa que tiene acceso a todo y que no fue casualidad que quisiera dañar esa parte concreta del castillo? —preguntó sorprendida Sheena—. ¿Puede ser por el proyecto nuevo? ¿Por qué se está encargando de él el equipo de España?

Me encogí de hombros, sin saber qué responderle, y Sheena miró con preocupación a Avery.

—¿Puede que tenga algo que ver con Fergus? —le preguntó a Avery, nerviosa—. Lo despediste hace un mes y medio por las malas prácticas que llevaba un tiempo realizando. Puso en peligro a mucha gente y se fue de muy malas maneras de aquí. Te amenazó, dijo que iría a por ti —recordó con un jadeo.

—Tranquilízate —le pidió Avery, hablándole calmado.

—¿Cómo voy a tranquilizarme? —alzó la voz Sheena.

Perdió los nervios por la preocupación. Se levantó de la silla y comenzó a moverse por el despacho.

—Chicos, ¿podéis dejarnos? —nos pidió Avery, sin apartar la vista de Sheena—. Ya continuaremos en otro momento.

—Por supuesto —dijo Cameron.

Nos levantamos los tres y sin decir nada, caminamos hasta la puerta, por la que salimos al pasillo. Fue Rhys quien cerró tras de sí. Yo me quedé observando la puerta con angustia.

—Mi padre se encargará de tranquilizarla. Sheena estará bien.

Busqué la mirada de Rhys, que era quien me había hablado.

—Ambos tienen un máster para saber llevarse y entenderse. No te preocupes por nada —añadió.

Colocó las manos en mis brazos y me los frotó de arriba abajo, despacio.

—Vale —susurré—. Sé que Sheena no puede estar en mejor lugar.

—Exactamente. —Asintió Rhys, con una pequeña sonrisa.

—Bueno, pareja, por hoy me despido —nos habló Cameron y nos giramos hacia él—. Hablaremos en otro momento. Por ahora lo más importante está hecho, que era contarte la verdad y cómo está la situación —me habló directamente.

—Hay algo más que no comprendo —comenté.

—¿El qué?

—¿Cómo pudieron entrar en mi despacho si solo se puede acceder a él con la tarjeta personal y la tenía yo? —pregunté.

—Lo estamos investigando, pero está claro que, o bien quien fuera se hizo con un duplicado, o también se encargó de deshabilitar el mecanismo de tu puerta.

—Pero cuando yo llegué estaba cerrada y bloqueada. Me dio paso la tarjeta.

—Me gustaría decirte algo más, pero no puedo —sonrió—. Espero que dentro de poco eso cambie.

—De acuerdo. Muchas gracias —le devolví la sonrisa.

Cameron asintió y se fue, dejándonos solos.

—¿Crees que tu padre está en peligro por ese tal Fergus? ¿Qué fue él? —le pregunté a Rhys.

—No lo sé —contestó con el ceño fruncido—. Lo que sí sé es que no fue un despido injusto, te lo aseguro.

Me colocó el pelo detrás de la oreja, acariciándome un mechón.

—Recuerda a partir de ahora referirte a mi padre delante de los demás como el jefe o Avery.

—¿No confías en nuestros amigos? Lyn mantendrá el secreto.

—A ella puedes decírselo. —Asintió—. No es que no confíe en los demás, es que no me gusta abrirme tanto, aunque los considere amigos.

—Entiendo —suspiré—. Pues solo se lo contaré a Lyn, a Noa y a Carlos.

Rhys soltó una carcajada porque amplié la lista.

—¿Cómo tienes la mano? Cuando me he quedado libre, he ido a tu laboratorio para saludarte y para preguntarte cómo te ha ido el médico. De esa manera he sabido por Lyn que te habías ido con Sheena y dónde estabas.

—Ha ido bien. Me siento la mano rara, pero dentro de poco la tendré como siempre, en cuanto me adapte a los movimientos rutinarios para que todo vuelva a la normalidad —sonreí—. La enfermera que me ha atendido me ha dicho que puede dolerme todavía, pero que es normal.

—Bueno… Ahora a controlar bien lo que haces.

Me retiró el pelo de los hombros y metió las manos por la parte de atrás, enredando los dedos. Solté un suspiro de satisfacción y cerré los ojos.

—¿Te he dicho que me encanta tu pelo? —susurró sobre mis labios.

—No. —Le acaricié los labios al hablar—. Por si no te has dado cuenta, estamos en medio del pasillo, por donde puede pasar cualquiera.

—Joder. —Se separó—. Si es que me haces olvidarme de todo. —Negó.

Sonreí.

—Vamos a ponerle solución —le dije.

—¿Qué…?

—He recibido mucha información en el despacho del jefe —remarqué— y no quiero pensar en ningún problema ahora mismo.

—¿Y qué quieres hacer? —me preguntó con una sonrisa pícara.

Solté una carcajada y me alejé unos pasos de él. Cuando quedó la suficiente distancia entre nosotros para no llamar la atención, entré en el baño al que me dirigí directamente.

Por suerte estaba vacío. Entré en una cabina sin cerrar la puerta del todo, y cuando Rhys entró y me vio, caminó rápido hacia mí.

—Así que esta es tu solución —comentó susurrando.

—La más rápida y urgente, sí —hablé de la misma manera.

Me impulsé para subirme sobre su cuerpo. En cuanto Rhys me agarró, con las manos bien colocadas en mis nalgas, busqué sus labios para besarlo con necesidad.

El beso fue subiendo de niveles, mientras nuestras respiraciones se descontrolaban y nuestros cuerpos reclamaban más contacto con el del otro.

No pasamos de los besos y de las caricias, unas muy placenteras que nos dejaron con ganas de muchísimo más. Bastante tiempo después, fue Rhys quien salió primero de la cabina. Yo, una vez que esperé el tiempo que creí conveniente, me fui sin encontrarme a nadie en el baño ni fuera de él.

Me dirigí al laboratorio feliz, con una sonrisa de oreja a oreja, a pesar de la gravedad de todo lo que ahora sabía sobre la explosión. Pensé en eso, a lo que le di muchas vueltas. Pensé en el notición de que Rhys era el hijo de Avery. Y, por último, pensé en Sheena y en cómo estaría.

Esperaba que recompuesta y tranquila, o al menos en proceso de ello. No dudaba de que Avery se encargaría de conseguirlo.

Y cuando llegué a ese último pensamiento, volví al comienzo de todo para seguir el mismo orden. Me costaba creer que Rhys, algunos de mis amigos, los más cercanos a mi laboratorio que explotó, como Santi, y yo misma, hubiéramos estado en peligro por algo externo que no supe descifrar.

Quería pensar que no me di cuenta de que algo estaba mal en el laboratorio porque venía de una situación dura con el coche que me echó de la carretera y por el accidente que me dejó inconsciente durante un tiempo.

Si hubiera estado bien, en plenas facultades, habría notado enseguida que había algo en el aire que estaba afectándome. Al primer síntoma. Ojalá hubiera sido así, porque podría haber dado la alarma para que todos saliéramos a tiempo, alejándonos de la zona.