Capítulo 67
Zoe
—Gracias —le dije a la enfermera que acababa de quitarme el vendaje de la mano.
Lyn y yo habíamos venido al hospital por lo mismo, mi amiga también se libraba hoy del de su pie.
—Es normal si notas alguna molestia todavía, dependiendo del movimiento que hagas —me dijo la chica—.
Lo que no es bueno es que tengas la mano tanto tiempo inmovilizada.
Ahora deberás tener cuidado con los movimientos y el peso que cojas, pero por lo demás, ya verás como harás vida normal —me sonrió.
—Estupendo. —Asentí—. Para empezar, estoy deseando coger la moto —suspiré—. No quiero depender de nadie.
—Cuidado con eso, ¿de acuerdo? —me advirtió.
—Sí. Siempre lo tengo.
—Pues ya está. Hemos terminado.
—Muchas gracias.
Flexioné y extendí los dedos, notando la mano rara. Me despedí de la enfermera y salí del hospital, tal y como quedé con Lyn. No vi a mi amiga fuera, por lo que debían estar atendiéndola.
Me senté en el primer escalón de la entrada del hospital, apartada hacia un lateral para quitarme del camino, y saqué el móvil. No tenía nada nuevo, por lo que solté un suspiro.
Hoy todavía no sabía nada de Rhys y ya eran las once y media de la mañana. Al tener que venir al hospital, no habíamos ido a la empresa a primera hora.
Sí, ya habíamos vuelto a la rutina. Nos incorporamos al trabajo el jueves de la semana anterior, justo hacía una semana hoy. Todo continuaba igual, a excepción del cambio de la zona de trabajo para todos.
Teníamos laboratorios nuevos, ya que los anteriores, la mayoría, quedaron inservibles.
Algunos compartíamos espacio, como era mi caso y el de Lyn, lo que me hacía sentirme más segura.
Desde que volvimos, estábamos en el lado opuesto del castillo, en un ala en la que había suficientes laboratorios vacíos.
Por el momento todo estaba yendo genial y, por mi parte, tenía mucho que ver con que Avery se fuera de viaje la misma tarde del día que volvimos al trabajo, por lo que estuvo muy liado y no me llamó a su despacho para tener la conversación que dejamos pendiente.
Aparte, también estaba lo del inspector de policía.
Sobre este último me enteré por Sheena de que no se reuniría conmigo hasta que Avery regresara del viaje. Era una orden directa del jefe, la que el inspector de policía había acatado sin problema.
No entendía cómo lo había conseguido, pero Avery estaría presente y a mi lado, en el momento de mi encuentro con el inspector, cuando tuviera que hablar con él. Eso me tranquilizaba mucho.
De manera que me sentía tranquila, por el momento, ya que iba a trabajar y cumplía mi parte, con mucho más cuidado que nunca. Debo confesar que el miércoles y el jueves, los primeros días de mi regreso, me costó mucho apartar el miedo en el laboratorio.
Trabajé como si fuera una estudiante que dudaba de todo, cuando mi experiencia tenía un largo recorrido. Todavía tenía el temor y el susto asentados en mi interior, por lo sucedido.
Sheena nos había asegurado que el edificio era seguro. A pesar de los daños que sufrió la zona en la que trabajábamos con anterioridad, lo tenían controlado y ya lo estaban arreglando.
Durante el tiempo que había pasado desde mi conversación con Rhys, en la que aclaramos las cosas y dejamos claro que queríamos estar juntos, no podía sentirme más feliz.
En la intimidad, Rhys me volvía loca, en muchos sentidos, y no necesitaba ni tocarme para eso. Después, de cara a los demás que no eran nuestros amigos, en el día a día, yo todavía estaba adaptándome a la situación de no mostrar nada hacia él.
Era complicado y muchas veces tenía que morderme la lengua, cuando Olivia revoloteaba alrededor de Rhys.
Él no le hacía caso, pero ella nunca había necesitado que se lo hiciera para continuar insistiendo.
Mis encuentros con Olivia estaban cargados de tensión, pero por ahora había conseguido controlarme e ignorarla para no saltar por cualquiera de sus miradas provocativas.
Mientras se mantuviera a distancia, todo iría bien. Ahora, como abriera la boca para insultarme…
La misma noche de mi conversación con Rhys, él regresó a mi casa y a la de Lyn con todos, incluida mi amiga, ya que Lyn se tomó muy en serio lo de mantenerse alejada para darnos privacidad a Rhys y a mí.
Les contamos a nuestros amigos, incluidos Noa y Carlos, a los que llamé por videollamada para que también estuvieran presentes, que después de muchos tiras y aflojas entre Rhys y yo, habíamos decidido estar juntos. Todos se alegraron y las felicitaciones volaron de unos y otros.
A Nerea y a Rita se lo contamos Lyn y yo el viernes por la mañana, cuando nos tomábamos el primer café del día en la cafetería a la que nos gustaba ir cerca de donde vivíamos.
No se sorprendieron, pero sí hubo mucha alegría.
Rita se pasó un buen rato haciendo bromas sobre cómo Rhys y yo ni nos soportábamos en España.
Según ella, Escocia había obrado la magia.
Santi lo encajó tan bien como los demás. Se alegró mucho por nosotros. Dejé al último a César, porque me resultaba más difícil abrirme a él. Rhys se empeñó en que habláramos juntos con César, pero yo le pedí que me dejara hacerlo a mí por separado.
Pensé que sería lo mejor, para entrarle suave, y no me equivoqué. Fui a buscar a César a su laboratorio, a la hora del desayuno del viernes pasado, adelantándome un poquito. Le pedí que me acompañara y no lo dudó. Dejó el trabajo y se lo agradecí.
Sentados en una cafetería, con un café con leche para cada uno en la mesa, le hablé muy claro a César y con mucho tacto. Él me escuchó atento, sin interrumpirme en ningún momento, y yo no me dejé ningún detalle. Ni siquiera que Rhys y yo queríamos mantener nuestra relación en secreto, al principio.
En ese momento…
—Gracias por contármelo —me dijo César.
—No hay de qué —sonreí—. No iba a dejarte fuera, sin importar como reaccionaras.
—Vaya fama me he creado, ¿eh? —Negó con la cabeza—. No voy a mentirte, es un palo bastante grande, pero no lo he recibido ahora con tu confesión.
Fruncí el ceño.
—Llevo tiempo viendo cosas, dándome mucha cuenta de ellas, por lo que he tenido tiempo para ir digiriendo la verdad imparable. —Me hizo un guiño—. Parte de lo que dije en el brindis que hice fue porque asumí por fin que nunca te fijarías en mí. Soy muy cabezota y pensaba que insistiendo… —sonrió.
—Lo siento, César. Nunca he querido hacerte daño, de ninguna manera. No es la primera vez que hablamos de esto y…
—No te preocupes por nada, Zoe. Tú no has hecho nada malo y sí, yo ya sabía que tú no tenías sentimientos hacia mí. Las cosas no se pueden forzar y el amor nace o no. Dile a Rhys que no voy a daros problemas. Lo prometo.
—Quiere hablar contigo personalmente.
—Vaya… Es de agradecer. Al final, por lo que voy conociendo, va a resultar que es un buen tío —dijo con diversión.
—Sí —sonreí—. Me alegra que al final estéis bien entre vosotros, César. Me lo hacíais pasar muy mal con vuestras peleas —suspiré—. En Rhys puedes encontrar un amigo para toda la vida.
—¿Y qué me dices de ti y de mí? ¿Amigos? —me preguntó, emocionándome—. No quiero perderte como amiga, Zoe, y sé que llegaré a ser un muy buen amigo para ti.
—Jo… —Hice un puchero—. Amigos.
Le acerqué la mano y César aceptó mi apretón para sellar el inicio de nuestra amistad, una nueva y muy esperanzadora. Lo sentí. Sentí que esta vez sí.
Para terminar, nos dimos un fuerte abrazo por encima de la mesa y continuamos bebiéndonos los cafés. Al cabo de unos minutos aparecieron nuestros compañeros y amigos y se unieron a nosotros, juntando otra mesa.
Rhys no se sentó a mi lado, para seguir con la farsa de nuestra no supuesta relación. Ocupó la silla contigua a la de César y por unos segundos ambos se miraron y fue como si se comunicaran sin palabras.
Un poco después apareció Olivia en la cafetería, la que, al ver que no podía acercarse a Rhys, puso mala cara y altiva, se fue tan rápido como llegó. Yo lo agradecí porque cada vez llevaba peor compartir espacio con ella.
El sonido de unas risas me hizo salir de los recuerdos. Sentada en el escalón de la entrada del hospital, miré por encima del hombro, pero no vi a Lyn. Tocaba esperar un poco más, pero igualmente entré en la aplicación de los taxis y reservé uno, porque mi amiga no debía tardar mucho más.
Prefería que el taxista tuviera que esperar y pagarle el tiempo parado, pero poder irnos en cuanto ella saliera. Eso sucedió en menos de cinco minutos.
—¡Zoe! —me llamó y me levanté del escalón.
Sonreí negando, entendiendo su retraso. Caminó hacia mí llevando en las manos dos vasos desechables, los que solo podían contener café con leche.
—He ido a la cafetería. Como hemos desayunado muy temprano me duele un poco el estómago —rio.
—Gracias —le dije al coger el vaso que me ofreció—. Has tenido una gran idea. Yo iba a proponerte parar en la cafetería cerca de la empresa, antes de entrar.
—Podemos hacerlo igualmente. —Se encogió de hombros—. Total, ya no va de unos minutos más.
—Sí —sonreí—. ¿Bien con el pie?
—Estupendamente —confirmó con una gran sonrisa—. Es un gustazo no tener la venda —suspiró.
—Ahora debes tener más cuidado. Se te puede torcer el tobillo más rápido.
—Me lo ha dicho la enfermera. Tranquila, irá bien. —Me hizo un guiño—. ¿Y tu mano?
La levanté delante de ella y como si entendiera o fuera a encontrar algo, me la cogió para acariciármela y verla de cerca. Terminé riendo.
—El taxi viene de camino. No tardará —la informé.
—Guay. Ya somos libres de vendas y calmantes —habló animada.
—Por fin. Ahora sí que ya podemos volver a la normalidad —me contagió el entusiasmo.
—¿Tú sabes las ganas que tengo de poder ducharme normal, enterita y de una vez? —me preguntó con un suspiro.
—Sí. Me hago una buena idea. —Asentí.
Bajamos la escalera, alejándonos de la entrada del hospital, y caminamos por la acera hacia la zona en la que nos dejó el taxi que nos trajo.
Acabábamos de pararnos, cuando me sonó el móvil dentro del bolso. Lo saqué para ver quién me había escrito y me encontré con un mensaje de Nerea.
—Mierda… —susurré, después de leerlo.
—¿Qué pasa?
—Avery está en la empresa. Ha regresado antes de tiempo —le conté.
—Oh… Vaya.
—Sí, vaya. —Bufé—. Ahora sí que quiero retrasar lo máximo posible la llegada.
—Tus deseos son órdenes para mí, amiga —me dijo con un guiño Lyn.
Sonreí y le di un beso en la mejilla. Después le escribí a Nerea, dándole las gracias por la información, y guardé el teléfono en el bolso, olvidándome de él.
El taxi llegó y nos montamos en él. Lyn le dio una dirección diferente a la de la empresa, ya que con la llegada de Avery cambiamos de planes. No queríamos ir a la cafetería que estaba en la calle de enfrente de la empresa, eso era estar demasiado cerca.