Capítulo 62
Rhys
Sin soltar la mano de Zoe, subí las rodillas en la cama y me acerqué a ella. Mi miembro se tensó, como llevaba haciendo un rato, por la anticipación.
La imagen que me vino a la cabeza no me ayudó ni un poco, ya que recordé lo que sucedió en mi coche, con Zoe arrodillada entre mis piernas, en los asientos traseros del vehículo.
Había recurrido tantas veces a ese recuerdo, que veía perfectamente su boca rodeándome el miembro, para después succionarlo y bajar por todo el largo. Su lengua, sus labios, sus dientes, sus movimientos… Todo era una puñetera locura si no podía acceder de nuevo a ello.
Sintiendo mi necesidad, me rodeó la erección con una mano, por debajo del glande, y la deslizó acariciándome. Dejé que lo hiciera varias veces, como también que me acariciara el glande esparciendo las primeras gotas de placer.
Estaba muy excitado. Esta mujer me volvía completamente loco, en todos los sentidos. Al cabo de unos segundos le retiré la mano y me moví para quedarme sobre ella, a horcajadas.
—Es tu turno —le dije, con la voz ronca.
Zoe asintió cuando le agarré el bajo de la camiseta del pijama y con su confirmación, tiré hacia arriba de la prenda de ropa.
Se la saqué por la cabeza, con su ayuda, y la dejé desnuda de cintura para arriba.
Sus pechos se mostraban con los pezones erectos, por el cambio de temperatura y tal vez por algo mucho más intenso.
No pude resistirme a agarrar las puntas con los dedos. Tiré de ellas, provocando que Zoe arqueara la espalda.
—Eres una puñetera maravilla —siseé y apreté la mandíbula.
Ella comenzó a jadear mientras yo jugaba con sus pezones y pechos, disfrutando de ellos y saciándome, lo que no conseguí ni cuando atrapé cada uno de sus pezones con la boca.
Mientras succionaba, lamía, mordisqueaba suavemente y tiraba con los dientes, Zoe se removía debajo de mí, mientras una de mis manos viajaba hasta la cinturilla del pantalón del pijama.
—Sí… —Gimió cuando colé la mano dentro y mis dedos le rozaron el clítoris.
Abrió más las piernas para mí, facilitándome el camino. Le recorrí el sexo con varios dedos, deslizándolos por sus fluidos, al mismo tiempo que tanteaba su entrada. Zoe no dejó de hacerme saber lo que le gustaba cada pasada de mi mano, por lo que yo intensificaba los movimientos.
Después de lamerle la punta enrojecida de uno de sus pezones, me separé lo suficiente para mirarla a la cara.
Era el placer y el deseo en estado puro, mientras movía la cadera para tener más roce en su zona íntima.
Aumenté la intensidad de las caricias y se tapó la boca para amortiguar los sonidos que no podía controlar.
Mi miembro se sacudía ansioso de verla así, tan desesperada y necesitada por mí.
—Nooo… —Jadeó, cuando retiré la mano.
Me llevé los dedos a la boca y su sabor estuvo a punto de hacerme perder el puñetero control.
Me incorporé para quedarme de rodillas y bajar por su cuerpo. Agarré la cinturilla del pantalón de su pijama, junto a la goma de la braga, y tiré de ambas prendas hacia abajo, muy despacio, desesperándola.
Cuando la liberé de todo, incluido de los calcetines, recorrí con la vista su cuerpo completamente desnudo.
Me lamí los labios, deseando dar el siguiente paso con ella, pero antes necesitaba grabarme en la memoria cada parte de su cuerpo. Le agarré las piernas con las manos y se las separé, colocándome en medio.
Zoe jadeó, agarrándose con fuerza a la sábana con la mano buena y sin apartar la vista de mí.
La dejé bien abierta para mí, con su sexo expuesto ante mis ojos. La devoré con la vista, lo mismo que haría con la boca y la lengua, en muy poco tiempo.
Le separé los labios inferiores y los dedos de la otra mano los dejé resbalar de arriba abajo, de abajo arriba, varias veces.
Tuvo el impulso de mover la cadera otra vez, como de cerrar las piernas, pero no le permití ni una cosa ni la otra.
Zoe gimió arqueando la espalda cuando aceleré los movimientos, recorriendo cada curva y pliegue, centrándome por momentos en el clítoris.
Tanteé la entrada con varios dedos, acariciándosela y probando, hasta que me estuve seguro y metí dos dedos hasta lo más hondo que pude.
Zoe jadeó, suplicándome con la mirada más, y de esa manera comencé a embestirla, al mismo tiempo que los dedos que mantenían sus labios abiertos, pasaron a acariciarle el clítoris sin descanso.
Le mantuve las piernas abiertas al máximo. Era una puñetera delicia sentirla y verla. Su imagen me iba a acompañar siempre, sobre todo, en la soledad de mi cama. Apreté la mandíbula, notándome al límite.
Sin dejar de introducirle los dedos, me incliné hacia abajo, hambriento de ella.
Zoe se quedó sin respiración cuando le succioné el clítoris con fuerza.
Cuando pudo reaccionar, con un quejido de placer, me agarró del pelo con la mano buena y empezó a balancear la cadera para frotarse más con mi boca.
Mis dedos se acompasaron a sus movimientos, mientras mi lengua la lamía, mis labios la succionaban, y mis dientes mordisqueaban toda su piel sensible y tiraban de todo lo que encontraba.
Zoe aumentó la velocidad con la que se movía, desesperada por llegar al final. Yo la ayudé a lograrlo, aumentando también todo lo que le hacía. Volví a apartarle los labios y le succioné con más fuerza el clítoris.
Ese fue su final. Se corrió intensamente, tapándose la cara con la almohada, para que no se la escuchara mucho. Sus gemidos y gritos fueron una melodía perfecta para el final que tuvo.
No dejé de lamerla hasta que se relajó por completo. Cuando me separé, subí por su cuerpo, hasta buscar sus labios. La besé con intensidad, activándola de nuevo. Hasta que no se saboreó a sí misma bien, no terminé el beso.
Sin decirle nada, cogí uno de los sobrecitos que había traído conmigo, para estar preparado, y lo rasgué con los dientes, sin apartar los ojos de los suyos.
Zoe me quitó el preservativo de las manos cuando lo saqué y aguanté en tensión que ella me lo colocara. Lo hizo muy despacio, acelerándome, pero aguanté por el premio que estaba por llegar.
Al terminar, se mordió el labio inferior y se abrió más de piernas, elevando un poco el trasero de la cama. De nuevo entre sus piernas, la agarré de las nalgas y se las apreté, provocándole un jadeo.
—¿Preparada? —le pregunté con una voz que no parecía mía.
—Sí —confirmó—. Desde hace mucho.
Esta vez fui yo el que jadeé, al mismo tiempo que me impulsaba hacia delante en su entrada, con fuerza. Ambos gemimos cuando llegué a lo más hondo.
—Mierda… —Siseé—. Joder, joder… —Bufé.
Comencé a sudar más, ante la contención tan enorme que estaba haciendo.
—No. Te. Muevas —le pedí, haciendo las pausas al hablar que mi cuerpo necesitaba.
—Sí —gimió Zoe.
No me hizo caso y mi miembro se movió en su interior.
Completamente en tensión, no pude soportarlo más y comencé a embestirla a un ritmo frenético.
El sonido de nuestras carnes chocando, con una facilidad increíble, por lo excitada y mojada que estaba, más el de nuestras respiraciones irregulares, nos acompañó en cada puñetero segundo.
Me volví loco entrando y saliendo, empujando y buscando saciarme con desesperación. Que Zoe se acariciara el clítoris cuando llegaba de nuevo a su final, me catapultó a mí al mío. Me corrí con ansias, clavándome con fuerza en su cuerpo, hasta que todas las sensaciones fueron lentamente bajando.
—Joder —susurré.
Me quedé quieto por unos segundos, con los ojos cerrados. Hasta que sentí las manos de Zoe en mi pecho. Entonces entreabrí los ojos, con un poco de dificultad, y la encontré mirándome.
Me moví deslizándome hacia atrás, para salir de su interior, pero no pude resistirme a embestirla una vez más. Zoe jadeó con fuerza, al no esperárselo, y sonreí de medio lado.
La siguiente vez que retrocedí fue para abandonar el calor de su cuerpo temporalmente. Me dejé caer a su lado, soltando un suspiro de satisfacción.
—¿Dónde vas? —le pregunté, cuando no conseguí llegar a tiempo de tocarla.
—Al baño —contestó y se mordió el labio inferior—. Cuando termine conmigo, vengo a encargarme de ti. Quédate como estás.
—No hace falta que…
—Shhh…
No necesitó más para dejarme callado. No sería yo el que insistiera, ya que me encantaba que Zoe me tocara.
Recogió su pijama y fue al baño. No tardó mucho en salir, vestida como si no hubiera sucedido nada. Era yo el único que desentonaba, ya que seguía desnudo tumbado en su cama.
Zoe llegó a mi lado con una toalla pequeña húmeda y una vez que se sentó en el borde, muy cerca de mi cuerpo y a la altura de mi cadera, me quitó el preservativo y lo metió en un papel. Después me pasó la toalla por todo el largo, varias veces, retirando los restos de semen.
Estuve en tensión todo el rato, por la sensación del calor, ya que había mojado la toalla con agua caliente. Pero, sobre todo, por cada toque y caricia suyos.
Cuando se quedó satisfecha, volvió al baño con la toalla y el papel que imaginé tiraría a la papelera, y regresó con las manos vacías.
Se subió a la cama a mi lado y cuando se tumbó, no dudé en cubrirnos a ambos con el nórdico.
—¿Quieres…?
Giré la cabeza hacia ella.
—¿Qué? —le pregunté, a pesar de que sabía cuál era la continuación a su pregunta incompleta.
Quería que lo dijera. Quería escucharlo.
—¿Quieres quedarte esta noche?
—Si me quedo, no puedo prometerte que mantendré las manos quietas.
—No quiero esa promesa. Quiero que las tengas muy activas —susurró.
—Ven aquí —le pedí, levantando un brazo.
Zoe se acercó y cuando apoyó la mejilla en mi pecho, le rodeé la espalda con el brazo.
—No hemos hablado —dijo en apenas un murmullo
Soltó un suspiro. Yo estuve a punto de soltarlo también, por la sensación tan agradable de tenerla casi encima de mí.
—Parece que lo hacemos todo al revés —comenté.
—Por esta vez, me ha gustado que sea así.
—A mí también. No te imaginas cuánto. Descansa —le pedí, al notar su voz con menos fuerza.
Le di un beso en la cabeza y con un suspiro, terminó de relajarse. Yo me mantuve despierto durante un rato, disfrutando de la puñetera sensación. La respiración de Zoe se fue espaciando y siendo más ligera, lo que me indicó que se tenía un sueño profundo.
Entonces cerré los ojos y poco a poco, más rápido de lo que pensé en un principio, me dejé arrastrar por la oscuridad con una satisfacción increíble.