La provocación del escocés Capítulo 61
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Capítulo 61

—Ha sido una noche increíble —me dijo Noa y sonreí.

—Estoy de acuerdo. Mejor no podía haber salido. Hemos reído, nos hemos emocionado, la buena conversación no ha parado… No quiero perderme esto —terminé susurrando.

—¿Por qué vas a perdértelo?

Frunció el ceño.

—No puedo dejar de pensar en cómo irá la conversación con Avery, mi jefe.

—Negué con la cabeza—. Me sé de memoria todo lo que me decís, yo misma me lo digo muchas veces, pero el miedo y la incertidumbre están ahí.

Me he cargado una parte de su empresa y no solo la estructura, sino también bastante maquinaria —suspiré—.

A lo mejor me despide, pero me manda a España. Sea lo que sea, me tiene inquieta.

Me encogí de hombros.

—Te entiendo. Yo no voy a decirte que no te preocupes porque si yo estuviera en tu lugar, me sentiría igual que tú. Solo te pido que confíes en ti.

—Vale —susurré.

—César y Santi están despidiéndose.

—Pues vamos.

Asintió, me agarró de la mano buena y salimos del baño, en el que habíamos estado unos largos minutos. Nos dirigimos al salón.

Rita y Nerea fueron las primeras en irse, pero no hacía mucho. Debían ser cerca de las tres y media de la madrugada, por lo que la noche nos había cundido mucho. ¿Lo mejor? Que todos habíamos terminado contentos y satisfechos.

—Eh… Ya nos vamos, preciosas —nos dijo Santi.

Nos paramos frente a ellos, junto a Lyn.

—Que descanséis —les deseé, sonriendo.

—Igualmente —me dijo con un guiño César.

Fue el primero en darme un abrazo y después le tocó a Santi. Con Noa hicieron lo mismo y los acompañamos hasta la puerta.

Nos dimos una despedida rápida y, cuando Lyn cerró la puerta, volvimos al sofá, donde estaban Carlos, Rhys, Drew y Brad. El último, bastante adormilado.

—Nosotros también nos vamos —dijo Drew—. Como el bello durmiente caiga, no podremos moverlo. Lo sé por experiencia —comentó con diversión, refiriéndose a Brad.

—Vete a la mierda, Drew —se quejó Brad.

Drew soltó una carcajada, mientras se levantaba del sofá. Rhys hizo lo mismo y entre los dos le sirvieron de apoyo a Brad. Este soltó un suspiro y les pidió a sus amigos que lo metieran en la cama, lo que provocó otra tanda de bromas.

Sonreí porque Brad estaba encantador. Prueba de ello era que Lyn tenía una sonrisa de oreja a oreja, mientras lo observaba. Pero mi sonrisa estaba dirigida a la escena de los tres amigos, porque Rhys se mostró muy natural con ellos, como debía ser en la intimidad.

—Nos vemos —dijo de repente y busqué su mirada.

—Claro. —Asentí.

No rompimos el contacto visual durante más tiempo del normal, hasta que a Brad le fallaron las piernas y captó la atención de Rhys. Brad se libró de caerse al suelo porque sus amigos lo sujetaban. Aparte de sueño, la bebida le había subido bastante.

—Descansad —les deseó Lyn.

—Gracias, preciosa —habló Brad, alargando las palabras—. Vosotras también y no te olvides de que mañana tenemos una cita.

Con el guiño que le hizo a Lyn, le subieron los colores.

Carlos los acompañó hasta la puerta, ofreciéndose para ayudarlos, pero tanto Drew como Rhys rechazaron su ofrecimiento porque lo tenían controlado.

Cuando se fueron, la casa se quedó muy silenciosa.

—Que a nadie se le ocurra tocar algo de lo que hay por medio —nos advirtió Carlos.

Caminó hasta la chimenea y terminó de esparcir las ascuas, para que se apagaran antes. Dejó la chimenea protegida y vino hasta nosotras. Noa, Lyn y yo lo esperábamos de pie, junto al sofá.

—Ni, aunque quisiera podría ponerme a recoger —comentó Noa, después de un bostezo—. Es muy tarde.

—Por suerte, vuestro vuelo sale por la tarde —sonreí.

—Oh, sí. Vamos a dormir de lujo y todavía nos queda un tiempo para disfrutar juntos. —Me hizo un guiño.

—No habléis ya de mañana, que me deprimo pensando en la despedida —suspiró Lyn.

—Volveremos más veces —dijo Carlos.

—Prométemelo —le pidió.

—Os lo prometemos y cuando regresemos, será por más días —habló con seguridad Noa—. Al jefe de Carlos dejádmelo a mí, lo convenceré enseguida —rio.

Carlos, Lyn y yo nos miramos divertidos, creyéndola muy capaz de conseguir lo que se propusiera.

Después de apagar todas las luces y de dejarlo todo cerrado, subimos las escaleras y en la planta superior, nos despedimos para ir cada uno a su habitación.

Al entrar en la mía, encendí las luces y cerré la puerta, antes de dirigirme al baño.

En él tenía el pijama, el que me puse sin perder tiempo.

Cuando terminé de lavarme los dientes y de cepillarme el pelo, abrí la puerta para volver a la habitación, pensando solo en la cama, pero mi mente se quedó completamente en blanco.

Solo pude dar un paso, antes de pararme de golpe. Rhys estaba sentado en el borde de la cama, en el final de ella. Había apagado las luces del techo y encendido la lámpara de la mesita de noche, que hacía una luz tenue y cálida.

—Hola —dijo.

—Hola —susurré.

—Si quieres que me vaya…

—No —hablé rápido y no me arrepentí.

—De acuerdo.

Dar el primer paso me costó, el segundo también, pero un poco menos, y así, uno detrás de otro, llegué frente a Rhys. Él levantó la cabeza, para continuar mirándome a la cara.

En el tiempo que había pasado desde que se fue, que no era mucho, le había dado tiempo a ayudar a Brad y a cambiarse de ropa. Ahora llevaba un chándal que parecía abrigar bastante.

—¿Otra vez escalando? —le pregunté, antes de morderme el labio inferior.

Miré hacia la puerta del balcón. Parecía cerrada, pero no lo estaba del todo porque el pestillo lo dejé a propósito sin echar.

Como respuesta, sus labios se curvaron hacia un lado. Esta vez fui yo la que actué, movida por el impulso que me nació. Levanté la mano y acerqué los dedos a sus labios. Rhys los entreabrió, mientras yo se los recorría despacio.

Me pareció tan increíble la situación.

—Te dije que todo iba a cambiar —habló con la voz ronca.

Asentí.

—¿Estás realmente dispuesta a que cambie, Zoe?

La intensidad de su mirada…

—Lo estoy deseando —contesté sin titubear.

Rhys respiró profundo y para mi sorpresa, dejó caer la cabeza hacia delante. Apoyó la frente en mi barriga y por unos instantes me sentí muy torpe, sin saber qué hacer. Hasta que por fin volví en mí.

Dirigí las manos a su pelo, para acariciárselo enredando los dedos.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Pocas veces en mi vida he estado tan bien.

Iba a decir algo, pero que me agarrara de las nalgas justo en ese instante, apretándome a él, me dejó sin palabras.

Mientras sus manos me retenían del trasero, el que me tenía muy bien agarrado, con las manos extendidas, yo seguí acariciándole el pelo porque me dio la sensación de que era lo que más necesitaba en este momento.

—Sea lo que sea, tiene solución —susurré.

—Mi solución eres tú, Zoe.

Fruncí el ceño.

Rhys no me dio tiempo a pensar. Se levantó de la cama, haciéndome dar un paso hacia atrás, pero él lo dio conmigo porque no me soltó de las nalgas. Frente a mí, con toda su altura, nuestras miradas se encontraron a muy corta distancia.

Tragué saliva, anticipando lo siguiente que iba a pasar. Y así fue. Rhys buscó mis labios bajando la cabeza muy despacio y sin romper el contacto visual, como si necesitara en todo momento mirarme para saber si algo no me gustaba.

No fue el caso. Lógicamente, anhelaba el puñetero beso con el que había soñado muchas veces, las mismas que me esforzaba por olvidar en cuanto abrí los ojos.

El momento llegó cargado de electricidad.

Un escalofrío me recorrió todo el cuerpo, cuando sus labios atraparon los míos.

Pegué el pecho al suyo, necesitando más contacto, y Rhys me lo dio, ampliándolo, cuando después de tirar de mi labio inferior, me abrió la boca para comenzar un beso que me dejó temblando de deseo.

Mi jadeo quedó amortiguado, mientras yo me ponía al mismo nivel que él con el beso. Durante un tiempo infinito nos devoramos, queriendo consumirnos. Éramos labios, lenguas y dientes, con el añadido de nuestras manos y el roce de nuestros cuerpos.

Su miembro erecto hizo presión en mi barriga, lo que me excitó y calentó más. Rhys profundizó el beso, mientras nos giraba para dejarme a mí de espaldas a la cama.

Cuando conseguimos separarnos, me pidió silenciosamente que me echara sobre la cama y fue lo que hice. Lo seguí con la vista cuando rodeó la cama, de la que apartó el nórdico. Subí deslizándome, hasta que tuve la cabeza apoyada en la almohada.

No estaba preparada para el gran espectáculo que me dio, mientras se quitaba la ropa. Lo primero que voló fue la parte de arriba de su chándal, después el pantalón, con la gran sorpresa de que no llevaba bóxer, por lo que su miembro quedó expuesto muy cerca de mi mirada.

La suya no se apartó de mi cara, en ningún momento.

Antes de lanzar el pantalón, sacó de un bolsillo varios sobrecitos de preservativos y los dejó a mi lado en la cama. Me mordí el labio inferior, mientras él terminaba de desvestirse. Lo último fueron los calcetines. En algún momento que no me di cuenta, se quitó las deportivas.

Desnudo completamente frente a mí, creí que estaba de nuevo en un puñetero sueño. Rhys tenía un cuerpo de infarto, en el buen sentido.

—Estás a tiempo de…

—Cállate —le pedí, susurrando—. De lo que estoy a tiempo es de decirte que vengas conmigo a la cama, lo que me quedé con ganas de pedirte anoche.

Levanté una mano y esperé a que me la agarrara. Cuando lo hizo, me relajé un poquito más.

No iba a cuestionarme nada, ni siquiera a pensar en cómo habíamos terminado de esa manera, por increíble y fantasioso que me pareciera. Lo único importante era lo que estaba pasando y que quería disfrutarlo al máximo. Mi cuerpo ardía de deseo, por las ansias que sentía de recibir sus caricias.