La provocación del escocés Capítulo 60
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Capítulo 60

—¡Ya llegan los primeros! —alzó la voz Lyn.

Salí de la cocina secándome las manos en un trapo, con Carlos siguiéndome de cerca. Nos quedamos a unos pasos del recibidor, mientras Lyn abría la puerta a los recién llegados.

Al final no solo venían Nerea y Rita, sino que también el resto de nuestros compañeros y amigos. Sí, Rhys también estaba incluido en la invitación.

Hablando sobre ello por la tarde, nos supo mal que no vinieran todos. Al menos invitarlos, si después alguno decidía no venir, era asunto suyo. Nosotras habríamos cumplido.

En principio, todos habían confirmado que venían, así que si faltaba alguien, sería sorpresa. Yo tenía los nervios cogidos al estómago, desde que supe que Rhys también aceptó venir a cenar.

Los primeros en llegar fueron César y Santi; ambos tenían mucho mejor cara que la última vez que los vi. Me acerqué para darles un abrazo y Lyn se encargó de presentarles a Carlos y a Noa.

Me había propuesto aflojar con César, aunque estaba claro que él tendría mucho que ver para que yo continuara de la misma manera. Esperaba que pusiera de su parte y, sobre todo, que Rhys y él se toleraran bien estando en un mismo sitio.

Me daba la sensación de que, desde la explosión, algo había cambiado entre ellos. Algo muy importante. Deseaba con todas mis fuerzas no equivocarme.

—Poneos cómodos en el sofá —les pedí, antes de volver a la cocina.

Carlos se encargó de sacar botellines de cerveza para los recién llegados, pero yo tampoco estuve mucho tiempo en la cocina, ya que el timbre volvió a sonar.

En esta ocasión, los que faltaban llegaron todos juntos, al coincidir.

Después de los saludos llegaron las presentaciones de Noa y Carlos a Brad, a Rita, y por parte de Noa, también a Rhys y a Drew, ya que ellos solo conocían a Carlos.

Repartimos besos y abrazos y cuando me quedé frente a Rhys, nuestras miradas conectaron al mismo tiempo que él colocaba la mano en mi cintura.

Contuve la respiración durante unos segundos, los que duró su beso en mi mejilla.

Yo fui mucho más rápida, por los nervios que se me dispararon con su cercanía.

Cuando nos separamos, él tenía una pequeña sonrisa en los labios, mientras que yo notaba mucho calor en la cara.

—Hemos traído unos dulces —habló Rita.

Agradecí la interrupción. Pasé por al lado de Rhys y me acerqué a ella.

—No hacía falta —dije.

—No es nada —sonrió.

No me pasó desapercibido que miró detrás de mí y después volvió a buscar mi mirada.

—Poneos cómodos —les pedí a todos, para cortar el momento.

Cogí la bolsa que me ofreció Rita, con los dulces, y dejé a Carlos y a Nerea encargados de sacar bebidas para todos. Teníamos un buen cargamento de cervezas en la nevera, así como refrescos y botellas de vino, tanto en frío como a temperatura ambiente.

Después de la siesta, como tenía en mente, fui al supermercado con Carlos, para traernos provisiones. Tuvimos que hacer dos viajes a la casa, pero mereció la pena.

—Huele de maravilla —comentó Santi.

—Todo el mérito es de Carlos —contó Lyn—. Se ha encargado de toda la cena.

—Y tú encantada, ¿no? —le preguntó Noa.

Sonreí al escuchar las risas que siguieron.

En la cocina, continué fregando los últimos utensilios que faltaban, para que no se nos acumularan las cosas con las que ensuciaríamos a partir de ahora.

—¿Te ayudo?

Di un pequeño respingo al escuchar a Rhys cerca de mí.

—Perdona. No pretendía asustarte —se disculpó.

—No pasa nada. Es culpa mía. —Negué con la cabeza—. Con todos los que somos puede entrar y salir cualquiera de ellos —sonreí.

Bajé la mirada al fregadero y continué, esta vez enjuagando.

—Te lo agradezco, pero no necesito ayuda. Queda muy poco.

Dejé escurriendo la bandeja y me puse a lavar varios vasos. Rhys se acercó más, apoyando la cadera en la encimera. Se quedó hacia mí, mirándome.

—¿No tienes nada mejor que hacer? —le pregunté.

Mi voz no sonó en ningún momento acusadora, al contrario, tenía un punto de diversión que él captó sin problema.

—Te puedo asegurar que no. —Fue su contestación.

Me mordí el labio inferior, mirándolo de reojo.

—Vamos, chicos —nos llamó Rita, asomándose por la puerta de la cocina—. Uníos a los demás. Deja eso, Zoe, al final recogeremos entre todos.

Tal como vino, se fue para unirse a los del salón.

—Está claro que aquí no vamos a tener tranquilidad —comentó Rhys.

Busqué su mirada.

—Complicado esta noche —susurré.

—Bueno, queda mucha noche por delante —me dijo con un guiño.

Me quedé como una tonta siguiéndolo con la mirada cuando se movió para ir al salón. Hice una respiración profunda cuando me quedé sola y cuando conseguí reaccionar, terminé de lavar los vasos y dejé lo demás, que era muy poco, para otro momento.

En el fondo, estar en la cocina había sido como un refugio, lo que no me había salido muy bien porque Rhys había aparecido aquí. Alejarme de él a propósito iba a ser complicado, sobre todo, porque mi cuerpo me pedía a gritos todo lo contrario.

La nueva situación con Rhys me tenía constantemente en tensión.

Iba a ser una noche muy, pero que muy larga.

En cuanto salí de la cocina, me paré sonriendo, al encontrarme con todos mis amigos riendo.

Me encantó la imagen y me hizo venirme un poco arriba, ya que saber que había buen ambiente me provocaba un subidón.

Me fijé en que César no estaba sentado muy lejos de Rhys, pero ambos parecían muy tranquilos. Cogí una bocanada de aire y volví a moverme, para llegar junto a todos. Noa me hizo un sitio a su lado, en la alfombra de pelo largo.

Cogí el único botellín solitario que me esperaba y di el primer trago, el que me sentó de maravilla. No iba a beber mucho, una cerveza y unos sorbos de vino, ya que en una hora debía tomarme el calmante y no iba a saltármelo.

Cuando llevábamos un rato hablando, riendo y bebiendo cada uno de su bebida, Brad se levantó para encargarse del fuego de la chimenea. A partir de ahí, durante el resto de la noche, siempre le tocó a él estar pendiente. Pero porque le salía solo, no porque se lo pidiera nadie.

Al menos se libró de venir a encenderlo, ya que Carlos lo hizo sin problema. La casa tenía una temperatura perfecta; en ninguna parte se notaba frío, ya que también estaba puesta la calefacción.

Yo vestía con un pantalón vaquero cómodo y un jersey ancho que utilizaba mucho para estar por casa, ya que me sentía muy a gusto con él. En los pies solo llevaba unos calcetines gordos de andar por el suelo. El pelo lo tenía recogido en un moño alto y un poco desecho.

Durante muchos momentos tuve que esforzarme para dirigir la vista a Rhys, ya que me sentía observada por él.

No quería llamar la atención más de la cuenta y uno de los motivos era César.

Su interés por mí era evidente, nunca lo había ocultado, y ahora que entre Rhys y él parecía que todo se había calmado, lo que menos quería era que saltara por los aires lo que habían logrado.

Me reprendí a mí misma, en silencio, porque no tenían sentido los pensamientos que estaba teniendo. ¿Por qué iba César a sentirse mal por Rhys, si yo no tenía nada con Rhys? Ni con César, por supuesto. Y tampoco les debía ninguna explicación a ellos.

Solté un suspiro antes de beber un buen trago de cerveza, el que fue el último de la noche, y agradecí la distracción cuando comenzaron a decir que había llegado la hora de cenar.

Eso me activó para ir a la cocina y encargarme de servir la comida en los platos, mientras los demás, entre todos, montaban muy rápido la mesa. Lyn fue la que menos se movió, de eso se encargó Brad. Él solo tuvo que hablarle de la serie que les apasionaba a ambos y ella se olvidó de lo demás.

Los escuché decir que la tarde del domingo, como Carlos y Noa ya no estarían, y el lunes ninguno teníamos que ir a trabajar, pues esa tarde tendrían una nueva sesión para ver el episodio que les faltaba para ponerse al día. Con el que seguro caerían algunos más repetidos.

Por lo visto, Brad se había contenido para no verlo él solo, porque quería llevarse la primera impresión junto a Lyn, para así comentar las escenas al momento y en caliente.

—¿Todo bien? —me preguntó Carlos.

—¿Por qué tú no me asustas? —le hice otra pregunta.

—¿Cómo? —Me miró con curiosidad.

—Nada. Déjalo —reí, negando con la cabeza—. Este es el último plato —le dije, antes de que lo cogiera lleno de la encimera.

—Perfecto. Pues vamos —me pidió con un guiño.

—¿Habéis sacado el vino?

—Está todo en la mesa.

—Vale —sonreí y lo seguí.

No supe cómo terminé sentándome al lado de Rhys, pero así fue. Al darme cuenta, en cuanto salí de la cocina, se me quitó el hambre de golpe por los nervios. Me senté en la silla, dejando a mi otro lado a Santi. Mi amigo me hizo un guiño y yo volví a sonreír para él.

—Vamos a hacer un brindis —dijo César, de repente.

Todos lo miramos desde nuestra posición sentados, cuando se puso de pie.

—Espera, hombre —le pidió Nerea—. Todavía hay copas vacías —rio.

—No doy abasto —habló con diversión Drew, que era quien estaba sirviendo el vino.

Entre risas esperamos unos segundos y cuando tuvimos las copas en las manos, César volvió a hablar, ya que fue él quien propuso el brindis.

—Hay cosas en la vida que se aprenden a golpes —dijo y tragué saliva.

No supe qué pasó por la cabeza de César, pero al hablar nos miró a Rhys y a mí. ¿Se había dado cuenta de algo de mí hacia Rhys? Porque a la inversa era imposible.

—Y está bien así —continuó César—. Porque a veces nos empeñamos en algo que no tiene sentido —me sonrió y le devolví el gesto, nerviosa.

Contuve la respiración cuando sentí una mano apoyada en mi muslo, entonces un calor intenso me recorrió todo el cuerpo. Me esforcé para no mirar a Rhys, ya que era su mano.

—Quiero daros las gracias porque a veces me he comportado como un imbécil.

—Como poco —dijo Santi.

—Vale, tío, tampoco hace falta meter el dedo en la herida. Hombre… —Se quejó César.

Soltamos una carcajada que aligeró la tensión que se formó en un instante.

—Gracias por estar siempre a mi lado —César se dirigió a Santi—. Por abrirme los ojos muchas veces e incluso por frenarme en otras. Y a vosotros —nos miró a los demás, recorriendo la mesa con la vista—. Gracias por soportarme y, sobre todo, por no rendiros conmigo.

—Joder, ¡no quiero llorar! —habló Nerea.

—Os prometo que a partir de ahora podéis considerarme un buen amigo, sin excepción. —Miró fijamente a Rhys.

Rhys levantó más su copa y ambos la chocaron.

—Lo mismo te dijo —le confirmó Rhys, haciendo sonreír a César.

—La noche está siendo perfecta, nunca me había sentido tan unido y a gusto con tantas personas a mi alrededor. Solo quería que lo supierais y ahora, que continúe la noche y que haya muchos encuentros como este.

Al terminar de hablar, César levantó su copa y todos lo imitamos. Las chocamos y bebimos, algunos emocionados. Yo, entre ellos.

Y así, sin esperarlo, la vida encajó una pieza más en la vida de todos.