Capítulo 59
—Qué bonito —dijo Noa.
Acabábamos de bajarnos del taxi que nos había traído hasta el monumento de William Wallace, a las afueras de la ciudad de Stirling.
—Id tranquilos —nos pidió Lyn—. Yo lo veré cuando pueda subir tantas escaleras —sonrió.
—Me quedo contigo. —Me puse a su lado—. Lyn y yo tenemos mucho tiempo por delante para venir.
—No seas pesada. No hace falta —se quejó ella, por quedarme.
—Cállate —le pedí, consiguiendo que pusiera los ojos en blanco.
—Nosotros tampoco hace falta que entremos —comentó Carlos.
—Y tanto que sí —insistí—. No sabéis cuándo podréis volver. Mejor aprovechar las oportunidades en el momento en que se dan.
Me encogí de hombros.
—Iremos rápido —sonrió Noa.
—No hace falta. —Negué con la cabeza.
—Sí, que queremos ver el castillo de Stirling. Pero ese sí que será por fuera, hasta donde podamos ir con el taxi.
—Después os invito a comer a un restaurante de la ciudad —dijo Carlos.
—Ya me has hecho feliz —habló animada Lyn.
Reímos.
Noa y Carlos se fueron hacia la torre y desparecieron en el interior de ella.
Lyn y yo nos quedamos junto al taxi y después de decirle al taxista lo que teníamos previsto para después, ya que entre nosotros hablábamos nuestro idioma y con el taxista en inglés, Lyn y yo caminamos despacio hacia un banco que había muy cerca.
El hombre se quedó dentro del taxi, ya que nos acompañaría hasta el final de nuestro recorrido.
Nos sentamos en el banco, en silencio, y así continuamos hasta que Lyn lo interrumpió.
—Es un lujo el día que hace hoy —comentó.
Miré hacia el cielo. Después del día tan nublado que hizo ayer y de la lluvia que cayó por la mañana, hoy lucía un sol radiante. Era muy de agradecer, sobre todo porque en la calle calentaba un poquito y minimizaba la sensación de frío.
—Hemos tenido suerte porque lloviendo es un rollo —dije. —Hoy te veo moverte mejor.
—Me duele mucho menos —confirmó, sonriendo—. ¿Y tu mano?
—Mejorando también. Todavía siento de vez en cuando algún calambrazo que me llega al codo, pero si no la fuerzo, no noto ninguna molestia.
—Guay.
—Los calmantes fuertes están haciendo efecto.
—Sí.
—Lyn.
—¿Qué?
Giró la cabeza hacia mí.
—Esta madrugada me he encontrado a Rhys en mi habitación.
Mi amiga se quedó callada, mirándome normal porque le costó procesar la información. Cuando lo hizo, agrandó los ojos al máximo y abrió la boca para soltar un grito.
—No has dicho lo que creo haber escuchado —habló de manera acelerada.
Se giró hacia mí en el banco.
—Tienes muy bien los oídos.
—¿Qué dices? —jadeó—. ¿Cómo que Rhys estaba en tu habitación? ¿Cómo ha entrado? ¿Qué has hecho cuando te lo has encontrado? Joder, joder, qué susto. ¿Qué quería? Porque mira que hay horas en el día para hablar…
Se tapó la boca con las manos.
—Casi me da algo cuando lo he visto sentado en el borde de mi cama.
Jadeó de nuevo.
—Madre mía…
—Me ha despertado él, por eso lo he visto.
Estaba teniendo una pesadilla, no sé con qué, pero sí que recuerdo la sensación de inquietud.
Rhys se dio cuenta y entonces comenzó a hablarme, pidiéndome que me tranquilizara, y ahí me desperté porque yo le dije que estaba en mi sueño y él me aseguró que era muy real.
—¡La Virgen! ¡Qué fuerte! Oooh… ¡Y qué bonito! —Hizo un puchero.
Reí por sus reacciones.
—Me costó creerme que no era un sueño —suspiré.
—Normal, hija. Normalll… —rio—. ¿Y qué te dijo?
—Entró en mi habitación por la puerta del balcón. Supongo que probaría suerte y como se me olvidó cerrarla con el pestillo…
No le conté que fue la segunda vez que lo hizo. Obvié decírselo porque lo importante sucedió la noche anterior.
—Joder, nena. —Silbó—. ¿Cómo puedes estar tan tranquila?
—¿Qué quieres que haga? Además, a mí me ha dado tiempo a digerirlo todo —sonreí—. Me llevó un buen rato dormirme y he tenido hasta ahora para pensar. Rhys me dijo que todo iba a cambiar, que hablaríamos.
—Eso es muy bueno —se emocionó.
—Creo que sí, pero no quiero ilusionarme con una tregua de paz —dije pensativa—. Cada vez que lo he hecho, él se ha encargado de tirarlo por tierra.
—Ya verás como esta vez no.
Me agarró de la mano buena, sonriéndome.
—No sabes cómo me alegro, cariño.
—¿De que Rhys se colara en mi habitación? —Elevé las cejas.
—Joder, y tanto —rio—. Ya podría haberse metido en tu cama, también.
—Pensando en eso mismo me quedé dormida.
Soltamos una carcajada.
—Me parece alucinante —suspiró.
—Se fue como llegó, escalando la pared de la casa.
Lyn se tapó la boca con las manos.
—No sé cómo, porque no hice ruido y me mantuve escondida, pero supo que lo estaba observando. Entonces volví a la cama, me costó dormirme y hasta esta mañana.
—Qué pasada. —Bufó, pero en el buen sentido—. Ya puedes estar contenta.
—Todavía no.
—Rhys ha dado un gran paso y con lo que te dijo de hablar te adelantó que quería hacerlo bien. Confía en que todo saldrá bien, aunque sea un poquito.
—Te olvidas lo de Olivia.
—¿Cómo voy a olvidarme de esa tía? —Bufó.
Esta vez su bufido sí fue a malas.
—Si antes la soportaba poco, después de cómo te ha tratado, ni te digo. Es que no quiero verla, joder.
Se cruzó de brazos.
—Pues es nuestra jefa en España —comenté.
Ambas pusimos cara de asco.
—Me cago en todo. —Negó con la cabeza.
—Da igual, la ignoraremos cuanto podamos. Además, no sabemos cuánto tiempo nos llevará aquí el proyecto.
—Con lo poco que llevamos…
—Es normal —dije, pensativa—. Yo ya parto desde cero. Mi laboratorio está destruido, el de Santi a medias, y en los demás no podéis entrar. A saber, por cuánto tiempo —suspiré—. La he liado bien gorda.
—Lo importante es que todos estamos bien; lo material se arregla.
—No sé si el jefe estará del todo de acuerdo con lo último. Con lo primero, por supuesto, porque va por delante de todo.
—No le des vueltas a nada del trabajo ni al accidente de moto. Que sé que piensas mucho en ello.
Apoyó la cabeza en mi hombro.
—No es para menos, Lyn —susurré.
—Lo sé, cariño. Pero ya está. Fueron acontecimientos aislados en los que no tuvimos culpa ninguna, te lo aseguro.
—Gracias —murmuré.
—Te perdono por estar tontita por lo de Rhys.
Reí.
—¿Te has parado a pensar lo que debes importarle en realidad, para saltar muros, escalar y entrar en tu habitación a escondidas, para observarte en silencio dormir, velando tu sueño?
—No he pensado en nada de eso.
—Mentirosa —dijo con una risilla—. Pero te perdono también, todavía estás en shock.
La miré divertida y después me acomodé en el banco. Lyn continuó con la cabeza en mi hombro y así, en un silencio cómodo y para mí muy necesario, el tiempo pasó hasta que nuestros amigos regresaron.
Cuando nos montamos en el taxi y el taxista puso rumbo al castillo de Stirling, para verlo desde fuera, sin separarnos mucho del taxi, pasamos a hablar en nuestro idioma.
—Ha sido muy guay —dijo Noa—. Pero no veas con las escaleras.
Reímos.
—Me he pasado medio recorrido empujándola del culo —dijo a modo de queja Carlos.
—Calla, que bien que te has puesto las botas tocándomelo.
Reímos de nuevo.
—No puedo quejarme, como al principio tampoco lo hice cuando sentí que la de atrás hacía lo mismo. Hasta que me giré y me encontré con la mirada angelical y muy premeditada de una mujer bastante más mayor que yo.
—¡Joder, eso ha sido buenísimo! —exclamó Noa.
Lyn y yo, después de recuperarnos de la sorpresa, soltamos una fuerte carcajada a la que terminaron uniéndose Carlos y Noa. El trayecto hasta el castillo de Stirling fue muy entretenido, hablando sobre la señora que no se había privado de agarrar a Carlos del trasero.
Al llegar al castillo, nos quedamos dentro del taxi, ya que el taxista se quedó en una zona con muy buenas vistas. Les dijimos a Carlos y a Noa para bajar, para hacernos algunas fotos, pero nos dijeron que no hacía falta. Las tomaron desde la distancia.
Después le pedimos al hombre que nos llevara al restaurante en el que Lyn y yo comimos junto a los demás y a Conor, el día que llegamos a Escocia. Era del amigo de Conor, por lo que en mejor sitio no podíamos estar. Y encima cerca de la casa, para que Lyn no forzara mucho el pie al caminar.
Una vez sentados a la mesa, con las copas de vino en las manos, les conté a Carlos y a Noa mi aventurita de madrugada. Ambos se quedaron sorprendidos y después de la impresión inicial, hubo emoción y risas.
Comimos de lujo y cuando terminamos y salimos del restaurante, despidiéndonos con un abrazo del amigo de Conor que nos reconoció sin problema a Lyn y a mí, Carlos ayudó a Lyn a subirse a su espalda y de esa manera, con ella a caballito, hicimos el camino hasta la casa.
Tocaba descansar y después de la siesta, iría con Carlos o con Noa al supermercado, para comprar algunas cosas para la cena de la noche. Quedaba mucho día todavía.