Capítulo 57
Zoe
—Qué maravilla —me dijo Carlos.
—No sé qué voy a hacer cuando regrese a España, cuando todo cambie a mi alrededor —comenté.
—Volver a la realidad y olvidarte de este sueño —habló con diversión.
Sonreí negando.
Estábamos en el porche, balanceándonos mientras Carlos nos impulsaba con los pies en el suelo. Hacía unos minutos que me desperté de la siesta y que bajé al salón, para ver si alguno de mis amigos estaba levantado.
Al único que encontré en el salón, pasando los canales del televisor, fue a Carlos. Noa y Lyn todavía continuaban descansando.
Nos habíamos preparado cafés con leche para salir al porche bien abrigados, para tomárnoslos viendo el paisaje. Aparte, estábamos tapados con la manta. Carlos tenía el brazo de mi lado apoyado en el respaldo del balancín y yo estaba echada sobre su cuerpo.
Me llevé la taza a los labios, la que rodeaba sin hacer fuerza con los dedos de la mano vendada y con la otra mano al completo, que era la que sujetaba todo el peso. La taza todavía estaba caliente, lo que era de agradecer.
Tenía un encanto especial estar fuera de la casa, aunque hiciera frío. No había sonidos, la hierba y los árboles se mantenían mojados con gotas de lluvia que paró antes de la llegada de él y de Noa. Parecía que se había parado el tiempo.
—Has dormido muy poco —me dijo Carlos.
—Lo suficiente —le rectifiqué—. Es que esta noche pasada he dormido mucho y me siento descansada.
—Eso es bueno. —Asintió—. Lo necesitabas.
—Sí —suspiré—. ¿Tú estás acostumbrado para volver a la realidad el lunes?
Lo miré de reojo.
—Se me acaba lo bueno —sonrió de medio lado—. Pero tengo ganas de regresar al trabajo.
—Me lo imagino, aunque también necesitabas reposo.
—Sienta bien retomar la rutina de estar de nuevo con mis compañeros —sonrió.
—Dales recuerdos a todos —le pedí.
—Por supuesto, de tu padre. —Asintió.
Nos quedamos en silencio durante un rato, mientras continuábamos disfrutando de nuestros cafés.
—Eh… Os veo los pies.
Reímos al escuchar a Lyn.
Nos asomamos por fuera del pequeño toldo del balancín, el que teníamos sobre nuestras cabezas, para mirar hacia arriba. De ahí sonó la voz de Lyn, a la que encontramos asomada al balcón de su habitación.
—No grites —le pedí—. Noa sigue durmiendo.
—Ah… Vale. ¿No tenéis frío?
—Por ahora estamos genial —contestó Carlos.
—Muy bien guapos. Disfrutad de la tranquilidad hasta que bajemos —dijo con una risilla—. Yo voy a ducharme.
Nos lanzó un beso con la mano y entré en su habitación. Carlos y yo volvimos a sentarnos bien.
—Zoe… —me llamó al cabo de un rato.
—¿Qué?
Giré la cabeza hacia él.
—Sé que no quieres hablar del tema porque no has profundizado en él ni has dado pie a que hablemos Lyn, Noa o yo. Los cuatro lo hemos pasado por alto y te entiendo, pero debemos hablar de lo del coche que te echó de la carretera.
Solté un suspiro, antes de pedirle que sujetara mi taza. Libre de ella, me coloqué mejor en el balancín, para quedarme sentada más recta. Después recuperé mi taza.
—Es que no hay nada de lo que hablar, Carlos —dije, encogiéndome de hombros—. Fue lo que fue, aunque nos parezca a todos una locura.
Negué con la cabeza.
—Eso lo sé de sobras, Zoe. Pero no me jodas…
Es extraño de narices que un coche con todos los cristales tintados, incluso el parabrisas, lo que es jodidamente raro y loco, se ponga detrás de vuestra moto y que, en vez de adelantaros, provoque que os salgáis de la carretera.
Eso no suena nada bien, lo mires como lo mires.
—Ya lo sé. —Hice una mueca—. Pero es que no sé qué decir ni qué pensar. Sucedió y no tengo ni puñetera idea de por qué. Tampoco tengo ni idea de cómo es posible que el coche tuviera el parabrisas tintado. Es imposible que circule de esa manera y que no lo multen, ¿no?
—No estoy puesto en las leyes de este país, pero imagino que no hace falta para saber ciertas cosas. Es entendible que eso esté prohibido. Digo yo…
Nos mantuvimos callados durante unos segundos.
—No voy a darle más vueltas, Carlos —susurré.
Bajé la mirada a la taza, mientras acariciaba una parte del borde.
—Lo que voy a hacer es creer que mi moto entorpeció al que conducía el coche y que este se cabreó.
El coche debía de ser algo así como un vehículo de los que se sacan muy de tanto en tanto, como de exposición.
Por eso todos los cristales tintados, y seguramente la vuelta rápida que estaba dando el que iba al volante.
Quería regresar cuanto antes a dejarlo encerrado en algún garaje.
Ignoré las cejas elevadas de Carlos. Me llevé la taza a los labios y con los labios apoyados en el borde, bebí varios sorbos despacio.
—La imaginación la llevas bien, ¿no?
Solté una carcajada.
—Bastante bien. Lo sabes de sobra —le dije con un guiño.
Negó con la cabeza.
—Nada de lo que has dicho es lo que sucedió —habló con decisión—.
No me hace falta haberlo vivido para estar seguro de ello.
Para empezar, te recuerdo que me dijiste qué moto te habían dado y ambos sabemos que esta no entorpeció la conducción del coche.
En absoluto, además de que tú no eres de conducir despacio.
—Respeto las velocidades y si puedo correr, corro.
—Pues eso. Lo sé de sobra. Y teniendo en cuenta que la moto tiene motor potente que alcanza gran velocidad…
—Sí —le confirmé—. Da igual, Carlos. No quiero hablar de algo que no nos va a llevar a ningún sitio —suspiré—. Prefiero estar centrada en las conversaciones que tengo pendientes.
Arrugué la nariz.
—La de tu jefe es una.
—Sí. Y también tendré que hablar en algún momento con el inspector que lleva lo de la explosión del laboratorio.
—Hice una mueca—. Me libré el mismo día gracias a Conor y Avery ha colaborado alargando el momento al darme días de descanso, pero en cuanto vuelva a la rutina tendré que hablar con el jefe y con el inspector.
—Bueno, no tienes que temer nada, ni con uno ni con otro.
—Provoqué una explosión —murmuré.
—Es lo que tiene jugar con cosas inflamables y explosivas —dijo arqueando una ceja—.
Pasó en tu despacho, pero podría haber pasado en cualquier otro.
Y no solo en los de tus amigos y compañeros.
Por lo que nos contaste, hay muchos laboratorios, lo que es lógico.
¿Cómo va el proyecto que os trajo hasta aquí?
—Bien, pero solo estamos en el comienzo. Es muy lento y no puedo decirte mucho más —contesté
—Con eso me vale. —Me hizo un guiño—. No tengas miedo, sobre todo por lo del inspector.
Te pedirá que le expliques desde que llegaste a la empresa y cómo se dio todo, hasta que te encontraste con la explosión.
Querrá saber por qué no estabas tú en el laboratorio y qué hacía ahí Rhys. Son cosas normales.
—Sobre mí no le preguntará.
Carlos y yo nos sobresaltamos porque pensábamos que estábamos solos. No nos esperábamos la presencia de nadie más, mucho menos en el porche de la casa vecina.
Mi amigo y yo miramos hacia allí, donde nos encontramos a Rhys. Estaba de pie, con una taza en una mano.
—Solo he escuchado la última parte. Lo prometo —nos dijo.
—Lo corroboro —habló Drew, al salir al porche en ese momento—. Es nuestra hora del té. —Levantó su taza.
—No pasa nada —dije hablando bajo, pero me escucharon perfectamente—. Tenéis el mismo derecho que nosotros de estar fuera, estáis en vuestra casa.
—¿Por qué estás tan seguro de que el inspector no le preguntará por ti? —Carlos se dirigió a Rhys.
—Porque ya hablé con él ayer, cerca de la noche, al igual que con el jefe. Fue cuando todos os fuisteis —contestó—. De manera que el inspector ya sabe mi versión y le dejé claro que no te agobiara, Zoe.
Agrandé un poco los ojos.
—Gracias.
Rhys asintió, sin apartar la mirada de la mía.
Carlos se levantó del balancín y caminó hacia el muro bajo que separaba los terrenos de las casas.
—Puede que sepáis quién soy, pero me presento igualmente. Me llamo Carlos —habló levantando un brazo, para pasarlo al otro lado del muro.
Rhys fue el primero en reaccionar. Dejó su taza de té sobre la mesa y se acercó a mi amigo, para aceptar el apretón de manos.
—Yo, Rhys. Lo he dejado claro al hablar.
—Sí.
—Yo soy Drew.
Este también se acercó al muro y Carlos y él se saludaron de la misma manera.
—Brad está duchándose —comentó Rhys.
—En otro momento lo conoceré —dijo Carlos—. Es un placer y gracias por ayudar a Zoe.
Mi amigo pasó la mirada de Rhys a Drew, varias veces.
—El placer es nuestro, en todo —habló Drew.
Hizo un guiño mirándome a mí y le sonreí como respuesta.
—Me encanta verte bien, preciosa —se dirigió a mí Drew.
—Gracias —amplié la sonrisa.
—Os dejamos tranquilos —habló Rhys.
—Podéis quedaros —les pidió Carlos.
—Gracias, pero estaréis más cómodos si nosotros estamos dentro —continuó Rhys.
Carlos no insistió y yo no lo contradije, por lo que Drew y él se despidieron y desaparecieron en el interior de la casa, mientras que Carlos volvió al balancín conmigo.
—Parecen buenos tíos —comentó, antes de darle un sorbo a su café.
Lo miré de reojo.
—Nunca he dicho que no lo sean —carraspeé—. Otra cosa diferente es que Rhys y yo choquemos por nuestros caracteres o directamente ni me vea.
—Pues yo lo he visto mirarte muy, pero que muy bien —comentó con un punto de diversión.
Mis mejillas dejaron de estar rojas por el frío, para pasar al calor que me las sonrojó. Mi amigo soltó una carcajada y yo puse los ojos en blanco, pero sonriendo.
—Cállate —le pedí antes de que dijera algo más.
—Ajá…
Solté un bufido, haciéndolo reír de nuevo.
—Tenemos que hablar muy seriamente del tal Rhys, de lo que llevas callando mucho tiempo.
Me dejó sorprendida.
—Pero no será ahora. Relájate.
Después de taparse con la manta, volvió a rodearme los hombros con el brazo y a mover el balancín. Me acomodé contra el cuerpo de mi amigo, para terminarme el café.
Me vino genial la pausa que hicimos, en la que el silencio reinó a nuestro alrededor.