La provocación del escocés Capítulo 55
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Capítulo 55

Sonreí cuando Lyn me abrazó por la espalda. Se pegó a mí con los brazos alrededor de mi barriga y la barbilla apoyada en mi hombro. Ambas mirábamos hacia la calle.

Estábamos en la entrada de la casa, bajo el marco de la puerta, porque Noa me había escrito cuando habían llegado a Stirling. Hacía unos minutos que no nos movíamos, esperando a nuestros amigos.

—Eh, chicas.

Giramos la cabeza hacia Nerea. Apareció caminando por la calle y se acercó a nosotras.

—¿Cómo estáis? —nos preguntó.

No era la primera vez que nos lo preguntaba. Sobre las diez y media llamó a Lyn para preguntar por nosotras, sobre todo, por mí, ya que la última vez que me vio estaba desmayada.

—Vamos poco a poco, pero bien. Mucho mejor que ayer —contesté.

—No sabéis cómo me alegro —nos dijo sonriente—. Ayer nos diste un buen susto —se dirigió a mí.

—¿Cuál de ellos? —pregunté con diversión.

—Muy graciosa.

Reímos las tres.

—¿Qué hacéis aquí? —quiso saber con curiosidad—. Vais a coger frío.

—Nuestros amigos están a punto de llegar —contestó emocionada Lyn.

—Ah, joder, ¡es verdad! ¡Qué guay! Estaréis en la gloria.

—Rita y tú podéis venir cuando queráis —comenté—. Seguro que un momento u otro terminamos presentando a Noa y a Carlos a todos, pero estaría guay si queréis apuntaros a comer o cenar mañana.

—Por mí, genial —confirmó muy animada.

—Pues perfecto —le dijo Lyn—. ¿Contamos contigo para cenar mañana?

—Me apunto. —Asintió Nerea—. Ya os diré si Rita se unirá.

—Vale —sonreí—. Es mejor por la noche, porque seguramente mañana por la mañana salgamos con Carlos y Noa a dar una vuelta en taxi y la hora de la comida nos pille fuera.

—Tranquila. No hay problema —me devolvió la sonrisa Nerea—. Yo prefiero la noche, con unas copitas después. —Nos hizo un guiño.

—Suena genial. Al mediodía me tomaré el último calmante, hasta el día siguiente. Total, en cuanto esté con la segunda copa, me hará el mismo efecto que la medicación.

—Ya te vale —le dije, negando con la cabeza.

Nerea y Lyn rieron.

—Ahí están —las avisé.

Sonreí de oreja a oreja, viendo cómo el coche de Conor circulaba despacio, acercándose. En esta ocasión no le había hecho falta utilizar la furgoneta.

Solté una carcajada cuando Noa se bajó del vehículo con un grito. Vino corriendo hacia nosotras y nos atrapó a Lyn y a mí en un abrazo con el que reímos emocionadas.

Después de muchos besos, se dirigió a Nerea.

—Hola —la saludó.

—Hola —le devolvió el saludo—. Es un placer conocerte. Me llamo Nerea.

—Igualmente. Yo soy Noa.

Se dieron dos besos y un corto abrazo que dejó sonriendo a ambas.

—Yo soy Carlos —dijo nuestro amigo—. El loco que se atreve a estar tanto tiempo con estas tres loquitas.

Nerea rio, mientras que Noa, Lyn y yo lo mirábamos como si quisiéramos hacerlo desaparecer. Carlos soltó una carcajada, dejando las maletas de él y de Noa a un lado, y se acercó a abrazarnos a Lyn y a mí. Primero empezó por Lyn y, por último, terminó por mí.

—Me alegra verte tan animada —me susurró al oído.

Sonreí apoyando la cara en su pecho, sobre su chaqueta, mientras sus brazos me rodeaban.

—Y a mí verte tan bien. Estás increíble.

—Era de esperar —comentó con diversión y reí.

Cuando nos separamos, nos miramos con cariño y nos dimos un beso en la mejilla.

—Gracias, Conor —me dirigí a él.

Se había quedado apoyado en la puerta del conductor, observando el reencuentro.

—No hay de qué —sonrió de medio lado—. Ha sido un placer conocer a Noa y a Carlos.

—Me caes genial —le dijo Noa—. Ya me caías bien por todo lo que contaban las chicas, pero lo has mejorado del todo en persona.

—Gracias —habló con diversión Conor.

Se separó del vehículo y abrió la puerta.

—Pasad un fin de semana estupendo, pero con precaución. —Nos miró a Lyn y a mí—. Ni se os ocurra olvidaros de que necesitáis reposo.

—No lo permitiré —dijo Carlos, mirándolo con complicidad.

Era evidente que se habían caído genial, al igual que sucedía con Noa.

Conor le hizo un guiño a Carlos y con una despedida rápida, se montó en el coche.

Hizo un cambio de dirección y cuando pasó por delante de nosotros, nos despedimos por última vez de él, hablando en alto para decirle que en algún momento de la semana que viene nos veríamos. Conor se fue riendo.

—Yo también me voy —habló Nerea—. Disfrutad mucho del reencuentro y mañana por la noche nos vemos —dijo con una gran sonrisa.

—Hemos invitado a Nerea a cenar —les conté a los recién llegados—. A ella y a Rita.

—Genial —comentó feliz Noa.

Carlos asintió, sonriendo.

—Ahora mismo se lo digo a Rita y con lo que me responda te envío un mensaje.

—Perfecto, preciosa.

Nos dimos un abrazo, al igual que hicieron los demás, y Nerea se fue hacia su casa y nosotros entramos en la nuestra.

—Vaya… —Silbó Noa, desde el recibidor—. Qué bonita.

—Estoy de acuerdo. En persona tiene mucho encanto.

—Vamos a vuestras habitaciones para que dejéis las cosas y después veis la casa —propuso Lyn.

—Quédate aquí —le pidió Carlos, por el pie que tenía mal.

—Estoy bien —habló con decisión Lyn—. De verdad.

Carlos arqueó una ceja y al final terminó negando, aceptando que se moviera un poco más por su llegada y la de Noa.

Subimos las escaleras y en la planta superior, fuimos directos a las habitaciones que daban a la calle.

—¡Qué pasada! —exclamó Noa, al entrar en la que decidió que sería su habitación.

—Es una maravilla —comentó Lyn—. Y ya veréis qué cómoda es la cama y la almohada. Vais a dormir genial.

Después de que Noa dejara la maleta al final de la cama y la chaqueta y la bufanda sobre esta, fuimos a la habitación de Carlos, para que él hiciera lo mismo.

La casa estaba calentita, ya que la calefacción estaba puesta y, aparte, la chimenea estaba encendida. Lyn llamó a Brad para que nos hiciera el favor de encenderla y nosotras habíamos mantenido el fuego.

—Esta es mi habitación —les dije, señalando con una mano hacia el interior.

—Tiene balcón y vistas —comentó Noa.

Entró a verla bien y Lyn la acompañó. Entre ambas comentaron todos los detalles que veían, mientras que Carlos se quedó a mi lado, con las manos en los bolsillos y sonriendo de medio lado.

—Estáis en Escocia —hablé.

—Eso parece, ¿no? A no ser que yo tenga una imaginación demasiado fantasiosa y tú estés soñando —comentó él con diversión.

Reí.

—Eres muy real —dije, apoyándome en su brazo.

Lo levantó y me rodeó con él los hombros, pegándome a su cuerpo.

—Somos muy reales, sí.

Sonreí al escucharlo.

Cuando Noa y Lyn se cansaron de mi habitación fueron a la de la última. Carlos y yo las dejamos a su aire, ya que él con una pasada rápida visual tenía más que suficiente.

Bajamos a la planta inferior y fuimos a la cocina.

—Qué bien huele.

—Hemos hecho un guiso de carne con patatas que tiene una pinta…

—Por el olor que hay en la cocina me hago una buena idea —comentó.

—Y eso que hace un buen rato que terminó de hacerse. Solo falta calentarlo.

—¿Lo habéis hecho las dos? —me preguntó con diversión y curiosidad.

—A Lyn no le ha quedado otra —contesté, levantando la mano vendada.

—Entiendo —rio Carlos.

Nuestra amiga entraba a la cocina para alimentarse. Básicamente, para coger comida y bebida, poco más. Era un desastre para cocinar, dicho por ella y comprobado por sus amigos. No le gustaba nada, pero hasta que yo no tuviera bien la mano, no le quedaba otra que colaborar.

—¿Cerveza o refresco? —le pregunté.

—La duda ofende.

Solté una carcajada mientras sacaba de la nevera dos botellines de cerveza.

—Tengo que probar la de aquí —dijo.

—Esta es de intensidad media —le informé, saliendo de la cocina—. También tenemos más suave. La fuerte la probamos una vez y no nos gustó. Mañana podemos ir al supermercado para coger unas cuantas para ti.

—No hace falta. Con esta es más que suficiente.

Llegamos junto al sofá y nos sentamos en él, frente al fuego de la chimenea. Me acomodé subiendo los pies al asiento del sofá, doblando las piernas, poniéndome un poco de lado hacia Carlos.

—¿Sabes algo nuevo de tu padre? No me gusta sacar el tema, pero…

—Lo sé. Tranquila.

Se echó hacia atrás, hasta que apoyó la espalda en el respaldo.

—Todo sigue igual, así que no tengo nada de lo que preocuparme.

—No sabes cómo me alegro —suspiré.

—Sí que lo sé —me dijo con un guiño—. Ese hombre es historia en mi vida y, aunque en algún momento vuelva a cruzarme con él, si es que eso llega a ocurrir, te aseguro que estaré preparado.

—Espero que no tengas que verlo nunca más.

Levanté mi botellín y él hizo lo mismo con el suyo. Los chocamos y nos quedamos en silencio, con la vista fija en las llamas y la madera consumiéndose.

—¿Qué tal tus compañeros del hospital?

Sonreí porque si nombraba a Santi, también debía decir el nombre de Rhys, lo que evitó.

—No le he preguntado a Nerea si sabe si Santi ya está en casa.

—Fruncí ligeramente el ceño—. Cuando me escriba para decirme si Rita se apunta a la cena de mañana, a la que imagino que dirá que sí, entonces le preguntaré.

Rhys sí que está en la casa de al lado. Lo he visto desde el porche, cuando he salido a tomarme el segundo café.

—Eso es muy buena señal. Seguramente Santi también esté cómodo en casa.

—Puede ser.

Bebí un sorbo de cerveza y después me levanté, dejando el botellín en uno de los posavasos de la mesa baja de enfrente. Fui a por mi móvil, que estaba en la mesa alta del salón, y sonreí al leer el mensaje de Nerea.

Nerea: Rita se apunta a la cena de mañana. Contad con nosotras.

Zoe: ¡Qué ilusión! Estupendo, preciosa. Aquí os esperamos a la hora que os apetezca venir.

Zoe: Se me ha olvidado preguntarte… ¿Sabes si Santi sigue en el hospital?

Nerea: Está en la casa ya. Llegó esta mañana, sobre las diez y media.

Zoe: Qué bien. Me alegro.

Nerea: Estaba escribiéndome con él cuando me has escrito tú.

Zoe: Mmm… No os dejéis llevar mucho que está convaleciente.

Apreté los labios, conteniéndome para no reír.

Nerea: Ja, ja, ja… No prometo nada.

Al final de su mensaje añadió varias caras haciendo un guiño y terminé riendo, mientras caminaba de vuelta al sofá.

Zoe: Nos vemos mañana.

Nerea: Ahí estaremos. Cuidaos tú y Lyn.

Después de los últimos mensajes despidiéndonos, salí de la conversación y entré en la que tenía con Santi. Evité el grupo en el que estábamos los ocho compañeros.

Zoe: Hola, guapo. Bienvenido. Me alegra que estés en casa. Cuídate y si necesitas cualquier cosa, ya sabes dónde estamos. Besos y un fuerte abrazo.

Su respuesta me llegó casi al instante. Normal, todavía debía tener el móvil en las manos, ya que yo había interrumpido su conversación con Nerea…

Santi: Muchas gracias, preciosa. Es un descanso estar aquí. Lo mismo digo, porque creo que Lyn y tú también lo necesitáis, quizás más. Que vaya bien el día.

Zoe: Igualmente.

Después de enviarle varios besos, salí de la conversación y dejé el teléfono en la mesa.

—Santi ya está en la casa, desde esta mañana —le conté a Carlos.

—Estupendo, entonces. Todo vuelve a la normalidad.

—Sí.

—¿Dónde están nuestras cervezas? —preguntó Noa desde la escalera.

Nos giramos hacia ella y Carlos y yo reímos, al verla cargando con Lyn. La última iba subida a la espalda de Noa.