Capítulo 54
—Rhys… —susurré.
Los párpados me pesaban, no podía mantenerlos abiertos por mucho tiempo. Mis parpadeos eran muy lentos y cada vez que caían perdía de vista la imagen de Rhys.
Quería mantenerme despierta para seguir viéndolo en mi habitación, donde yo estaba en mi cama. Deseaba continuar sintiendo la sensación de tenerlo aquí conmigo, pero su imagen se me escapaba cada vez que alargaba más el parpadeo.
—Rhys… —murmuré, o eso creí.
Durante unos segundos ininterrumpidos conseguí mantener la mirada en él. Estaba de pie al lado de mi cama, con las manos en los bolsillos del pantalón del chándal que llevaba puesto y observándome fijamente, como si velara mi sueño y descanso.
Eso estaba siendo esto, un sueño que, aunque no quisiera, me hacía sentir muy bien.
Entreabrí los labios para decir su nombre otra vez, pero no pude hacerlo. La última vez que cerré los ojos, una fuerza tiró de mí hacia una oscuridad densa en la que Rhys desapareció y en la que yo me quedé sumergida en ella.
Una paz cálida, eso fue lo que sentí, antes de dejar de ser consciente de mi sueño.
✤ ✤ ✤
Abrí los ojos despacio, hacia la claridad que entraba en la habitación. La puerta de cristal del balcón estaba como me gustaba, con la cortina tupida corrida a un lado, dejando la puerta a la vista.
Me encantaba despertarme viendo lo que había fuera. Me gustaba el primer contacto con el día para saber si estaba nublado, llovía o hacía sol. Hoy había ganado el nublado, por el momento.
Solté un suspiro de satisfacción, al mismo tiempo que me estiraba en la cama, bien tapada con el nórdico. El movimiento me provocó una mueca, al notar ciertas partes del cuerpo doloridas.
Era lo que había y demasiado poco era para lo que podría haber sido, tanto en el accidente de moto como en la explosión.
Me quedé mirando el techo, preguntándome qué hora sería y pensando que seguro que se me había pasado la de tomarme el calmante. No pasaba nada, podía retrasarlo un poco, por lo que no me molesté en coger el móvil de la mesita de noche. Todavía no.
Cerré los ojos, subiéndome el nórdico hasta el cuello, y me mantuve en esa posición hasta que comencé a notar que el sueño tiraba de mí de nuevo. Me giré en la cama, para quedarme tumbada de lado, mirando otra vez hacia la puerta del balcón.
Estuve dormitando durante un rato, entre dormida y despierta, y al final fue Lyn la que me desveló.
—Zoe… ¿Estás despierta? —me preguntó hablando muy bajo.
Me giré en la cama hacia ella, sin destaparme ni un poco.
—Sí —contesté susurrando.
—Te he despertado —dijo con una mueca.
—Qué va. Me he despertado hace unos minutos, pero no me ha apetecido moverme y estaba quedándome dormida otra vez. Me viene bien despertarme para tomarme la medicación.
—Sí —sonrió.
—¿Cómo has dormido? ¿Has podido descansar bien con el pie y lo demás?
—No me he enterado de nada. —Se encogió de hombros—. Estaba demasiado cansada, a ver cómo va esta noche. Voy preparando los cafés.
—Vale, pero después te sientas —le pedí—. Yo me encargo de lo demás.
—No puedes mover mucho la mano y yo puedo estar sin tocar el suelo con el pie vendado, mientras esté apoyada en la encimera. Así que te callas.
Me sacó la lengua y se fue, diciéndome que me diera prisa para no tomarme el primer café frío.
Le hice caso y salí de la cama, aunque me costó bastante. Sentada en el borde, después de ponerme las zapatillas y la chaqueta de lana, cogí el móvil de la mesita de noche. Eran las nueve y media, bastante más temprano de lo que esperaba.
Me levanté y fui al baño. Por suerte, anoche, a pesar de que era lo último que me apetecía, me metí en la ducha para dormir a gusto. Lyn me ayudó a cambiar las sábanas, por mi mano vendada, y después se fue a dormir mientras yo me duchaba.
Eso que tenía ganado ahora, de manera que salí rápido del baño y de la habitación, para encontrarme con mi amiga en la cocina. Estaba nerviosa y deseando que pasaran las horas, para reencontrarnos con Noa y Carlos.
Al entrar en la cocina, Lyn ya había dejado nuestras tazas con el café con leche en la mesa, junto a las cajas de calmantes, y fui directa. Antes de hacer otra cosa, los días que no trabajábamos siempre nos gustaba disfrutar con calma del primer café.
Eso fue lo que hicimos, una vez que Lyn dejó preparado todo lo que utilizaríamos más tarde para hacernos el desayuno.
—Ha empezado a llover —dijo, mirando hacia la ventana.
—Era de esperar —comenté, pensativa.
Cogí la taza con ambas manos, calentándomelas, y me la llevé a los labios para comenzar a beber.
En silencio, nos tomamos los primeros sorbos mientras observábamos cómo las gotas de agua chocaban con el cristal.
—A ver si se mantiene así, lloviendo suave —habló Lyn—. ¿Conor tiene toda la información?
—Sí. Le envié un mensaje antes de dormirme, cuando me metí en la cama. Supongo que lo habrá visto esta mañana. Me habría gustado darle la información antes, pero en vista de cómo terminé en el hospital y que si no fuera por ti no sabría cómo llegué hasta aquí…
Me encogí de hombros.
—Por cierto. —Dejó su taza en la mesa—. Entre unas cosas y otras, se me ha olvidado decirte que me comentó que él se encargará de traernos la moto, pero que, como no corre prisa porque tú no la puedes conducir, pues lo hará durante la semana que viene.
—Es un encanto de hombre.
—Ayer le dije que tengo muchas ganas de adoptarlo para llevármelo conmigo a España.
Soltamos una carcajada.
—Podemos convencerla entre las dos —dije con un guiño.
—Seguro que Noa y Carlos nos ayuda.
Volvimos a reír.
—Oye, he pensado en ir a la panadería a comprar una de las tartas que tienen tan buena pinta.
—Tú no vas a ir a ningún lado —le advertí.
—Si está cerca, a unas calles…
—Me da igual. Las únicas veces que salgas de la casa será porque haya un taxi esperándonos fuera. —Arqueé una ceja—. Tienes que recuperarte bien del pie, Lyn. No hagas tonterías con esfuerzos innecesarios.
—Valeee…
—Ya voy yo a la panadería. Me traeré alguna cosa más para que Noa y Carlos la prueben.
—Y nosotras —habló con diversión.
—Si quieres, me visto y voy ya, así compro pan caliente y lo tenemos para desayunar.
—Eso suena muy bien. —Asintió—. Pero no tengas prisa. Tómate el café con calma y un segundo también. Yo me acabo este y subo a darme una ducha. Por ahora no tengo hambre.
—Yo tampoco.
Al final lo hicimos como lo propuso Lyn. Nos terminamos los cafés y mientras ella subía a su habitación para darse una ducha con calma, teniendo cuidado para no mojarse el vendaje del pie, yo me preparé el segundo café con leche y salí con él al porche trasero, para cambiar de vistas.
Saqué la manta y una bufanda. La última me la puse cuando dejé la taza en la mesa, y también me abrigué mejor con la chaqueta de lana. Después, con la taza de nuevo en la mano buena y la manta debajo del brazo, fui hasta el balancín.
En cuanto me senté, me tapé y comencé a impulsarme con los pies, para balancearme mientras le daba el primer sorbo al segundo café. Era una gozada ver llover a unos metros, escuchar el sonido de la lluvia, mientras estabas a cubierto por el techado del porche.
Había pocas cosas que superaran estas sensaciones.
Tenía pinta de que continuaría lloviendo durante bastante tiempo, quizás todo el día. El cielo estaba cubierto completamente por nubes muy grises.
—¿Cómo estás?
La pregunta me pilló tan de imprevisto que me atraganté con el sorbo de café que acababa de beber. Frené el movimiento del balancín, mientras tosía, y cuando me recompuse, con los ojos abiertos al máximo por la sorpresa, giré la cabeza hacia el hombre que me había hablado: Rhys.
¿Qué mierda hacía aquí, en su casa? ¿Cómo había salido tan pronto del hospital, si ayer me dijo…?
Al ver a Rhys con el chándal que se me presentó en sueños, me quedé impactada durante unos segundos. No podía ser, era imposible, pero por un breve espacio de tiempo mi cabeza lo creyó. Hasta que descarté esa idea y me recompuse poco a poco.
—No quería asustarte —volvió a hablar.
Estaba sentado al lado de la mesa del porche de su casa, con una taza de café y bien despierto.
—Pues lo has hecho —le dije, no muy amigable.
—Zoe…
—Hazme un favor, sigue ignorándome como hasta hace poco, ¿vale? No quiero volver a hablar contigo. Al menos por un buen tiempo prefiero que no, porque puedo estallar en cualquier momento y entonces será peor.
Rhys apretó la mandíbula. Lo vi perfectamente desde la distancia que nos separaba, ya que tampoco era tanta.
Me levanté del balancín y solo con la taza, dejando la manta olvidada, caminé hacia la puerta.
Tenía muchísimas ganas de desaparecer, de perderlo de vista para que no me fastidiara el día. Este no. Pero algo superior a mí me frenó cuando agarré la maneta de la puerta y sin mirar hacia él, le di la respuesta que estaba esperando.
—Estoy mejor, es evidente. He descansado toda la noche y he repuesto energías. Hoy continuaré y así hasta que esté recuperada del todo, incluida la mano. Gracias por preguntar. Imagino que si estás aquí es buena señal. Aunque no lo creas, me alegro. Que te vaya bien. Adiós.
Hablé de carrerilla y entonces no perdí más el tiempo fuera. Tiré con fuerza de la puerta hacia mí y entré en la casa, dispuesta a olvidarme de ese hombre. Porque sí, nunca había pronunciado un adiós más sincero.