Capítulo 53
Noa y Carlos se quedaron completamente callados, cuando Lyn y yo terminamos de contarles cómo había ido nuestro maravilloso día. Ponedle mucha ironía, lógicamente.
Al final, agregamos a Carlos al grupo de mensajes en el que estábamos las tres y desde ahí, iniciamos una videollamada para vernos los cuatro. Lo primero en lo que me fijé en cuanto aparecieron en la pantalla de mi móvil, fue en que mi amigo tenía muy buena cara, lo que me alegró muchísimo.
Quitando una zona de la cara, en el resto apenas tenía rastro de los golpes. Las pequeñas zonas amarillentas que le quedaban estaban a punto de desaparecer y había que fijarse mucho para darse cuenta de que las tenía.
Lyn y yo hacía un rato que nos habíamos terminado los sándwiches. Eran las diez de la noche y Noa y Carlos ya lo tenían todo preparado y listo para el viaje del día siguiente. Lo único que les quedaba por hacer era terminar de cenar.
Estaban en sus sofás, como Lyn y yo. Carlos con un plato en el que tenía gran parte de la pizza que se había preparado y Noa con una bandeja en la que había una hamburguesa hecha por ella, con patatas de bolsa.
Ambos dejaron de comer en cuanto comenzamos a contarles lo del coche que nos echó de la carretera y así continuaban, sin llevarse la comida a la boca, mientras nos miraban con sorpresa.
—No me lo puedo creer —habló por fin Noa—. Joder, joder…
—Está claro que no os podemos dejar solas —comentó Carlos, reaccionando también.
Nos miró muy serio a Lyn y a mí
—¿Cómo tenéis la mano y el pie? —nos preguntó.
—No os preocupéis por nada —les pedí—. Lo tenemos controlado, ahora sí.
Antes de irnos del hospital, el médico que nos ha hecho la revisión nos ha cambiado la medicación a las dos.
Yo me he dado cuenta ahora que me la he tomado y eso, más los días de descanso que nos ha dado el jefe, es justo lo que necesitamos.
—Olvidaros de salir este fin de semana. Necesitáis descansar —dijo Carlos—.
Y ni se te ocurra decir que la mano no te impide moverte —se dirigió a mí—.
No se trata solo de vuestras lesiones, sino de los impactos fuertes que se han llevado vuestros cuerpos, tanto en el accidente de moto como en la explosión.
—Estoy de acuerdo. —Asintió Noa.
—Joder, cómo me fastidia que haya pasado todo un día antes de que lleguéis —habló Lyn, soltando un bufido.
—A nosotros lo que nos fastidia es lo que os ha pasado —comentó Noa, incluyendo a Carlos—. Nos fastidia, nos preocupa, y nos da miedo pensar por lo que habéis tenido que pasar. —Terminó haciendo un puchero.
—Estamos bien —dije.
—Claro, después de que perdieras el conocimiento. —Arqueó una ceja Carlos.
—Eso fue porque estaba agotada de todo, incluso de todas las emociones intensas por las que he pasado —aclaré.
—Ahora que Carlos y Noa saben hasta donde yo sé, empieza a contarnos lo gordo que te ha pasado y cómo y por qué te has creado a dos potentes enemigos —me pidió Lyn, impaciente—.
Ha debido ser desde que te dejé con Sheena, cuando te pidió que la acompañaras, porque a partir de ahí la siguiente vez que te vi fue inconsciente en el box, cuando Nerea me llamó.
—Qué mierda… —Jadeó Noa—. ¿Todavía hay más? —preguntó con sorpresa.
—¿Algo más gordo que todo lo anterior? —preguntó Carlos, con el ceño ligeramente fruncido.
—No —respondí rápido—. No hay nada más importante que cuando la salud está en juego. No es el caso de esto último —dejé claro.
—Joder, menos mal —suspiró Lyn.
—¿Qué es eso de los dos potentes enemigos? —Quiso saber Noa, con los ojos abiertos más de lo normal.
Solté un suspiro, antes de comenzar a contarles lo sucedido en la habitación del hospital de Rhys, desde que entré hasta que me fui con Drew, que fue mi salvador cuando ya no me quedaban fuerzas. De esa manera se los dije.
—Será desgraciada esa… —habló con rabia Lyn.
—Muy bien, cariño. ¡Ja! Te has lucido con ambos con tus reacciones —dijo Noa. Dio una palmada, orgullosa de mi reacción—. Me encanta que tantos años a mi lado te hayan servido de algo.
Reímos los cuatro.
—Que les den a los dos —comentó Carlos.
—Ya te digo… Lo que me extraña es el cambio de Rhys —dijo pensativa Lyn.
—No voy a malgastar ni un segundo más de mi vida con ese hombre en mis pensamientos —dejé claro.
—Brindo por eso —habló Carlos, mirándome fijamente.
Levantó su botellín de cerveza y lo acercó a la pantalla, haciéndonos sonreír a las tres.
—Continuad comiendo, que la comida está fría ya —les pedí.
—Yo voy a calentarme la pizza en el horno. Es un momento.
Carlos se levantó del sofá con su plato y fue con el móvil a la cocina.
—Con el hambre que tengo a mí me da igual —rio Noa, antes de darle un bocado a su hamburguesa.
—Así que mañana tendremos chófer privado —dijo Carlos.
Colocó su móvil en la encimera y apoyó los brazos en ella, quedándose cerca de la cámara.
—Sí —confirmé—. Conor os estará esperando, lo veréis enseguida.
—Es muy buen hombre —añadió Lyn.
—Va a ser un fin de semana genial —comentó Carlos, sonriendo—. Nos hace mucha ilusión estar en Escocia, conocerla un poco, pero no tiene ni punto de comparación con las ganas que tenemos de estar con vosotras de nuevo.
—No me hagas llorar que estoy muy sensible —le pedí haciendo un puchero.
Carlos sonrió de medio lado y Noa y Lyn rieron.
—Sí. Definitivamente va a ser un fin de semana maravilloso —estuvo de acuerdo Noa—.
Para que no os agobies pensando en que no veremos nada, podemos hacer una ruta por la ciudad en taxi, para que no fuerces el pie —le sonrió a Lyn—.
De esa manera solo bajaríamos para comer en algún restaurante o cuando estemos de vuelta en la casa.
Solo una vez, el sábado por la mañana, el resto del tiempo disfrutaremos donde vivís ahí.
—Ya no tiene sentido que alquilemos un coche —dijo Carlos—.
Si nos recoge Conor del aeropuerto y nos deja en vuestra casa, y para movernos un poco por los alrededores de ahí utilizamos un taxi, ya está bien así.
Ese será también el transporte que utilizaremos Noa y yo para volver al aeropuerto el domingo, cuando nos vayamos.
—Es lo mejor. —Asentí—. Estoy deseando que llegue mañana —dije con una gran sonrisa.
—Sí, sí… pero ya estás haciendo esfuerzos por mantener los ojos abiertos, ¿no? —Quiso saber Carlos.
—Un poco —reí.
—No has descansado lo suficiente —comentó Noa—. Ninguna de las dos. Habéis pasado por muchas emociones, a cuál más fuerte. Venga, nos despedimos ya.
—Mañana os escribiremos cuando estemos en el avión —comentó Carlos.
Sacó los trozos de pizza del honor y volvió al sofá con el plato, para continuar cenando.
—Sí, así hablo con Conor para decirle si salís o no a la hora —hablé.
Tanto Noa como Carlos asintieron y entonces nos despedimos, deseándonos buen descanso.
Coloqué el móvil a mi lado, en el asiento del sofá, y apoyé la cabeza en el respaldo. Me quedé con la vista fija en el techo.
—¿Cómo te sientes por lo de Rhys? —me preguntó Lyn, hablando muy bajo.
Hice una respiración profunda.
—En la habitación del hospital se llevó todas mis energías, junto con Olivia. Fue ahí, cuando Drew me dio una salida rápida de la habitación, cuando me dio el bajón definitivo y me desmayé —hablé pensativa—. Ya no pude más, fue el remate a un día para olvidar.
—No me extraña, cariño. Ahora me da miedo que esa tía te haga la vida imposible en España, en la empresa. —Bufó.
—No va a poder conmigo —dije segura de ello—. Tampoco voy a pensar en eso porque ni sé el tiempo que estaremos aquí con el proyecto que estamos iniciando, ni si cuando tenga la conversación seria con Avery, por lo de mi laboratorio y la explosión, todavía tendré trabajo.
—No digas tonterías. Hasta a los científicos más expertos les puede suceder lo que te ha pasado a ti, incluso si son eminencias en su área científica.
Apoyó la cabeza en mi hombro.
—Gracias —susurré.
El silencio nos envolvió durante unos largos minutos, hasta que Lyn lo rompió.
—Es mejor que nos vayamos a la cama, para aprovechar el máximo de tiempo descansando —suspiró—. Me está entrando mucho sueño.
—Sí —susurré, adormilada.
Con esfuerzo, nos levantamos del sofá y después de apagar las luces, nos dirigimos hacia la escalera, la que subimos para ir a nuestras habitaciones.
—¿Quieres que duerma contigo? —me preguntó, haciéndome sonreír.
—Gracias, pero estoy bien. ¿Tú lo necesitas?
Negó.
—En cuanto toque la cama me quedaré fuera de combate —sonrió.
—Entonces nos vemos mañana para desayunar. Nada de poner las alarmas.
—Jode, ¡qué bien suena eso un viernes!
—Y el lunes, el martes y el miércoles será aún mejor, porque como mínimo hasta el jueves Avery no nos dejará aparecer por la empresa —comenté con diversión.
Reímos.
Le di un beso en la mejilla y ella se colgó de mi cuello, con cuidado. Después, nos deseamos buena noche y cada una entró en su habitación para dar el día por terminado. Por fin.