Capítulo 47
Rhys
Giré la cabeza hacia la ventana, para ver lo nublado que continuaba el día.
No sabía cuánto tiempo llevaba en el hospital porque estuve un buen rato inconsciente.
Al menos eso me dijo la médica que me atendía en el momento que abrí los ojos, y por la sensación que tenía, debía haber pasado bastante tiempo porque estaba cansado de estar tumbado en una cama o en varias, por las diferentes zonas del hospital en las que me habían tenido.
Necesitaba salir de aquí, poder moverme libremente para encontrar a mis amigos y compañeros, para encontrarla a ella: Zoe. Cada vez que pensaba en cómo debía sentirse, el sentimiento de culpa que tendría…
Por suerte, todo había quedado en un susto, por lo que daba gracias. Todavía no entendía cómo era posible que los bloques de piedra quedaran protegiéndome, en vez de darme el final contrario. No iba a darle muchas vueltas, solo agradecer una y otra vez cómo había sucedido todo.
—Hola.
Busqué con la mirada a la enfermera que entró en la habitación a la que no hacía mucho me habían traído.
—Hola —le devolví el saludo.
Carraspeé para aclararme la voz. Me la noté áspera y rasposa, como la garganta.
—¿Agua? —le pregunté.
—Sí. Claro. Puedes beberla sin problema. Ahora vuelvo —me habló sonriente.
Dejé salir el aire despacio y cerré los ojos, hasta que ella regresó.
—Aquí tienes.
Abrió la botella pequeña y me la dio.
—Gracias.
Me sentó de lujo mojarme los labios y la boca, beber y que el agua me refrescara la garganta.
—Poco a poco —me pidió y asentí.
Cuando terminé, me quitó la botella de la mano, la cerró, y la dejó en un mueble alto que había al lado de la cama. Hacía la función de mesita de noche.
—Me llamo Zena y seré tu enfermera hasta que te den el alta —me informó sonriente.
—¿Cuánto tiempo se supone que debo estar aquí? No tengo ninguna lesión importante.
—A simple vista no, pero es mejor asegurarse. ¿No crees?
—¿Tiempo? —insistí, con el ceño ligeramente fruncido.
—El que la doctora considere oportuno. No tengas prisa, Rhys. Tu salud es lo más importante ahora y está por encima de todo lo demás.
—Estoy perfectamente de salud. Unos golpes no van a frenarme y tengo muchas cosas que hacer fuera de aquí.
—No importa lo que digas. No soy la persona que tiene que darte el alta —me dijo con un guiño.
—¿Tengo algún daño que no me haya dicho la médica que me atendió al llegar?
Entrecerré los ojos.
—No. Tranquilo.
—Entonces no entiendo por qué no puedo irme ya, si solo me saldrán morados de los golpes.
—Tuviste suerte de no estar casi encima de la detonación, pero igualmente el impacto fue muy fuerte.
—Ya… La misma suerte que me ha salvado.
—Así es. —Asintió—. Tu padre…
—Mi padre —la interrumpí, arqueando una ceja.
—Sí. Yo.
Giré la cabeza hacia la puerta, por la que acababan de entrar Avery, Conor y Sheena.
Los tres caminaron hacia mí, hacia la cama.
—No seas cabezota con la enfermera. No la marees —me pidió con cariño Sheena.
Después de que la enfermera y ella se sonrieran, Sheena se puso junto a Conor en el lateral de la cama, en el contrario al que eligió Avery. Solté un suspiro.
—Me voy —habló la enfermera—. Solo he venido a presentarme.
Después de esas palabras nos dejó solos a los cuatro. Sheena fue la primera en darme un abrazo cálido, con varios besos. Después llegó el turno de Conor, quien, además de abrazarme, me revolvió el pelo antes de apartarse.
—Hijo.
Dirigí la vista hacia los ojos de mi padre y le hice presión en la mano que me agarró. Nos fundimos en un abrazo sentido y durante los largos segundos que tardamos en separarnos, me sentí un niño buscando la protección segura y firme de él.
—Estoy bien —le dije.
—Lo sabemos. —Asintió serio—. No quiero pensar en lo que podría haber pasado, pero, aunque estás bien, como dices, prefiero que te quedes aquí unos días para asegurarnos de que realmente todo está bien.
—No voy a quedarme aquí tanto tiempo —hablé con decisión—. Hasta mañana, lo puedo tolerar, aunque tampoco le veo el sentido. ¿Más días? Ni hablar.
—Te dije que no era buena idea —le habló Conor a Avery, mi padre—. No puedes retener aquí al chico, solo porque todavía tienes el susto en el cuerpo.
Cuando mi mirada se cruzó con la de Conor, él me hizo un guiño y sonreí.
—Opino lo mismo —intervino Sheena—. Lo único que vas a conseguir impidiendo que Rhys se vaya, es que vuelva locos a todos los que estén cerca de él —comentó con diversión.
—¿Por qué, cuando se trata de Rhys, nunca os ponéis de mi parte? —preguntó mi padre, con el ceño ligeramente fruncido.
—Quizás sea porque te pasas de sobreprotector, en cuanto puedes —le contestó Conor.
Le habló con la familiaridad y la espontaneidad que le daban la amistad con mi padre y los años que llevaban uno al lado del otro.
—Y mandón. También se pasa de mandón —añadí, dirigiéndome a Conor.
—Se le olvida dejar el papel de jefe fuera de la empresa —sonrió Sheena.
—Como sigáis así, lo dejo más de una semana en el hospital.
Mi padre me lanzó una amenaza directa, como si con eso pudiera salirse con la suya.
—Me encantaría ver cómo serías capaz de retenerlo aquí —sonrió de medio lado Conor—. Te recuerdo que consiguió por sus propios méritos entrar en tu empresa, en la delegación de España, a pesar de tus negativas y todos los obstáculos que le pusiste aquí.
»Y lo hizo todo sin que te enteraras hasta pasado un tiempo, casi un año. Tienes un hijo que, cuando se lo propone, es muy escurridizo.
Mi padre puso los ojos en blanco y Sheena y Conor, primero se miraron entre ellos con complicidad y después me miraron a mí. Conor me hizo un guiño, mientras Sheena amplió su sonrisa.
—No me hagáis hablar —les dijo mi padre, observando fijamente a Sheena.
Ella puso cara de inocente, como cada vez que quería salirse con la suya.
Todo venía a que Sheena fue la única que supo rápido, años atrás, cuál fue mi estrategia para conseguir mi sueño.
Esto se debió a que Sheena fue la elegida por mi padre para viajar a España, para estar al frente de la selección de personal a la que yo me presenté.
Y, por supuesto, desde que Sheena supo quién era yo, lo que sucedió en cuanto tuvo que llamarme para comunicarme que me habían elegido para formar parte de la empresa, me guardó el secreto y me contrató como a cualquier otro, ya que me lo gané.
Logré superar con éxito todas las pruebas y las entrevistas que me hicieron diferentes personas.
Me esforcé para pasar desapercibido ante todos, para que mi apellido no me delatara, y lo conseguí, a excepción de Sheena, claro está.
Ante ella tuve perdida la batalla antes de comenzar, pero no me preocupó en ningún momento.
Desde que escuché su voz al otro lado de la línea de teléfono, por su tono divertido y también sorprendido, supe que Sheena sería mi aliada hasta que la verdad saliera por otra parte. Y así fue.
Aparté los recuerdos de mi mente, para prestar atención a cómo mi padre, sin dejar de mirar a Sheena, terminó negando, vencido completamente por las reacciones de ella.
Sheena me hizo un guiño de la victoria y yo apreté los labios.
Siempre conseguía de mi padre lo que se proponía, le costara más o menos.
—Si sales de aquí, no irás a trabajar en unos días. Como mínimo hasta la semana que viene —me dijo mi padre.
Sonreí de medio lado y asentí confirmándoselo.
—El proyecto se retrasará —comenté, aunque alargar el tiempo en Escocia para mí no suponía ningún problema.
—Me importa una mierda el proyecto cuando mi hijo ha sufrido un accidente. Y no solo tú.
—¿Cómo están los demás? —les pregunté en tensión, moviéndome inquieto en la cama.
Mi padre me ayudó a acomodarme con las almohadas, después de que Conor me elevara la parte alta de la cama. La dejó para que continuara tumbado, pero al mismo tiempo con la espalda inclinada sin llegar a estar sentado recto.
—Pensaba que… —Continué hablando, pasando la mirada por los tres—. Al poco de despertarme aquí, mientras me atendían, he preguntado si habían ingresado más personas que trajeran de la empresa y me han dicho que no les constaba que hubieran llegado más como yo.
—Tranquilo. —Me pidió Sheena, acariciándome la mano—. Todos los de tu equipo están bien. No tienes que preocuparte por tus amigos. Por nadie, en realidad.
Respiré profundo, cogiendo el aire que me había faltado por unos segundos.
—El único que está como tú, en una habitación de este hospital, es Santi —habló mi padre y agrandé los ojos con sorpresa—. Lo han atendido y por suerte, debemos dar gracias a que saldrá en unas horas.
—Pero…
—Recibió varios golpes, sobre todo en la cabeza —continuó, interrumpiéndome—. Los de la cabeza lo mantuvieron muy mareado durante bastante rato, aparte del impacto que se llevó por la onda de la explosión. Tiene la cara con cortes, igual que tú y la mayoría de tus amigos. En mayor o menor cantidad.
Me llevé las manos a la cara, para palpármela. Sabía que me habían curado los cortes, pero todavía no me había visto. Tampoco me importaba.
—Los resultados de todas las pruebas que le han hecho a Santi han salido bien. Tú y él fuisteis los más cercanos a la explosión, por lo que es normal que salierais peor parados que los demás —comentó Sheena.
—Vale —suspiré, negando con la cabeza.
Fruncí el ceño, intentando recordar algo a lo que, desde que me desperté, mi cabeza había intentado llevarme varias veces ya. Pero, como las veces anteriores que intenté aclarar la mente, no conseguí saber qué era. Todavía estaba un poco aturdido por lo sucedido.
Lo único que notaba era el zumbido en los oídos. No me había quedado más remedio que acostumbrarme a él, aunque todavía estaba en ello. La médica que me atendió antes de subirme a planta me dijo que era normal, por lo cerca que estuve de la detonación. Y el aturdimiento, también.
Además, me dijo que todas las pruebas habían salido bien, por lo que no debía preocuparme. Solo necesitaba recuperarme porque estaba dolorido, lo que en este instante no notaba gracias al efecto de la medicación.
—Quiero verlo —pedí.
—Quédate tranquilo durante unas horas y hablaré con las enfermeras para que nos den permiso a alguno de los tres para llevarte a la habitación de Santi —me dijo mi padre.
Arqueé una ceja, pero el gran Avery se mantuvo firme y sin inmutarse.
Los siguientes minutos, entre Sheena y mi padre, me contaron cómo había ido todo lo que me había perdido: las labores de mi rescate, la desesperación, cómo lo habían vivido mis compañeros, con los que Sheena y Conor tuvieron más contacto, mi salida de la empresa estando inconsciente, para venir al hospital, los desperfectos que había sufrido el área de los laboratorios, las gestiones que tuvo que hacer mi padre…
Al terminar, Sheena se apartó un poco para sentarse en el sillón y fue Conor quien ocupó su lugar para hablar conmigo, uniéndose a mi padre.
—Tendrás que hablar con Zoe —me dijo Conor, ganándose toda mi atención.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Necesita que le hables.
Fruncí el ceño, pero no tardé mucho en saber a qué se refería.
—Iba a hacerlo igualmente —confirmé—. Me he extrañado al escucharte porque en un principio he pensado que te referías a algo más —comenté.
—Sí. Necesitáis tener una buena conversación.
Miré a mi padre, que era quien acababa de hablar.
—Estoy de acuerdo —se unió Sheena, con un carraspeo.
Cuando dirigí la atención hacia ella, la encontré sonriendo. Iba a decir algo que sirviera para los tres, pero varios golpes en la puerta me distrajeron.
—¿Se puede?
Al escuchar a mi mejor amigo, sonreí. Drew asomó la cabeza por el hueco de la puerta, la que estaba abierta. No esperó contestación, entró caminando directo hacia mí.
—Últimamente estás cogiendo la mala costumbre de vivir las mejores aventuras solo, tío. Eso me cabrea —chasqueó la lengua—. Le estás cogiendo el gusto a ser el centro de atención —sonrió de medio lado, imitando mi sonrisa.
La sonrisa nos duró unos segundos; después nos pusimos serios y Conor se apartó para que Drew se acercara a la parte alta de la cama. Parado a mi lado, se inclinó hacia abajo para abrazarme.
—No vuelvas a darme tantos sustos como los de hoy —me susurró al oído.
—Lo intentaré, pero no puedo prometerte nada.
—No sabes cómo me alegro de estar así, hermano.
—Yo también.
—¿Ya habéis empezado la fiesta sin mí? Joder, me despisto unos segundos y llego tarde.
Al escuchar a Brad, reímos y Drew se apartó, para dejarle sitio a él. Brad me abrazó también, emocionado, y le correspondí de la misma manera.
Cuando me di cuenta, mi padre, Sheena y Conor ya no estaban en la habitación. Nos habían dejado solos para darnos privacidad, para que tuviéramos nuestro momento de amigos. Para mí, ellos dos eran los mejores.