La provocación del escocés Capítulo 41
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Capítulo 41

El camino hasta el hospital no se me hizo para nada largo, aunque tal vez fue gracias a que Rhys no me soltó la mano en ningún momento.

Sabía que para él no significaba nada, que solo lo hacía para que no me sintiera sola, pero para mí sí que significaba, mucho, y disfruté de esa pequeña conexión durante el tiempo que duró.

Nos separaron cuando llegamos al hospital, al igual que les sucedió a Lyn y a Brad.

Después de varias pruebas más, incluidas las de la cabeza, una vez nos quitaron los cascos, y de unos resultados favorables para ambas,

Nos quedamos tranquilas al no tener ningún daño importante.

Salimos del hospital junto con Rhys y Brad. Se quedaron para esperarnos y por petición de Lyn y mía, fuimos en taxi hasta la empresa.

Al llegar, nos encontramos bien aparcada la moto, justo en la entrada, en el aparcamiento habilitado. Quise acercarme para ver por mí misma las abolladuras que tenía, pero pude comprobar que tampoco era para tanto.

El coche de Rhys debía estar estacionado más adelante en la calle. No lo vimos.

Aparte de que en la empresa se había corrido la voz de lo que nos había sucedido, Lyn y yo no pasábamos desapercibidas.

Yo por el vendaje que me habían puesto en la mano izquierda, sobre la que me caería o la que se me doblaría con alguno de los golpes; y Lyn por la pequeña cojera que tenía, al dolerle un pie.

También lo llevaba vendado. Además, teníamos pequeños cortes.

No era nada importante, en unos días estaríamos como nuevas.

En cuanto entramos en la empresa, comenzaron a acercarse compañeros para preguntarnos a Lyn y a mí cómo nos encontrábamos. Nos costó llegar al despacho de Sheena y cuando lo conseguimos, nos lo encontramos vacío.

—Deberíais estar en casa —comentó Rhys, muy serio.

—Opino lo mismo. Necesitáis descansar. Ahora todavía tenéis subida la adrenalina del momento, pero os dará un bajón —comentó Brad.

—Entonces, cuando suceda eso, nos iremos —dijo Lyn—. Zoe y yo necesitamos distraernos y si nos encerramos en la casa, no lo conseguiremos.

—Allí podéis entreteneros con muchas cosas. Además, lo primero que os pedirá el cuerpo es descansar. Si os tumbáis en la cama, os quedaréis dormidas —comentó Brad.

—Drew está en nuestra casa —habló Rhys—. Puede estar pendiente de vosotras y si necesitáis algo, puede encargarse él.

Sabíamos que Drew trabajaba desde la casa con su ordenador.

—Prefiero quedarme un rato y si veo que empiezo a encontrarme mal, se lo diré a Sheena y pediré un taxi —comenté.

—Yo haré lo mismo. —Asintió Lyn—. Por ahora, con poder sentarme para descansar el tobillo, tengo bastante.

—Tus deseos son órdenes para mí, preciosa —le dijo Brad.

Se agachó para pasar un brazo por detrás de sus piernas y otro por su espalda, para cogerla en brazos. Mi amiga soltó un grito y después rio, ruborizada.

Brad sonrió satisfecho, antes de comenzar a caminar hacia los laboratorios.

—Insisto en que deberías descansar.

Miré a Rhys.

—Te agradezco tu preocupación repentina y lo que has hecho por mí hoy. De verdad, muchas gracias, pero volvamos a la normalidad, por favor.

Frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que, como ya esperaba, después de lo que sucedió entre nosotros en tu coche, volviste a ignorarme por completo. Ni siquiera me has mirado durante los días que han pasado.

Me encogí de hombros y me molestó un poco el cuerpo. Los dolores ya estaban despertándose, solo esperaba que no fueran muy fuertes, por todos los golpes que debía haberme llevado en la caída.

Comencé a caminar por el pasillo, pero no llegué muy lejos, ya que Rhys se movió rápido para agarrarme de un brazo. Al girarme hacia él, hice una mueca de dolor y abrió los dedos alrededor de mi brazo.

—Lo siento. No quería…

—Lo sé. No pasa nada —lo interrumpí, con mucha necesidad de salir huyendo.

Los días que habían pasado habían sido una gran mierda y, aunque me había esforzado en disimular hacia todos, en muchas ocasiones no lo había conseguido. Me dolía, y no tenía nada que ver con lo físico.

—Ya nos veremos, Rhys. Necesito distraer la mente con el trabajo.

Asintió, con la mandíbula apretada. Aproveché que me dejó escapar y no me paré en mi camino hasta la zona de los laboratorios.

Al pasar por delante de los laboratorios de mis compañeros, los fui saludando y ellos salieron para darme un fuerte abrazo, diciéndome que se alegraban de que estuviera bien. Con Lyn debían haber hecho lo mismo, porque ella nos observó con expresión satisfecha.

—¿Estás bien? —le pregunté, cuando estuvimos solas.

—Aparte de lo físico, todavía tengo el miedo en el cuerpo —me contestó susurrando.

—Lo imagino.

La abracé para que se sintiera reconfortada y a mí también me ayudó. Vi de reojo cómo Rhys llegaba a su laboratorio y en cuanto desapareció en el interior, yo me dispuse a hacer lo mismo.

—Si te encuentras mal, me lo dices. ¿Vale? —le pedí.

—Sí. Lo mismo digo.

Asentí.

Nos dimos un beso en la mejilla y otro abrazo, antes de que ella volviera a su laboratorio y yo fuera al mío.

Abrí con la tarjeta y en vez de dejar que la puerta se cerrara, tuve la necesidad de tener ventilación. Comencé a sentirme de repente muy agobiada.

Bloqueé la puerta, dejándola abierta del todo, y caminé hasta la mesa del centro, donde apoyé las manos y agaché la cabeza. Comenzó a recorrerme un sudor frío y pensé que era el comienzo de un mareo, pero me esforcé por ignorarlo.

Sabía que se me pasaría; por ello, me quité el bolso para dejarlo sobre la mesa y fui a ponerme los guantes y la mascarilla, para ir a sacar de la nevera la muestra que terminé de crear el día anterior.

Con mucho cuidado, eché la muestra en la probeta en la que haría la mezcla final. Me faltaba la última prueba: unir mi creación con otro líquido que, al hacer contacto, provocaría que cambiara toda la composición de ambos.

Aún con más cuidado, fui echando lentamente el líquido en mi mezcla, para fusionarlos. Cuando terminé, dejé todo a un lado y me quedé observando fijamente el interior de la probeta, con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

Solo debía esperar unos segundos, unos puñeteros segundos, pero no pude. Por más que quise, el sudor frío me hizo estremecer y la sensación de malestar aumentó mucho.

Me separé de la mesa de trabajo, quitándome la mascarilla y los guantes, agobiada. Ni siquiera me paré al entrar a quitarme la chaqueta y tuve la necesidad de bajarme la cremallera, para abrírmela. Un calor abrasador comenzó a apoderarse de mí.

Antes de marearme o algo peor, cogí el bolso de la mesa, porque dentro tenía toallitas y un neceser, y salí del laboratorio buscando el contacto de las paredes. Lo hice ayudándome de una mano, protegiendo la que tenía vendada.

No quise preocupar tan pronto a Lyn, por lo que fui directa al baño que había a unos metros de distancia.

Me dio tiempo a llegar y a mojarme la cara con agua fría, lo que por unos segundos fue un alivio. Pero todo cambió tan rápido y fue tan aparatoso, que no fui capaz de entender la situación cuando me caí al suelo.

Un pitido muy fuerte en los oídos, doloroso, me hizo taparme las orejas, curvada hacia delante.

Solté un gemido por el dolor intenso y cuando se calmó lo suficiente para soportarlo, o fue porque dejé de escuchar bien, me puse de pie con dificultad y fui hasta la puerta del baño, para saber qué mierda había pasado.

Lo que acababa de sucederme no había sido cosa de mi malestar, sino de algo que tenía que ver con la empresa. Lo comprobé en cuanto abrí la puerta, la que casi se cayó al suelo al moverla. Entonces me encontré con el caos que había montado fuera, en el pasillo.

Pude escuchar una alarma sonando constante, pero no lo fuerte que debía ser. Se me habían dañado los oídos por una explosión y tardaría en poder escuchar bien.

Desorientada y confusa, caminé pegada a la pared de piedra, viendo con miedo algunos laboratorios caídos. Entendí que alguno había explotado, pero no…

Me paré de golpe al escuchar algo que me impactó, entre el polvo en suspensión, los gritos y el destrozo que había.

—¡Zoe! —gritó Lyn—. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡Zoe! —gimió.

Mi amiga estaba en lo que debería ser la entrada a mi laboratorio, donde ya no había nada. Entonces me di cuenta de que la explosión había salido de mi laboratorio, ya que era el más derrumbado.

Jadeé y contuve la respiración, sin comprender qué narices había sucedido.

Se me llenaron los ojos de lágrimas, cuando vi a Lyn llorando desconsolada, llamándome a gritos porque pensaba que estaba dentro. Nerea la abrazaba, llorando también. Ambas tenían cortes en la cara y en las manos. A Lyn se le sumaron más, por los anteriores del accidente en moto.

Contuve la respiración al ver a Santi tumbado en el suelo, mientras César le hablaba inclinado sobre él.

Brad apareció justo en ese momento. Salió aturdido al pasillo, donde se encontró con Rita. Se abrazaron y después caminaron hacia los demás.

—Lyn —la llamé, pero mi voz fue solo un susurro.

Tragué saliva.

—No, no… ¡Zoe! —volvió a gritar mi amiga.

—¡Lyn! —conseguí alzar la voz—. ¡Estoy aquí! ¡Soy yo!

Se giró de golpe hacia mí y con los ojos abiertos al máximo, vino corriendo hacia mí, saltando los escombros que se habían formado de la explosión.

—¡Dios, estás bien! —exclamó llorando—. Pensaba… Pensaba que… Joder.

Lloró más fuerte, abrazada a mí, y la sujeté con firmeza, a pesar de que todo me daba vueltas. Nerea se unió al abrazo y a las lágrimas, mientras los demás nos miraban muy emocionados también.

—¿Dónde está Rhys?

La pregunta de Brad nos dejó a todos congelados. Nos miramos unos a otros.

—Mierda —jadeó Nerea—. Yo lo he visto venir hacia aquí —dijo, con la vista fija en la entrada destrozada de mi laboratorio.

Agrandé los ojos.

—¿Cuándo ha sido eso? —le pregunté, sacando fuerzas de donde no sabía que las tenía.

Lyn y yo nos ayudamos a movernos, para acercarnos al otro lado junto a Nerea.

—Hace… Hace poco rato —continuó hablando Nerea, contestándome—. Lo vi venir hacia aquí cuando yo salí de mi laboratorio para ir al de César, porque necesitaba una herramienta que tenía él. Antes de entrar en el laboratorio de César, me fijé en que Rhys entraba en el tuyo. —Me miró nerviosa.

Yo miré con miedo a Lyn y después a Brad.

—No —susurré—. No…

Me solté de mi amiga y fui hasta las piedras que se habían derrumbado, las que tapaban la entrada de mi laboratorio.

—No… ¡No, no, no! —grité, cayendo de rodillas al suelo—. Por favor —gemí.

—Chicos —nos llamó César, pero yo no podía prestar atención a nada que no fueran las piedras que me separaban de Rhys—.

Lo siento mucho, yo tampoco quiero irme, pero la zona es muy inestable.

No podemos estar mucho tiempo aquí y necesito ayuda para sacar a Santi.

La explosión ha dado de lleno en su laboratorio.

Con ganas de vomitar, me eché hacia delante, para apoyar las manos en el suelo. Comencé a respirar con dificultad, entre el polvo y el ataque de ansiedad que estaba entrándome.

Unos ruidos me hicieron levantar la cabeza y se me partió aún más el corazón al ver a Brad llorando, mientras movía piedras de la entrada para sacar a su amigo de dentro. Con la mayoría de ellas lo intentaba, pero no podía.

—Brad —lo llamé, pero no me oyó.

¿Qué ocurría cuando un impacto era tan grande que no sabías si podrías remontar? ¿Qué sucedía cuando algo dentro de ti se rompía para siempre y moría? ¿Cómo se seguía adelante cuando algo que no sabías que era vital para ti, dejaba de existir?

Solté un grito de rabia e impotencia. De culpa.

De una culpa muy grande porque yo había provocado el daño.

Sentí miedo, mucho. El pánico se aferró a mi pecho, mientras Lyn se arrodillaba a mi espalda y me abrazaba con fuerza, para no dejarme caer mientras lloraba conmigo y con Brad.

Con él desde la distancia, como los demás.

La pena me consumió, porque Rhys no estaba. Él había querido insistir para hablar conmigo, después de negarme yo, y eso lo había traído hasta mi laboratorio, justo en el peor momento.

No. No había nada que pudiera calmar el dolor.