La provocación del escocés Capítulo 40
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Capítulo 40

—Eh, Zoe.

Me giré al escuchar mi nombre, sonriendo. Nerea acababa de salir de su casa, al igual que yo había hecho segundos antes.

En este momento estaba montada en la moto, esperando a que Lyn saliera para irnos a la empresa.

—Buenos días —le dije cuando se paró a mi lado.

—Buenos días, preciosa —me sonrió.

Nos dimos un beso en la mejilla.

—¿Ayer te dieron hora en la peluquería? —se interesó.

Tanto ella como Rita sabían que la tarde anterior iba a pasarme por la peluquería, y como Nerea no había visto ningún cambio en mi pelo, pues su pregunta era la más normal, teniendo en cuenta que no sabía nada de lo que me sucedió.

—No —contesté sin ganas—. Ya te contaré, pero no me fue nada bien.

Agrandó los ojos.

—¿Qué dices? ¿En serio?

Asentí.

—Joder. —Hizo una mueca.

—Hola, guapa —la saludó Lyn, por la espalda.

Enseguida se puso a su lado.

—Hola —le correspondió Nerea—. Os dejo libres. Nos vemos en la empresa.

Dio un paso hacia atrás, separándose de la moto.

—Voy a la casa a meterle presión a Rita, porque al final llegamos tarde —suspiró.

Lyn y yo le sonreímos antes de que se fuera.

Le di su casco a Lyn y nos los pusimos a la vez. Con agilidad y experiencia, para desgracia de mi amiga, se montó detrás de mí.

—Hoy va a ser un gran día —dijo para animarme.

—Claro —confirmé, sonriendo.

La tarde anterior tuve que retener a Lyn, ya que, al contarle lo de la peluquería, se embaló y quiso ir hasta allí para decirles varias cositas. Lógicamente, no la dejé y, por si acaso, le hice prometerme que no se acercaría nunca a esa peluquería. Ella sabía cuál era.

Arranqué la moto y me puse en marcha. El día estaba muy nublado, pero esperaba que aguantara sin llover hasta que llegáramos a la empresa. Teníamos un buen paseíto hasta ella, así que todo podía pasar en estas tierras.

Una vez a las afueras de la ciudad, aceleré un poco más de la cuenta cuando accedí a la última carretera que llevaba directamente a la empresa.

—Carlos me ha dicho hace un rato que Noa y él ya lo tienen todo preparado —alzó la voz, para que la escuchara bien.

Sonreí.

—¿Te ha llamado? —imité su tono.

—No. Le he escrito para recordarle que mañana volaba hasta Escocia y estaba despierto. Nos hemos escrito varios mensajes.

—Qué ganas tengo de tenerlos aquí —dije con ilusión.

—Y yo. Nos lo vamos a pasar genial este fin de semana, el que comenzaremos a lo grande yendo a buscarlos al aeropuerto el viernes por la tarde.

—Quedan horas.

—¡Sííí…!

Reí con ganas por el grito que soltó. Incluso levantó un brazo, separándolo de mi cuerpo.

Sonriendo, viendo muy a lo lejos la forma del castillo que acogía a la empresa, continuamos circulando en silencio y a buen ritmo. Era de agradecer los pocos vehículos que nos habíamos cruzado desde que comenzamos a venir solas.

La conducción no podía ser más tranquila.

A mala hora lo pensé porque la tranquilidad se nos acabó de repente, aunque en un principio pensé que pasaría de largo y la recuperaríamos.

Una de las veces que miré por el retrovisor para controlar nuestras espaldas, encontré la diferencia de que en esta ocasión sí teníamos un coche detrás.

No me fijé demasiado, simplemente continué a mi velocidad, avanzando por la carretera. Hasta que los ojos se me fueron de vuelta al retrovisor, lo que me hizo fruncir el ceño.

—¿Qué narices…? Joder…

—¿Qué pasa? —me preguntó Lyn.

—El coche de atrás se está pegando mucho, pero no adelanta.

Entonces Lyn, en una reacción espontánea, giró la cabeza hacia atrás para mirar por encima de su hombro.

—Zoe…

—¿Qué? —le pregunté, a pesar de que sabía lo que iba a decirme.

—¿Es legal llevar el parabrisas tintado?

—No.

Fruncí el ceño, observando al vehículo por el espejo.

—Pero… ese lo lleva y no se ve quién hay dentro.

—Ya. Agárrate bien —le pedí.

Hasta que no estuvo bien sentada y con ambos brazos rodeándome la cintura con fuerza, aceleré, sobrepasando bastante el límite de velocidad. Lyn soltó un jadeo y se apretó más a mí.

—Solo será un momento, quiero comprobar… Mierda —dije.

—¿Qué?

—Vuelve a seguirnos de cerca.

—¿Eso qué significa? —Gimió.

—Que no tiene la intención de separarse de nosotras.

—Joder, joder… Esto no me gusta nada, Zoe.

Me quedé callada porque a mí tampoco me gustaba la sensación que se había apoderado de mí. Por suerte para nosotras, la empresa fue haciéndose cada vez más visible.

—Ya llegamos —comentó feliz.

—Sí —confirmé, sin perder de vista el vehículo que nos seguía y la carretera por delante.

Seguirnos… pero ¿por qué? ¿A qué venía que nos siguieran a Lyn y a mí? En lo único que pensé fue que la moto estaba relacionada con algo que afectaba a quien estuviera en el coche de atrás, porque si no, no me entraba en la cabeza cómo era posible lo que estaba sucediendo.

Tenía lógica pensar que la moto había estado implicada en algo. No lo había preguntado, pero teniendo en cuenta que Sheena la consiguió de una empresa de alquiler… A saber.

—Mierda… —Siseé, acelerando a tope.

Lyn jadeó y pegó su cuerpo más al mío.

—¡Zoe!

—Ya estamos llegando. Tranquila.

—¿Qué está pasando?

—No tengo ni puñetera idea, Lyn. Estoy como tú. La única persona, o personas, que lo saben van dentro de ese coche y como comprenderás, no voy a pararme para preguntarles qué narices están haciendo.

—Ni se te ocurra frenar ni un poco —habló con miedo.

Fruncí el ceño, en tensión, cuando vi que el coche aceleraba también y volvía a pegarse demasiado. Esta vez lo hizo tanto que pensé que tocaría la moto. Contuve la respiración, la que recuperé de una bocanada cuando el vehículo pareció frenar.

De repente hubo bastante distancia entre nosotros y me aproveché de ella, para mantener la velocidad. La aumenté lo máximo que pude, pero para mi mala suerte, ese fue un comienzo que no iba hacia buen final.

—Joder… ¡¡Agárrate!!

—¿Qué…?

La pregunta de Lyn quedó interrumpida cuando el vehículo, en un visto y no visto, se puso a nuestro lado, en paralelo, y de buenas a primeras se echó encima de nosotras.

Mi amiga gritó. Yo no pude dejarme llevar por el pánico para no perder el control de la moto. Me vi obligada a salir de la carretera con un giro brusco, para abrirme camino sobre la hierba. No supe cómo no nos caímos en ese mismo instante.

Si hubiera ido a una velocidad normal, controlada, no habría supuesto un problema. Pero íbamos tan rápido, circulando por un terreno inestable de tierra, piedras y palos, que mantener el manillar recto cada vez se me complicó más.

Nuestra mala suerte continuó cuando en nuestro camino nos encontramos directamente con una piedra bastante grande, casi invisible a la vista, por lo larga que era la hierba. La rueda delantera la pisó y ambas, la piedra y la rueda, salieron disparadas hacia lados contrarios.

Escuché gritos, los de Lyn y los míos, al mismo tiempo que noté cómo mi cuerpo salía despedido de la moto. Perdí el contacto con Lyn y con la realidad, cuando todo se cubrió de oscuridad. Una oscuridad que no debió durar mucho.

—¡No le quites el casco!

Fruncí el ceño al escuchar la voz de Rhys.

—No voy a hacerlo.

Ese era Brad.

—¿Por qué no abren los ojos? —preguntó nervioso Brad.

Rhys no le contestó. No volví a oírlo y me sumí de nuevo en la oscuridad.

Al sentir un hormigueo en el cuerpo, moví los párpados, hasta que conseguí levantarlos con esfuerzo.

—Zoe… —susurró Rhys.

—Sí —murmuré.

—Joder. ¡Se ha despertado! —exclamó hacia Brad.

—Lyn lo está haciendo ahora. Vamos, preciosa —la animó Brad.

Intenté moverme para mirar a mi amiga, pero Rhys no me lo permitió. Con el ceño fruncido metió los dedos por la apertura del casco, para acariciarme una parte de la cara.

—La ambulancia viene de camino —me dijo.

—Estoy bien. Solo… me he llevado un buen golpe.

—Da igual. Te van a revisar, al igual que a Lyn. Es lo mínimo.

—¿Cómo nos habéis encontrado? ¿Qué hacéis aquí? —pregunté desconcertada—. La moto no debe verse desde la carretera, estará tumbada por algún lado.

—Hemos visto lo que ha sucedido. Íbamos detrás de vosotras, pero hemos aparecido demasiado tarde. Cuando nos hemos dado cuenta de lo que estaba pasando, a los pocos segundos te han sacado de la carretera y después de recorrer un buen tramo de hierba, has perdido el control de la moto.

—Iba muy rápido —suspiré.

—Lo sé.

—¿Lyn? —la llame.

—Estoy aquí.

Mi amiga habló tan bajo que me costó entenderla, pero solté un suspiro de alivio.

—No quiero moverme —añadió.

Hice una mueca, preocupada por ella.

—¿Te duele algo mucho que no puedas mover? —le preguntó Brad.

—Me duele todo, pero no noto un dolor agudo. No sé si es buena señal o no.

—Eso es muy bueno —la intenté animar.

—¿Y tú cómo estás? —Quiso saber Lyn.

—Igual que tú.

—¿El coche…? —Dejó en el aire la pregunta Lyn.

—No se ha parado cuando os ha sacado de la carretera. —contestó Brad—. Se han largado tan rápido como iban.

—Porque nosotros estábamos detrás —habló Rhys.

Me quedé mirándolo fijamente y él, como si supiera que necesitaba contacto y afecto, me agarró de una mano y me la calentó con la suya.

—Todo va a ir bien —susurró.

Asentí.

—¿Habéis visto quién conducía? —me preguntó.

—No —respondí.

Frunció el ceño.

—Es coche ha estado muy cerca de la moto.

—Ya… pero tenía tintado el parabrisas y no se veía el interior del vehículo.

Mi aclaración lo sorprendió tanto como a mí darme cuenta de ello.

—¡Ya ha llegado la ambulancia! —avisó Brad.

Le apreté la mano a Rhys y agradecí que no me soltara ni se separara de mí, ni cuando un hombre de los de la ambulancia se arrodilló a mi lado.

Después de hacerme varias preguntas y de hacer unas comprobaciones, en las que todo salió bien, entre él y Rhys me ayudaron a levantarme y me llevaron hasta la ambulancia.

Entonces vi a Lyn tumbada todavía en la hierba, con Brad a un lado y al otro, el segundo hombre de la ambulancia. Brad estaba explicando lo que había sucedido.

Me senté en una camilla y esperé a que me hiciera varias pruebas más.

—Todo está bien, aparte de los golpes —nos dijo a Rhys y a mí.

—¿Y la cabeza? —le preguntó Rhys—. ¿Puede quitarse el casco?

—Eso lo harán en el hospital. Túmbate, por favor —me pidió.

Lo hice despacio y con la ayuda de Rhys. Después de unos segundos en reposo, el hombre que estaba atendiéndome continuó con sus comprobaciones, moviéndome con mucho cuidado.

—Lo del casco es por precaución —me dijo.

—Vale —susurré.

—No está acostumbrada.

Al escuchar a Lyn, sonreí.

—Quiero decir… —Carraspeó mi amiga—. Que antes de este accidente solo tuvo uno, en todos los años que lleva conduciendo motos, y no fue su culpa tampoco. Por eso no está acostumbrada a verse así por la moto.

—Habéis tenido suerte al caeros en la hierba, si llega a ser sobre el asfalto… —comentó el hombre que atendía a Lyn.

—Venir a Escocia para coger la baja es lo más —comentó Brad, consiguiendo que todos riéramos.

Todos menos Rhys. La seriedad de su expresión no había variado en ningún momento, desde que abrí los ojos y lo vi.

—Aunque parece que estáis bien, vamos a llevaros al hospital para terminar de asegurarnos y para que se encarguen de los cascos. Allí descartarán posibles daños mayores y, sobre todo, os mirarán bien las cabezas —dijo el hombre de mi lado.

—Poneos cómodos —nos pidió su compañero.

El último se quedó con nosotros en la parte trasera; el otro se bajó y cerró las puertas, para ir frente al volante.

—Tu coche y la moto… —comenté.

—Ya no están aquí —dijo Rhys.

—¿Dónde…?

—He hablado con Sheena para contarle lo que había pasado y ha venido en coche personalmente, mientras estabais inconscientes. Se ha traído a dos personas más, para que una se llevara tu moto y otra mi coche, mientras que Sheena ha regresado a la empresa en el suyo —me contó.

—Vale —susurré—. Gracias.

—Sheena quería quedarse. Estaba muy preocupada y nerviosa, pero le he pedido que se fuera porque Brad y yo lo teníamos controlado. Ha sido ella la que se ha encargado de llamar a la ambulancia y de hablar con la chica que le ha atendido la llamada. Después se ha quedado un rato más.

Sonreí.