La provocación del escocés Capítulo 39
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Capítulo 39

Me encantaba caminar por las calles de la ciudad, me hacía volver a un pasado que tenía muchísima historia en cada rincón.

Lyn y yo habíamos pasado por el puente de Stirling dando un paseo, hasta el otro lado del río. El castillo y el monumento de William Wallace los estábamos reservando para ir a verlos con Noa y Carlos.

Faltaban dos días para que llegaran y eso nos tenía a los cuatro emocionados y muy contentos. También estaba muy tranquila y feliz porque Carlos se había recuperado estupendamente, aunque aún llevaba con él alguna marca.

Solo era cuestión de tiempo y estaba deseando que llegara ese momento por mi amigo. No debía ser fácil mirarse al espejo y tener un recordatorio del daño que te hizo tu padre. No sabía nada nuevo de ese hombre, pero esperaba que se cumpliera la ley con él.

El no saber era bueno, ya que eso quería decir que el padre de Carlos continuaba provisionalmente en la cárcel. En cuanto hubiera alguna novedad Carlos nos la contaría, de manera que todo estaba perfecto.

Me ajusté al cuello la bufanda, sin dejar de caminar con calma. Sonreí en cuanto vi la peluquería a unos metros por delante de mí.

Siempre pensé que, un día como hoy en el que estuviera decidida a darme un buen corte en el pelo, llegaría a la peluquería con una idea más o menos clara y con muchas imágenes para enseñarle a la peluquera.

No había sido así. Ni había buscado imágenes de cortes de pelo ni tenía ni idea de lo que quería hacerme. Iba a llegar a la peluquería pidiéndole consejo a la peluquera, para que me orientara y entonces, con sus consejos, hacerme una idea para visualizarme.

Aunque todavía no sabía si podría cogerme ahora. Lo dudaba, pero por probar suerte… Ahora que estaba decidida, quería hacerlo cuanto antes mejor. Me había entrado la urgencia.

Al llegar a la puerta de la peluquería, la empujé y entré.

—Hola —me saludó una de las chicas, la que estaba lavándole la cabeza a una señora.

Eran dos trabajando; la otra estaba secando y peinando a otra clienta.

—Hola. Buenas tardes —dije hacia todas.

—Dame un momento, por favor —me pidió la chica que estaba con el secador.

—Claro. Tranquila —sonreí.

Me senté en el sillón que había al lado de la entrada, donde me pidió la otra chica, con un gesto.

Saqué el móvil del bolso e hice una foto, para entrar después en la aplicación de mensajes. Entré en la conversación del grupo en el que estábamos Lyn, Noa y yo.

Zoe: Mirad dónde estoy ya.

A continuación, adjunté la fotografía del asiento de la peluquería que había sacado en la foto. No salía nadie en la imagen.

Noa: ¡Ay, que vas a hacerlo de verdad! Pensaba que no te atreverías. Ja, ja, ja…

Zoe: Bueno, acabo de llegar y no he pasado de la entrada, donde estoy sentada en un sofá. No me digáis muchas cosas porque todavía puedo salir corriendo. Ja, ja, ja…

Lyn: No te eches para atrás, que llevas mucho tiempo con la idea en la cabeza. Aunque te asuste, quieres hacerlo.

Zoe: Sí. Tranquilas, que todavía estoy en la peluquería.

Noa: Ja, ja, ja…

Lyn: Ja, ja, ja…

Zoe: No sé si podrán cogerme ahora.

Lyn: Si necesitas que vaya para darte ánimos y apoyo, solo tienes que decírmelo y salgo corriendo.

Zoe: Olvídate de mí. Tú sigue disfrutando.

Noa: Un momento… ¡Pensaba que estabais juntas! ¿Dónde te has metido, Lyn? ¿Con quién estás disfrutando, pillina?

Lyn: Ja, ja, ja… Estoy con Brad. Ahora mismo en una pausa del episodio que estamos volviendo a ver. Nos falta la mitad de este y otro más.

Noa: ¿Cuándo vas a olvidarte de la puñetera serie y de tantos episodios, para lanzarte a meterle mano a Brad?

Lyn: ¿Qué dices? Drew está con nosotros.

Noa: Joder, pues menudo aguafiestas. Ya le vale a ese. ¿No sabe lo que es la intimidad?

Lyn: Se ha sentado hace poco a nuestro lado, en el sofá. No tardará en dejarnos solos otra vez. Siempre se queda un rato cuando me ve, para ser amable.

Noa: Ah, bueno, ya me cae algo mejor. ¡Entonces no tienes excusa para meterle mano a Brad! ¡Y anda que te has sorprendido cuando te lo he dicho! Ja, ja, ja… Vas y me sueltas lo de Drew. Amiga, te mueres de ganas por toquetear a Brad. Ja, ja, ja…

Lyn: Estás fatal.

Noa: Lo que tú digas, pero no lo niegas. Así que…

Noa: ¿Zoe? ¿Al final te han cogido? Mierda, no nos ha avisado.

Zoe: Estoy aquí, leyéndoos muy entretenida. No me he movido todavía.

Zoe: Pero ahora sí que os dejo. La chica que me ha pedido que espere va a cobrarle a la clienta con la que acaba de terminar.

Lyn: ¡Ay, qué nervios!

Noa: Joder, me estáis poniendo nerviosa hasta a mí. Ja, ja, ja… Si puede atenderte, avísanos para prepararnos, para cuando nos des la sorpresa.

Zoe: Sea lo que sea, os lo digo. Besos, preciosas.

No esperé a leer sus últimos mensajes, ya que la clienta salió de la peluquería. Me levanté del sofá y fui hasta el pequeño mostrador donde me esperaba una de las peluqueras.

—Perdona el retraso —se disculpó.

—No pasa nada —sonreí e imitó mi gesto—. No sé si esta tarde podría ser… Quiero cortarme el pelo, pero mucho. Estoy pensando en un buen cambio.

Me eché la melena hacia un lado y le indiqué con los dedos por dónde podría cortármela.

—Aunque no tengo nada pensado. Si pudieras aconsejarme…

—¿Tu nombre?

—Zoe.

—Encantada, Zoe. —Asintió al decir mi nombre—. Yo me llamo Effie.

—Igualmente, encantada.

—Lamento decirte que no voy a poder atenderte para ese cambio que buscas.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo?

—Lo siento. Si quieres algún baño de color, un tinte, unas mechas, lavar y peinar, o cualquier otra cosa, estaré encantada de atenderte.

—No lo entiendo. Esto es una peluquería.

—Claro, pero no puedo ayudarte con el corte.

—Acabas de dejarme fuera de juego… —susurré.

Negué con la cabeza.

—¿Por qué? ¿Por qué no puedes cortarme el pelo?

—Llevo unos días que no tengo bien las manos. No tengo fuerza y aquí evito todo lo que tenga que hacer que suponga forzarlas —me sonrió con vergüenza.

Bajé la mirada hasta sus manos. Lo primero que me vino a la mente fue todo lo que había visto desde que entré en la peluquería.

—No voy a arriesgarme a cortarte mal el pelo. Tienes una melena preciosa, por cierto.

—¿De verdad no vas a atenderme?

La situación terminó por descolocarme cuando vi de reojo a la otra peluquera susurrarle algo a su clienta, inclinada hacia ella. Estaba segura de que le estaba diciendo que no hablara, porque la situación era rara de narices.

Centré de nuevo la atención en Effie. Me tomé unos largos segundos para analizarla, para darme cuenta de que no había malicia en su expresión, ni la transmitía. Más bien, lo que desprendía su mirada era arrepentimiento y pesar, lo que me pareció más extraño todavía.

Hice una respiración profunda, jodida por la situación, y tomé la decisión de largarme. ¿Para qué iba a hablar más y retrasarlo?

—Adiós y gracias —dije de mala gana, antes de darle la espalda.

Caminé hasta la puerta, sin pararme a mirar hacia las otras dos. No aparté la vista de la maneta de la puerta y cuando tiré de ella, con más fuerza de la normal por la rabia que sentía, conseguí hablar mostrándome bastante tranquila.

Teniendo en cuenta el fuego que ardía en mi interior…

—Todavía no sé lo que acaba de pasar —dije, con la vista en la calle—, pero te aconsejo que la próxima vez te curres más las excusas, Effie. Si otra hubiera estado en mi posición, te la habría liado. Tal vez de una manera muy desagradable para ti.

Escuché a mi espalda un jadeo, pero no supe de cuál de las tres salió. Poco me importó.

—No quiero juzgarte, pero ten claro que no soy tonta, así que no se te ocurra volverme a tratar de esa manera.

No puedes ponerte delante de mí, secando y peinando el pelo de una clienta, haciendo fuerza para dominarlo, moviendo las manos sin una mueca de dolor ni con unas puñeteras muñequeras, para después soltarme que tienes las manos mal y que por eso no puedes coger unas míseras tijeras para cortarme el jodido pelo.

Giré la cabeza hacia el mostrador, de donde Effie todavía no se había movido. Solo tuve que verle la cara para saber que, como ya esperaba, porque no había otra posibilidad, me había mentido.

No lo entendí, pero tampoco quise entenderlo porque me dio asco estar más tiempo cerca de esa gente. Con un cabreo monumental salí de la peluquería y cerré de un portazo. Qué a gusto me quedé de que toda la puñetera cristalera de la peluquería temblara por el impacto.

Caminando por la calle, alejándome de la zona, saqué el móvil del bolso. Lo desbloqueé y entré en la aplicación de llamadas, para marcar el número de Noa. A Lyn no quise molestarla.

—Te han dado hora para otro día —dijo Noa, al descolgar.

—Una mierda vuelvo yo a esa peluquería —hablé con rabia.

—¿Qué narices ha pasado? —me preguntó sorprendida.

—Que me han echado. No han querido atenderme y me han dado una excusa de mierda.

—¿Qué dices? —Jadeó con fuerza.

—Lo que oyes. Tengo tanta rabia que estoy a punto de llorar. ¡Joder! —alcé la voz.

Me paré en medio de la calle, con el pecho subiendo y bajándome acelerado, por lo nerviosa que estaba.

—Cariño… Intenta relajarte para controlar la respiración. A ver si va a darte un ataque de ansiedad.

—Creo que ya la tengo —susurré.

Caminé despacio hacia un banco que había en una pequeña placita.

—Pues tranquilízate.

Me senté despacio en el banco y cerré los ojos en cuanto mi espalda tocó el respaldo.

—Con lo que me ha costado decidirme… Tendría que haberlo hecho en España.

—En esa ciudad debe haber más peluquerías y si no, pues en otra ciudad. En Glasgow o en Edimburgo te harán lo que quieres, sí o sí.

—Ya…

—¿Por qué no das una vuelta por ahí y buscas otra peluquería?

—No me apetece —murmuré—. Me han quitado las ganas de todo.

—De eso nada, ¿eh? Quedan dos días para que pueda abrazarte y si hace falta, compramos unas tijeras en condiciones y te doy un buen repaso yo.

Sonreí, a punto incluso de reír.

—Gracias —suspiré.

—No digas tonterías. Joder, qué rabia me ha entrado. Cuéntame todo lo que ha pasado.

Fue lo que hice, sin ganas, pero le detallé todo lo que había sucedido desde que dejé de escribir en el grupo.

—Pero qué mierda… No lo entiendo. ¡Te suelta eso de las manos y se queda tan ancha! Para flipar. —Bufó.

—Yo tampoco entiendo nada. No quiero hablar más del tema.

—Vale. Nada de peluquerías, de peluqueras y de idiotas sin remedio. Tienes razón.

Sonreí.

—¿Ya has llegado a la casa? —me preguntó.

—No. Te he llamado nada más salir y me he sentado en un banco al notarme muy alterada.

—Has hecho muy bien, cariño, pero ahora que estás un poco mejor, vete a la casa. Debe hacer frío ahí parada.

—Sí —susurré.

—Te quiero mucho.

—Yo también.

—Anímate, por favor.

—Dentro de poco se me habrá pasado la mala leche. Es por la impotencia, me he sentido tan mal…

—Lo sé —susurró.