La provocación del escocés Capítulo 38
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Capítulo 38

—Si estás segura, adelante, cariño —dijo mi madre sonriendo y le devolví el gesto.

La había llamado por videollamada, para verlos. Por ahora solo la había visto a ella, ya que mi padre estaba terminando de ducharse.

—Estoy decidida a hacerlo —hablé convencida.

—No tienes que darle tantas vueltas. El pelo crece y a ti muy rápido. Además, vas a estar igual de preciosa con melena o sin ella.

—Cuesta hacer cambios tan drásticos. Déjame que me lamente. Eres mi madre y tienes que aguantarme.

Ella rio y yo volví a sonreír.

—Ay, hija, llevo aguantándote desde que te llevaba en la barriga, así que imagínate.

—Oye… ¡No me ataques de esa manera! —exclamé, haciéndome la ofendida.

—¿Qué decís de barriga y ataques? ¿Qué pasa?

Sonreí al escuchar a mi padre. Apareció a la espalda de mi madre y colocó las manos en sus hombros, inclinándose hacia la pantalla.

—Hola, cariño.

—Hola, papá.

—Ahora que te quedas con ella, antes de que sea más tarde, voy un momento a la casa de Begoña. Tiene unas telas para darme —le dijo mi madre a mi padre.

—Ve tranquila.

Se dieron un beso en los labios y ella se levantó. Mi padre ocupó la silla que mi madre dejó libre.

—Dale recuerdos a Begoña —le pedí.

—De tu parte, hija, pero será mañana. Si le digo ahora que estamos hablando contigo, comenzará a hacerme preguntas y no llegaré a tiempo a que cuelgues.

—No vas a llegar a tiempo igualmente —comentó mi padre con diversión.

Ella bufó, pero después rio porque sabía que él tenía razón.

—Cariño, si no nos vemos más hoy, que vaya muy bien lo que queda de tarde y sal de casa para cortarte el pelo. ¡Es una orden! Si lo haces, mándanos fotos con el resultado. Te quiero.

—Yo también te quiero, mamá. Y no te preocupes, que si me hago algo, seréis de los primeros en saberlo.

Mi madre se fue contenta y mi padre y yo nos quedamos sonrientes.

—¿Qué es lo de que te vas a cortar el pelo? A ti siempre te ha gustado la melena que tienes.

—Eso mismo. No puede ser más fácil y claro de entender —reí.

—Perdona, listilla, pero te recuerdo que eras tú la que llorabas cada vez que se te caía un pelo. El drama que hacías… Y ya no te digo nada cuando tu madre te llevaba a la peluquería para mantenerte la medida y a la peluquera se le iba la tijera unos centímetros…

—¡Eso era de pequeña! —exclamé, defendiéndome.

Mi padre sonrió de medio lado y yo puse los ojos en blanco, cuando me pidió con un gesto de la mano que tirara más alto.

—Valeee… Quizás fuera de pequeña y de adolescente. Ya está.

Carrespeó y reí, pero me negué a sumar más tiempo.

—¿Por qué ese cambio? No hablo del corte, sino del pensamiento. Algo ha debido impulsarlo.

—Porque me apetece —contesté, encogiéndome de hombros—. Estoy aburrida de estar siempre igual.

—¿Eso no se hace cuando se necesita también un cambio radical en la vida?

Su pregunta me dejó callada de golpe.

—¿Es eso? ¿Lo necesitas?

—Solo quiero verme diferente, papá —insistí.

Me cansé de estar tumbada en la cama y me senté, con las piernas flexionadas y mirando hacia la pantalla. El móvil continuó apoyado en la almohada, donde lo puse para hablar con mi madre. Hacía un rato que la llamé.

—¿Qué ha cambiado?

—Todo está bien, papá.

Él se acercó a la cámara. Apoyó los brazos en la mesa y sentí cómo me miraba fijamente, como si lo tuviera delante y pudiera tocarlo.

—Dame una razón convincente y te creeré. Hasta entonces, lo único en lo que puedo pensar es que te está pasando algo y lo peor de todo, es que lo estás negando y no quieres contármelo.

—Papá… —suspiré.

—No. Zoe. Estás muy lejos, así que hazme el favor de no empezar ahora con los secretitos. ¿Qué pasa? ¿Qué necesitas cambiar de tu vida? ¿Por qué estás aburrida? Es la primera vez que dices cosas así y te conozco como para saber que con anterioridad ni siquiera habrías pensado en cortarte el pelo.

—No quiero ocultarte nada a propósito.

—Pues entonces no lo hagas. Si para ti es importante, para mí lo será de igual manera.

Siempre voy a escucharte y te aconsejaré según mi experiencia y mi madurez.

Puedo equivocarme, claro que sí. Igual que tu madre.

Pero sabes que todo lo que te digamos está basado en el amor y si tenemos que rectificar, lo hacemos.

—Ya lo sé, papá. Tengo unos padres maravillosos —sonreí y bajé la mirada al nórdico—. Últimamente vivo constantemente agobiada. Es solo eso.

—¿Hay algo que te agobie especialmente? ¿Tiene que ver con estar en Escocia o con el trabajo?

—Me agobian ciertas situaciones en las que siempre está cierta persona —dije haciendo una mueca.

—Entiendo.

Se frotó la barbilla.

—¿Nos has hablado de esa persona en algún momento? ¿La has conocido en Escocia y viajó contigo desde España?

—Está en mi equipo.

—Vamos reduciendo las posibilidades —comentó pensativo.

Reí.

—Es un compañero, se llama Rhys, y hasta hace muy poco no existía para él.

—¿Qué quieres decir con lo de que no existías?

—Me ha ignorado desde siempre. La primera vez que lo vi le di un buen pisotón y no se lo tomó bien. Después de ese momento comencé a ser invisible para ese hombre.

Me encogí de hombros, mientras que él elevó las cejas.

—Por un pisotón… —repitió y asentí—. No me cuadra algo.

Ladeó un poco la cabeza, mirándome con mucha atención.

—¿Qué?

—Has dicho: Últimamente vivo siempre agobiada y es por cierta persona.

—Sí —le confirmé.

—Ya… Y entonces me pregunto, si Rhys trabajaba y trabajará contigo en la empresa de España y hace años que os conocéis, ¿por qué tu agobio es últimamente?

Tendrías que sentirte de esa manera desde hace años, o no, porque deberías tenerlo superado para que lo que hiciera o no hiciera ese hombre, a ti te importara una mierda.

Me quedé callada, pensativa.

—Zoe… Hija.

—Estoy bien.

—No. No lo estás. Otra cosa es que hayas aprendido a convivir con esas ciertas cosas que te afectan, aunque te cueste reconocerlo en voz alta.

Eso no puede ser porque el daño te lo haces tú.

Y te estoy diciendo todo esto sin tener ni idea de qué situaciones te agobian, en las que siempre está el mismo hombre: Rhys.

—Desde que comenzamos el viaje han pasado algunas cosas entre nosotros, pero lo más importante fue hace dos días.

—No quiero saber los detalles. Desde que ocurrió eso importante, ¿cómo está vuestra relación? ¿Te ha vuelto a ignorar?

—Sí —suspiré—. Aunque no tanto, porque ahora me mira de vez en cuando.

Elevó las cejas.

—Sabía que iba a ser complicado, así que tampoco me pilló de repente. No sé… El problema es que no esperaba que retrocediéramos tanto. Es una tontería y se me pasará, solo tengo que volver a adaptarme.

—Dilo tantas veces como quieras, pero la única que te lo vas a creer a la fuerza eres tú.

Solté un bufido.

—Papá, voy a dejarte ya —le dije, al comprobar la hora que era—. Quiero pasarme por la peluquería que está a unas calles, pero no quiero que se me haga tarde.

Negó con la cabeza, pero sonriendo, por la huida rápida que acababa de hacer.

—De acuerdo. Haz siempre lo que te haga sentir bien y segura, hija. Si lo que necesitas es un cambio de aspecto, adelante. Te quiero.

—Yo también te quiero —sonreí—. Gracias por escucharme y por favor, no estés preocupado por mí. De verdad que estoy bien.

—Ya hablaremos con más calma.

—Vale.

—¿Lyn te acompaña a la peluquería?

—No. Está en la casa de los vecinos. Ha ido para ver con Brad algunos episodios repetidos de una serie que les gusta a ambos.

Me ha preguntado si quería que se quedara conmigo, pero le he dicho que no.

Si me cogen en la peluquería, ella perderá el tiempo sentada, esperándome, cuando podría estar disfrutando como lo debe estar haciendo ya.

—¿Quiénes son vuestros vecinos, exactamente?

Apreté los labios, adelantándole la contestación. Mi padre arqueó una ceja.

—Brad y Rhys.

—Ya… ¡Cómo iba a ser de otra manera! —exclamó pensativo—. ¿Quién tuvo la oportunidad de elegir la casa que continuaba a la tuya?

—Rhys —contesté, después de recordar el momento—. Él fue el primero que se movió; Brad lo siguió.

—Eso pensaba —sonrió de medio lado.

—¿El qué? —le pregunté sin enterarme.

—Ya hablaremos, cariño, porque si no me equivoco, la próxima vez que nos veamos me contarás algunas novedades.

No me dio tiempo a preguntarle, me envió un beso y colgó la videollamada.

Solté un suspiro y me levanté de la cama, para ir al baño. Solo necesitaba peinarme y ponerme las deportivas, ya que estaba vestida para salir a la calle.