La provocación del escocés Capítulo 36
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Capítulo 36

Rhys

—Mierda… —gruñí.

—¿Qué? —preguntó Zoe, respirando con dificultad.

—Esto va de mal en peor. Ahora sí que no tiene arreglo —dije, con una voz que no parecía mía.

—No te…

No, claro que no me entendía. Ni yo mismo lo hacía, de manera que no esperaba que Zoe lo consiguiera siquiera. Por eso impedí que continuara, aparte de que necesitaba seguir besándola.

Podía convertirse en una puñetera adicción si no frenaba a tiempo, pero no quería hacerlo.

Volví a besarla. Me apoderé de su boca, con más intensidad que la vez anterior. Zoe gimió, provocando que me tensara. Los puñeteros sonidos que salían de ella me ponían a mil, al igual que cualquier cosa que hiciera, por mínima que hiciera.

Como en este mismo instante en el que colocó las manos en mi trasero, para apretarme más a ella, con necesidad.

Me eché hacia atrás, sin soltarla. La llevé conmigo cuando me separé del coche y a tientas, sin romper el beso, busqué la maneta de la puerta trasera, palpando con la mano hasta que la encontré.

Tiré de la maneta y abrí la puerta, dirigiendo a Zoe de espaldas a ella. Me separé un momento de su boca, para colocar una mano sobre su cabeza. De esa manera empujé ligeramente para que se agachara y evité que se golpeara con el marco de la puerta.

—Shhh… —Le pedí cuando se aferró a mi chaqueta con fuerza.

Entré su cuerpo lo suficiente para apoyar una rodilla en el borde del asiento y la ayudé a caer sobre él. Se quedó de espaldas y enseguida nos deslizamos por el asiento, para quedarnos completamente dentro del vehículo.

Me separé de ella el tiempo justo para cerrar la puerta y quitarme la chaqueta, la que lancé al asiento delantero.

Bastante más ligero, aunque no todo lo que necesitaba, con la rodilla todavía en el asiento, entre las suyas, me tomé un buen tiempo para admirar a la mujer que estaba tumbada a lo largo de los asientos traseros.

Era una preciosidad. Mi erección estuvo totalmente de acuerdo; con respecto a Zoe, siempre lo estaba. Mi miembro se movió, prisionero por las capas de ropa. Dio una sacudida que me hizo apretar la mandíbula y tensarme.

Me incliné hacia ella, sin romper el contacto visual.

Tenía las mejillas sonrojadas, del frío exterior y por el calor interno que sentía.

Sus ojos brillaban de una manera que nunca había visto anteriormente y sus labios entreabiertos, por los que dejaba salir el aire de manera entrecortada, estaban rojos, lo mismo que sucedía con la piel de alrededor de ellos.

La ayudé a quitarse el bolso y la chaqueta, para que no sintiera ningún agobio. Los lancé a la parte delantera, junto a la chaqueta, y a ambos nos dio exactamente igual estar dentro de un coche a plena luz del día y en medio de una pradera.

Era muy difícil que alguien nos viera o que se acercara a nosotros, de manera que no teníamos de qué preocuparnos.

Zoe me agarró del jersey y tiró de mí hacia abajo.

Mi cuerpo siguió el movimiento de su mano, con la necesidad de sentirla cerca otra vez.

Me quedé muy próximo a estar tumbado sobre ella.

Lo único que mantuvo una mínima separación entre nosotros fue mi rodilla en el asiento y uno de mis brazos apoyados a la altura de su cabeza.

Contuve la respiración cuando, sin esperármelo, puso su mano sobre mi miembro y me lo rodeó por encima del pantalón. Apreté la mandíbula, cerrando los ojos, en el momento en el que me lo apretó y acarició, alternando ambas cosas. Lo hizo lentamente, deslizando la mano.

La sensación era tan jodidamente buena, tanto, que tuve que pararle la mano cubriéndosela con la mía. Abrí los ojos en ese instante, encontrándome con los suyos muy cerca.

—Si no paras, me correré como si fuera mi primera vez. Estoy demasiado excitado y no lo puedo controlar. Ahora no.

Mi confesión la hizo soltar un pequeño jadeo. Tragó saliva y se mordió el labio inferior, lo que fue como una descarga directa a mi entrepierna.

—Joder —susurré.

Esta vez, el que tragó con dificultad fui yo. Moví la cabeza de un lado a otro, en un intento de centrarme, pero tener a Zoe debajo de mí no me ayudó a conseguirlo.

Con la mano del brazo que no tenía apoyado en el asiento, le rodeé la mandíbula, al mismo tiempo que deslizaba la rodilla por el asiento, hasta que llegué a la unión de sus piernas.

Contuvo la respiración al notar la presión que hice en su zona íntima y no dudó en volver a colocar las manos en mi trasero.

—No… No tenía planeado nada de esto.

—Te creo —susurró y sentí un gran alivio porque me creyera.

Era un gran paso, aunque no sabía en qué momento retrocederíamos. Dado nuestro historial, seguramente el primer paso lo daría yo, para no perder la puñetera costumbre, y ella me seguiría apartándose de mi camino como si quemara.

—Y… Joder, sí —gruñí.

Hice fuerza hacia abajo, para apretar mi miembro contra su mano. Zoe no la había retirado, como hice yo para agarrarla de la mandíbula. Se la solté para buscar más apoyo en el asiento, mientras mi cuerpo anhelaba mucho más de lo que estaba recibiendo.

Apoyé la frente en la de Zoe, ambos mirándonos fijamente a escasos centímetros.

—¿Qué ibas a decir? —me preguntó.

—Se me ha ido de la cabeza. Contigo aquí y con lo que estás haciendo, es complicado que no pierda el hilo. —Bufé.

Separé la cabeza de la suya, para verla reír. Sonreí de medio lado porque me regaló unas risas sinceras, naturales e irresistibles.

—Ya me acuerdo —le dije, haciéndola callar—. Como he dicho, esto ha sido totalmente inesperado, por lo que no estoy preparado para llegar al final que me gustaría.

Al ver su ceño fruncido, continué, antes de que me preguntara.

—No tengo preservativos.

Fue automático. Evité sonreír para no hacerla sentir más vergüenza. No era lo que quería, pero me encantó ver cómo se le subían de golpe los colores.

—¿Me estás tocando el miembro y te ruborizas al hablar de preservativos? —le pregunté, con curiosidad.

—Sí —confirmó presionándomelo.

No pude contenerme, comencé a mover la cadera de arriba abajo, siguiendo el movimiento de su mano, para sentir más la fricción.

Llegados a este punto, me daba absolutamente igual correrme como estaba, ya que lo que deseaba no iba a suceder.

Pero podían pasar muchas cosas. No iba a desaprovechar ni un poco la oportunidad.

Al cabo de un rato, en el que me sentía al límite, me arriesgué más al dirigir una al botón del pantalón de Zoe. Ella se tensó y frenó las caricias que me hacía; yo no paré hasta que le desabroché el pantalón y le bajé la cremallera.

No perdí el tiempo para llegar a mi objetivo, el que cuando lo toqué, poco faltó para perder la puñetera cordura y mandar el control a la mierda, para no privarme de nada. Con todo lo que ello implicaba en esta situación.

Zoe tenía las piernas separadas, ya que mi rodilla continuaba entre ellas, por lo que tuve muy fácil acceso a su sexo. Metí la mano por el interior de la braga y la deslicé hasta la piel suave y sensible de su zona íntima. El calor rodeó mis dedos y su humedad me los mojó.

Zoe arqueó la espalda, elevándola del asiento, ante la primera caricia sobre su clítoris.

—Yo… también… estoy… al límite —me dijo, de manera entrecortada.

Gruñí porque no podía decirme nada mejor en este puñetero instante.

Comencé a acariciarle el sexo, de arriba abajo, recorriendo cada pliegue y curva que encontraba a mi paso, extendiendo su humedad. Zoe comenzó a jadear y a moverse inquieta en el asiento, al mismo tiempo que movía la cadera para buscar su propio placer.

—Eso es… —Hablé con la voz tomada por el deseo, completamente—. Enséñame cómo y cuánto te gusta. Muy bien. Más rápido.

Gimió moviendo la cadera más rápido, al mismo tiempo que yo profundizaba mis caricias y aumentaba también la profundidad que introducía los dedos.

—Rhys… —Jadeó, agarrándose a mis brazos.

—Hazlo. Córrete para mí —le pedí en tensión.

Cómo me sentía, la necesidad aplastante que me superaba por momentos dejó de tener importancia mientras observaba cómo Zoe se aproximaba a su final.

Era una gozada verla, lo disfruté al máximo y no quise perderme ni un detalle, ya que necesitaba memorizarlo todo bien.

En cuanto la embestí varias veces, con un par de dedos que acogió sin problema, se liberó con un orgasmo que la hizo tensarse y estremecerse, gimiendo y diciendo mi nombre con voz desesperada.

Fue una puñetera locura. Continué acariciándola, negándome a poner punto final a la intimidad. No dejé de recorrer con los dedos su sexo, muy despacio y suavemente, mientras ella se recuperaba poco a poco.

Cuando todo terminó, dejé la mano en el calor de entre sus piernas. Entonces me miró con los párpados caídos y los labios entreabiertos, todavía recuperando la respiración.

El momento llegaba a su fin y no sabía cómo evitarlo, porque el interior del coche se convirtió en una burbuja para nosotros y una vez que saliéramos, tenía la sensación de que todo volvería a ser como antes de que la situación saltara por los aires.

Después de mover unas cuantas veces más los dedos despacio, al final alejé la mano para sacarla de su braga. Me eché hacia atrás, incorporándome. Mantuve la rodilla en el asiento, entre sus piernas, para que viera bien cómo probaba su esencia llevándome a la boca los dedos que la habían tocado.

Zoe se mordió el labio inferior, sin perderse detalle de cómo mi lengua lamía sus fluidos y cómo mis labios succionaban mis dedos, atrapándolo todo. Definitivamente, era para perder la cabeza.

—¿Dónde vas? —me preguntó, cuando vio mi intención de retroceder para salir del coche—. Que no podamos llegar al final no significa que tú no puedas terminar.

Apreté la mandíbula.

—Lo sé, pero…

—Déjame a mí.

—Zoe…

—¿Qué?

Cerré los ojos unos instantes. En este momento no tenía la fuerza suficiente para negarme.

—No tienes por qué hacer nada.

—Lo sé. Si no quisiera hacerlo, me habría quedado callada.

Se movió en el asiento, hasta que se sentó. No se paró a ponerse bien la ropa cuando se puso de rodillas y se acercó a mí, con la mirada llena de determinación.

Solté el aire despacio, sin poder dejar de observarla.

—Tú me has dado lo que necesitaba. Yo quiero hacer lo mismo. No vas a volver así.

Agarró de nuevo mi miembro por encima del pantalón y me lo apretó, mordiéndose el labio inferior.

—Mierda…