Capítulo 35
Zoe
Me sentía mareada por tanta cercanía. Rhys estaba pegado a mí, entre nosotros no había ni un mínimo espacio de separación.
Nuestros cuerpos juntos, tocándose, su mano agarrándome con firmeza de la nuca, manteniendo el control sin dañarme. Su respiración cálida chocando con mi cara y su olor… Sí, estaba muy mareada por el giro repentino que había dado la situación.
Rhys me tenía entre sus brazos, acorralada contra el coche, y yo no podía moverme.
Qué mierda, no quería moverme. Nunca. Si por mí fuera, nos quedaríamos como estábamos para el resto de nuestras vidas.
Por soñar… porque sabía que esto era algo, no sabía el qué, pero que igual de rápido que había empezado terminaría.
Solo esperaba que no acabara con mi corazón roto a pedazos porque todo tenía un límite.
No tenía ni idea de lo que pretendía Rhys. Sabía que, como me tenía, no era para intimidarme. Él no actuaba de esa manera, ni conmigo ni con nadie. Entonces… ¿Qué estaba pasando por su cabeza?
En algunos momentos lo tenía muy claro, podía ver en sus ojos el anhelo mientras recorría mi cara con la mirada y cuando la fijaba en mis labios, demorándose en apartar la atención.
—Me has echado la culpa de que te he hecho venir hasta aquí, pero si hemos terminado en este sitio los dos es porque tú no parabas y no entrabas en razón. Yo solo te he seguido.
Su voz sonó ronca y me erizó la piel. Su respiración me hizo cosquillas mientras hablaba.
Parpadeé varias veces rápido, antes de encontrar las fuerzas para hablar yo también.
—¿Por qué me has seguido? —le pregunté.
—No iba a dejarte sola —contestó con el ceño fruncido, como si fuera obvio.
Su respuesta me sorprendió y me encantó, a partes iguales.
—Yo… no sé de qué va todo esto —susurré, totalmente descolocada con su actitud y comportamiento.
—O lo mismo no sabías frenar la moto nueva —continuó con lo anterior.
Entrecerré los ojos y mi reacción provocó en él que sus labios se curvaran un poco. Fue muy sutil y duró muy poco. Lo mismo estaba volviéndome loca y me lo había imaginado.
—A la moto no le ha pasado nada, solo tendrás que limpiarla de hierba y quizás algo de barro.
—Eso no lo sabes —le dije.
—Si le ha pasado algo, la empresa se hará cargo. No hay problema.
Elevé las cejas.
—Me has acusado de no querer hablar y no es así. Más bien no me has dado opción a hacerlo. —Arqueó una ceja.
Mi respiración se entrecortó cuando presionó más su cuerpo contra el mío.
No puede ser, me dije. Pero lo que comenzó a clavarse duro en mi barriga era inconfundible. Entreabrí los labios y lo miré con sorpresa, sin creerme que estuviera excitado.
Rhys apretó la mandíbula, pero no se apartó ni lo más mínimo. Se mantuvo pegado a mí, muy en contacto. Tragué saliva, cada vez más superada por la situación. Estaba a punto de quedarme completamente fuera de juego.
—También me has culpado de ponernos en peligro, cuando tampoco es cierto. Jamás haría algo así, tratándose de ti.
Contuve la respiración, al mismo tiempo que un escalofrío me recorría el cuerpo.
—Nunca te pondría en peligro, Zoe. Aunque no me creas. Lo entiendo y estás en tu derecho, pero nunca jugaría con tu seguridad —insistió—. Y sí, tienes que ser jodidamente cuándo y cómo yo diga y quiera. ¿Sabes por qué?
Moví la cabeza negando varias veces, sin ser capaz de hablar.
—Porque si no tengo el control de la situación en todo momento, para lo que tengo que esperar hasta pausar mi ritmo, soy capaz de perder la puñetera cabeza y cometer muchas locuras con respecto a ti.
Agrandé los ojos, mientras que Rhys frunció el ceño.
—¿Qué…? ¿Qué quiere decir lo que estás diciendo? —conseguí preguntar, encontrando mi voz.
—Estás tan equivocada conmigo…
Habló como si lo hiciera para él mismo, con la mirada fija en mis labios. Me los humedecí, por instinto o por necesidad, pero a Rhys pareció afectarle porque cuando buscó mi mirada de nuevo, la suya se había oscurecido y me dejó sin respiración por la intensidad que desprendía.
—Rhys… —susurré.
Que lo llamara de esa manera también me dio la sensación de que lo afectó.
—No te culpo y tienes motivos para estar equivocada conmigo. Me lo he ganado, a propósito, pero ya estoy cansado, Zoe. Necesito una puñetera tregua —me pidió con la voz más ronca aún.
—¿Y… después qué? ¿Qué pasará una vez termine la tregua? ¿Y para qué la quieres?
—Una tregua para parar la mierda de tensión mala que se mueve entre nosotros. Es de ida y vuelta. Necesito que acabe —repitió.
—No te entiendo, Rhys —murmuré—. Eres tú el que lo provoca todo; yo simplemente siempre reacciono a lo que haces.
—A la que se te da muy bien provocarme es a ti.
—¿A… mí? —pregunté entrecortadamente, cuando acercó su cara a la mía.
Mantuvo la mano en mi nuca, pero con la otra me agarró de la mandíbula.
—Sí, a ti —me confirmó—. Estoy realmente jodido cuando está alrededor.
Agrandé los ojos.
—Me has sacado el dedo frente a la empresa.
El cambio que dio en la conversación me hizo reprimir la risa. No era el momento ni tampoco era que tuviera muchas ganas, pero me hizo gracia porque no pude dejarlo pasar.
—Te lo has merecido.
—Sí, ¿eh? ¿Y se puede saber por qué ha sido esta vez? —me preguntó con una media sonrisa que apenas pude ver, por lo cerca que estábamos.
—Porque…
—¿Qué?
No pude controlar el calor que me cubrió la cara. Mi rubor por la vergüenza fue muy visible para él. El pulgar que tenía apoyado en mi barbilla lo dirigió a mi mejilla, para acariciármela.
El roce me cortó la respiración. Era impresionante que por cada cosa que me hacía me desestabilizaba más.
—¿Será porque estabas celosa por Olivia?
Solté un jadeo al escuchar su pregunta y me levantó la cabeza hacia la suya, dirigiéndome por la nuca.
—Eso no es verdad —susurré.
—¿Estás segura?
—No la soporto —dije con rabia, evitando contestarle.
Se dio cuenta y su mirada se oscureció un poco más. Algo le gustó, porque la parte de su cuerpo que tenía clavada en mi barriga reaccionó por su cuenta.
Me entró un ligero temblor en las piernas y agradecí que no pudiera caerme, por lo bien sujeta que me tenía y por el apoyo del coche a la espalda.
—¿Por qué? —Quiso saber con un punto de diversión, lo que me sorprendió mucho.
—Porque no. —Bufé.
Ladeó un poco la cabeza, observándome fijamente.
—A ti te parecerá una locura, por lo que os une.
—Me interesa mucho saber, según tú, qué nos une a Olivia y a mí.
Entrecerró los ojos, esperando mi aclaración.
—Está claro, habéis dejado ver que estáis juntos. En la empresa muchos lo piensan y los que no, es porque creen que solo tenéis sexo. Ella siempre hace todo lo posible para estar cerca de ti. En cuanto sabe que has llegado a un sitio, va corriendo a tu lado.
Desvié la mirada hacia la derecha, sin poder mantenerle la mirada.
Rhys no lo permitió. Hizo que nuestros ojos volvieran a conectar.
—¿Piensas que algo de lo último que has dicho me importa? —me preguntó muy serio.
Fruncí el ceño.
—Has ido a buscarla al aeropuerto —susurré.
—Me lo ha pedido el jefe.
Me sorprendió que me lo aclarara.
—Por eso he ido yo —añadió, remarcándolo—. Veo que sabes muy bien cuál es el comportamiento de Olivia cuando estoy cerca.
Ladeó un poco la cabeza.
—¿Y qué?
—Nada. Es interesante, ¿no te parece?
Solté un bufido al que siguió un largo silencio en el que nos mantuvimos la mirada tan cerca que las puntas de nuestras narices estaban a punto de rozarse.
—¿Nos damos un respiro y un descanso?
Tragué saliva.
—¿Qué significa eso para ti? —le pregunté, con la voz temblorosa.
Me dio rabia mostrarme a él tan inestable, pero era el efecto que me provocaba Rhys.
—Es mejor una demostración, ¿no? —habló con voz grave.
No me atreví a volver a hablar. Para darle mi respuesta, asentí, confirmándole que estaba de acuerdo.
Quería esta pausa entre nosotros. Era un gran regalo inesperado y lo necesitaba.
Rhys me sacó de mis pensamientos completamente cuando su aliento me calentó más la cara y sus labios rozaron los míos. Me estremecí con la caricia suave y superficial, mientras nos mirábamos fijamente a tan corta distancia.
Levanté las manos para agarrar su chaqueta. Lo hice con fuerza, sintiendo la desesperación apoderarse de mí.
Mi mente se desconectó por completo cuando la boca de Rhys cayó sobre la mía y atrapó mis labios con los suyos y con los dientes. Solté un pequeño jadeo, agarrándome con más fuerza él con las manos.
Tuve la sensación de que el suelo tembló bajo mis pies y que todo daba vueltas. Iniciamos un beso con mucha necesidad, fuerte e incluso agresivo por momentos, porque ambos nos correspondíamos con la misma intensidad.
Nuestras lenguas y labios luchaban por más, adaptándonos al otro, mientras que nuestros cuerpos se apretaban con urgencia.