Capítulo 34
Rhys
—¿Qué? —contesté al descolgar la cuarta llamada que me hacía Brad, en poco tiempo.
—¿Cómo que qué? ¿Por qué no respondías? ¿Dónde estás?
—En el coche.
—¿Qué narices haces en el coche otra vez? Te estoy esperando para bajar a desayunar. Me has dicho que acababas de llegar a la empresa del aeropuerto, que subías en unos minutos.
—Lo siento, he tenido que irme.
—Irte… ¿Adónde?
—No tengo ni idea, ahora mismo estoy siguiendo a Zoe. Ella va en la moto que le ha dado Sheena hace un rato. Ambas estaban en la calle cuando he llegado.
Mi amigo no habló durante unos largos segundos.
—Que estás… ¡No me jodas, Rhys! ¿En serio estás siguiendo a Zoe con el coche? ¿Y se puede saber por qué narices lo estás haciendo? Oye… ¿Le pasa algo a ella?
—Zoe está bien. Es solo que ella y yo debemos aclarar un asuntillo nuevo.
—Asuntillo y aclarar no me cuadra con vosotros. Cada vez que os acercáis demasiado, empeoráis las cosas.
—Brad, te dejo, ¿vale?
—Espera —me pidió de manera apresurada.
—¿Qué? —le pregunté impaciente.
—Rhys, piensa bien lo que haces, ¿vale?
Elevé las cejas.
—Ya, no pongas esa cara —me dijo, como si estuviera viéndome. Negué con la cabeza—. Que nos conocemos y ese asuntillo pendiente entre vosotros que te ha impulsado a seguirla…
—Joder, Brad, lo dices como si fuera algo que hago siempre —me quejé, interrumpiéndolo.
—No, no… pero nosotros sabemos lo que hay y si… Un momento, ¿ella está huyendo de ti?
—No te sé decir.
—¿Eso qué significa?
—Me ha visto. Sabe que soy yo el que conduzco el coche que va detrás de ella y que no tengo la intención de adelantarla.
No deja de mirar por los retrovisores. Diría que ha aumentado un poco la velocidad, pero no sé si es por mí o porque le apetece que le dé con más fuerza el aire en la cara. Yo qué sé, Brad.
—Sí que lo sabes. —Bufó.
—Voy a colgar. Más tarde hablamos. Desayuna tranquilo.
—Dime que me darás una alegría cuando volvamos a hablar.
—Adiós. Cuidado con Olivia. Si te pregunta por mí, tú no sabes dónde estoy. La he dejado en la calle y me he montado en el coche para ir detrás de Zoe.
—Estupendo. Con lo pesada que es… —suspiré.
—Evita todas sus preguntas y, sobre todo, ni menciones a Zoe. A ella no la ha visto; Olivia no sabe el motivo por el que me he ido. En todo momento le ha dado la espalda a Zoe, y sobra decir que no quiero que se entere. Para Olivia me ha dado algún arrebato y me he largado para hacer algo. Punto.
—Está bien. Tranquilo, que sé lo que tengo que hacer.
—Gracias, tío.
—Rhys…
—¿Qué?
—Ten cuidado con el coche y haz que valga la pena de una jodida vez. Acaba con eso ya.
Apreté la mandíbula, escuchando el pi, pi, pi, después de que Brad colgara.
Agarré con más fuerza el volante y aceleré, sin apartar la mirada de Zoe y su nueva moto. En el momento en el que ella miró por uno de los retrovisores y se sorprendió al verme tan cerca, pasé por su lado, adelantándola.
—¡Para! —le pedí, quedándome en paralelo con ella.
—¡Estás loco si piensas que voy a hacerlo! —gritó para que la escuchara bien—. ¡Ponte delante o detrás, pero no ocupes el carril contrario!
—¡Para! —insistí.
—¡Joder! ¡Eres insoportable!
Me pareció escuchar un jadeo, pero no estábamos en las mejores condiciones para poder afirmarlo.
—¡Rhys, cuidado!
No me pilló por sorpresa el motivo de su aviso, ya que no había apartado la vista de la carretera. Reduje la velocidad y frené, para colocarme detrás de ella otra vez. El coche que venía en sentido contrario pasó sin problema, aunque me lanzó una mirada acusadora.
Lo entendí, pero me importó una mierda. Además, en todo momento había tenido el control de la situación, de manera que no me había preocupado ni un poco.
En la carretera volvimos a ser solo Zoe y yo. La recta era tan infinita que nada podía pillar por sorpresa. Volví a acelerar para ponerme en paralelo de nuevo con ella.
—¡Te he pedido que pares, Zoe! ¡Tenemos que hablar y no sé dónde mierda vas o si no tienes un destino y tu intención es conducir sin rumbo!
—¿Estás sordo o qué? Te he dicho que no voy a parar —rio, pero no me gustó nada el tono de su risa.
Sabía diferenciar todas las que tenía: la irónica, la fría y sin emoción, la de compromiso y la que le nacía de lo más profundo de su interior, haciéndola irresistible al natural.
—¿Ahora quieres hablar? ¡Y una mierda! Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar. ¿Te ha quedado claro? Porque no voy a repetírtelo.
Apreté la mandíbula, al mismo tiempo que las manos al volante.
—¡Déjame tranquila! Donde vaya es asunto mío.
Pisé el acelerador y pasé de largo, poniéndome delante de ella. Me alejé lo suficiente para que pensara que me largaba. Esa fue mi intención, pero no lo que iba a hacer, por supuesto.
Cuando ella se confió, yo frené y en el momento justo, seguro por ambos sentidos de la carretera, giré dándole la vuelta al sentido del coche. Escuché el grito de Zoe por las ventanillas abiertas, pero tenía espacio de sobra para frenar. Incluso podía esquivarme sin problema y pasar de largo.
Esperé para darle la opción, pero, para mi sorpresa, Zoe no hizo ni una cosa ni la otra. En cambio, giró hacia el campo y comenzó a alejarse por la hierba. Esta tapaba hasta la mitad de las ruedas de la moto.
—Me cago… —susurré.
Solté un bufido y aceleré, siguiéndola. A ambos lados de la carretera lo que había eran campos infinitos, prados, por lo que no suponía ningún problema para el coche, más allá de que encontraría durante unos días hierba pegada en los bajos del vehículo.
Apreté el claxon, llamando la atención de Zoe. Me había visto de sobra, por supuesto, pero como no se paraba y ya nos habíamos alejado mucho de la carretera…
Y al final sucedió, dejó de huir. Aminoré la velocidad progresivamente cuando ella hizo lo mismo, hasta que paré el motor del coche.
Me quedé dentro, con la llave en una mano, viendo cómo Zoe se bajaba de la moto enfadada y se quitaba el casco de un tirón.
Lo dejó de cualquier manera en el asiento, de mala leche, y comenzó a caminar hacia mí, señalándome.
Me bajé del coche muy tranquilo, controlando lo alterado que me había puesto. La mayoría de la gente pensaba que pocas cosas me afectaban y que ninguna lo hacía con respecto a Zoe.
Solo las personas de mi confianza, la gente que quería y que formaba parte de mi vida, Drew y Brad, sabían hasta qué punto esta mujer, Zoe, era capaz de trastocar mi mundo, por completo.
—¡Estás loco! —gritó ella, sin dejar de señalarme mientras eliminaba la distancia entre nosotros.
Cerré la puerta y guardé la llave del coche en un bolsillo de la chaqueta que tenía cremallera. No me había dado tiempo a quitarme la chaqueta al montarme otra vez en el coche, al no querer perder el tiempo.
—¡Y eres imbécil! ¡Increíblemente imbécil! —continuó hablando.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón. Ella llegó frente a mí, todavía señalándome. Su dedo me tocó el pecho, por encima del jersey, ya que tenía la chaqueta abierta.
—¿Quién te piensas que eres, Rhys? Déjame decírtelo: nadie.
Apreté la mandíbula.
—Encima te haces el ofendido —rio sin humor—. Vete a la mierda, hombre. Mira dónde me has hecho venir.
Se paró a observar alrededor, como si de repente se diera cuenta de que estábamos en medio de la nada, entre mucho verde. Más solos no podíamos estar. La carretera quedaba lejos y todavía faltaba bastante distancia para llegar a la zona arbolada.
—Joder. Mi moto —se lamentó—. Como le haya hecho un solo rasguño, te harás cargo tú.
Frunció el ceño.
—¿Ya no te apetece hablar? —me preguntó, ante mi silencio—. Porque en la carretera bien que no te callabas y me exigías que parara, poniéndonos a los dos en peligro. ¿Ya se te han quitado las ganas de hablar? Cómo no… ¡Siempre tiene que ser cuándo y cómo tú digas y quieras!
El punto de desesperación en su voz fue lo que me hizo reaccionar. Solo necesité sacar una mano del bolsillo para agarrarla del cuello y tirar de ella hacia mí, hasta que nuestros pechos chocaron.
Zoe se quedó completamente paralizada, por lo que pude moverla a mi antojo. Notando su respiración demasiado cerca, nos giré a ambos, para dejar su espalda apoyada en el lateral del coche.
Soltó un jadeo por la impresión, todavía con los ojos abiertos al máximo. Bajé la mirada para encontrarme con su mirada, la que ni me perdía de vista al parpadear.
—¿Qué…? —intentó preguntar en un susurro, pero no le salieron las palabras.
—Ya está bien —hablé, en tensión—. ¿Me oyes? Ya está bien, Zoe. Quiero que acabe ya esta mierda.
Entreabrió los labios, con la respiración entrecortada. Los ojos se me fueron hacia ellos y sin dejar de sujetarla de la nuca, acerqué más mi cuerpo al suyo, hasta que no hubo ninguna separación entre nosotros.
Zoe tragó saliva con dificultad.