La provocación del escocés Capítulo 32
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Capítulo 32

—No.

—¿Se puede saber qué te pasa? Llevas varios días muy rara.

La risa femenina que siguió a esas palabras dichas por un hombre me hizo tensarme. Fue muy diferente a la que conocía.

—¿Días? —Bufó—. Ya puedes irte. Gracias.

—¿Me estás echando de mi propia empresa?

—Te estoy echando de mi despacho, el que te recuerdo que me dijiste que sería mi refugio y donde nada ni nadie podía hacerme sentir mal.

—¿Esta mierda va a durar mucho?

Sheena se mantuvo en silencio, sin responder.

—Estupendo —dijo cabreado Avery.

Sí, los que estaban discutiendo eran el dueño y jefe de la empresa, Avery, y Sheena, la mujer y trabajadora en la que tanto se volcaba y confiaba él.

No había querido escucharlos; la situación me había pillado por sorpresa. Sheena me dijo a primera hora de la mañana que pasara sobre esta hora por su despacho. Y aquí estaba, puntual.

El sonido de unos zapatos me hizo reaccionar rápido, los que supe que no eran de Sheena. No quería que ni ella ni Avery creyeran que los había estado espiando a propósito, detrás de la puerta que estaba abierta unos dedos.

Reaccioné rápido y golpeé la madera antes de que el jefe tirara de la puerta hacia él, abriéndola. Eso fue lo que sucedió al cabo de unos segundos: se abrió ante mis ojos y lo primero que vi fue la cara seria de Avery.

—Zoe.

—Hola, señor Brown —lo saludé, sonriente.

Me esforcé para que no notara nada.

—Hola —me correspondió sin variar su seriedad, aunque esta no fue intimidante—. Por favor, dirígete a mí como Avery.

—De acuerdo. —Asentí, agradecida por la confianza.

—¿Estás contenta en la sede?

—Claro.

—Me alegro de que sea así.

Cuando dio un paso hacia delante, con la clara intención de salir del despacho, me aparté dejándole sitio. Lo seguí con la vista, viendo cómo se alejaba. Después dirigí la atención al interior del despacho.

Sheena estaba sentada en su mesa, sobre ella en la dirección de la puerta. Tenía las piernas cruzadas y se la veía muy tranquila. Si no hubiera escuchado la discusión y supiera que estaba alterada y, seguramente, enfadada, no sabría que le pasaba algo.

Parecía en calma, como siempre, con un control absoluto sobre sí misma. Era impresionante, la admiraba.

—Hola, Zoe —la saludó.

—Hola. Perdón, no quería interrumpir.

—No has interrumpido nada importante.

Al observarla con mucha más atención y de cerca, fue cuando noté una pizca de tristeza en sus ojos. Era tan difícil darse cuenta…

—Avery se iba cuando has llegado —sonrió—. ¿Quieres sentarte?

No respondí, pero caminé hasta la silla que estaba más cerca de ella. Me senté y Sheena sonrió.

Después de nuestro pequeño encontronazo días atrás, durante el recorrido que nos hizo de la empresa para que la conociéramos, podía decir que entre nosotras se había creado como una especie de conexión muy cómoda y agradable.

No sabía darle nombre, pero volvía a sentirme muy a gusto y segura en su presencia.

Eso era lo único importante, lo demás me sobraba.

—Vale. Suéltalo —me pidió, sorprendiéndome.

Sonrió de medio lado.

—Nos has escuchado —añadió, confirmándolo—. Se te ve en la cara que quieres preguntarme si estoy bien. Por si no te lo han dicho nunca, aunque imagino que lo sabes de sobra, finges fatal.

Reí.

—Soy malísima para eso —le confirmé poniendo los ojos en blanco. La hice sonreír de nuevo—. Lo siento. No era mi intención interrumpir. —Hice una mueca—. La puerta estaba abierta y no sabía si picar o no… Yo…

—No pasa nada, Zoe.

—No he escuchado casi nada. De verdad. Si tuviera que decir qué pasaba, no sabría decirlo —hablé rápido—. Solo sé que he notado tu decepción y enfado en tu forma de hablar y que Avery estaba muy perdido y sin enterarse de nada.

Sheena soltó una carcajada por mi aclaración.

—Cómo no —suspiró—. Tiene una mente privilegiada para los negocios y para todo lo que tenga que ver con ellos, pero sácalo de ahí y se pierde en un mundo totalmente desconocido para él. —Bufó.

Se encogió de hombros.

La miré fijamente a los ojos y ella me mantuvo la mirada.

—Lo mismo necesita tu ayuda para encontrar el camino correcto —le dije, ladeando un poco la cabeza.

—Créeme, Zoe, llevo muchos años intentándolo, pero ya has visto el resultado. Avery es mi gran fracaso.

Dirigió la vista hacia la puerta que yo cerré al entrar. Sheena tuvo un momento de debilidad, de bajón, y me dejó ver hasta qué punto le afectaba la situación. Lo que vi en ella me sorprendió.

—¿Cuántos años llevas en la empresa? —le pregunté con curiosidad.

Volvió la vista a mí, con una sonrisa entre triste y melancólica porque pilló enseguida por dónde iba a salir yo.

—Veinticuatro años. Entré con veinte años, al poco de crearse la empresa.

Asentí porque esperaba aproximadamente lo que contestó.

—¿Y cuántos años llevas enamorada de Avery?

Los primeros segundos me reprendí a mí misma por soltar la pregunta de golpe, sin esperar.

Sheena se puso tensa sobre la mesa, agarrando con las manos el borde de esta con fuerza, pero por suerte se relajó rápido y sin apartar los ojos de los míos, me dio una respuesta que también esperaba. No hacía mucho que lo había deducido.

—Veintitrés años, nueve meses y un par de semanas.

—Sheena…

Hizo una respiración profunda antes de bajarse de un salto de la mesa.

—Todo está bien, Zoe, y continuará así.

—¿Él lo sabe?

Sonrió. Esa fue su respuesta con la que no me aclaró nada. Imaginé que equivalía a una negativa porque si a Avery le costaba tanto darse cuenta de las cosas fuera del entorno de la empresa… Pero aun así…

—Debes ser consciente de que te trata diferente —le dije—. Os he visto juntos y no hay punto de comparación; Avery no se relaciona con los demás como lo hace contigo. Bueno, solo hay otra persona con la que siempre se ve relajado y cómodo, al igual que contigo.

—Conor.

—Sí —le confirmé.

—Conor lleva trabajando para Avery desde antes que yo apareciera. No solo tienen confianza, sino una fuerte amistad.

—Se nota. —Asentí.

—Zoe, esto que estamos hablando…

—No tienes que preocuparte por nada —la interrumpí—. Te lo digo de corazón. Lo que he visto y escuchado no va a salir de tu despacho, de ti y de mí.

—Gracias —sonrió.

—No hay de qué. —Negué con la cabeza—. ¿Y cómo eres capaz de llevarlo con tanta normalidad? Llevas muchos años igual. Debe ser agotador, en todos los sentidos.

Hice una mueca.

—No te imaginas cuánto. ¿O sí?

Me miró con mucho interés y una sonrisilla… Arqueé una ceja y su sonrisa se amplió.

—¿Puede ser que tú estés experimentando ese sentimiento tan fuerte desde hace un tiempo y no hagas nada con él?

Su pregunta me dejó con la boca abierta, literalmente.

—¿Qué? —Mi voz sonó aguda—. ¡No! —reí, nerviosa—. ¿De dónde has sacado eso? —le pregunté con diversión—. No tengo pareja.

—No he dicho que la tengas —sonrió de medio lado.

Fruncí el ceño.

Sheena, de pie frente a su mesa, hizo algo en su ordenador mirando la pantalla. Cuando cogió su móvil, sacó algo de un cajón, y se puso recta, se colocó la chaqueta y después rodeó la mesa para acercarse de nuevo a mí.

—Te pareces tanto a mí, Zoe…

Me levanté de la silla, desconcertada con el giro que había dado la conversación.

—No —le dije, sabiendo a qué estaba refiriéndose.

Sonrió de medio lado.

—Y tanto que sí. Tú eres yo hace muchos años, te lo aseguro.

Después de todo por lo que he pasado, te miro y puedo verme a mí en ti con mucha claridad y sin problema.

La negación, el no ser capaz de ver la realidad, aunque choques con ella constantemente…

Los nervios, los enfados justificados o no, el sentirte desconcertada y afectada por ciertas cosas…

—Lo siento, pero estás equivocada —le dije—. No sé a qué te refieres.

Negué con la cabeza.

—Tal vez, es una posibilidad que yo esté en un error.

O quizá la que te empeñas en creer lo que has creado a tu alrededor, dándole la forma que te convenía para que no doliera, eres tú.

Te he visto perfectamente. Os he visto sin dificultad.

—Agrandé los ojos—. Sí, y te garantizo que a la otra persona la conozco bastante bien, por eso sé de lo que hablo o por lo que callo.

Me hizo un guiño y caminó hacia la puerta. No pude moverme durante unos segundos, hasta que Sheena volvió a hablarme.

—¿Vamos? Voy a llevarte junto a la moto que será tuya durante el tiempo que estés aquí.

Para eso había venido exactamente yo a su despacho, ya que Conor nos comunicó en el camino hasta la empresa, que hoy Sheena nos daría nuestros medios de transporte. Por eso mismo ella me dijo a primera hora de la mañana que viniera a su despacho.

Sacudí la cabeza, en un intento fallido por aclararme la mente. Al no conseguir una mierda, caminé hacia Sheena, que me esperaba sonriente en el pasillo.

Puse los ojos en blanco, antes de soltar un bufido por sus risas.

—No me hace gracia —le dije, mientras caminábamos una al lado de la otra.

—Lo imagino —habló con diversión—. Zoe…

—¿Qué?

—El final de nuestra conversación, la que estaba centrada en ti… Quería que tuvieras claro que de mí tampoco saldrá nada. Puedes estar tranquila.

—Mmm… Muchas gracias, pero todavía no sé de lo que hablábamos.

Sheena rio.

—¿Quieres que sea más clara?

—No —le respondí rápido, antes de que se le ocurriera decir algo más.

—Me lo imaginaba —comentó con diversión.

Compartimos una mirada llena de complicidad y de comprensión.

—Vamos a tu laboratorio, para que cojas la chaqueta, la bufanda y el bolso. Los vas a necesitar.

La seguí en silencio. No le pregunté nada porque todo lo que llenó mi cabeza fueron imágenes de las posibilidades de motos que podían estar esperándome.