Capítulo 30
—Va, cuéntame cómo te ha ido la semana —le pedí, desviando la conversación.
No quería que se pusiera triste, ni dejarla de esa manera cuando colgáramos.
—Hemos hablado durante estos días, pero no hemos profundizado —añadí.
—No tengo ninguna novedad. —Se encogió de hombros—. Mi vida es muy aburrida sin vosotras.
—¿Y Carlos? La última vez que hablé con él me dijo que iba a buscarte.
—Sí —sonrió y me alegré de que su expresión se iluminara—. Está siendo un gran amigo. Desde que os fuisteis está muy pendiente de mí, lo que tiene gracia, porque tendría que ser al revés.
—Pero él está mejor, ¿no? Por la cámara, los golpes se los vi mejorados la última vez —hablé pensativa.
—Sí, sí… Carlos está bien. De verdad. Ya no le duele hacer los movimientos que le costaban, y las marcas y moratones se le están yendo. Todavía falta un poco, pero va a mejor.
—Vale —sonreí.
—Me he referido a que tendría que ser yo la que lo cuidara, pero es él el que está muy pendiente de mí. Me pregunto por qué será…
Elevó las cejas y desvié la mirada. Disimulé cogiendo el botellín.
—Zoe…
—¿Qué?
—¡Oh, venga ya! —rio—. Le has pedido que esté encima de mí para que yo no esté mal porque no estáis Lyn y tú.
—Lo que le he pedido es que os cuidéis mutuamente. Ya está, Noa.
—Yo estoy bien —sonrió emocionada.
—No del todo, pero no pasa nada. Es normal —sonreí.
—Sí. —Asintió.
—No sabes lo tranquila que estoy al saber que os apoyáis mutuamente.
—Voy a darte una alegría.
Me senté más recta en el balancín.
—¿Por qué te quedas callada? —le pregunté impaciente.
—Para darle más emoción al momento —dijo, soltando una carcajada.
Yo bufé.
—El fin de semana que viene Carlos y yo estaremos ahí con vosotras, en Escocia.
—¿Lo dices en serio? —pregunté alzando demasiado la voz.
—Claro —rio—. Nunca bromearía con eso.
Negó con la cabeza.
—Oh… Noa. Joder, acabas de hacerme muy feliz.
Sonrió de oreja a oreja.
—Es lo que quería.
—¿Por qué no me lo has dicho desde el principio?
—Porque estábamos hablando de cosas importantes —contestó—. Aún no hemos comprado los vuelos, pero ayer los miré y vi que no tendríamos problema para cogerlos para irnos el viernes y regresar el domingo.
—Madre mía, ¡qué emoción!
—Sííí… —habló con ilusión—. Así que ya podéis prepararnos las habitaciones —me pidió con un guiño.
—Las habitaciones las tenéis listas desde que llegamos.
Reímos.
—No voy a poder dormir hasta el viernes —dijo aplaudiendo—. Carlos me ha dicho que él se encarga del coste de los vuelos, pero que los compre yo para hacerlo juntos. Lo que no sabe es que voy a pagarlos yo, pero no cogeré su dinero. Voy a regalarle el vuelo.
Sonreí.
—A ver si te deja… —hablé con diversión.
—Me las ingeniaré para que sea así —soltó una risilla.
—Cuando tengas los billetes, envíame uno para saber la información del vuelo —le pedí—. Cuando salgamos del trabajo el viernes, después de comer, iremos con calma al aeropuerto.
—Podemos desplazarnos nosotros a Stirling y sabiendo la dirección, nos dejarán en la puerta de la casa.
—Ya hablaremos para ver cómo lo hacemos, porque sería interesante alquilar un coche para movernos los cuatro.
—Ah… Es verdad. Pues como mejor lo veáis. A Carlos y a mí lo único que nos importa es llegar —rio y sonreí.
—Oye… —Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué?
Bebí un sorbo de cerveza y dejé el botellín en la mesa.
—¿Y Carlos podrá? Quiero decir… Todavía no ha vuelto al trabajo después de lo que le pasó, pero si se recupera tan bien como hasta ahora, lo mismo la semana que viene se incorpora. Si pasa, no podrá cogerse el fin de semana.
Hice una mueca.
—Ya ha hablado con su jefe y él le ha dicho que no se preocupe por nada.
Me ilusioné.
—Quiere que se recupere del todo y eso no solo va para lo físico. Al hombre le importa más cómo pueda sentirse Carlos, ya que el daño de dentro no se ve a simple vista.
—Entiendo —comenté pensativa.
—Le parece bien lo del viaje. Lo primero que le dijo cuando Carlos se lo contó fue que disfrutara, olvidándose absolutamente de todo lo demás.
Sonreí.
—Entonces, todavía no, pero ya mismo será una realidad —comenté.
—Sí —confirmó.
Sincronizadas, soltamos un pequeño grito y después reímos.
—Qué pasada —suspiré—. Menuda sorpresa voy a darle a Lyn.
Los siguientes minutos estuvimos en un silencio cómodo al que estábamos muy acostumbradas. Dirigí la mirada hacia la oscuridad de la noche, pensando que el episodio de la serie ya debía haber terminado.
Me imaginé a Lyn comentándolo con Brad e incluso con Drew. Con el último también cabía la posibilidad porque, a saber, si no se unió a Brad y a ella frente al televisor.
Rhys sabía que no, al igual que sabía que Lyn no le hablaría a él sobre la serie, ya que Rhys dejó claro que no la veía. Fue en el avión con destino a Escocia.
Los minutos comenzaron a sumarse y con ellos me terminé la cerveza y fui a buscar otra, la que me bebí demasiado rápido para tener el estómago vacío. Comencé a notar la sonrisilla constante.
—¿Ya has pedido la moto? —me preguntó Noa, sacándome de mis pensamientos.
—Sí —confirmé animada—. Conor nos ha asegurado que todos tendremos el lunes el medio de transporte que le hemos pedido.
—Guay. Cambiará mucho cuando tengas libertad de movimiento.
Asentí.
—Espero no arrepentirme de la decisión.
—¿Y eso? —me preguntó extrañada—. Tú adoras ir en moto y siempre dices que te da vida. Además, si te pusieras al volante de un coche, ya no sabrías qué hacer.
Rio.
—Oye… ¡No te pases! —Me hice la ofendida—. ¿Te recuerdo que el año pasado tuve que conducir tu coche porque tú te encontrabas mal? Y desde que me saqué el carné no conducía, listilla.
—Así fuimos, a trompicones.
Soltó una carcajada que terminó contagiándome…
—Serás… Ya te vale. —Negué con la cabeza.
—Joder, estoy de broma. Lo hicieras más suave o no, sé que puedes conducir sin problema. —Me hizo un guiño—. Otra cosa es que a mí se me salga el corazón por la boca. Con lo bien que conduces las motos…
—Tú sigue, que estás sumando puntos a una velocidad… —le advertí, haciéndola reír otra vez.
—¿Para qué me sirven esos puntos?
—Te lo demostraré el viernes que vienes —contesté sonriendo de medio lado.
—Carlos no permitirá que me hagas nada. —Me señaló—. Ahora somos íntimos amigos.
—No te lo crees ni tú —dije entre risas—. Lo que yo le diga a Carlos va por encima de todo.
—Y una mierda. —Jadeó.
—¿Lo descubrimos? —le propuse.
—No —contestó rápido, con un suspiro.
Sonreí de oreja a oreja, satisfecha.
—¿Por qué has dicho lo de arrepentirte por la moto? —Quiso saber, con el ceño fruncido.
—Desde que estamos aquí ha llovido más días que los que ha hecho buenos. Y por buenos me refiero a días nublados. Solo uno salió el sol y casi nos lo tomamos de fiesta, faltando al trabajo. Imagínate.
—Vale, eso significa que debo llevarme toda la ropa de abrigo.
—Como si no lo supieras… —Arqueé una ceja—. ¿O es que no me ves?
Más tapada no podía estar. Poco a poco había ido subiéndome la manta por el cuerpo, sin destaparme los pies. Llevaba calcetines gordos, pero estaba demasiado calentita como para dejarlos al aire.
La manta era de pelo y parecía térmica, de lo que abrigaba. Había sido todo un acierto sacarla.
—No dudes. Da igual el tiempo que haga, estoy segura de que tendrás todo preparado para los días malos, para pasarlos lo mejor posible montada en la moto.
—Cuando Conor me habló de la moto, le comenté todo lo que iba a necesitar, así que cuento con ello también para el lunes.
Me encogí de hombros.
—¿Ves? Lo tienes todo controlado.
—Siempre —sonreí—. ¿Te acuerdas de que os comenté que llevaba un tiempo queriendo hacerme un cambio radical en el pelo? —Asintió—. Después de pensarlo mucho, os lo comenté varias veces, pero entre unas cosas y otras lo dejé pasar.
—¿Y?
—Creo que ha llegado el momento de cortarme el pelo. Una tarde de esta semana, paseando con Lyn, Nerea y Rita, encontré una peluquería cerca. Tenía muy buena pinta y quiero arriesgarme.
Levanté la cabeza de golpe, sentándome recta en el balancín. Con el ceño fruncido y la vista fija hacia delante, hacia la parte final del patio trasero de la casa de al lado, me quedé observando la zona.
—¿Qué pasa? —me preguntó Noa.
—Nada —contesté después de unos segundos silenciosos.
Negué con la cabeza.
—He escuchado un ruido al lado, pero no sé si ha salido de donde pienso.
—¿Todo bien?
—Sí —le confirmé, sonriendo—. Habrá sido un gato.
—O un animal salvaje. Casi estás en plena naturaleza.
—Mmm… Noa, no me toques las narices.
Rio.
—El caso es que lo mismo mañana me paso por la peluquería y pregunto qué podría hacerme. Si me convence, cogeré hora, o lo mismo te sorprendo cuando nos veamos mañana por videollamada, porque si puede atenderme…
—Vas en serio.
—Claro. Si no, no malgastaría un solo pensamiento sobre eso.
Me encogí de hombros.
—No sé…
Me quedé callada de golpe con los ojos abiertos al máximo, en el momento en el que mi mirada se encontró con la de Rhys.
—¿Qué…?
—¿Qué pasa ahora? ¿Zoe?
—Joder, joder… —susurré.
—¿Qué? Mierda, ahora sí que me estás asustando.
Bajé los pies al suelo. Me puse las zapatillas, pero no conseguí levantarme bajo el peso y la influencia de la mirada de Rhys.
—¿Cómo mierda no lo he visto hasta ahora? ¿Cuánto tiempo hace que está ahí? Oh, joder… Si no lo he escuchado salir de la casa, quiere decir que… —Tragué saliva.
—No estoy enterándome de nada —habló nerviosa Noa—. ¿A quién no has visto? ¿De quién hablas?
—Estoy hablando de Rhys —susurré—. Está sentado en su porche, a oscuras, y creo que lleva ahí desde antes de que yo saliera a mi porche.
Noa soltó un jadeo, entendiendo que él había escuchado toda nuestra conversación. Había partes que nos daban igual, lógicamente, aunque me daba rabia que supiera algo de mi vida, por mínimo que fuera, ya que me ignoraba tanto. Era tarde para eso.
Si estaba ahí desde que yo salí, nos había oído hablar de él. Solo de imaginarlo me provocó un escalofrío que nada tuvo que ver con la temperatura que hacía.