La provocación del escocés Capítulo 28
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Capítulo 28

Caminé acariciando con los dedos la mesa alargada de trabajo. Estaba completamente despejada.

Me paré al llegar al final y me giré para mirar detenidamente la sala del laboratorio. Sonreí, sintiendo una emoción muy conocida.

Este sería mi lugar de trabajo durante el tiempo que estuviera en la empresa de Escocia.

Una sala de laboratorio exclusivamente para mí.

En ambos lados de ella había largas mesas en las que se encontraban todos los equipos y los materiales de laboratorio, junto al instrumental que necesitaría para la rutina diaria.

El centro de la sala lo decoraba otra mesa, la que todavía estaba tocando con los dedos. Esta también era rectangular, pero no tan larga como las otras dos. Alrededor tenía varios taburetes con ruedas, asientos acolchados y respaldo alto, ya que la mesa era elevada.

Todo estaba preparado para comenzar y sentí un hormigueo por la anticipación. Pero no sería hoy, ya que Sheena nos había dicho que por este día ya habíamos hecho suficiente. El trabajo comenzaría mañana.

El recorrido por la empresa fue una maravilla y nos dejó encantados, porque todo el interior del castillo era de admirar, sin excepción. Una vez terminamos de hacerlo, volvimos al despacho de Sheena para coger nuestras pertenencias.

Con las chaquetas, y las chicas con los bolsos también, volvimos a seguir a Sheena hasta la zona donde estaban las salas de los laboratorios. De esa manera nos quedamos mejor con el camino, para llegar al día siguiente directamente.

Sheena se despidió de nosotros dejándonos a cada uno en una sala y desde entonces yo estaba en la mía.

Los demás, ni idea. Nos dijo que nos tomáramos nuestro tiempo para tener un buen primer contacto con el espacio de trabajo en el que pasaríamos muchas horas, y que cuando quisiéramos, nos fuéramos.

Miré la hora en el reloj de pulsera. Eran las doce y media, la hora perfecta para ir a comer en estas tierras, lo que haríamos en breve.

Teníamos tiempo de sobra para ir por libre y con calma, ya que Sheena nos dijo antes de despedirse de nosotros, que Conor vendría entre las dos y las dos y media de la tarde, hora en la que nos llevaría de vuelta a nuestras casas.

Retiré uno de los taburetes y me senté, apoyando los brazos en la mesa. Me quedé con la vista fija en la pared de piedra. Los laboratorios eran habitaciones grandes de piedra, a excepción de las puertas, que eran de cristal, por lo que se podía ver lo de fuera y lo de dentro.

Dirigí la mirada hacia la puerta, para ver una pequeña parte del pasillo.

En soledad y rodeada de silencio, mi mente voló a todo lo que me había pasado desde hacía unos días. Parecía que de repente algo que no sabía qué era había cambiado. En los últimos días, pocos había habido en los que pudiera estar tranquila.

Si no era una cosa, era otra, y ya estaba muy cansada de todo.

Semanas atrás tenía una vida muy tranquila, cómoda con mis rutinas.

No conocía los sobresaltos, más allá de los que me daban mis amigos en broma.

Esos eran bien recibidos porque después de unos gritos terminaban en risas. Pero todo lo demás me sobraba.

Solté un suspiro, sintiendo la necesidad de volver a mi normalidad. Podía no gustar a algunas personas, pero a mí me encantaba vivir con todo controlado y sin agobios, más allá de los que pudiera provocarme el trabajo.

El sonido de llamada de mi móvil me hizo volver al presente y aterrizar en el laboratorio. Me bajé del taburete y fui a la esquina contraria de la mesa, donde dejé al llegar la chaqueta y el bolso. Busqué dentro del último el teléfono y sonreí cuando vi quién me llamaba.

—Hola.

—Hola, preciosa —me devolvió el saludo Carlos.

Sonreí.

—¡Qué sorpresa!

—¿Buena?

—Mucho. Era lo que necesitaba.

—¿Por algo en especial?

—Porque os echo mucho de menos —suspiré.

—¿Seguro que solo es por eso? —insistió.

—Claro —hablé lo más animada posible, para que no me notara desanimada—. ¿Cómo estás?

—Mucho más guapo.

Reí.

—Lo dudo —dije con diversión.

—Yo también te echo de menos. A Lyn también. ¿Ya sabes cuándo volvéis?

Volví a reír.

—Todavía no hemos empezado a trabajar, así que aún queda.

—¿Todavía nada? ¿Y qué habéis hecho hoy?

—Ahora estoy en la empresa, pero solo la hemos visto bien, recorriéndola entera.

También nos han presentado a varias personas y nos hemos familiarizado con todo.

Estoy en el laboratorio en el que a partir de mañana trabajaré.

Todo es una pasada, Carlos, si pudieras verlo…

La empresa está en un castillo y si por fuera tiene un encanto especial, medieval, por dentro es lo más moderno que puedas imaginar. Pero mantiene su magia.

—Vaya… Suena genial.

—Sí.

—Me encanta escucharte tan animada.

Sonreí.

—Pero detecto algo diferente en ti.

—Bueno, tal vez porque todavía estoy adaptándome a todo —hablé pensativa.

—Lo imagino, por eso no voy a insistirte.

—No me has dicho cómo estás de los golpes. ¿Cómo tienes los morados?

—No te preocupes por mí, ¿vale? Estoy mejorando, te lo prometo. Me cuido mucho y mi jefe no me deja volver todavía. Se ha empeñado en que esté recuperado del todo, sin una marca, aunque podría ir a trabajar con gafas de sol en un par de días.

Reímos.

—Si no tienes que trabajar, ¿vas a estar mucho rato ahí?

—No. Lyn debe estar a punto de aparecer para ir a comer. No nos recogen hasta las dos o dos y media.

—Perfecto. Que os aproveche cuando llegue el momento. Yo hoy no pienso moverme para meterme en la cocina.

—¿Y eso?

—Porque he desayunado fuerte a las once. Me apetecía y he comido muy a gusto, así que estoy servido por ahora.

—Ah. Vale. ¿Noa está bien? ¿Cómo la has visto?

—No te preocupes por nada.

—Es que ella no va a decirme si está triste, para no preocuparme.

—La tristeza es normal. Tú también la sientes, pero no por eso está mal la mayor parte del tiempo. ¿Me equivoco?

—Vale. Lo pillo —suspiré—. Nada de preocuparme.

—Exacto. Si realmente viera algo en Noa que me preocupara a mí, entonces sería el primero en decírtelo. No esperaría a que me preguntaras por ella.

Sonreí.

—Gracias.

—Los aires escoceses te han sentado fatal.

Reímos.

—Voy a dejarte para que puedas ir con Lyn a comer.

—De acuerdo. Hablamos en otro momento.

—Aquí estaré cuando quieras, preciosa.

—Lo sé —sonreí.

—Zoe…

—¿Sí?

—Sea lo que sea lo que te tiene baja de ánimos, recuerda que nada es más importante que tú.

Apreté los labios.

—No hay nada ni nadie que pueda contigo. ¿Entiendes?

—Sí —susurré—. Tengo que actualizarte la información de lo último que me ha pasado —suspiré—, pero cuando esté lejos de la empresa.

—No tengo ninguna prisa. Ya te he dicho que estaré para ti en el momento que necesites hablar.

Sonreí con cariño.

—Ahora soy yo la que te digo que no te preocupes. Te contaré lo que me pasa, pero todo está bien.

—Va, ve a buscar a Lyn porque es capaz de haberse emocionado demasiado si todo es tan maravilloso ahí, y se le ha olvidado que tiene que comer para alimentarse.

Reímos.

Nos despedimos y entonces colgué. Metí el móvil en un bolsillo de la chaqueta y después me la puse. La bufanda continuaba en mi cuello; no me había sobrado en ningún momento, por lo que me colgué el bolso y caminé hacia la puerta.

Apagué las luces, abrí la puerta y dejé que se cerrara sola, y caminé hacia la sala en la que se quedó Lyn. Para volver a acceder a mi sala, tenía una tarjeta con mi identificación, la que me daba paso al interior del laboratorio.

Entre Lyn y yo había una sala, hacia la que miré por la puerta al pasar por delante. Era de Santi, pero él se había ido ya porque la luz estaba apagada. Seguramente como los demás.

No había muchas opciones para comer, de manera que seguramente coincidiríamos todos en el mismo restaurante o bar.

—¿Te has olvidado de mí? —le pregunté a Lyn.

En un principio pensé que estaba sola, pero Brad apareció caminando por un lateral, sorprendiéndome. Tanto que solté un pequeño grito, por la forma tan silenciosa y repentina con la que se movió. Ambos rieron por mi reacción.

—Perdona —se disculpó Brad, parándose a mi lado—. No era mi intención asustarte —habló con diversión—. He venido a cotillear y he retrasado a Lyn. —Me hizo un guiño.

—Aunque ya había visto que las salas de trabajo son casi idénticas. Una calca del suyo, exceptuando los diferentes equipos de laboratorio —dijo con diversión Lyn, mientras se ponía la chaqueta.

Al terminar, cogió el bolso y caminó hacia nosotros, sonriente. Más sonriente de lo normal. La observé con curiosidad y diversión, y después a Brad, pero ninguno de los dos me dio ninguna pista de por qué la felicidad flotaba entre ellos.

Aunque podía intuir que solo con estar cerca del otro tenían suficiente para sentirse de esa manera.

Mi amiga no estaba dándose cuenta, pero tenía mucho en lo que pensar cuando abriera los ojos a la realidad.

Por el momento yo no quería hacerla reaccionar; prefería dejar pasar un poco más el tiempo para ver lo que sucedía entre ellos.

También era bonito ir poco a poco, de ilusión a ilusión y con sonrisas cómplices compartidas. Quién sabía, porque entre episodio y episodio de la serie que les gustaba tanto, ahora que la verían juntos cada semana, lo mismo sucedía algo entre ellos antes de lo que parecía.

—¿Te vienes a comer? —le preguntó Lyn a Brad, cuando estuvimos en el pasillo.

No lo mostré, pero recé para que dijera que no. Me caía genial Brad, podía unirse a nosotras cuando quisiera, pero el problema era que él siempre iba de la mano de Rhys, y yo no estaba para tener una comida movidita.

Que compartiéramos espacio, vale. Que estuvieran en una mesa cercana a la nuestra, vale. Pero que se sentaran con nosotras, por ahí hoy no pasaba. Más que nada porque no podía permitírmelo, para no sentirme superada por la situación.

Necesitaba pensar con calma, tomarme las cosas de otra manera, ya que últimamente era un error detrás de otro. Empezando por mis pensamientos y deducciones, las que no me hacían ningún bien ni me llevaban a ninguna parte.

—Os lo agradezco —nos dijo Brad—. Pero voy a buscar a Rhys, a ver por dónde anda. Otro día será, aunque me parece que nos veremos igualmente.

Nos hizo un guiño y Lyn amplió su sonrisa. Yo volví a respirar. No me di cuenta de que había estado reteniendo el aire, por la posible respuesta de Brad, hasta que necesité coger una bocanada.