Capítulo 24
—Voy a ver si está abierta —le dije a Lyn, poniéndome la chaqueta.
—¿No quieres que te acompañe? Si está abierta, podemos quedarnos ya.
Apareció en el recibidor preparada para irse.
—Era para que no salieras. Está lloviznando y si está cerrada, es una tontería ir ambas con este tiempo.
—No pasa nada. Me apetece mojarme por primera vez con la lluvia de Escocia. ¿Qué te parece?
—Una idea estupenda —le dije con un guiño.
Reímos.
—Pues venga, vamos —le pedí cogiendo el bolso.
Ella hizo lo mismo después de ponerse su chaqueta. Bien abrigadas, con los bolsos colgados, abrí la puerta y Lyn se encargó de los paraguas.
Se paró en el pequeño techado de la entrada, mientras yo cerraba con llave.
—Además, tenemos la suerte de que nos acordamos de meterlos —dijo alzando los paraguas.
—Si.
Me puse a su lado y ambas nos quedamos mirando hacia la calle. Estaba solitaria, por lo temprano que era. No creía que a los habitantes de Stirling los contuviera un día lluvioso, gris y más fresco que horas atrás.
Me ajusté la bufanda al cuello para que me cubriera mejor. Llevaba varias vueltas alrededor. Era de las circulares que no tenían puntas.
Pasaban pocos minutos de las siete de la mañana. El primer amanecer en Escocia nos habíamos portado muy bien, levantándonos de la cama con mucho tiempo de antelación.
No había sido por la novedad, aunque tal vez un poco. La culpa de habernos despertado antes fue de habernos ido a dormir muy pronto. Del paseo volvimos a la casa sobre las siete y media, paseo en el que estuvimos todo el tiempo con Noa y Carlos en la videollamada.
Hasta cuando Lyn y yo nos paramos a tomarnos dos chocolates calientes con crema batida y malvaviscos, con los que les dimos envidia a nuestros amigos. Ellos, Noa y Carlos, en la casa de él, nos acompañaron con cafés con leche que prepararon.
Eso sí, también tuvieron su ración de nata por encima del café, porque Carlos sacó un bote y echó dos buenas cantidades en las tazas, haciéndonos reír. Noa acabó con nata hasta en la nariz.
No estuvimos mucho tiempo fuera porque bajaron las temperaturas y cuando llegamos a la casa, nos despedimos de nuestros amigos para ducharnos y prepararnos para la cena.
En el recorrido que hicimos de vuelta, dio la casualidad de que pasamos por otras calles y localizamos un local especializado en cafés, pero tenían la persiana a medio bajar porque estaban cerrando y no quisimos molestar.
Hacia él nos dirigíamos, para comprobar si estaba abierto ya o para saber el horario, porque no caímos en mirar si estaba indicado en la fachada o en la entrada.
Abrimos los paraguas y salimos bajo la lluvia. El agua caía muy fina, pero constante, por lo que mojaba sin que te dieras cuenta. Caminamos sin prisa y en silencio, disfrutando de la paz y la calma que había por las calles.
En cuanto recorrimos un par, empezamos a encontrarnos con movimiento, tanto de vehículos como de personas. La cafetería se encontraba a tres calles de nuestra casa, por lo que, al recorrer una más, llegamos.
Lyn y yo sonreímos en cuanto vimos que la cafetería estaba abierta, o el Coffee Stirling, como se llamaba. Accedimos al local y nos encantó el interior. Era perfecto, exactamente lo que necesitábamos.
Nos gustó y agradecimos que en la entrada hubiera fundas de plástico para meter los paraguas mojados. Fue lo que hicimos para entrar con ellos, antes de ir hacia una mesa y sentarnos a ella.
Dejamos los paraguas colgados por las cuerdas de agarre, en unos ganchos de la mesa que iban perfectos para esa función, o para colgar los bolsos. Estos últimos nos los quitamos junto a las chaquetas. Yo me dejé puesta la bufanda.
—Qué suerte hemos tenido —dijo Lyn.
—Sí. Voy a avisar a Nerea, para decírselo.
Ayer, cuando llamé a Nerea para comentarle que habíamos visto una cafetería, pero que estaba cerrada, quedamos en que hoy les diríamos algo. Aunque podía ser que no estuvieran despiertas todavía, ya que no era seguro.
Saqué el móvil del bolso y después de desbloquearlo, entré en la aplicación de mensajes, para ir directa a la conversación individual que tenía con Nerea.
Zoe: Buenos días, preciosa. ¿Estáis despiertas?
Zoe: La cafetería está abierta. Lyn y yo acabamos de llegar. Os va a encantar, como a nosotras.
Zoe: ¿Tenéis paraguas? No llueve mucho y la cafetería está cerca, pero no apetece mojarse.
Zoe: Si tenéis con qué venir y os animáis, nos encontraréis aquí.
Zoe: Por cierto, la cafetería se llama Coffee Stirling. Es fácil llegar, pero te envío mi ubicación.
Fue lo que hice en el siguiente mensaje, enviársela, antes de dejar el teléfono en la mesa, con la conversación abierta para controlar si veía los mensajes. Todavía aparecían sin leer.
—Oye… ¿Ese de ahí no es Rhys?
La pregunta de Lyn me hizo mirar por la cristalera, siguiendo la dirección de su mirada.
Fruncí el ceño, concentrada, ya que el hombre que llevaba una chaqueta con capucha y la cabeza cubierta con esta, por la llovizna, estaba de lado y todavía no había amanecido bien para tener buena visión.
—Yo diría que…
Me quedé cortada y callada de golpe, cuando el hombre giró la cabeza hacia la cristalera de la cafetería. Pues sí, pude confirmar que era Rhys, y también que acababa de pillarme observándolo.
Hice una respiración profunda, porque nos vio enseguida. Nos mantuvimos la mirada desde la distancia, hasta que un camarero llamó la atención de mi amiga y la mía, y consiguió que cortara rápido el contacto visual.
Igualmente me costó apartar la vista de Rhys, o más bien de Rhys y de la mujer que le dijo algo para que la mirara y al hacerlo, ella lo abrazó.
Fruncí el ceño.
—Zoe —me llamó Lyn.
—Eh…
La miré y después al camarero.
—Ya he pedido —me informó mi amiga, sonriéndome—. Te está esperando.
—Perdón. —Dirigí la mirada al chico.
—No pasa nada —me dijo sonriente—. Buenos días.
—Buenos días —le correspondí de la misma manera—. Un capuchino —le pedí.
—De acuerdo. Enseguida vengo. —Asintió.
—Yo he pedido otro —comentó Lyn y sonreí.
La vista se me fue hacia la cristalera, de nuevo, pero donde antes estaban Rhys y la mujer, ahora no había nada. Hice una mueca, al no saber si se habían ido juntos o cada uno hacia un lado.
—No están —dijo lo obvio Lyn.
—Ya… No me importa.
—Claro.
Volví a mirar a mi amiga, con una ceja arqueada.
—¿Eso qué significa?
—Nada —contestó con una risilla—. ¿Qué significa para ti, claro?
—Ha sido como lo has dicho.
Fruncí el ceño y ella apretó los labios.
—El móvil —me dijo.
—¿Qué?
—Que Nerea te ha contestado.
Bajé la vista a la pantalla y sonreí, al leer los mensajes.
Nerea: Buenos días, preciosa.
Nerea: Rita acaba de decirme que va a quedarse un poco más en la cama. Lo dejó todo preparado para vestirse rápido para ir a trabajar, así que se levantará con el tiempo justo. No le apetece salir ahora con la lluvia.
Nerea: Yo sí que me apunto. Estaba preparándome por si acaso encontrabais la cafetería abierta, por eso no he visto antes tus mensajes.
Nerea: En unos minutos estoy ahí. Y sí, tenemos paraguas, así que llegaré seca. Ja, ja, ja… hasta ahora.
Zoe: Estupendo. ¿Quieres que te pidamos algo? Así, cuando llegues, no tienes que esperar. Nosotras acabamos de pedir.
Nerea: Ah, guay. ¿Qué habéis pedido vosotras?
Zoe: Capuchinos.
Nerea: Me apunto a lo mismo. Voy a salir ya.
Zoe: Vuelve el camarero. Te lo pido.
Nerea me envió un dedo hacia arriba y salí de la aplicación.
Cuando el camarero dejó nuestras tazas en la mesa, le pedí otro capuchino para Nerea, antes de que se fuera.
—Vaya, parece que está apretando —comentó Lyn.
—Sí —susurré, observando por la cristalera cómo la lluvia caía con más fuerza.
Después de unos minutos abstraída por la imagen, endulcé mi capuchino y me llevé la taza a los labios, para beber el primer sorbo después de soplar un poco.
—Me gusta —dije en cuanto lo probé.
—Ya tenemos cafetería para cuando queramos —habló animada Lyn y asentí.
—Con suerte, habrá otra parecida cerca de la empresa —comenté pensativa—. No tengo ni idea de cómo es la zona porque desde el principio preferí descubrirlo en persona, así que no sé lo que habrá cerca de la empresa.
—Sería genial, para poder salir y que nos dé un poco de aire.
Asentí y volví a beber de mi capuchino. El camarero regresó con el de Nerea y aproveché para pagarle los tres. Ignoré el comentario de Lyn y como se dio por vencida, terminó diciendo que al día siguiente invitaba ella.
Cuando notamos una presencia en la calle, ambas miramos hacia la cristalera y reímos al ver a Nerea con la cara pegada al cristal. Ella también rio y se dirigió a la puerta, protegida por su paraguas.
—No sé si me gusta o no la lluvia aquí —nos dijo, al llegar junto a nosotras—. Tengo que meditarlo bien —comentó con diversión.
Nos dio un beso que le correspondimos y entonces se sentó a mi lado, dejando el paraguas en el gancho de la mesa que tenía al lado. Se quitó la ropa de abrigo y el bolso, y nos dio las gracias por el capuchino.
—¿Rita se despertará a tiempo? —le preguntó Lyn.
—Espero que sí —contestó riendo Nerea—. Le he dejado su móvil al lado, en la almohada, y con el volumen subido al máximo. Todo puede ser que llegue al techo del bote que pegue.
Soltamos una carcajada, al imaginarla.
—Es por su bien. Le gusta mucho dormir. —Se encogió de hombros Nerea, haciéndonos un guiño.