Capítulo 23
—Podéis hablarme claro —les pedí a Nerea y a Rita—.
En la empresa nunca hemos estado tan cerca como ahora.
Este viaje nos ha unido más, pero siempre nos hemos llevado genial, con respeto y amistad, aunque esta última no fuera muy estrecha porque cada una teníamos nuestro círculo.
Lo que quiero decir, que me he enrollado…
Reímos.
—… Que confío en vosotras y no necesitáis ir con cuidado conmigo. Suelo morder, pero a mis amigas solo pequeños mordisquitos y muy de tanto en tanto.
Volvimos a reír.
—Yo todavía estoy enterita y llevo años a su lado, así que… —dijo Lyn, provocando más risas.
—Es que os hemos escuchado a ti y a César —comentó Rita.
—Quién no —suspiré.
—De los que conoces todos, porque Santi estaba con nosotras y se ha sentido igual de incómodo. Brad y Drew debían estar cerca de Rhys y como este último lo ha visto y escuchado todo en primer plano… —habló Nerea.
—Lo que es increíble, porque Rhys ha conseguido mantenerse muy calmado —dijo pensativa Rita—. Si hubiera estado en España, ya os digo yo que Rhys habría intervenido y la situación no habría terminado tan bien para César. —Asintió, segura de ello.
—Lo ha hecho por Zoe —soltó Nerea, segura de ello.
—Claro… No se ha metido en una pelea por mí —comenté con diversión.
—Pues sí. De verdad lo creo —insistió Nerea, demasiado sonriente.
—Ahora que lo dices… —dijo pensativa Rita—. Puede ser, ¿eh? No ha querido meterse para no empeorar la situación para ti.
—Yo puedo parar a César perfectamente sola.
—Lo hemos visto —habló con una risilla Rita—. Pero ese no es el punto.
—Sé que no nos equivocamos, de la misma manera que sé que se ha quedado observando la escena por si no le quedaba más remedio que meterse en medio.
Rhys se ha mantenido al margen por ti, aunque solo él sabe el motivo.
—Se encogió de hombros Nerea—. Yo puedo decirte varios, aunque no sé si te gustará escucharlos. —Carraspeó.
Arqueé una ceja, lo que les hizo mucha gracia porque hasta Lyn rio. Yo terminé sonriendo al verlas a las tres.
—A ver, lo que queríamos decirte al comienzo, que nosotras también nos hemos liado… —dijo Nerea—. Es que tengas cuidado con César.
La observé con atención.
—Salta a la vista que le gustas, o a saber, qué más. El caso es que no esconde su interés por ti y puede ser un gran problema si se toma muchas confianzas.
—Nunca se las he dado y él sabe que no tiene nada que hacer conmigo —les dejé claro.
—¿En serio? ¿Has hablado con él de eso?
—Sí —confirmé.
—Pues si sabe lo que piensas y sientes, no sé a qué juega —comentó Rita, con el ceño fruncido.
—Ni yo —se unió a ella Nerea, soltando un bufido—. Pues ahora que sabemos por ti la verdad de la situación, con más motivo te decimos que tengas cuidado con él.
—Tranquilas. Siempre lo tengo, aunque no lo parezca —le aseguré.
—Desde fuera siempre se la ve muy risueña y divertida con César, como con cualquier otro amigo y compañero, pero con la gran diferencia de que con César se mantiene en alerta —les dijo Lyn.
—Disimulas bien —se dirigió a mí Rita.
—De eso se trata. —Le hice un guiño.
Hablando, el camino se nos hizo muy corto. Nos despedimos de las chicas en la puerta de su casa y quedamos en vernos por la mañana a las ocho, hora en la que vendría Conor a por nosotros.
—Oye… —Llamé la atención de ambas, cuando había dado unos pasos.
—¿Qué? —me preguntó Nerea.
—Después de colocar la compra, Lyn y yo saldremos a dar una vuelta, para conocer las zonas más próximas. Queremos saber si hay alguna cafetería cerca por aquí, para tomar un café antes de irnos mañana. Si encontramos la cafetería, ¿os apuntaríais?
—Claro —contestó animada Rita.
—Estaría genial —comentó Nerea y sonrió.
—Estupendo. Pues más tarde os escribo para deciros si nos vemos antes o no, mañana.
—Vale. —Asintió Nerea.
—Si es que no, siempre nos quedará la esperanza de que haya un sitio en el que podamos tomarnos un café antes de entrar a trabajar, cerca de la empresa —habló Lyn.
—Mañana lo descubriremos, para cuando tengamos transportes para no depender de nadie.
—Tu moto, ¿no? —me preguntó Rita.
—Dios, qué cruz —se quejó Lyn, haciéndonos reír.
—Ya os ha contestado por mí —comenté.
—No te pongas así, que Rita quiere pedir una bicicleta —le dijo Nerea a Lyn—. Tengo hasta mañana para convencerla, porque conmigo no va a contar para eso —rio.
—¡La virgen! ¿Una bicicleta? ¡Es una broma! —exclamó Lyn, con un jadeo—. Amo las motos. —Se giró hacia mí.
Solté una carcajada.
Les recordé que más tarde le escribiría a una de ellas para lo del café temprano del día siguiente, y nos despedimos de ambas, con la misión de conseguir que a Rita se le quitara la idea de la bicicleta.
Al menos como medio de transporte principal para ir a trabajar, porque para ocio ya era otra cosa.
Más que nada porque si llovía mucho, o hacía mal tiempo demasiados días seguidos, si ir en moto era un fastidio, en bicicleta no quería ni pensarlo.
Al entrar en la casa, nos quitamos las chaquetas acolchadas para dejarlas colgadas en el recibidor, junto a los bolsos, donde estarían por poco tiempo, y nos dirigimos a la cocina con las bolsas.
Las subimos a la barra y comenzamos a sacarlo todo, para organizarlo.
—¿Crees que César te dará problemas? —me preguntó Lyn, sacando la preocupación que le había provocado lo que habíamos vivido en el supermercado y por la conversación con Rita y Nerea.
—No pierdas el tiempo en eso —le pedí—. Ni lo pienses.
—Pero…
—¿Me ves preocupada? ¿Afectada?
—No, pero eso me da más miedo porque si te confías y César…
—César nada, Lyn. De verdad. Te aseguro que lo de hoy no volverá a pasar. Además, ahora estaremos un tiempo sin cruzarnos mucho, ya lo sabes.
Siempre era igual. Cuando yo me plantaba y decía hasta aquí con César, él se tomaba muy en serio mi espacio personal y no se acercaba. Como debía ser, de manera que el tiempo lo marcaba yo.
—Eso es bueno —suspiró.
—Anda, vamos a terminar con esto y salgamos a la calle otra vez. A ver si nos da tiempo a dar un paseo para lo de la cafetería, porque tiene pinta de que lloverá en cualquier momento.
—Y sigues queriendo una moto para moverte por Escocia.
—Por supuesto.
Solté una carcajada cuando puso los ojos en blanco.
—No lloverá cada día —le dije.
—¿Día sí, día no?
Apreté los labios.
—A saber… Ya verás cómo al final agradecerás la moto.
—Si tú lo dices…
Sonreí.
Con las cosas en la nevera y en un armario y en el baño, volvimos a ponernos las chaquetas y a colgarnos los bolsos, y salimos de la casa.
—Voy a hacerle una videollamada a Noa, para enseñarle lo que vemos nosotras —le dije a Lyn, mientras ella cerraba con llave.
—Guay —habló animada.
—Está con Carlos, así que es perfecto.
—¿En el piso? —me preguntó, refiriéndose al que vivíamos las tres.
—No. Noa ha ido al de Carlos para verlo y llevarle un recipiente de comida.
—Espero que se recupere pronto —suspiró.
—Yo también —susurré.
Cuando me desperté de la siesta, hice la ronda de llamadas.
Primero llamé a mis padres y hablé con los dos.
Después fue el turno de Carlos, con el que estuve un buen rato hablando.
Me dejó tranquila al decirme que se encontraba un poco mejor y estaba deseando verle la cara en la videollamada, porque según qué expresión tuviera, yo sabría hasta qué punto era verdad que iba mejorando.
La última a la que llamé fue a Noa, ya que con ella sabía que alargaría mucho la llamada.
Estuvimos hablando hasta que llegó la hora de ir al supermercado.
Antes de despedirnos, la avisé de mi plan de hacerle una videollamada para enseñarle dónde estábamos y una pequeña parte de Stirling.
Entonces fue cuando me dijo que tenía pensado ir a ver a Carlos, para llevarle un poco de comida y hacerle compañía, y quedamos en que yo retrasaría la videollamada hasta que estuvieran juntos.
—¡Hola! —dijimos con efusividad Lyn y yo, al unísono, en cuanto Noa descolgó la videollamada.
—¡Hola! —nos devolvió nuestra amiga, de la misma manera.
Acercó mucho la cámara a la pantalla y reímos. Carlos apareció cuando apartó a Noa.
—Hola, preciosas. Qué bien os veo —habló sonriente.
—Hola, guapo. Y nosotras a ti —le devolví la sonrisa—. Me encanta lo que veo.
—Si me dices eso ahora… ¿Qué me dirás cuando esté guapetón de verdad, sin marcas ni morados en la cara y el cuello?
—Eres muy tonto —reí—. Pues te diré que estás muy bueno.
—Amén, hermana —dijo Noa, apoyando mis palabras.
Los cuatro reímos, con confianza.
—Mirad, estas son las casas en las que vivimos todos los que hemos viajado a Escocia.
Enfoqué el teléfono hacia las casas y lo moví hasta que llegué a la de Lyn y mía.
—Y esta es la nuestra. Es una pasada.
—¡Hala, qué bonitas! ¡Me encantan!
—A mí también —comentó Carlos.
—Pues ya sabéis, estáis tardando en viajar para conocerlo todo en persona —les dijo Lyn.
—Vuestras habitaciones os están esperando. Hay cuatro en total —añadí.
—¡Callaos ya! —gimió Noa, a modo de queja.
Reímos.
—Y esta es la calle. —La enfoqué—. Vamos a dar un paseo.
—Carlos, secuéstrame y llévame a Escocia —le pidió Noa, con un suspiro—. Te dejo que pidas una recompensa por mí, pero sin pasarte, ¿eh?
Reímos.
Y así, de la mejor manera que podía pasar el tiempo, con mis amigos, mi familia de corazón, Lyn y yo caminamos por las calles de Stirling descubriendo todo lo que nos encontrábamos en nuestro camino, al mismo tiempo que también lo hacían Carlos y Noa.
Fue como si estuvieran con nosotras, justo lo que necesitaba para venirme arriba y remontar del día tan desconcertante que había tenido.