Capítulo 22
—Perdona… —Llamé la atención de la cajera.
—Hola.
—Hola —le correspondí—. ¿Lleváis a domicilio la compra?
—Sí, pero al ser domingo, hasta mañana no la repartimos.
—Vale. Muchas gracias —sonreí.
—A ti —me devolvió el gesto.
Caminé hacia el pasillo central, donde me esperaba Lyn.
—¿Qué te ha dicho?
—Que reparten mañana. Voy a coger un carro pequeño y en ese echamos lo que necesitamos urgente, como papel del baño, jabón, champú, leche, café, azúcar, jabón para los platos y lo que nos apetezca para cenar. También agua, pan y algún dulce, por si nos apetece antes de irnos a trabajar.
—Guay. En el carro grande —golpeó el que lleva ella— metemos todo lo demás. A ver si nos lo pueden llevar mañana por la tarde.
Asentí.
Fui a por el carro pequeño y lo primero que metí en él fueron varias botellas de agua. Después cogimos para el carro grande seis garrafas de ocho litros, para olvidarnos por un buen tiempo.
Continuamos repartiéndolo todo en los carros, entretenidas al ir descubriendo productos que eran totalmente nuevos para nosotras.
—Vaya, vaya…
Al escuchar a César, Lyn y yo nos miramos de reojo, antes de girarnos hacia él.
—Hola, preciosas —nos dijo animado Santi, al lado de César.
Ellos llevaban un carro pequeño.
—Parece que todos hemos pensado en hacer lo mismo —comentó César.
—Normal, nos falta de todo —habló Lyn.
—¿Están todos aquí? —pregunté.
Mi interés iba dirigido a prepararme para el posible encuentro con Rhys, aunque tal vez no coincidiéramos por los pasillos. Sería una suerte.
—Sí —confirmó Santi—. Nosotros estamos a punto de terminar. Ya veo que a vosotras os queda un rato —dijo mirando nuestros carros.
—Muy pocas cosas veo en el vuestro —habló con diversión Lyn—. A nuestra casa no vengáis si os falta algo.
Santi y ella rieron, mientras César me miraba sonriente. Le devolví la sonrisa por educación, pero mucho más contenida que la suya.
—Eso me ha dolido, preciosa —dijo Santi, haciéndose el afectado.
—Pues vete acostumbrando porque es la verdad —rio ella de nuevo.
—Vamos a coger algunas cosas más —le pidió Santi a César.
—Te dejas convencer muy fácil —le dijo César.
—Porque tienen razón —rio Santi—. Hasta otra, chicas. Que vaya bien y no os carguéis mucho.
—Igualmente —hablé.
Santi me hizo un guiño y se alejó empujando su carro. Lyn comenzó a hacer lo mismo, pero no avanzó mucho porque se dio cuenta de que yo no la seguía.
El motivo fue que César se quedó mirándome, sin perder la sonrisa, y parecía que no tenía la intención de moverse.
—Nos vemos mañana —le dije, al cabo de unos segundos en los que comencé a sentirme incómoda por los nervios.
—Claro. —Asintió.
Acortó la distancia entre nosotros, dando varios pasos. Tuve que levantar la cabeza para seguir mirándolo a la cara.
—Si necesitáis algo, no dudéis en venir a avisarnos. ¿Vale?
—De acuerdo —contesté—. Lo mismo digo, pero que sea para algo importante. Para tonterías no os abriremos la puerta de casa.
César soltó una carcajada y al notar una sensación extraña, sintiéndome observada, desvié la vista para encontrar al culpable. Me pregunté hasta qué punto estaba acostumbrándome a este hombre y a lo que me provocaba, ya que no tardé en localizar a Rhys.
Tenía los brazos apoyados en la barra del carro que él y Brad habían llenado bastante, y nos observaba fijamente a César y a mí.
—¿Qué…?
César no terminó la pregunta. Se quedó callado para seguir con la dirección de mi mirada y de esa manera vio a Rhys, quien no se movió ni varió ni un poco la postura.
—Ese tío está en todas partes —dijo con rabia e incluso con asco.
Algo superior a mí, impulsado desde mi interior, me hizo saltar. César no tenía ningún derecho a referirse a Rhys de esa manera. No, cuando Rhys ni se había acercado a él.
—Si está en todas partes, será porque hemos venido a este país todos juntos. Él puede decir lo mismo sobre ti.
Arqueé una ceja.
Para lo que esperaba, por cómo me sentía, me porté muy bien y estuve controlada.
—¿Ahora te has vuelto su defensora? —me preguntó con un tonito que no me gustó nada. En absoluto.
Después frunció ligeramente el ceño, como si fuera él sorprendido.
—No soy defensora de Rhys ni de nadie. —Elevé ambas cejas—. Solo me baso en la realidad y en lo justo, y si te fastidia, es cosa tuya, no mía.
—Ya…
Menos me gustó lo que dejó en el aire, a la interpretación de quien escuchara.
—¿Tienes algún problema, César? En serio, joder. ¿Tienes algún puto problema? —le pregunté alterada y cabreada, cortando de raíz la situación.
Me aparté de mi carro como si quemara e hice más pequeña la distancia que nos separaba, sin apartar la mirada de la suya.
—Zoe… Yo no…
—Porque yo hoy tengo demasiadas cosas en la cabeza y estoy hasta las jodidas narices ya —continué, interrumpiéndolo—.
Mi límite está rebosando y lo sabes. Te lo advertí en el restaurante, así que déjate de «ya» y de mierdas.
Si quieres decirme algo, habla claro y dímelo a la cara; si no, te callas. Así de simple.
—Zoe… —me llamó Lyn.
Mi amiga se había acercado, por lo que, si ella se había enterado de nuestra conversación y estaba más o menos a la misma distancia que Rhys, en sentido contrario, él también lo había escuchado todo. Y a saber quién más.
Más cabreada aún, evité mirar hacia donde vi a Rhys, hacia donde sabía que estaba todavía. Notaba su presencia silenciosa y su observación.
Lyn se apartó de su carro para ponerse a mi lado.
—Lo siento —se disculpó César, serio—. Tienes razón, en todo. —Asintió—. No tendría que haberte metido a ti; ha sido un error. Tal vez yo también estoy sobrepasado hoy.
Solté un suspiro, presionándome la frente.
—Está bien, César, todos estamos cansados. Disculpas aceptadas —le dije, con ganas de desaparecer—. Tal vez te vendría bien pensar en el motivo por el que siempre estás a la que salta con cierta persona. No sé, ya eres grandecito para estar con esas idioteces. Solo piénsalo y dale vueltas al tema.
Me encogí de hombros.
—De verdad, espero que el tiempo que estemos aquí, sin importar cuánto sea, haya buen rollo entre todos.
O al menos cordialidad, porque vamos a tener que vernos muchas veces y encima trabajando juntos durante horas.
En España cada uno estábamos en nuestras zonas de trabajo aislados, pero aquí formamos un equipo.
No le di tiempo a que me dijera nada más. Me giré, agarré la barra de mi carro y le pedí con la mirada a Lyn que hiciera lo mismo, cuando lo empujé tomando distancia de César y de Rhys.
—Bien hecho —me felicitó mi amiga, caminando a mi lado con su carro—. Si no le hubieras parado los pies, habría ido a peor.
—Estoy tan hasta las narices de sus absurdos enfrentamientos sin sentido. Y encima, va y me mete a mí, para echarme una culpa de algo que no me pertenece. Y, aunque me perteneciera algo de Rhys, a él no le debería importar.
—Le ha fastidiado que dieras la cara por Rhys. Le jode mucho todo lo que tenga que ver con él.
—Habría dado la cara por cualquier otra persona. Lo que no es justo, no lo es y punto. —Bufé.
—Sí. César sabe cómo eres y que lo habrías hecho. Por eso se ha dado cuenta de su error, aunque le ha costado reaccionar.
—Y mejor que no le diga lo que me jode a mí.
Negué con la cabeza.
—Vamos a terminar de comprar y larguémonos a algún lado —le pedí, con un suspiro—. Necesito que me dé el aire, alejada de todos.
—Tus deseos son órdenes para mí —dijo con gracia.
Soltamos una carcajada.
Estuvimos un rato más llenando los carros, sobre todo, el grande. En la parte final del recorrido nos encontramos con Nerea y Rita, y nos quedamos juntas, hasta que llegamos a la caja.
Ellas también se organizaron como nosotras, por lo que primero pagaron la pequeña compra que se llevaban en mano, y después pusieron sobre la cinta todo lo que les llevarían a la casa al día siguiente.
Nos ayudamos mutuamente y agradecí no ver a nadie más de nuestros compañeros, durante el tiempo que tardamos.
Le pedimos a la chica que ambas entregas fueran por la tarde, ya que por la mañana trabajábamos y no sabíamos a qué hora terminaríamos. La primera entrega sería para Nerea y Rita, a las cinco y media.
A continuación, cuando terminaran con ellas, el repartidor debía desplazarse muy poco para entregarnos nuestro pedido a Lyn y a mí. Le dimos los teléfonos a la cajera y cuando pagué, ya que mi compra fue la última, salí con mis amigas a la calle.
Las cuatro llevábamos varias bolsas cada una, con las cosas más importantes que necesitábamos hasta el día siguiente.
—¿Habéis descansado bien? —nos preguntó Nerea.
—De maravilla. —Lyn fue la primera en responder—. Hemos tenido suerte, nuestras camas y almohadas son cómodas. —Me miró y asentí, sonriendo.
—A ver si podemos decir lo mismo dentro de unos días —comenté con diversión—, porque hoy estábamos muy cansadas.
—Sí —rio Rita—. Oye, Zoe…
—¿Sí?
—No queremos ser indiscretas… —comentó Nerea.
Solo con eso ya supe por dónde iban a salir ambas, pero de ellas no me importaba. Sabía que lo que me dijeran sería desde la preocupación y la incomodidad que les provocaban ciertas situaciones.