La provocación del escocés Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿Una moto? —me preguntó Lyn.

Sonreí de medio lado.

—Oh, por favor, ¿una moto, en serio? —Jadeó.

Solté una carcajada.

—Necesito a Noa y a su coche aquí, ya —dijo lloriqueando—. Madre mía, que ya me veo recorriendo Escocia en la vespa.

—Toda Escocia no, porque no tendremos tiempo, pero una buena parte de las zonas de alrededor de Stirling, sí —comenté con diversión.

—Mierda —suspiró—. Menos los fines de semana que venga a vernos Noa, y tal vez Carlos, porque entonces tendremos que alquilar un coche para todos.

Lo dijo con tanta emoción que no pude evitar reír otra vez.

—Joder, quien te escuche pensará que soy un peligro con una moto. —Negué con la cabeza—. Y te recuerdo que, en todos los años que llevo conduciendo la mía, que no son pocos, solo he tenido un accidente. Y no fue culpa mía, así que…

—Cariño, si no lo digo porque lleves mal la moto. La dominas genial; el problema soy yo y tanta sensación de libertad. Me supera —dijo haciendo una mueca.

—Ya tendrías que estar acostumbrada —sonreí de medio lado.

—Eso no va a suceder nunca, si a estas alturas estoy así —suspiró—. Oye… —Miró disimuladamente por encima de su hombro, para asegurarse de que los demás estaban lejos para escucharnos—. ¿Estás más tranquila? Menudo día llevas, entre unas cosas y otras.

En un momento en el que fuimos al baño, le actualicé la información que no sabía, como lo que sucedió en la furgoneta mientras recorríamos Stirling; después lo del restaurante, incluido lo de César, de lo que ella no se enteró en su momento, y también lo cortada que me quedé con el comentario de Drew.

—Sí. He conseguido relajarme un poco, pero estoy deseando encerrarme en la casa, para verla y descansar. Estoy bastante hasta las narices de estar con tanta gente. El resto del día necesito estar a solas contigo.

—Tranquila, que una vez que entremos en la casa vamos por libre. Estoy deseando lo mismo que tú, recorrer la casa y después echarnos a dormir un rato. Yo estoy bastante cansada también, por el viaje y todas las emociones: las buenas y las malas —suspiró.

Me agarró del brazo, al llegar a nuestra calle.

—Cuando nos levantemos de la siesta podemos ir al supermercado, para llenar la despensa y la nevera —comenté—. Quiero poder tomarme un café en condiciones mañana, antes de irnos a trabajar. Paso de comenzar mal la semana.

—Sí —rio—. Mierda, aquí nos falta la cafetería.

—Bueno, lo mismo si damos una vuelta después de comprar encontramos alguna por aquí cerca.

Piensa que cuando tenga una moto… —Reí por la cara que puso—.

Cuando tenga una moto y podamos movernos por nuestra cuenta, entonces tendremos más libertad para madrugar, como hacíamos en España, para tomarnos un café fuera de casa.

—Jo, sería genial que hubiera algo cerca de la empresa. Así lo tendríamos a mano.

—Tal vez lo haya —sonreí—. Mañana lo sabremos, no queda mucho.

—Vale.

Cuando llegamos frente a las casas, nos paramos para despedirnos de los demás.

—Descansad, chicas —nos pidió Nerea, con un guiño—. Si estáis igual que yo, os meteréis en la cama y os olvidaréis del mundo.

—Más o menos —rio Lyn.

Cuando los demás se pararon junto a nosotros, Lyn y yo dimos una despedida general, sin mostrar la intención de repartir besos.

Si lo hacía con uno, debía hacerlo con todos, y me negaba en rotundo a acercarme tanto a César.

Por hoy ya había tenido suficiente de él.

Y ya no decía nada sobre Rhys. Por mi salud mental y física era mejor que mantuviera la distancia con él, como llevaba haciendo desde que lo conocí.

Esperaba que a partir de ya todo se estabilizara entre Rhys y yo, para que volviera a ser invisible para él.

En todos los sentidos. Nunca pensé que querría eso, más que nada porque en muchas ocasiones me había preguntado cómo hubiera sido nuestra relación si aquel día en el ascensor, no lo hubiera pisado y él no se hubiera cabreado.

También me había preguntado qué problema tan grande tenía conmigo Rhys, para odiarme tanto y eliminarme de su vida, sin darnos la oportunidad de conocernos, por el simple hecho de un pisotón que no fue intencionado.

A saber… Yo no pensaba cuestionarme nada más. Nunca.

Después de la despedida, cada uno se dirigió a su casa. Llegué nerviosa frente a la puerta de la nuestra, después de que Rhys, Brad y Drew nos siguieran hasta la suya.

—¿Qué se siente al saber que estarás pared con pared con él? —me preguntó Lyn, hablando bajo y con una risilla.

—Lyn…

—¿Sí?

—Vete a la mierda un rato.

Mi amiga soltó una carcajada, mientras yo giraba la llave en la cerradura.

—Adiós, chicas.

Al escuchar a Brad, ambas miramos en su dirección. Agradecí que fuera el único que estuviera en la calle. Rhys y Drew ya habían entrado.

—Hasta mañana, guapo —le dijo Lyn.

Él sonrió de medio lado y desapareció en el interior de su casa. Nosotras hicimos lo mismo.

—¿Qué vais a hacer tanto tiempo sin vuestra serie favorita? —le pregunté a mi amiga, en el recibidor.

—Lo tenemos todo planeado —rio—. La veremos en su portátil o en el mío, por internet. Esa noche te abandonaré, porque no creo que quieras estar en la casita donde vive Rhys.

Elevé las cejas. Ahí llevó la respuesta que la hizo reír otra vez.

Después de cerrar la puerta con llave, la dejé puesta. Sacamos los móviles de los bolsos, antes de quitárnoslos junto con las chaquetas, para dejar ambas cosas colgadas en el armario del recibidor.

Nos fijamos en la tarjeta que nos comentó Conor, con su número de teléfono, y le comenté a Lyn que debíamos tenerlo en nuestra lista de contactos, por lo que pudiera pasar.

Nos grabamos el número y después abrí el cajón para sacar el otro juego de llaves de la casa.

—Quédatelas tú —me pidió Lyn—. Yo cogeré las de la puerta.

—Vale.

Metí las llaves en mi bolso, para que no se me olvidaran si salía de la casa, y puse el móvil sobre una de mis maletas.

—Vamos a ver la casa —me pidió emocionada y sonreí.

Una vez que salimos del recibidor, donde continuaron las maletas, nos encontramos con una escalera muy bonita de madera. Esta formaba parte del salón, el que se abría hacia la izquierda de la escalera.

—Qué maravilla —comentó Lyn, mientras la vista se le iba de un sitio a otro.

El salón combinaba la madera con la piedra y se componía de muebles rústicos, con decoraciones modernas que le daban un toque especial. Un sofá con forma redondeada, una mesa baja en el centro, sobre una alfombra de pelo largo muy agradable y acogedora a la vista, y seguramente al tacto también.

Frente al sofá había una chimenea con cerramiento, por lo que estaba protegida, y hacia el otro lado de la escalera, había una mesa ovalada con sus sillas. Los dos grandes ventanales daban mucha luz natural, a pesar de que el día estaba muy nublado.

Una puerta llevaba a la cocina, la que nos encantó en cuanto la vimos.

Tenía una mesa pequeña, pero suficiente, bajo una de las ventanas que daba a la calle por la que habíamos entrado.

Había una barra con taburetes y una encimera alargada.

La cocina estaba completamente equipada con todo tipo de electrodomésticos.

La ventana lateral daba a la parte de los árboles, los que ofrecían unas buenas vistas.

En la planta principal también había una habitación completamente vacía y un baño completo. Este se encontraba cerca del salón. El pequeño pasillo que había daba a una puerta trasera, la que nos llevó a un porche que aún tenía mejores vistas, ya que solo había tranquilidad y naturaleza.

Fue una suerte que me decidiera por esta casa en concreto, porque desde el otro lado no se veía lo que escondía la parte trasera de la vivienda.

En el porche había una mesa y varias sillas, y también un balancín.

Bajando cuatro escalones se llegaba a un patio de hierba que estaba asegurado y limitado por una valla con lamas amplias que daba privacidad.

Evité mirar hacia la casa de al lado, la de Rhys y Brad. Desde el porche se veía perfectamente el de ellos.

Cuando entramos en la casa, dejando la puerta trasera bien cerrada, fuimos al recibidor a por las maletas. Subimos las escaleras cargando con ellas y al llegar a la planta superior, las dejamos a un lado para recorrerla primero.

Había cuatro habitaciones completas, con sus camas, armarios y baños.

Todas eran una maravilla. Yo elegí una de las que daban a la parte trasera, para que lo primero que viera al despertarme fuera la naturaleza.

Para ver casas, por muy bonitas y diferentes que fuesen en Stirling, ya tenía bastante con mi ciudad, donde vivía en España.

Lyn siguió mi ejemplo y eligió la otra habitación que daba a la parte de atrás. Además, ambas tenían balcones propios, con una mesa pequeña y un par de sillas, lo que no ocurría en las habitaciones que daban a la calle.

Cuando entré las maletas en la mía, las dejé al final de la cama y me senté en el borde, mirando hacia la puerta de cristal que daba al balcón. Coloqué el móvil a un lado, sin ganas de moverme más.

Lyn apareció y se lanzó sobre mi cama, haciéndome reír.

—También es cómoda —dijo, tumbándose bocarriba—. Me encanta todo. ¿Sabes qué es un problema?

—¿El qué? —le pregunté con diversión.

—Que con el tiempo que estaremos aquí, y lo que nos gusta, cuando tengamos que irnos será un drama —suspiró.

—Así es la vida. Últimamente en la mía hay mucho drama —comenté.

Soltamos una carcajada.

Sin ganas, me levanté para ir hasta una de las maletas. La abrí en el suelo, para sacar de ella otra ropa cómoda.

—¿Vas a ducharte?

—Ahora no —le contesté—. No me apetece y me he duchado antes de ir al aeropuerto.

Me encogí de hombros.

—Solo quiero cambiarme de ropa para tumbarme en la cama. Necesito estirarme ya —añadí—. Cuando me despierte, haré una ronda de llamadas: a mis padres, a Noa y a Carlos.

—Y después vamos al supermercado. Es una suerte que esté abierto en domingo.

—Pues sí.

Me cambié de ropa rápido y más rápido aún me metí en la cama.

—Mierda, qué frío —dije riendo, con el nórdico por el cuello.

Lyn también rio.

—Toma —me dio el móvil y un beso.

Le devolví el beso antes de que se levantara de la cama.

—Vamos a descansar, que nos lo hemos merecido. —Me hizo un guiño.

—Sí. ¿Pongo la alarma a las cinco y media?

—Buena hora. —Asintió.

Salió de mi habitación para ir a la suya a hacer lo mismo que yo y solté un suspiro, entrando en calor.

Había sido un fallo no encender la calefacción, antes que nada. Más tarde lo haríamos, para encontrar un poco caliente la casa, cuando volviéramos del paseo y del supermercado.

Puse dos alarmas, por si la primera la apagaba, y dejé el móvil en la mesita de noche, en silencio.

Me acomodé de lado en la cama y cerré los ojos. Estaba tan agotada, por todo, que no me di cuenta del momento en el que me dormí, porque fue muy rápido.