Capítulo 19
Rhys
—Toma.
Cogí el chicle que Brad me ofreció y me lo llevé a la boca, sin apartar la mirada de la ventanilla de la furgoneta adaptada para diez personas, incluido el conductor.
Hacía unos minutos que nos habíamos ido del aeropuerto. En este instante circulábamos por las afueras de Glasgow, alejándonos de la ciudad en la dirección de Stirling.
Desde que me senté en mi asiento no había dejado de mirar hacia la ventanilla de mi lado, y había un motivo para ello.
Cuando Conor nos abrió la puerta lateral de la furgoneta para que entráramos, deslizándola, los primeros asientos que nos encontramos fueron dos que daban de espaldas a los asientos del conductor y el copiloto, por lo que quien se sentara en ellos iría contra dirección durante el trayecto.
No dudé en ir hacia ellos, ya que así me aseguraba de que solo Brad se pusiera a mi lado, al ser dos.
Con lo que no conté fue que Zoe se pusiera demasiado cerca de mí, ya que ella ocupó el asiento que quedaba justo enfrente, en la ventanilla.
Lyn se sentó a su lado y Nerea en el tercer y último asiento de la fila.
Los asientos de la furgoneta se distribuían por los dos delanteros, conductor y copiloto, y en la parte trasera, por los dos en los que estábamos Brad y yo, en sentido contrario a la circulación, más dos filas de tres asientos.
En la primera fila, como acababa de decir, estaban Nera, Lyn y Zoe.
La segunda fila la ocupaban Santi, César y Rita.
Estiré las piernas hacia delante, pero no del todo. Solo fue un poco porque necesitaba recolocarme, al estar cansado de mantenerlas encogidas. Tuve cuidado de no rozar nada de Zoe, ni siquiera me aproximé.
Menos Santi y Rita, los demás nos manteníamos en silencio, cada uno yendo a lo suyo.
El día estaba perfecto para mí, porque me traía muchos recuerdos de mi hogar. Nublado y fresco, con la posibilidad de llover en cualquier momento.
La voz de Conor captó la atención de todos.
—Cuando os deje en las casas, os informaré de dónde están situados los restaurantes y el supermercado que tendréis más cerca.
Es tarde para el horario de las comidas aquí, pero no os preocupéis porque he reservado para vosotros en un restaurante.
Saben a la hora que llegaréis, aproximadamente, y os esperan.
—Gracias, Conor —se dirigió a él Brad—. Has pensado en todo.
—No hay de qué. Estamos cerca, bienvenidos a Stirling.
Todos miramos por las ventanillas. Brad se asomó por la mía, ya que al otro lado de él tenía la puerta corredera. Me hizo gracia que se sorprendiera como si fuera la primera vez que veía el lugar.
No era así. Drew y yo lo habíamos traído a Escocia en varias ocasiones, para enseñarle cuál era nuestro hogar y para que descubriera algunas partes de nuestra tierra. Stirling era una de esas partes, por lo que no era la primera vez para él.
Cuando todos estaban entretenidos observando la entrada de la ciudad, mientras pasábamos cerca de un puente que cruzaba el río Forth, un puente muy importante para la historia del país, de repente noté un pequeño golpe en un pie y como reacción instantánea, se me fue la mirada hacia delante, hacia la única persona que podía darme: Zoe.
En cuanto me encontré con sus ojos, supe que me había dado por un despiste, pero sin importar el motivo, ambos nos mantuvimos la mirada, mientras nuestros compañeros comentaban todo lo que veían.
Los labios de Zoe se abrieron y cerraron en varias ocasiones, pero al final los dejó apretados, conteniéndose.
Moví el pie que me había tocado y fui directo al suyo, para devolverle el golpecito. Agrandó los ojos por la sorpresa y hasta contuvo la respiración.
No aparté el pie. Ella tampoco. Ambos los dejamos uno al lado del otro, notando el contacto de nuestros calzados, y poco a poco vi cómo su mirada se transformaba.
Del desconcierto y la vergüenza pasó al desafío y a la expectación, a la espera del siguiente movimiento, mientras nos retábamos observándonos fijamente.
El tiempo pareció detenerse; fue como un alto en el camino en el que solo estábamos nosotros dos.
Todo lo de nuestro alrededor, nuestros compañeros, entre los que se encontraban su amiga y mi amigo, la furgoneta y la ciudad a la que acabábamos de llegar, perdió valor y dejó de existir para nosotros.
—Fin del trayecto.
La voz de Conor rompió la intensidad del momento, por completo. Zoe parpadeó varias veces seguidas, más rápido de lo normal, y se ruborizó cuando fue realmente consciente de lo que había sucedido.
Fue ella la primera en separarse de mí, sentándose recta en el asiento.
La puerta de la furgoneta se abrió, dejando ver al otro lado a Conor, y uno a uno fuimos saliendo al día fresco de Stirling. Zoe se escapó una de las primeras.
—Qué cambio de temperatura —dijo Nerea.
—Sí. Hace frío —comentó Rita.
—El mismo que en el aeropuerto, pero allí hemos estado poco tiempo al aire libre —habló Santi.
Me bajé de la furgoneta poniéndome la chaqueta, para quedarme al lado de Brad y de Santi. Me subí la cremallera hasta el cuello, y metí las manos en los bolsillos, para retener más el calor.
Todos fuimos con Conor hacia la parte trasera de la furgoneta, la que estaba preparada como maletero grande. De él sacamos las maletas de todos y cuando las tuvimos, tiramos de ellas siguiendo a Conor.
No tuvimos que ir muy lejos, mientras me fijaba bien en la calle. La conocía de sobra, había pasado infinidad de veces por ella, caminando, corriendo, en bicicleta… Como por la gran mayoría de la ciudad. No había parte de Stirling que no conociera, lo mismo que le sucedía a Drew.
—Estas serán vuestras casas —volvió a hablar Conor.
Miramos hacia las fachadas de piedra que nos señaló, para ver cuatro idénticas. Parecían una única vivienda muy larga y ancha, de dos pisos de altura. Lo que la diferenciaba, dividiendo las viviendas, eran las puertas individuales y los tejados a dos aguas que marcaban cada propiedad.
—Son exactamente iguales, así que os las doy como coja las llaves. ¿De acuerdo?
Los ocho asentimos.
—El señor Avery —mencionó al jefe de la empresa— me comentó que os quedaríais por parejas.
—Sí —le confirmó Nerea.
—Por hablar… —le dijo Conor, entregándole una llave.
Nerea soltó un gritito y Rita se agarró a ella, dejando claro que iban a vivir juntas. Después, se dirigieron a una de las puertas, pero no la abrieron. Esperaron a que los demás estuviéramos.
—Zoe —habló de nuevo Conor.
Ella cogió la llave de su casa sonriendo, y Lyn le dio un pequeño empujón, riendo. Ambas se fueron con sus maletas y observé cuál de las casas que quedaban elegían.
Chica lista, pensé.
Se dirigió al otro extremo en el que estaban Nerea y Rita, hacia la zona que rozaba por el otro lado la vegetación. Zoe eligió la de la esquina y yo tenía muy claro cuál sería la nuestra.
Miré a Conor. Él ya tenía puesta su mirada en mí.
—Rhys —dijo, dándome una llave.
Sonreí de medio lado, muy sutilmente, de la misma manera que asentí al cogerla.
No perdí el tiempo en dirigirme hacia la casa que quedaba entre la de Zoe y Lyn, y la de Rita y Nerea.
De manera que cuando Conor le dio a Santi la última llave, este y César fueron a la casa que hacía esquina en el lado opuesto al de Zoe y Lyn.
El orden de las casas quedó de la siguiente manera: Santi y César, Nerea y Rita, Brad y yo, y Zoe y Lyn, siendo la de las dos últimas la que estaba casi unida a una zona verde con árboles grandes y vegetación.
La de Brad y la mía solo daba a una pequeña parte por detrás, y las otras dos casas, las de Rita, Nerea, Santi y César, quedaban fuera de la zona verde.
Las partes traseras de sus casas daban directamente al inicio de otra calle.
—Entrad a dejar las maletas y salís rápido, con las manos vacías. Ya tendréis tiempo de verlo todo y dar vueltas, tantas como queráis. Ahora lo principal es ir al restaurante para que podáis comer —nos dijo Conor.
—¿Tú no vienes con nosotros? —le preguntó Santi.
—No. En cuanto os deje en el restaurante, el que por cierto está muy cerca, a dos calles de aquí, me iré para continuar en otra parte con mi trabajo. A partir de ese momento seréis libres. No podéis perderos y estaréis bien.
»Para que lo sepáis, aunque en cuanto salgáis a descubrir la zona os lo encontraréis, tenéis otro restaurante a unos minutos más de distancia que al que iréis hoy.
»El supermercado más cercano está en esta misma calle, todo recto, aunque debéis tener en cuenta que hay un buen tramo hasta él. No os carguéis innecesariamente; preguntad por el servicio a domicilio. Dicho esto, daros prisa y vamos al restaurante.
Fue lo que hicimos. Le dejé a Brad los honores de abrir la puerta y en cuanto entramos y mi amigo silbó, haciendo una pasada rápida visual, dejamos las maletas a un lado de la entrada y lo empujé fuera de la vivienda, haciéndolo reír.
—Aguafiestas —me dijo con diversión.
—No, si te parece… Tengo hambre y como nos retrasemos más, nos quedamos sin comer.
—Ah, no. Eso sí que no —rio.
Me pasó el brazo por los hombros, mientras nos acercábamos de nuevo a Conor. Él sonrió al vernos.
Los demás fueron igual de rápidos para volver a estar todos juntos.
—En el armario del recibidor, en el primer cajón, tenéis otro juego de llaves para que cada uno de los que vivís en la casa tengáis la vuestra. Así no necesitáis depender de vuestro compañero —nos informó Conor.
—Estupendo —dijo animada Nerea.
—En el mismo armario tenéis una tarjeta con mi nombre y mi teléfono, para cualquier cosa que necesitéis. No dudéis en llamarme —nos pidió, pasando la mirada uno por uno—. Ahora sí, vamos al restaurante.
El grupo se repartió para caminar a los lados de Conor y a su espalda. Brad y yo nos quedamos unos pasos más retrasados que el resto.
—Oye, ¿y Drew? Le va a tocar esperar. No sabe dónde está la casa ni cuál es la nuestra.
Asentí mientras sacaba el teléfono. Lo desbloqueé y entré en la aplicación de mensajes, para enviarle un audio.
Le di a Drew las indicaciones que necesitaba saber para ubicarse en la zona en la que viviríamos y después de comentarle cuál sería exactamente la casa de Brad y mía, sabiendo que no tendría problema en visualizarla, también le dije que nos dirigíamos al restaurante que estaba a unas calles.
Le di el nombre, el que también conocía él.