Capítulo 18
—¡Ya huelo a magia! —exclamó Rita, alzando la voz.
Estábamos recorriendo el aeropuerto, la zona que llevaba desde la recogida de maletas a la puerta de salida.
Ya teníamos los equipajes con nosotros y tirábamos de ellos.
—¿A magia? —preguntó Santi, con diversión—. ¿Cómo narices huele la magia? Si es que eso puede ser.
—A emoción, a ilusión, a nervios, a alegría y a fascinación —contestó Nerea, sin dudar.
Ella y Rita chocaron las manos, al estar de acuerdo, y después rieron.
—Joder… Pues yo huelo como en cualquier otro lugar —comentó Santi, sorprendido.
Todos soltamos una carcajada. Todos menos Rhys. Él siempre iba aparte de todo. Al menos me pareció ver una pequeña inclinación de la comisura de sus labios, hacia arriba. Era buena señal, por lo que me quedé con eso.
Desde que me giré en el asiento con un cabreo equivocado e injustificado, no me había atrevido a buscar su mirada. Seguramente no la habría encontrado, porque él no me habría correspondido, pero igualmente no había querido arriesgarme para no llevarme una decepción.
—No sabes lo que es bueno —le dijo Nerea a Santi.
—¿Me lo explicas bien, preciosa? —le preguntó él.
—Si en unos días no lo has descubierto por ti mismo, estaré encantada de darte todas las explicaciones que necesites. —Le hizo un guiño ella.
—¿Todas, todas…? Porque a veces me cuesta mucho entender las cosas y te aviso, ya que tendrás que esmerarte mucho en las técnicas de aprendizaje.
Los demás los mirábamos divertidos.
—Tranquilo, Santiago de mi corazón —le dijo Nerea con gracia y volvimos a reír, incluido Santi—. Soy muy buena con todo lo que me propongo.
Nerea elevó las cejas varias veces seguidas, de forma graciosa, y Santi rio.
—Las palabras no me sirven de nada, soy más de hechos y acciones —continuó él.
—¿Y dónde queda tu casi matrícula de honor en tus estudios? —le preguntó César a Santi, con diversión—. Si te cuesta tanto aprender, no entiendo cómo fuiste tan bueno en los estudios.
Santi soltó una carcajada.
—La práctica hace al maestro, amigo. En todos los ámbitos de la vida. Parece mentira que tenga que decírtelo —habló entre risas Santi.
—Me gusta eso de la práctica —comentó Nerea, haciéndole un guiño a Santi.
Él le devolvió el gesto, antes de que saliéramos por la puerta de la zona en la que las personas esperaban a los recién llegados.
Pasamos de largo de la gente que había, buscando con la mirada a una persona que llevara algo identificativo de nuestra empresa.
Lo encontramos segundos después, apartado hacia un lateral.
Se trataba de un hombre que tenía en las manos un letrerito en el que ponía SISR, la sigla por la que era conocida la empresa.
Nos dirigimos a él y en cuanto nos localizó, el hombre también caminó hacia nosotros.
—Bienvenidos a Escocia —dijo al recibirnos.
Se lo agradecimos y lo saludamos en inglés. El tiempo que estuviéramos en Escocia sería el idioma que hablaríamos mis compañeros y yo, siempre que nos comunicáramos con las personas de aquí. Nuestro idioma quedaba para hablarlo entre nosotros y con nuestros familiares.
Todos dominábamos el inglés, pero, a pesar de hablarlo perfectamente, quedó claro enseguida que el que más destacaba en la pronunciación era Rhys.
La primera vez que me habló, en el ascensor de la empresa, después del pisotón, ya noté alguna pequeña diferencia en él. Aunque había que fijarse mucho en la diferencia porque Rhys tenía el español muy integrado.
Pero ahí estaba, ese control al hablar el inglés de esta tierra, el que sonó idéntico en entonación al del hombre que había venido a recogernos. En segundos, Rhys dejó en evidencia la maestría, la soltura y el conocimiento de toda una vida.
—Mi nombre es Conor —se presentó y nosotros le correspondimos de la misma manera—. Vamos al vehículo.
Con un gesto de la mano nos pidió que comenzáramos a caminar hacia la salida y fue lo que hicimos, empujando nuestras maletas y comentando todo lo que veíamos.
Conor se quedó unos pasos atrás y lo busqué mirando por encima del hombro. Caminé más despacio al ver que Rhys y Brad estaban parados a su lado.
—¿Qué pasa? —me preguntó Lyn, al darse cuenta de que iba más lenta.
—Nada —contesté.
Entonces dirigió la vista hacia donde yo miraba.
—Uy, es la primera vez que veo a Rhys abrazar a alguien.
Exactamente los que se dieron un corto, pero fuerte abrazo, fueron Rhys y Conor. Después, Conor colocó una mano en el hombro de Brad y él le sonrió, asintiendo por algo que le dijo Conor.
—Brad lo abraza mucho —comenté, parándome al lado de mi amiga.
—Pues eso. Has dicho Brad, no Rhys. Al último no le voy yo dando muchas muestras de cariño.
—Ya, pero es que no lo conocemos tanto como para afirmar según qué cosas. Lo mismo a Rhys no le gusta mostrarse ante la gente, pero en privado es…
—¿Qué? Caliente, ardiente, apasionado…
—¡Eres muy tonta! —me quejé, al llegar a su lado.
Lyn soltó una carcajada.
—¿Sabes qué? Todo lo que acabo de decir lo pienso. Creo que Rhys es así —me susurró al oído.
Mi corazón comenzó a latir con energía. Mis pulsaciones se aceleraron.
—Eh, chicas.
Mi amiga y yo nos sobresaltamos, al no esperarnos la aparición de César. Nos giramos hacia él, porque sin darnos cuenta nos fuimos volviendo hacia Rhys, Brad y Conor.
Me ruboricé ante la posibilidad de que alguno de los tres se hubiera dado cuenta de nuestro descaro, porque nos quedamos mirándolos fijamente.
César sonrió en cuanto me encontré con sus ojos y por cómo me observó, me pregunté si interpretó mal mi rubor.
—En cuanto os pierdo de vista, os despistáis —nos dijo.
Se acercó más a mí y me pasó un brazo por los hombros. Lo miré divertida.
—Claro, hombre, ¡sin ti no podemos vivir! —dijo con ironía.
César soltó una carcajada.
—¿No sabéis dónde está la salida?
La voz inconfundible de Rhys, seria, tajante y con mala leche, provocó que César se callara de golpe.
Lo miré de reojo, para encontrarme con un hombre que no mostraba nada diferente en la expresión. Admiraba el control que tenía sobre sí mismo Rhys, porque mi cara era un reflejo de todas mis emociones y no podía evitar mostrarlas.
—¿Tenemos que salir porque lo digas tú? —le devolvió la pregunta César.
Me sentí incómoda, porque no quería que se pelearan por una tontería. La relación entre Rhys y César no era muy buena, que digamos, aunque ya hacía un tiempo que parecían mantener una tregua de calma entre ellos.
—Vamos —le pedí a César, con la intención de alejarnos para que se relajaran.
—Claro. Ahora tienes prisa.
Las palabras de Rhys me sorprendieron tanto que por unos segundos me quedé paralizada, sin saber reaccionar.
—No hay prisa —habló Conor—. Pero es mejor que nos pongamos en movimiento, porque si no comeréis muy tarde.
Rhys no me dio la oportunidad de hablar cuando me recompuse. Miró a César, a mí, y después me pareció ver que observaba de refilón la manera en la que me tenía agarrada César, por los hombros, y pasó por mi lado, a bastante distancia para que ni lo tocara por error.
Solté un bufido, asqueada con todo. Después de unos días raros y momentos aún más extraños, me recordó por qué no lo soportaba.
—Ignóralo —me pidió César.
—No sé de quién hablas —le dije.
César soltó una carcajada, sin saber que su comportamiento hacia Rhys tampoco lo entendía ni me parecía adecuado. No me gustaba y, por supuesto, no compartía su punto de vista en las discusiones que habían tenido.
No estaba refiriéndome al momento que acabábamos de vivir, sino a la mayoría de las peleas anteriores entre Rhys y César. Sabía muy bien que César buscaba muchas veces hacer saltar a Rhys, sin importarle el motivo con el que lo picara. Cualquier cosa valía.
En casi todas esas veces estuve presente y lo viví desde lejos, por lo que sabía muy bien de lo que hablaba.
En este instante preferí callarme y me centré en ir hacia la puerta de salida, con Lyn a mi otro lado y con Conor y Brad a nuestras espaldas. Los de atrás estaban muy silenciosos, sobre todo, Brad, ya que era al que conocía y no era normal en él.
Imaginé que estaría preocupado por su amigo y muy entretenido fulminando con la mirada a César.
—Perdona —le dije a César, llamando su atención—. Quiero hablar una cosa con Lyn.
—Entendido —sonrió—. Ahora nos vemos.
Asentí, dando un paso hacia un lado para deshacerme de su brazo en mis hombros. Hice una respiración profunda cuando estuvo alejado unos pasos, con Conor y Brad yendo detrás de él.
Lyn se puso a mi lado.
—No te preocupes —me dijo mi amiga—. Sea cual sea el motivo que le ha girado el carácter a Rhys, tú no tienes nada que ver con eso.
—Al menos no se han enganchado —comenté pensativa—. Hazme un favor.
—¿Qué?
—Si ves que César coge posición para ponerse a mi lado en el vehículo, adelántate a él. ¿Vale? Ahora mismo estoy agobiada y no lo quiero cerca. Necesito hacer el camino hasta Stirling tranquila.
—Hecho. Yo me encargo —me dijo con un guiño y sonreí.
Le di un beso en la mejilla y volvimos a caminar agarradas de los brazos.
—Te aconsejo que le refresques que no te interesa —comentó pensativa.
—¿De verdad me dices eso? ¿Cuántas veces tengo que hacerlo? —Bufé—. Otro día me estaría riendo, pero ahora mismo estoy cabreada y paso de todo.
Fruncí el ceño.
—¿Cuándo fue la última vez que se lo recordaste?
—No me acuerdo, pero ni falta que hace. Le dije a César que como amigo y compañero lo que quisiera, pero nada más.
Me encogí de hombros.
—No hay que ser muy listo para entenderlo.
—Acabas de llamarlo tonto, como poco —dijo entre risas—. Lo peor de todo es que él lo sabe, pero no se da por vencido.
—Me importa una mierda. Eso es problema suyo.
Y lo decía de verdad. Poco me importaba César en ese sentido, ni siquiera me preocupaba.
Siempre que se acercaba al límite que yo marcaba, con sus gracias, de las que no se me escapaba ni una y me mantenían en alerta, yo marcaba la distancia al instante, hasta que se me iba el agobio. Para lo que podían pasar días, de manera que él sabía muy bien a lo que se enfrentaba.
—Así se habla. —Asintió Lyn, varias veces—. Oye, tienes que contarme qué te ha pasado en el avión mientras yo dormía.
—Al principio ha sido raro, desconcertante. Después no sé ni por qué he actuado como lo he hecho. Y, por último, al final me he quedado paralizada y he terminado cagándome en todo, cabreada, sin tener realmente un motivo para ello, por lo que me he sentido mal —suspiré.
»Pero bueno, visto lo visto, por cómo me ha hablado hace un rato Rhys, pues ya no me arrepiento de la mirada que le he echado en el avión.
Me encogí de hombros.
—¿Qué dices? Me he perdido.
Le conté rápidamente de lo que hablaba, paso por paso, información con la que mi amiga fue abriendo los ojos más de la cuenta, mientras movía los labios para hablar, sin llegar a hacerlo.
—Joder, joder… —dijo cuando terminé.
—Tampoco es para tanto.
—¡Y una mierda! —Soltó una carcajada—. Y encima Rhys te ha hablado directamente hace un rato, aquí, con la tensión de César y él, cuando podría haber dicho lo de las prisas en general y sin mirarte.
—¿Por qué te emocionas tanto? —le pregunté sorprendida—. ¿Mis desgracias te hacen feliz?
Era una pregunta tonta, pero se la hice muy en serio, a pesar de que sabía cuál era la respuesta. Una a mi favor.
Lyn rio con ganas de nuevo, por mi indignación, y tuve que quedarme callada porque salimos de la terminal y los demás nos esperaban cerca de un paso de cebra. El vehículo en el que había venido Conor se encontraba al otro lado, en el aparcamiento.
Nos dirigimos hacia el grupo, para ponernos al lado de Santi y Rita. Cuando todos se movieron para cruzar la calle, antes de que yo pudiera dar un paso, entonces volvió a suceder.
Duró solo unos segundos, fue como de refilón, pero la mirada de Rhys y la mía se cruzaron por ese breve espacio de tiempo, antes de ignorarnos otra vez.