La provocación del escocés Capítulo 17
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Capítulo 17

Zoe

Entrecerré un poco los ojos, sin moverme, cuando noté la puñetera sensación otra vez de que alguien me tocaba el pelo.

¿Era casualidad que en las dos veces que me había ocurrido, Rhys estuviera detrás de mí?

Hice una respiración profunda, en el momento que dejé de sentir lo que fuera.

Miré a Lyn. Mi amiga llevaba un rato dormida.

Al inicio del vuelo también durmió y cuando se desveló estuvo hablando casi todo el tiempo con Brad, comentando con él el episodio de la serie que les gustaba.

Nerea también se unió a ellos de vez en cuando, para comentar lo más emocionante, según ellos.

Dirigí la vista más allá de mi amiga, para encontrarme a César también dormido. Parecía que todos se habían puesto de acuerdo. Santi debía estar igual o al menos descansando, porque hacía un rato que no lo escuchaba. Las que sí hablaban en tono bajo eran Nerea y Rita.

Me armé de valor para lo que quería hacer, por lo que cerré el libro electrónico y me giré de golpe, para pillar por sorpresa a Rhys, pero no me encontré con lo que imaginaba.

Entreabrí los labios al verlo dormido, lo que me descolocó porque entonces, debía preocuparme por todo lo que sentía cuando este hombre estaba cerca. Iba a volverme loca, ya que comprobé que la sensación de las caricias en el pelo, de que alguien me lo tocaba, era todo producto de mi imaginación.

Tenía un grave problema porque eso solo significaba que mis ganas de que fuera verdad superaban a la realidad. Tragué saliva, sin poder apartar los ojos de Rhys.

Tenía el cuerpo un poco girado hacia la ventanilla y la cabeza apoyada en el marco. Con la tranquilidad de que nadie se daba cuenta, sobre todo, él, me tomé mi tiempo para recorrer sus facciones, muy despacio.

Se le veía tan relajado y calmado… Tenía puestos los auriculares de diadema, de la que se le escapaban varios mechones que le caían hacia la frente.

Sus pestañas reposaban en la zona de las ojeras, las que eran inexistentes.

Tenía los labios cerrados, un brazo apoyado en el reposabrazos y el otro sobre el libro abierto.

El libro estaba a punto de resbalarse de su pierna, donde lo tenía colocado.

Brad estaba inclinado hacia él. En algún momento se le había resbalado la cabeza y la había colocado en el hombro de Rhys, al que volví a mirar. No iba a tener otra oportunidad como esta, por lo que alargué el tiempo.

Me quité la chaqueta acolchada de las piernas, para dejarla sobre la mochila que tenía a los pies, y el libro electrónico lo puse a un lado del asiento, para levantarme un poco. Hasta que apoyé una rodilla en el asiento, girada hacia donde estaban Rhys y Brad.

Entonces me incliné hacia delante, metiendo como pude parte del cuerpo por el hueco que quedaba entre el lateral del asiento y la pared del avión, cerca de la ventanilla.

Estirando el brazo, alcancé con cuidado el libro de Rhys.

Cuando lo tuve bien agarrado, lo deslicé muy lentamente para que no lo notara.

Su mano cayó poco a poco en su pierna y cuando tuve el libro fuera de su alcance, dejé bien colocado el marcapáginas entre las páginas que se había quedado y lo cerré.

Le di la vuelta para leer el título, y después volví a girarlo para leer la sinopsis, muy intrigada por la lectura que le gustaba.

Me resultó interesante lo que leí y memoricé el título y el autor, al que no había leído nunca.

Estaba claro que, si no lo recordaba bien, perdería la oportunidad porque no le preguntaría a él.

Iba a dejarle el libro a un lado del asiento, cuando me quedé sin respiración. Entreabrí los labios y abrí los ojos al máximo, al encontrarme con los ojos de Rhys fijos en mí.

Había estado tan concentrada en lo que hacía que no me di cuenta en el momento en que los abrió. Ni siquiera noté que estaba despertándose.

—Yo… —susurré—. Estaba a punto de caerse.

Tragué saliva.

Sin separar la cabeza del marco de la ventanilla, sus ojos se movieron hacia el libro que tenía yo en una mano y después regresaron a mi cara, para encontrarse otra vez con mi mirada.

—Lo siento. No… quería despertarte —continué susurrando.

Que no reaccionara de ninguna manera provocó que mis nervios aumentaran y se dispararan. Acababa de pedirle disculpas y no sirvió de nada.

De repente sentí un pitido fuerte en los oídos y cerré los ojos, pero los abrí de golpe cuando noté que el peso del libro desaparecía de mi mano.

Rhys se había sentado recto, con la cabeza de Brad todavía apoyada en su hombro. No lo despertó con el cambio de posición.

Ahora era él el que tenía libro y me observaba de una manera tan intensa que no fui capaz de moverme.

Bajé la mirada a sus labios, cuando me di cuenta de que los estaba moviendo.

—¿Qué…? —comencé a preguntar, pero me callé.

Tragué saliva varias veces y el zumbido de los oídos disminuyó un poco. Rhys frunció el ceño, al notar que yo no estaba actuando normal.

—¿Qué te pasa?

Conseguí escucharlo, pero me quedé tan impresionada por su pregunta…

—Los oídos. —Fue lo máximo que conseguí contestar.

—Siéntate —habló serio y cortante.

Solté un bufido, cagándome en todo porque… ¿Qué esperaba de él? ¡Si ni siquiera había aceptado mi disculpa!

Me giré de mala manera, lanzándole una mirada cabreada, y le di la espalda para sentarme recta en mi asiento.

Entonces me di cuenta de que la luz del cinturón se había encendido porque el piloto había iniciado el aterrizaje. Por las horas que llevábamos de vuelo, no podía ser por otro motivo, por lo que cerré los ojos con fuerza, por la metedura de pata que acababa de tener con Rhys.

Me había pedido que me sentara no porque no quisiera verme más la cara, sino porque debía ponerme el cinturón de seguridad. Hice una respiración profunda mientras me lo abrochaba y después desperté a Lyn. Nerea y Rita se encargaron de Santi y César, y Rhys de Brad.

—¿Estás bien? —me preguntó mi amiga, con cara de sueño.

—Claro —respondí, al no querer hablar en el avión de lo que acababa de suceder.

Contuve las ganas de girarme de nuevo hacia Rhys, para darle las gracias y pedirle de nuevo perdón, esta vez por cómo lo había mirado, pero… ¿En serio iba a atreverme? ¿Y si me decía alguna de las suyas y me dejaba cortada?

Lo había escuchado y visto muchas veces interactuar con otras personas y sabía cuándo era buen momento para hablarle, aunque yo no lo hiciera nunca. A estas alturas ya había quedado claro que conmigo evitaba todo contacto, por mínimo que fuera, por lo que no lo sabía por experiencia propia.

Solté un suspiro, cogí el libro electrónico del asiento y cerré los ojos, apoyando la cabeza en el respaldo. El zumbido de los oídos continuó disminuyendo.

—Estás rara —me susurró Lyn—. ¿Ha pasado algo mientras dormía?

Se acercó más a mí, para hablarme casi al oído.

—Sí, pero aquí no voy a hablar —murmuré.

Agrandó los ojos y asintió, comprendiéndome, por lo que se quedó callada sobre el tema.

Giré la cabeza hacia la ventanilla, para ver cómo íbamos aproximándonos a la pista de aterrizaje. La ciudad de Glasgow se veía perfectamente, aunque no con tanto detalle como me hubiera gustado.

Con este viaje estaba cumpliendo dos sueños. En lo laboral era un gran salto y quién sabía cómo podía terminar. Y en lo personal, me encantaba Escocia. Era una enamorada de sus tierras y de todo lo que envolvía al lugar.

Había leído muchísimas historias ambientadas en Escocia, tanto antiguas, en las que los protagonistas eran las batallas de los clanes y los highlanders, como modernas, de actualidad, en las que las raíces de los protagonistas marcaban la historia y la diferencia.

Aparte, también me gustaba ver reportajes, para conocer en profundidad los paisajes, las historias de los castillos, de los lagos, de las montañas, de las ciudades y localidades con un encanto único…

Para mí todo era mágico y estaba deseando poder estar a mi aire para comenzar a descubrir las zonas más próximas a la ciudad de Stirling, que era donde trabajaríamos y viviríamos. Eso de lunes a viernes; los fines de semana estaban para disfrutar lo máximo posible.

El avión tocó pista diez minutos antes de la hora prevista y bastantes personas comenzaron a aplaudir, por lo suave que fue el piloto al aterrizar.

Ahora sí, en suelo escocés, parecía que la aventura era más real que nunca.

Cuando pudimos conectar los móviles, lo hice para enviarles mensajes a mis padres, a Noa y a Carlos.

Los avisé de que acabábamos de llegar al aeropuerto de Glasgow y también les dije a los cuatro que los llamaría en cuanto tuviera un momento tranquilo, porque todavía nos quedaba un rato para llegar a la ciudad de Stirling y para acomodarnos en la casa.

Teníamos chófer privado, por lo que irnos del aeropuerto sería rápido, ya que la persona debía estar esperando a que saliéramos.

Lyn les escribió a sus padres y como íbamos en las primeras filas, nuestro turno para bajar del avión no tardó en llegar.

Con las chaquetas puestas, las mochilas colgadas a la espalda y las chicas los bolsos cruzados al pecho, nos dirigimos hacia la zona de salida de las maletas, para recuperar las nuestras.

Sonreí viendo cómo Lyn se emocionaba con todas las cosas que fuimos encontrándonos. Yo no era a la única a la que le hacía especial ilusión estar en Escocia; en eso coincidía con Lyn y con Noa, lo que me hizo pensar en la manera de convencer a Noa para que viniera el siguiente fin de semana.

Sería perfecto. Ella trabajaba por las mañanas, como Lyn y yo, por lo que a las tres ya estaba en el piso.

Solo debía coger un vuelo para el viernes por la tarde, lo más temprano posible, y regresar a España el domingo por la tarde.

Esperaba que las opciones de vuelo favorecieran para que mi amiga viajara a Escocia.